domingo, 27 de septiembre de 2026

"Las Paredes... no solo escuchan, también cuentan": Una escena escuchada a través de una pared despierta rabia, impotencia y juicios. Una reflexión sobre la necesidad de hacer una pausa entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.

 

“Hay historias que despiertan sin pedir permiso.”


PRÓLOGO

“A veces, lo que irrumpe en nuestra vida durante unos minutos basta para mostrarnos algo que llevábamos tiempo sin mirar.”


Fui despertada, no por la alarma del reloj, no, sino por los gritos de una mujer desesperada… una a la que pareciera que le estaban robando el alma.

No había que esforzarse para escuchar —ni posibilidad de no hacerlo—.

Se sumaron más voces: un hombre que pedía que se calmara, que bajara la voz; unos niños que solo repetían una palabra: “mamá” …

¡Con un dolor que partía el alma!

Las finas paredes de pladur no protegían la intimidad de lo que allí sucedía.

No era necesario inventarse una historia: las palabras eran claras.

Tampoco había necesidad de imaginar cómo se sentían al pronunciarlas: el volumen y el tono de las voces dejaban claro el drama que allí se desataba.

Traté de hundir mi cabeza en la almohada para ahogar aquellas palabras que me herían como puñaladas directas a mi razón, a mi dignidad, a mi paz…

¡A mi entendimiento!

Me levanté.

Fui al baño.

Abrí la regadera de la ducha.

El grifo del lavamanos.

Puse distancia a aquello que escapaba de mi control. Me senté en el suelo…

¡y lloré!

Lloré mucho, les confieso.

Sentía rabia. Eso no debería estar ocurriendo.

Sentía impotencia: tenía ganas de ser parte de la escena. De darles un par de bofetadas a cada uno para que se callaran. De coger a los niños y llevarlos a sus camas:

“Tranquilos, no pasa nada, todo estará bien”…

¡como si pudiese ser verdad!

Y allí, sentada en el suelo de un baño, seguía llorando por un asunto que —supuestamente— no me incumbía.

Seguía sintiendo rabia contra el hombre por su falta de carácter: había roto el compromiso de sostener y proteger a su familia, de cuidarla más allá de la pasión. Me parecía un ser débil, merecedor de lástima, pero no de compasión.

¿Y la mujer? Más rabia sentía contra ella.

No gritaba desde el miedo de perder al amor. Gritaba desde el ego herido.

Y yo allí, juzgando a otros, como si tuviese derecho a hacerlo.

Pero mientras seguía pensando y pensando, algo empezó a cambiar.

La escena no había cambiado. Las voces seguían atravesando aquellas paredes demasiado finas. Los niños seguían llorando. La mujer seguía gritando. El hombre seguía pidiendo calma.

La que estaba cambiando era yo.

Me di cuenta de que había construido una historia completa con lo que había escuchado durante unos minutos. Había decidido quién era el culpable, quién era la víctima, quién merecía mi compasión y quién no.

¿Y qué sabía yo realmente?

Sabía lo que había oído. Nada más.

No sabía qué había ocurrido antes. No conocía sus heridas, sus historias, sus miedos ni las palabras que quizá habían sido acumulándose durante años. No sabía qué había llevado a aquella mujer a gritar ni qué había llevado a aquel hombre a quedarse sin saber qué hacer.

Y entonces comprendí que también yo había reaccionado.

Había juzgado desde la emoción aquello que pretendía comprender desde la razón.

Quizá por eso aquella escena terminó enseñándome algo que, hasta ese momento, solo había sido una pregunta:

¿Cómo serían nuestras relaciones si entre sentir y actuar existiera una pausa que nos permitiera elegir, en lugar de reaccionar?

Una pausa para respirar.
Para mirar lo que sentimos sin convertirlo inmediatamente en una sentencia.
Para preguntarnos qué sabemos realmente y qué estamos suponiendo.
Y, después de esa pausa, elegir qué hacer con aquello que sentimos, en lugar de dejar que aquello que sentimos decida por nosotros.

Tal vez esa pausa no evitaría todos los conflictos.

Pero quizá evitaría que una emoción momentánea se convirtiera en una palabra imposible de recoger, en una acción difícil de reparar o en un juicio que nunca nos correspondió hacer.

Y mientras las voces seguían llegando desde el otro lado de la pared, comprendí que aquella mañana no solo había escuchado una discusión.

También había escuchado mi propia reacción.

Y quizá ese era el verdadero asunto que me correspondía mirar.


EPÍLOGO

"No siempre podemos elegir lo que llega hasta nosotros. Pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que despierta en nuestro interior."


"A veces, la pausa también habla."


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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