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martes, 22 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 7 ) DON CLEMENTE





 “Los corazones laten, los pechos se levantan… ¡y los muertos sonríen!”

El día había amanecido nublado; comenzarían las lluvias. Lola abrigó bien a los niños y se cercioró de que todos llevasen botas. Como de costumbre, salieron en fila india detrás de su madre, por orden de tamaño: los más bajos primero y los más altos detrás, para que pudieran observarse y cuidarse mutuamente durante la marcha. Los dos más pequeños caminaban asidos de la mano de su madre.

Hoy era un día ajetreado. Después de dejar a los niños en la escuela, pasaría por el local de doña Cándida para indicarle las telas y colores de los trajes de sus hijos y el de ella; luego visitaría a don Clemente. El día anterior, después de mucho reírse por el cuento de la modista, se fue a casa pensando en él. Estaba sorprendida de que, a su edad, estuviese lleno de tanta pasión; eso era digno de su admiración. Ella despreciaba a la gente apática, sin energía ni entusiasmo por la vida; le resultaba deprimente y una actitud, definitivamente, malagradecida con Dios.

Al salir Lola del salón de modas de doña Cándida, no podía dejar de sonreír. Esta era muy pintoresca: siempre estaba muy maquillada, con sus labios bulbosos de rojo encendido, los ojos con grandes pestañas postizas y los cachetes muy colorados… ¡toda ella era una visión carnavalesca! Era muy divertida. Recordaba la expresión de su rostro al señalarle las telas y los colores: ojos desorbitados y boca abierta a más no poder, repitiendo sin cesar:

—¿No, no te lo puedo creer, estas? ¿De este color? ¿En serio? Ay, Lola, ¡me encanta, me encanta!

Con este pensamiento en mente —que la divertía— pasó por el puesto de flores y dulces de doña Sofía para comprarle unas flores y unos chocolates a don Clemente. Al verla llegar, la florista intentó ponerse de pie para saludarla, pero Lola la detuvo con un fuerte y cariñoso abrazo; la quería mucho y siempre estaba pendiente de ella. Al envejecer, doña Sofía desarrolló una artritis deformante y, sin embargo, ello no le impedía trabajar todos los días para alimentar y educar a los nietos que quedaron a su cargo después de que su hija muriera. Esta era la gente, con bondad y templanza, que Lola amaba y admiraba; los flojos y cobardes no tenían lugar en su vida.

Pero Lola no se preocupaba por ella; se ocupaba de ella. Cuando fue primera dama, se aseguró de que doña Sofía se beneficiara de una pensión vitalicia por su incapacidad física y que sus nietos obtuvieran una beca hasta finalizar sus estudios, incluyendo la universidad. Eran personas estupendas, ciudadanos de primera… ¡bien se lo merecían!

—Gracias, Lolita, muchas gracias por toda la comida que ayer me enviaste a mi casa; mis nietos se pusieron muy contentos. ¿Y la ropa? ¡Todo nos quedó como hecho a la medida!

—¡Ah! ¿Qué pasa, Sofía? ¡Eso no fue nada! La comida que tú cocinas es sabrosa; cómo quisiera yo darme un banquete comiendo en tu mesa todos los días —decía Lola sin soltarle las manos a la anciana, manos llenas de nudos, retorcidas… pero que le transmitían mucho amor y buena energía.

Se despidió Lola de su vieja amiga, llevándose bajo su brazo un gran ramo de rosas amarillas y, en sus manos, una caja de chocolates para don Clemente.

A pocos metros de la entrada a la funeraria “La Casa Del Señor”, Lola detuvo su paso, inhaló profundo y exhaló lentamente; quería estar muy serena para no cometer ninguna imprudencia. Si el cuento de doña Cándida le venía a la mente, sería imperdonable… ¡no sería decente!

—Buenos días, don Clemente, ¿cómo está usted? —le saludó Lola al verlo, y acto seguido extendió en sus manos las flores y los chocolates que había comprado para él.

Don Clemente, al verla, palideció; su corazón se aceleró descontroladamente y no logró pronunciar palabra alguna, ¡solo balbuceaba! Lola, entendiendo la emoción del anciano dado el relato de la modista, se acercó a él, poniendo en sus manos los obsequios y ofreciéndole un cariñoso abrazo. ¡Ah, la dulce y buena Lola no sabía en lo que se metía!

El anciano, sorprendido y emocionado, se abrazó a ella con una fuerza inusitada. De repente, Lola oyó cómo las flores y los chocolates caían al piso; pero no era lo único que se desplomaba… Don Clemente, fuertemente asido a ella, se le resbalaba encima. En su desmoronamiento se aferró a ella, rasgándole la blusa y dejando sus pechos al descubierto. Lola, de inmediato, se percató de que don Clemente se desmayaba, pidiéndole a Dios que no fuera un infarto. Empezó a gritar pidiendo auxilio mientras él seguía deslizándose a lo largo de su cuerpo, hasta quedar de rodillas —lo que contuvo la caída— y su cara entre las piernas de ella. Lola seguía gritando por ayuda mientras que el peso del bajo pero corpulento anciano la derrumbaba. Lola cayó al suelo de espaldas, y él encima, tal como estaba: de rodillas y con la cara metida entre sus piernas… ¡justo ahí, donde anhelaba morir! Allí inhaló su última bocanada de aire y exhaló su último aliento: ¡el anciano había muerto contento!

De la gritería histérica de Lola, para que le quitaran de encima al muerto, se llenó todo el lugar de curiosos; pero nadie hacía nada por socorrerla, pues pensaban que —en vez de muerto— don Clemente la estaba abusando, quedando estupefactos ante la osadía del anciano.

El prefecto hizo aparición, haciéndose paso entre la gente allí congregada y, al llegar… ¡quedó perplejo! Don Mario Cáceres, rápidamente y con ayuda de dos agentes de policía, retiraron —con gran esfuerzo— a don Clemente de encima de la desvalida Lola. Al quedar él boca arriba, tenía la misma sonrisa que los difuntos maridos de ella, solo que esta vez no había ningún pene erecto. El prefecto, sin sorpresa alguna, entendió lo que pasaba y solo pudo expresar en voz alta:

—¡Oh! Doña Lola, ¿otro muerto?

 “Entre risas, gritos y desmayos, Lola sigue siendo la heroína del caos.” 




lunes, 21 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (6) LA MODISTA





 “Entre hilos, telas y secretos, ¡las costuras nunca fueron tan indiscretas!”

Había llevado a los niños a la escuela y, como sus hermanas los recogerían a la salida, volvió a su casa a preparar unos pastelillos salados y unas tartaletas de ciruelas, para disfrutarlos en la tarde con la modista en casa de sus padres. La cocina, su lugar preferido después de la alcoba, olía a guiso, esencias aromáticas y frutas caramelizándose. Cocinaba con entusiasmo y pasión, como si le estuviese haciendo el amor a Antonio… ¡su primer amor, su amor de siempre! Preparó el canasto con los pastelillos y tartaletas, agregando algunas frutas frescas de su jardín. Se bañó y se vistió para la ocasión.

Lola caminaba a casa de sus padres muy lentamente, como si quisiera alargar el sendero y darse tiempo para pensar en él: Antonio. Extrañamente, desde que su hermana le enseñó la carta que él le enviara, algo había cambiado en sus sentimientos. Sentía un repentino desapego, un rechazo hacia él. Tanto que lo había amado y esperado su regreso… y ahora, sentía como si se apagara la llama que mantuvo siempre encendida. ¿Sería, acaso, soberbia y sed de venganza? ¿Querría que él sufriera como lo hizo ella en su espera? No tuvo tiempo de darse respuesta alguna: ya estaba frente a la casa de sus padres. Respiró hondo y exhaló profundamente; no quería que nadie notara la perturbación que Antonio le causaba.

Apenas entró en la casa se percató de la gritería, ¡y de dónde provenía! Pasó directo al salón de té, donde su madre solía reunirse con sus íntimas amigas y con aquellas damas –que no eran sus amigas– pero a las que el protocolo obligaba a recibir. Allí estaban sus hermanas con la modista y sus siete hijos, quienes, al verla, salieron corriendo hacia ella rodeándola en tiernos abrazos. Ella, de inmediato, los miró con cara de que no entendía lo que allí pasaba; los niños procedieron a sentarse en perfecto orden y silencio. Entendían, sin duda alguna, cada gesto de su madre.

Lola abrazó a sus hermanas y luego a doña Cándida, la modista. Esta mujer era quien les hacía los trajes desde niñas y la que confeccionó sus dos vestidos de novia: el primero blanco, el segundo negro, porque era viuda, y como viuda se entregaba. Eso fue motivo de muchas habladurías, pero a Lola poco le importaba; al final de cuentas, todos reconocieron lo bien que le quedaba, más aún Don Fernando –que Dios lo tenga en su gloria–, quien le alabó su elegancia de infinitas maneras.

—Lola, cariño, ¡qué guapa estás! No has cambiado nada —le dijo mientras la besuqueaba en la cara y la hacía girar en torno a ella para observarla.
—¡Vamos, Cándida! El tiempo no perdona y yo no soy la excepción —respondió Lola con una gran sonrisa y un prolongado abrazo.

Entregó la canasta a sus hermanas, quienes dispusieron su contenido sobre la ya servida mesa de té. Todos los niños habían pasado por las manos de la afable Cándida, quien les tomó las medidas estableciendo sus tallas. Faltaban su madre, las hermanas y ella. Irene Margarita se llevó a los niños a la cocina para que merendaran. Los dejó al cuidado de las nanas. Al regresar, ya estaba su madre con el resto de las mujeres, examinando el muestrario de telas que Cándida había traído para que escogieran.

Retazos de finas telas —sedas, gasas, tafetanes, shantung, rasos, muselinas, terciopelos, satenes y organzas— se encontraban esparcidos sobre la mesa, el sofá y las alfombras… eran un gran y bello muestrario de piezas traídas de Italia, Francia, Inglaterra, Turquía, Marruecos, India, China… ¡y quién sabe de dónde más! Cándida era una empedernida viajera, la mejor modista de la Capital, y sus telas eran famosas por su belleza y calidad. Estaban tan emocionadas con el próximo evento que formaron un jolgorio.

—Les tengo algo que contar… —empezó Cándida con el chismorreo—. ¡Lola, tienes un admirador muy apasionado!

Lola se ruborizó; pensó que le hablaría de Antonio, pero no: Cándida se refería a don Clemente Baptista, el dueño de la funeraria que se encargó de dar cristiana sepultura a sus dos maridos.

—Yo fui a visitarlo —prosiguió Cándida, quien era una mujer mayor, regordeta, extravagante y muy acicalada— para entregar un pedido que él me había hecho, pues, como ustedes saben, yo también visto a los muertos. Como no lo encontré en su despacho, entré a buscarlo por la confianza de años que le tengo y, aunque no lo veía, lo escuchaba con claridad: “Lola, Lolita, que eres mía”, lo decía una y otra vez. Entonces, no aguanté la curiosidad, pensando que Lola estaba con él… —hizo una pausa y miró la cara de sus interlocutoras, quienes la veían con expresión atónita y prestaban toda su atención al relato—. Corrí la cortina del vestidor de un solo tirón y me encontré a don Clemente con los pantalones y calzones a los tobillos; con una mano en donde ustedes ya saben y la otra en la pared, creo que para sostenerse en pie. Al principio me asusté y luego, al comprender de lo que se trataba… ¡me ruboricé! Al darse cuenta de que lo había pillado en tan menudo trance, se avergonzó tanto que se desmayó. Entonces, la asustada fui yo, ¡creí que mi imprudencia le había provocado un infarto! Pero solo fue un susto; don Clemente se encuentra bien. Les cuento esto no por murmurar, sino para que estés pendiente, Lola; no vaya a ser que te cases de nuevo y, cuando al marido lo vayas a enterrar… ¡el que te “entierre” sea don Clemente!

Las mujeres ya no podían aguantar la risa y estallaron en carcajadas, no por burlarse de don Clemente —a quien tenían en gran estima por haber sido amigo del abuelo de Lola—, sino por la gracia y la admiración que les causaba la fogosidad mental del anciano, ¡próximo a cumplir los noventa años! De repente, Ana Isabel se levantó horrorizada:

—¡Qué asco! Esta mañana me encontré a don Clemente y me saludó tomándome de las manos —dijo mientras se las restregaba, una y otra vez, frenéticamente, en la falda de su vestido.

 “Cuando las costuras se sueltan, lo que se descose es la compostura.”


LOLA Y SUS ENREDOS: ( 5 ) LA CARTA






 “Una carta que pudo cambiarlo todo… pero Lola prefiere el cara a cara: ¡menos novela y más acción!”

Lola estaba sentada a la mesa con sus hermanas y sus siete hijos. La comida era abundante y deliciosa. A Lola le gustaba cocinar tanto como hacer el amor; ¡en ambas tareas ponía atención a los detalles y gran sazón! Comían en la mesa de la cocina, como siempre: una gran mesa de madera rústica, muy antigua —heredada de sus bisabuelos— y cuadrada, de tres puestos por cada lado. Todos podían verse la cara al mismo tiempo y seguir las charlas sin dificultad alguna. La mesa estaba bien servida y todos disfrutaban de ella.

Entre bocado y bocado, hacían un descanso y escuchaban las anécdotas de los chicos en la escuela; reían con ellos o les daban consejos, según el caso. Era un momento glorioso para todos, el más esperado del día: ¡todos estaban juntos y compartían!

Cuando las tías estaban en casa, los niños eran relevados de su obligación de ayudar a mamá a levantar la mesa, lavar la vajilla y asear la cocina. Esto —a ellos— les encantaba. Tan pronto terminaban, se levantaban, daban besos a sus tías y solicitaban el permiso de su madre para retirarse, lo cual hacía Lola prodigándoles un abrazo y un beso a cada uno. Hecho esto, salían corriendo al patio a jugar con gran algarabía.

Lola se quedó con sus hermanas haciendo las faenas de limpieza. Preparó un buen café y sacó una deliciosa tarta de manzanas, nueces y miel que había horneado en la mañana. Se sentaron y hablaron de lo que tantas ganas tenían de hablar: ¡la fiesta de cumpleaños!

—¿Alguna de ustedes ha visto a Antonio? —preguntó Lola a sus hermanas, mirándolas con ansiedad para ver cuál de las dos respondía.

—¡Yo lo vi, Lola! El otro día fue de visita a la casa, acompañado de don Mario Macedo, presidente del Partido Demócrata Cristiano, y de don Rigoberto Esculpi, presidente de la Asociación Nacional de Sindicatos. Estuvieron encerrados en el despacho de papá durante horas. Cuando salieron, yo estaba en el vestíbulo; todos me saludaron con una inclinación de cabeza… salvo Antonio, que se quedó rezagado y me preguntó por ti —se apresuró a contarle Irene Margarita, la segunda de las tres hermanas.

—¿Sí? Pero cuenta, ¡cuenta detalles! ¿Cómo está él y qué le dijiste tú de mí? —le inquirió Lola a Márgara —así la llamaban en casa— con un nerviosismo sin igual.

—¡Cálmate, hermana, si no, no te cuento nada! Escucha: Antonio está más guapo que nunca. Su barba y cabello rubio se han puesto canosos. Le queda muy bien, ¡se ve más varonil! —dijo esto haciendo una mueca graciosa con la boca y parpadeando repetidamente—. Y al preguntar por ti, lo hizo con la misma ansiedad que tú tienes ahora. Es más, me dio esta carta para ti. —Márgara metió la mano en su bolso y le entregó un sobre a Lola.

Se hizo un silencio profundo, tanto que podía escucharse el latir del corazón de Lola. Esta se quedó paralizada y dejó la mano extendida a su hermana. Después de unos segundos que parecían interminables, Lola rompió el silencio.

—No, hermana, no recibiré esa carta, no ahora, después de tanto tiempo que esperé por él. No sé si lo que dice es para mi bien o para mi mal, y no lo deseo saber. Te pido que se la devuelvas en persona y le comuniques que lo que me tenga que decir ¡me lo diga a mí, de frente, el día de mi fiesta… ni antes ni después! —le dijo Lola a su hermana con una seriedad terrible. Parecía que estaba a punto de llorar. Le temblaba la voz, ¡se le estaba por quebrar!

Irene Margarita y Ana Isabel cruzaron miradas; estaban extrañadas de la reacción de su hermana, pero respetaron su decisión. En silencio terminaron de beber el café y de comer la tarta. Se levantaron con prontitud, se abrazaron y se despidieron en un absoluto e incómodo silencio.

—¡Ah, Lola! Mañana nosotras recogemos a los niños a la salida de la escuela. La modista va para la casa a tomarles las medidas a los niños para hacerles los trajes de fiesta. Acércate a eso de las cinco de la tarde para que escojamos las telas de sus atuendos y los nuestros. ¡No nos podemos dormir con esto! —dijo Ana Isabel, rompiendo el mutismo impuesto por Lola, quien solo asintió con la cabeza en señal de conformidad.

Por la ventana de la cocina, Lola podía ver a los niños despidiéndose de sus tías; era una adoración recíproca. Si algo le pasase a ella, sus hijos quedarían en buenas manos.

Lola se quitó el blanco delantal, tirándolo sobre la mesa. Se dirigió a su cuarto muy lentamente: cada paso, un pensamiento; cada peldaño de la escalera, una reflexión. Se paró frente al espejo de su alcoba, desnudándose lentamente mientras pensaba en Antonio. Observó su cuerpo en detalle; con sus manos tocaba sus senos y las deslizaba hacia las caderas.

—Estoy subida de peso, pero me sienta bien. Mis senos están más llenos y mis caderas redondeadas. Jamás pensé que algún día tendría que agradecer el haber sufrido la inapetencia, las náuseas, los vómitos en mis siete embarazos y… claro, el sexo con mis maridos me sirvió de mucho ejercicio. ¡Dios los tenga en la gloria! —pensó Lola en voz alta, sonriendo de conformidad con su silueta.

Se vistió apresurada, no fuese a subir alguno de los niños y la encontrase así… ¡sería bochornoso!

“Con el delantal tirado y los recuerdos a flor de piel, Lola supo que el verdadero regalo de cumpleaños no estaba en un sobre… sino en el espejo.”



sábado, 19 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 4 ) EL CUMPLEAÑOS





"Un cumpleaños, siete hijos, padres entrometidos y un viejo amor envuelto en celofán: la fiesta apenas comienza."

Se la veía caminar todos los días acompañando a sus hijos a la escuela. Todos en orden y perfecta armonía, a no ser —de vez en cuando— por las paradas que hacían para destornillarse de la risa. Lola y sus hijos se la llevaban muy bien. Ellos ya habían recobrado su compostura y disfrutaban constantemente del amor de la madre. Todos, sin excepción, habían sacado esa tendencia a sonreírle a la vida. Siempre había un motivo para reír y agradecer a Dios ¡por su buen humor!

Era imposible no voltear o detenerse a verlos; era agradable toparse con ellos. Cada vez que la madre daba los buenos días a quien se encontraba en su camino, los hijos —como en eco— repetían el saludo, uno por uno… ¡y eran siete! O, en su defecto, lo repetían al unísono como si del coro de la iglesia se tratase. Era una familia muy querida y apreciada, a veces, envidiada. Era un hecho reconocido por todos los lugareños: la gran belleza y simpatía de Lola que, sumado a su instrucción y buenos modales, la hacía una dama admirable. Atrás, en el tiempo, quedaron las suspicacias y murmuraciones. Lola había recobrado su estatus.

Al dejar a los niños en la escuela, se dirigió pronta a casa de sus padres. Ellos la habían mandado a llamar, ¡había un asunto urgente que tratar! Su padre la esperaba con ansias, adoraba a Lola, era su niña preferida. La veía aproximarse con ese caminar tan suyo: pasos firmes y seguros, sin dejar de ser femeninos. Don Luis abrió la ventana de su gran biblioteca, donde se encontraba.

Con las manos le hacía señas para saludarla; pero tendría que esperar. Lola, por el camino, siempre se entretenía saludando a todos con gran amabilidad. Además, él bien sabía cuánto disfrutaba de las caminatas en la mañana: eran frescas y la vigorizaban.

El padre, sin importarle los celos de sus otras hijas, salió al encuentro de Lola. La abrazaba con efusividad y la besaba por todo el rostro… ¡la amaba demasiado para poder ocultarlo! Entraron con los brazos entrelazados: él sobre sus hombros, ella por su cintura. Las hermanas, a pesar de sus celos, salieron corriendo a abrazarla y empezaron con ella a cuchichear sobre sus novios; reventaban en risas y solo se oía el siseo de la madre, que las llamaba al orden, sin evitar regocijarse por la alegría de ellas.

Todos se reunieron en la biblioteca, el lugar preferido del padre, y este tomó la palabra solemnemente.

—Lola, todos nosotros nos hemos puesto de acuerdo para celebrar tu cumpleaños en casa, será una gran fiesta —dijo el padre fumando su habano acostumbrado.

—Padre, les agradezco su buena intención, pero yo había planeado una comida en casa, con ustedes y mis hijos solamente —replicó Lola.

—Lo siento, hija —acotó la madre—, en realidad, la fiesta tiene un doble propósito: celebrar tus treinta y un años, y presentarte, formalmente…

Las palabras de la madre fueron interrumpidas por el padre. Este se puso de pie y se colocó tras su hija, posando sus manos sobre los hombros de ella. Lola sabía perfectamente lo que ese gesto significaba: ¡su padre había tomado una decisión que no aceptaba discusión!

—Hija, sabes cuán importante eres para esta familia; tú y tus adorables hijos son nuestra alegría. Pero estamos preocupados: eres una mujer sola y necesitas compañía. Hemos pensado que debes casarte de nuevo, tener quien vele por tu seguridad y la de tus hijos, alguien que te represente —don Luis pronunció estas palabras como lo que era… ¡una sentencia inapelable!

—¿Padre, por qué? Mírame, ¡soy inmensamente feliz así como estoy! Con mis hijos, con ustedes… ¡nada me falta! ¿Qué necesito yo de un hombre? —Lola, con tristeza, recriminaba la decisión de sus padres; no le parecía justo y menos necesario.

—Hija, estás en una etapa en que la crianza de tus hijos no te deja tener conciencia de la realidad. Eres una mujer joven y hermosa, y un hombre necesitarás… Tu madre y yo sabemos de lo que hablamos, sabemos lo que te conviene. ¡No se diga más! —el padre se puso frente a su hija, inclinándose hacia ella y besándola en el rostro. Dio media vuelta, desapareciendo de su vista.

—Hija, ¡no te desconsueles! —se apresuró a decirle la madre, con el ánimo de alentarla—. Si en la presentación no conoces a ningún caballero que te llame la atención… estará bien, ¡a nada serás obligada! Tu padre, tus hermanas y yo nos encargaremos de todo. Tú, ese día, solo ponte bella —la madre, al igual que su marido, se despidió de su hija y abandonó el recinto.

Las hermanas, Irene Margarita y Ana Isabel, no perdieron tiempo y se sentaron al lado de su hermana para consolarla, para sacarla de esa tristeza que le había robado su sonrisa, esa sonrisa que ellas tanto amaban.

—Quita esa cara de pendeja, Lola, porque vas a saltar de la alegría cuando te enteres quién es el invitado principal… ¡Antonio Santamaría! —le dijo sin reparos Ana Isabel.

—Sí, hermana, escuchamos a nuestros padres hablar. Él será el invitado especial, será tu regalo de cumpleaños… ¡solo falta que te lo envuelvan en papel celofán! —recalcó Irene Margarita, muerta de la risa.

Lola se quedó sorprendida. No esperaba ver a Antonio más nunca en su vida, y estaba aquí… ¡y lo vería! Las hermanas sujetaron a Lola por los brazos y la sacaron de la casa, pues ya era hora de buscar a los sobrinos a la salida de la escuela. Las tres jóvenes mujeres salieron conversando y riéndose; estaban felices por el próximo evento: ¡el cumpleaños de Dolores, la Lola!

Las risas —entre cuchicheos— podían oírse en el piso superior, donde los padres estaban asomados a la ventana observando ese cuadro de felicidad. Se miraron y sonrieron. La complicidad con Ana Isabel e Irene Margarita había funcionado: Lola tenía —de nuevo— la cabeza llena de pajaritos. ¡Acertaron en el clavo!

"Entre risas, planes secretos y el regreso inesperado de Antonio, la vida de Lola prometía más enredos que pastel."


LOLA Y SUS ENREDOS: ( 3 ) LOS HIJOS DE ELLA...





"Entre camas rotas, viudez repetida y siete muchachitos traviesos, Lola demuestra que ser madre y viuda… ¡es deporte extremo!"

Lola se estaba volviendo loca. Su marido las mañas no perdía. Tenía que asegurarse de que los niños estuviesen atendidos antes de que él llegara. Fernando y ella cumplirían, la semana entrante, tres años de casados. Ya tenían tres hijos, más los cuatro del difunto Gallardo: ¡eran siete, todos seguiditos! Eran buenos chicos, muy educados y considerados. Los Gallardo eran blanquitos, con el cabello lacio y negro como su padre, con los ojos azules de ella; los De Sousa eran rubios y de ojos verdes. ¡Todos muy guapos!

Ella estaba orgullosa de sus hijos, pero entre el marido y ellos empezaba a cansarse. Sus ojos no brillaban como antes, tenía ojeras y había perdido la sonrisa. Solo cuando hacía su ronda nocturna para asegurarse de que los niños estuviesen dormidos, cálidos y seguros, se detenía frente a cada uno de ellos y, entre bendiciones y agradecimientos a Dios por su existencia, sonreía al verlos… ¡dormidos y quietos!

Apenas Lola tocaba la cama, Fernando le brincaba encima; de milagro ella respiraba. La subía, la bajaba, la volteaba, la zarandeaba; “ponte aquí, ponte allá, ponte así” … ¡la pobre Lola parecía una muñeca de trapo! En una sola noche la desvestía varias veces y no había lugar de la habitación donde Lola no hubiese estado encaramada. ¡No es que no le gustara, sino que las fuerzas le faltaban!

A duras penas se levantó por la mañana, y eso lo hizo porque los chiquillos entraron al cuarto a despertarla. Entre risas y algarabía lograron sacarla de la cama.

—Mamá, mamá, ¿de qué se ríe don Fernando y qué tiene debajo de la sábana? —le preguntó Juancito, el mayor de los varones, señalando con su dedo un bulto que se erguía entre las piernas del marido de su madre.

Don Mario Cáceres, quien antes fungía como secretario de don Fernando cuando era Prefecto, asumió el cargo al ser electo este como alcalde. Era a él, ahora, a quien le correspondía examinar el cadáver y determinar si fue por causa natural o no. Allí estaba —con esa cara de pendejo— viendo lo que de don Fernando quedaba: tenía esa sonrisa celestial y estaba erecto… ¡igual que don Gallardo cuando le tocó su momento!

Al Partido de Gobierno no le interesaba una mala publicidad en esos tiempos, ya que pronto serían las nuevas elecciones, las cuales adelantarían por el infortunado evento. Don Mario, el actual Prefecto, había recibido precisas instrucciones de cómo proceder: hacer el levantamiento del cadáver y expedir el acta de defunción respectiva para que se efectuase la pronta y cristiana sepultura.

Esta vez las murmuraciones fueron más fuertes y permanentes; todos comentaban, y así lo creían, que la viuda a sus maridos mataba o… ¡los tenía envenenados! Durante dos años y medio, Lola tuvo que aguantar el escarnio público al cual había sido expuesta por las malas lenguas. No obstante, ella —como siempre— caminaba erguida y muy altiva, sin hacerles caso.

No sucedía lo mismo con los niños: en la escuela los molestaban y de su madre se burlaban. Esto cambió la conducta de ellos para con Lola. Se habían puesto rebeldes y el caos reinaba en la casa.

Lola meditó mucho y concluyó que, para grandes males, grandes remedios; la decisión debía ser drástica. Armándose de valor, y con mucho dolor porque a sus hijos amaba, los reunió a todos en el salón de la casa. Así, con el aspecto de bruja y de loca furibunda que tenía, del agobio que la embargaba, se dirigió a ellos:

—Los he educado bien, con amor y esmero, pero se han vuelto en mi contra por comentarios de la gente de este pueblo. Pues bien, ahora les digo: o se comportan y me obedecen o los envío a todos a un orfanato y, créanme, no estoy jugando, hablo muy en serio. ¡O lo que es peor, al igual que a sus padres… los mando al cementerio!

Los niños enmudecieron del pánico. Se quedaron quietos, como si fueran de palo y sin quitarle la vista a su madre, por si acaso.

—Ahora, todos se van a sus cuartos, los ordenan y ayudan a sus hermanos menores a hacer lo mismo. ¡No quiero ni un grito ni un llanto, solo quiero silencio para mi descanso!

Los niños, uno a uno, en perfecta y silente fila india, subieron a sus habitaciones.

Lola sonrió por primera vez en mucho tiempo. Había sido muy dura y cruel con los niños, pero era un mal necesario. Con el tiempo, cuando las cosas se calmaran, ella recobraría el respeto, el amor y la confianza de sus amados hijos.

Durante varias noches Lola durmió profundamente, recuperando su semblante y su sonrisa. Al cabo de unas semanas volvió a ser la de antes, dando —nuevamente— de qué hablar a la gente.

"Con una amenaza de orfanato y cementerio, Lola logró silencio absoluto. ¡Mano dura, descanso seguro!"


viernes, 18 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 2 ) DON FERNANDO Y LA PRIMERA DAMA



El llanto de los niños, clamando por su padre, se oía a metros de distancia.

El funeral de Juan Gallardo fue todo un espectáculo. No faltó nadie del pueblo; la mayoría estaba allí mostrando su cariño y respeto porque el difunto se lo había ganado. Pero otros tantos solo acudieron por curiosidad, atraídos por la historia de dolor y muerte que sobre la familia Gallardo se cernía y, aún más, por la intriga de lo que allí pudiese pasar. Se murmuraba que la viuda lo había asesinado y que el Prefecto andaba tras de ella, que —en cualquier momento— la haría arrestar.

Todo se desenvolvió con la normalidad del caso. Todos dieron el pésame a la viuda y a sus cuatro hijos. Todos bebieron café, té o chocolate y —los que se quedaron para acompañarla en la noche— hasta sopa caliente, muy humeante, que dejaba un fresco sabor a hierbabuena en la boca. Poco a poco se fueron retirando los curiosos, decepcionados por no producirse lo que ellos esperaban. Luego se retiraron los amigos, muy apenados. Lola y sus hijos se quedaron frente al féretro, muy desconsolados. Con ellos, los abuelos de los niños, las tías de estos y, por supuesto, don Fernando y su secretario.

Don Luis, el padre de Lola, se retiró un poco del grupo buscando un sitio adecuado donde pudiese fumarse un habano y cavilar sobre la situación en la que ahora se encontraba su hija y sus nietos. Encontró una banca en un patio abierto, muy floreado. Lirios y trinitarias de todos los colores lo adornaban. Allí se sentó. Las bocanadas del puro impregnaron el ambiente con un fuerte, pero agradable, olor a tabaco.

Don Fernando lo había seguido en silencio y se le paró enfrente. Don Luis, sin levantar la mirada, le dijo:

—Era hora, hace rato le estaba esperando. Pensaba que usted nunca se me acercaría. Le escucho. Me debe una explicación —le habló en forma seria y autoritaria, pese a que entre los dos hombres había confianza.

—Lo sé, don Luis. Esperaba el momento oportuno y creo que este lo es —le contestó don Fernando al tiempo que se sentaba al lado de su interlocutor.

—Las murmuraciones sobre mi hija no solo me molestan, sino que son infundadas. Pensaba yo que usted, en cumplimiento de su deber y en retribución a nuestra amistad, pondría fin a ellas. No obstante, ocurre lo contrario. Se comenta que usted las genera al no dejar a mi hija fuera de observación… ¿Qué tiene que decir al respecto? —esto lo decía don Luis con extrema serenidad, pese a la preocupación que sus palabras implicaban.

—Reconozco que la culpa es mía por no aclarar el asunto y poner fin a las murmuraciones. Pero es que me asisten razones para ello. Sigo a su hija para protegerla, porque ahora está indefensa, vulnerable… y porque estoy enamorado de ella. Y es por esta última razón que me acerco a usted esta noche. Necesito su consentimiento para cortejarla, ¡deseo casarme con doña Lola!

—¡Ah!... con que esas tenemos… —exclamó don Luis sin mostrar ningún signo de sorpresa, pues algo así ya se esperaba. Se quedó pensando entre bocanada y bocanada de su fino tabaco—. Tiene usted mi consentimiento, pero le deben quedar claras dos cosas: de inmediato deberá usted hacer lo pertinente para que cesen las murmuraciones y mi hija quede libre de cualquier sospecha. Asimismo, deberá usted enamorarla bien, pues es ella quien tiene la última palabra. Para nadie es desconocido que Lola es mi hija preferida, siempre estará bajo mi protección y su felicidad es la mía. Así que… ¡ya sabe usted cómo debe proceder!

Me gustaría que, para el día de las elecciones, ya mi hija fuera su consorte. Es necesario que haya una primera dama, eso le aumentará la simpatía de los votantes. Mañana temprano pasaré por el Partido y haré unas contribuciones para su campaña y algunos arreglos que estimo serán necesarios. El nuevo alcalde deberá tener una posición sólida ante la oposición, yo me encargaré de ello.

Apenas terminó de hablar, echó lo que quedaba de su tabaco a la tierra, lo pisó fuertemente hasta desbaratarlo. Miró a don Fernando de una manera intimidante, como advirtiéndole: ¡ten cuidado con mi hija, no me la maltrates!

Así terminó la conversación de los dos hombres, mientras Lola lloraba sobre el ataúd de su marido que aún estaba tibio. Recién enviudaba, y ya sus próximas nupcias habían sido acordadas.

"Mientras Lola lloraba a su difunto, ya le estaban arreglando marido nuevo. ¡Así cualquiera se consuela rápido!"


miércoles, 16 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 1 ) LA VIUDEZ



Dolores Díaz Robaina, hija de canarios, era una mujer buena moza y muy altiva, la mayor de tres hermanas; ya contaba veinte y nada que se casaba. Eso, en aquel pueblo y en aquel entonces, significaba que la muchacha quedaría solterona; situación que preocupaba a sus padres y tenía desesperadas a las hermanas. No era porque le faltasen pretendientes, ¡no! Es que Lola –así la llamaban– de Antonio estaba enamorada, y él ni bolas le paraba. La presión que ejercían sus hermanitas y la vergüenza de sus padres hicieron que ella, por Juan, se decidiera.

Juan, de apellido Gallardo, era un joven bien compuesto, de buena cuna y, sobre todo, loco por ella. El matrimonio se dio –con gran gala– y todo el pueblo asistió.

Lola de Gallardo no perdió tiempo: a Juan le dio un hijo por año, ¡y ya llevaban cuatro de casados! Él estaba encantado con ella y los niños. A todos decía que la amaría por siempre y ella, con sarcasmo, respondía que tantos hijos no quería.

Un buen día, Lola se levantó de madrugada, como siempre lo hacía, para alistar el desayuno de su esposo y de los niños. Estaba cansada. Su marido, la noche anterior, le había hecho el amor sin cesar; de seguro saldría de nuevo preñada, pensaba ella a disgusto.

Sentada en la mesa, se encontraba dando el biberón al menor; los otros tres estaban comiendo animosos de sus platos. La cocina olía a compota de manzanas y canela, a leche tibia y a avena, a pan tostado, huevos fritos y jamón planchado. Lo acostumbrado para satisfacer las necesidades y gustos de una familia tan numerosa. El rostro de Lola era un poema: adoraba a sus criaturas y ellos a ella. Reinaba cierto desorden en esa mesa, pero la alegría era la recompensa. El plato de su marido estaba servido, pero él no bajaba. Era extraño y ella ya se inquietaba.

Subió con el bebé en brazos hasta la recámara, puso al niño en la cuna y a su esposo agitó mientras lo llamaba:

—Juan, Juan, despierta, ¡el desayuno se enfría y llegarás tarde al trabajo!

Lola se quedó muda; se echó para atrás, aterrorizada: ¡su marido ya con ella no estaba! Entre llantos y sollozos, llamó a la Prefectura para que vinieran a ayudarla, pues su marido había muerto… ¡y tieso estaba!

Don Fernando –así se llamaba el Prefecto– llegó con su secretario, más rápido que volando. Sacaron a Lola del dormitorio para examinar al difunto y poder expedir el acta de defunción correspondiente. Juan permanecía boca arriba en la cama, completamente desnudo, y tenía una sonrisa en la boca de oreja a oreja… ¡con el pene erecto!

El secretario, al ver esto, conmocionado comentó:

—Prefecto, ¡yo nunca había visto esto… un difunto que haya muerto con esa sonrisa! —lo dijo con los ojos desorbitados y la mandíbula abierta de par en par, sin quitar la mirada del pene del difunto.

—¡Si a mí se me parara el pene como se le paró a este… yo también tendría esa sonrisa! —dijo el Prefecto sarcásticamente—. El hombre fue afortunado: murió feliz haciéndole el amor a Lola. ¡Ah! Es que esa mujer se las trae…

Cubrieron a Juan con la sábana, de pies a cabeza, siendo imposible disimular el bulto que entre sus piernas se elevaba muy indiscretamente. Al final de cuentas, determinaron que la muerte era natural y no obedecía a ningún accidente.

Desde ese momento en adelante, Don Fernando seguiría de cerca a doña Lola Gallardo. Se convertiría en su sombra. En el pueblo se murmuraba que ese seguimiento que le hacía el Prefecto a la viuda era a causa de que sospechaba que ella había sido la causante de la muerte de Juan, que su muerte no fue natural y, por ello, empezaron a llamarla –a sus espaldas– La Viuda Negra.

Lo que no sabía la gente –ni tampoco Lola– es que Don Fernando usaba como excusa la muerte de Juan para pretenderla, y quería tener en sus labios la misma sonrisa que ella a él le había dejado.

"Cuando la muerte llega con una sonrisa, los enredos apenas comienzan."


NOTA: La foto que ilustra este relato corresponde a mi madre, María Dolores Martin Chica.