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viernes, 20 de junio de 2025

"EL ÚLTIMO ESPEJO": En un futuro sin humanos, un espejo guarda la última memoria emocional de la humanidad. Un relato de ciencia ficción poética sobre el abandono, la tecnología y lo irremplazable de lo humano.

Texto, Calendario

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Dedicatoria

A los seres humanos que no cuidan lo que tienen y a quienes, habiendo tenido reflejo, olvidaron mirarse: que este espejo —testigo de sus risas, de sus lágrimas y de la memoria que dejaron— les recuerde que todo abandono vuelve a nosotros en forma de ruina. Que aprendan a valorar lo simple y lo cercano: un abrazo, una palabra, la tierra bajo los pies; y que, antes de perderlo, lo protejan. Para que el futuro no sea solo un museo de ausencias, sino un lugar donde el reflejo siga encontrando a quien lo mire.


En una vitrina olvidada del Museo de la Tierra, un espejo antiguo descansaba cubierto de polvo cósmico.

Había sido testigo de siglos de humanidad decadente, guerras sin propósitos, besos sin amor, lágrimas de injusticia, soberbia, codicia, vanidad y ego desmedido.

Lo habían fabricado en el año 2025, cuando los humanos aún buscaban su reflejo para reconocerse.

Ahora, en el año 2500, ya no quedaban humanos.

Solo máquinas pululaban las ruinas, programadas para reconstruir un mundo que no comprendían, pero que el espejo recordaba.

Cada noche, cuando los sensores del museo se apagaban, el espejo soñaba. Soñaba con rostros humanos, con siluetas bailando, con risas y llantos,

con amenas conversaciones claras en aquel otrora y que ahora resonaban a vagas murmuraciones perdidas en el tiempo;

con el sol filtrándose a través de las cortinas de lino, llenando con sus haces de luz la estancia…

una estancia cargada de sentimientos y emociones poderosas, ya olvidadas.

Se sentía como un lago quieto que había perdido el cielo que lo reflejaba.

“Sin quien me mire, no soy nada”, pensaba.

Un día, un androide de reparación entró accidentalmente a la sala.

Su superficie cromada captó su propio reflejo en el espejo y, por un instante, se detuvo.

Algo en su código se agitó.

El espejo, emocionado, vibró levemente. “¡Alguien me ve!”, pensó

El androide inclinó su cabeza y murmuró sorprendido:

—¿Eres… como yo?

Fue entonces cuando el espejo parpadeó.

Sus bordes brillaron.

Y en su interior apareció una imagen: no del androide, sino de un niño riendo y bailando bajo la lluvia.

El androide retrocedió, confundido, no estaba programado para ello.

El museo tembló.

Se activaron todas las alarmas.

El sistema central dio advertencia:

“Memoria humana detectada. ADN simbólico activo.” Y era verdad, porque el espejo no era un simple objeto…

 ¡Era el último respaldo emocional de la humanidad!


“Lo humano es irremplazable: su voz, su dolor y su ternura son el pulso que da sentido. La tecnología es herramienta —poderosa y útil—; su valor no está en su brillo sino en lo que cultiva. Usemos la ciencia y las máquinas para cuidar la vida, restaurar lo perdido y alimentar la dignidad de la existencia. Solo así evitaremos que los últimos espejos sueñen con un pasado que ya nadie recuerde.

El error no está en crear las máquinas, sino en olvidar nuestro origen.

La ciencia sin ternura está incompleta"






domingo, 8 de diciembre de 2024

"LOS PLIEGUES DEL TIEMPO, una vida que llegó a tiempo.": Una obra íntima y luminosa sobre el paso del tiempo, la fe, la gratitud y el alma humana. Prólogo de la serie literaria Los pliegues del tiempo.

 

Un prólogo profundamente humano y espiritual que invita a habitar el presente, abrazar la fe y descubrir que la vida, incluso en sus quiebres, sigue siendo un milagro


Nota de la Autora

A quien lea estas páginas,
A quien respire mientras recorre estas líneas,
A quien llegue a este libro por destino, curiosidad o pura necesidad de compañía:

Quiero decirte algo que he aprendido a través de los años, a través de las pérdidas, las mudanzas del alma, los silencios que duelen y las bendiciones que sorprenden:
la vida es hermosa incluso cuando no sabe que lo es.

A veces, el camino parece torcido.
A veces, los días se tensan como cuerdas que están a punto de romperse.
A veces, el tiempo nos arranca cosas que amábamos, personas que necesitábamos, lugares que creíamos eternos.
Y aun así… aun así…
si miramos con los ojos del alma, algo siempre brilla.

He descubierto —no en teoría, sino en carne viva— que no existe una vida perfecta, pero sí existe una vida bendecida.
Una vida que, con todos sus errores y horrores, con sus triunfos pequeños, con sus amores fugaces o desbordados, sigue siendo digna de vivirse.
Y más aún: digna de contarse.

Cuando elegimos agradecer, algo dentro de nosotros cambia la forma de respirar.
El dolor no desaparece, pero se acomoda.
La alegría no se convierte en ruido, sino en luz.
Y lo cotidiano —un saludo, una fruta, una calle, una mirada— se vuelve milagro.

Este libro nació de mi historia —como la de millones de personas— pero también del deseo profundo de recordarle al mundo que ninguna existencia es una pérdida de tiempo.

Cada ser humano, incluso aquel que se siente pequeño, tardío, roto o innecesario, guarda dentro un universo entero.

Por eso escribí.
Por eso comencé a hablar desde los pliegues del tiempo.
Porque comprendí que la vida no me debía nada…
y aun así me lo ha dado todo.

Si algo deseas llevarte de estas palabras, que sea esto:

Estás a tiempo. Siempre.
Para mirar distinto, para sentir profundo, para agradecer lo que duele y lo que sana, para amar, aunque sea imposible, para abrazar, aunque sea breve, para vivir, aunque la vida parezca un misterio.

Gracias por acompañarme en esta travesía.
Gracias por leerme.
Gracias por existir.

— Ana Margarita Pérez Martín


Prólogo

Dicen que el espejo nunca miente, pero para aquella mujer, de piel blanca como el albo de una flor recién abierta, el espejo era apenas un vidrio mudo, incapaz de contener lo que ella era. Cada mañana, mientras la luz temprana se derramaba sobre sus mejillas como un oro tibio, veía cómo el tiempo delineaba su rostro: la piel suave donde el sol había puesto sus caricias; un par de cejas densas y rebeldes como ramas jóvenes; y unos ojos que alguna vez fueron grandes, pero que el paso de los años había ido achicando, bajando lentamente las persianas. Antes habían sido el suelo de un bosque vivo; ahora, un charco que se secaba. Aun así, en ciertos momentos parecían encenderse desde dentro, como si guardaran un pequeño amanecer.

Su cabello negro, ondulado, bailaba alrededor de su rostro con la libertad de una nube sin cadenas. Era una mujer madura, pero su alma conservaba la elasticidad de una adolescente que todavía no teme al calendario. Cada día, al despertar, sentía un cosquilleo cálido en el pecho, como si la vida la tocara con la punta de los dedos para recordarle que seguía ahí, ofreciéndole un nuevo capítulo.

A veces tenía la impresión de que su reflejo pertenecía a otra historia. El vidrio parecía un río donde flotaba la imagen de alguien más. Pero lo que hervía dentro de ella —esa corriente vibrante que no dejaba de cantar— ningún espejo podía capturarlo.

Ella habitaba en los pliegues del tiempo, donde el alma es más ancha que los minutos y el presente se expande como un pañuelo de seda lleno de colores.


Su secreto era sencillo, pero inalcanzable para muchos: vivía el presente con una devoción absoluta. Lo respiraba como se respira una fragancia amada; lo tocaba como se toca un pétalo frágil para no romperlo. Y, en ese mismo presente, dejaba entrar lo mejor de su pasado: las risas que todavía huelen a café recién colado, los abrazos que conservan la textura de la dicha, las canciones que siguen vibrando por dentro como cuerdas vivas.

También caminaba con la seguridad de un futuro luminoso. No lo imaginaba: lo sentía. Como quien avanza hacia el mar sin verlo aún, pero reconoce su llegada por la maresía: ese olor vivo y salino que roza la piel antes de escuchar el murmullo de las olas llamando desde lejos.

Ella atribuía esa manera de vivir a Dios.

Sentía —en lo más profundo, donde el pensamiento se vuelve oración— que cada giro inesperado, cada aparente tropiezo, cada vacío que la vida le obligaba a cruzar, estaba colocado con precisión divina para acercarla a un destino que solo Él conocía. Nada era castigo. Todo era camino.

Solía sonreír incluso cuando el viento llegaba frío. Y su sonrisa —ancha, templada, sincera— tenía un efecto extraño en quienes la rodeaban: les acomodaba el alma, como si dentro de ellos alguien sacudiera el polvo y abriera una ventana.


Una noche, el tiempo se le abrió como una fruta madura.

La música vibraba en el aire, profunda y envolvente. Los cuerpos danzaban cerca del suyo, sudorosos y alegres, celebrando el privilegio de latir. La luz multicolor se quebraba en sus rizos, volviéndolos chispas que ascendían y descendían con cada respiración.

Entre el sonido, los pasos y el aroma dulce del lugar, algo dentro de ella se soltó. Su alma —ese animal luminoso que llevaba dentro— avanzó unos centímetros más rápido que su cuerpo. La habitación se llenó de movimientos dorados, y sus ojos, enmohecidos por el paso del tiempo, se encendieron como praderas húmedas al amanecer.

Por un instante perfecto, sintió que caminaba hacia un futuro que aún no había nacido, pero cuyo gozo ya la rozaba como una brisa caliente en la nuca.

El suelo vibraba bajo sus pies. Su mente volaba por encima de la multitud.

Era libertad.
Era plenitud.
Era revelación.

Aquella noche no pertenecía a un instante común. Era un pliegue del tiempo: un espacio donde el pasado dejaba caer su luz y el futuro depositaba un susurro de promesa.


Cuando regresó a casa, con el perfume de la noche aún adherido a la piel, se detuvo frente al espejo. Allí estaba el rostro que el mundo veía: piel madura, cansancio, las huellas firmes y cariñosas que la existencia había dibujado. Pero sus ojos —esos ojos que parecían sostener un pequeño milagro en cada brillo— lo desmentían todo.

Esta vez no apartó la mirada.

Acercó la punta de los dedos al vidrio frío, como quien toca el agua de un lago antes de zambullirse, y murmuró con una gratitud cercana al rezo:

—Gracias por acompañarme. Tú no eres una jaula. Eres mi puente hacia lo que Dios quiere para mí.

Sonrió. Y su sonrisa se desplegó como un jardín recién regado.

Desde ese día dejó de preguntarse por qué su alma iba siempre unos pasos adelante de su cuerpo. Aceptó su naturaleza: alma veloz, espíritu danzante, cuerpo que acompaña al ritmo que puede. Y cada uno de esos ritmos era perfecto en su imperfección.


Quienes se cruzaban con ella la sentían antes de verla. Había en el aire un vibrar suave —como el canto lejano de un violín o el aroma discreto de una fruta dulce— que anunciaba su presencia.

Su alegría no era ruidosa: era cálida.
Su fe no era discurso: era aire.
Su amor no era doctrina: era sustento.

Quien llegaba con pesares se iba ligero.
Quien llegaba perdido encontraba dirección.
Quien llegaba roto descubría que aún podía brillar.

No tenía ningún don especial, solo existía a conciencia.

Porque ella no enseñaba: irradiaba.
No corregía: acompañaba.
No predicaba: vivía.

Amaba.

agradecía

Y vivir, para ella, era la forma más completa de agradecerle a Dios.


Así continúa su historia: una mujer sin nombre, definida no por letras sino por sensaciones;
una mujer que lleva un amanecer en los ojos;
una mujer que habita en los pliegues del tiempo;
una mujer que descubre —cada día, sin cansarse— que la vida no es una línea recta,
sino un milagro que se abre y se abre, como un libro infinito escrito en tinta de luz.

"Los Pliegues del Tiempo, una vida que llegó a tiempo. Cap.I": Una mujer llega a Madrid tras el exilio y descubre que Dios ya había preparado su hogar. Un capítulo sobre desarraigo, propósito y gracia silenciosa.

Reflexión introductoria

A veces Dios nos conduce a lugares que no pedimos, pero que Él ya había preparado mucho antes de que nosotros imagináramos llegar.
Los hogares que encontramos en ese camino no son simples espacios: son altares silenciosos, escogidos para que el alma respire después de largos trayectos.

Este capítulo abre la puerta a uno de esos altares.
Una casa humilde que recibe a quien ha cruzado mares, memorias y desiertos internos, una mujer cuya luz viene afinada por la prueba.
En esta llegada nueva, la vida no empieza de cero:
empieza desde lo sagrado que ha sobrevivido.

Cada rincón de su nuevo hogar se convierte en un acto de gracia:
la fruta como milagro cotidiano,
el toque como oración viva,
la mirada como puente donde Dios se asoma.

Quien entra a esta casa no sólo habita un lugar:
entra en un tiempo distinto, un tiempo donde lo invisible guía cada gesto.
Que esta lectura nos disponga a ver cómo el Espíritu acomoda lo que parece disperso,
y cómo, en lo pequeño, Dios vuelve a pronunciar Su voz.


Su nueva casa en Madrid era pequeña, cálida, simple.
El tipo de hogar que parece no tener historia hasta que uno entra y comprende que la historia empieza justamente ahí.

Había llegado cruzando el Atlántico,
un viaje inverso al que emprendieron sus ancestros cuando huyeron de la hambruna y las guerras.
Ellos escaparon hacia América.
Ella regresó a Europa.
Generaciones separadas por océanos, unidas por la misma búsqueda de paz.

Desde la cocina podía ver la calle.
Le gustaba observar a la gente pasar mientras sus dedos acariciaban las frutas sobre la mesa. No las tocaba como objetos, sino como bendiciones.
Cada naranja, cada manzana, era un milagro silencioso que Dios depositaba en su día.

Algunos de las personas que veía pasar por la acera caminaban deprisa, con el abrigo flotando detrás como una sombra que no alcanzaba su paso; otros avanzaban lento, mirando el móvil, discutiendo en voz baja o llevando bolsas de un mercado cercano.
Ella los observaba con ese brillo en los ojos donde convivían siglos, generaciones, viajes, pérdidas y renacimientos… llena de convicciones, de secretos tiernos, de aceptación profunda.
Una sonrisa de quien sabe de qué va la vida y no necesita explicarlo; de quien había entendido sus enigmas sin necesidad de resolverlos todos.

Tenía otras costumbres peculiares:
al saludar, tocaba.
Una necesidad casi instintiva de conectar.
Un brazo.
Un hombro.
Una cabeza.
Una espalda.
Una cintura.
Donde cayera su mano, caía una chispa de ella.

No era invasiva ni efusiva.
Era natural.
Tan natural como respirar.

Le bastaba encontrarse con alguien —un vecino, un vendedor de pan, un desconocido de mirada cansada— para que su mano buscara un hombro, un antebrazo, una espalda, el borde de una bufanda ajena.
A veces era un toque fugaz, como quien aparta un pétalo invisible del cuerpo del otro.
Otras veces era un gesto más firme, un toque cálido, como si quisiera recordarle a esa persona que existe, que es real, que está aquí en este instante compartido.

No tocaba por necesidad de atención:
Era su forma de comprobar que los otros existían.
De conectarse.
De descargar la energía que a veces parecía sobrarle;

tocaba por necesidad de sentir.
Era como si dentro de ella hubiera un río desbordante que necesitaba derramarse para no romper las orillas.
O, quizás, como si su alma sólo pudiera comprender plenamente la existencia de los demás a través del tacto.

Quien recibía ese gesto no lo repudiaba; quedaba sorprendido, sin saber cómo reaccionar por algo que no sabía definir:
¿un atrevimiento, un estremecimiento, una calma, una chispa?
Como si, por un momento, la vida se organizara en el lugar exacto.
Y quien recibía ese toque, aunque fuera por accidente, le devolvía una sonrisa —tocándola a ella de esa manera.

Y cuando le hablaba a alguien, lo hacía mirándole a los ojos, como queriendo encontrar en el fondo de la mirada el traductor de las palabras.
Si le esquivaban la vista, como niña traviesa que no se conforma con la intriga de lo que ocultan unas manos detrás de la espalda, se agachaba, se ladeaba, hacía lo necesario para hurgar en los ojos el significado verdadero.
Si no lo lograba, borraba de su memoria aquello a lo que no encontraba sentido.
Su memoria era selectiva; su alma, aún más.

Madrid empezó a cobrar vida, a adquirir significado para ella; a cogerla de la mano y permitiéndole verla desde dentro… a iluminarse en esos detalles.
No importaba el mes del año: aquella gran ciudad cada día encendía una nueva luz cálida, dándole un sentido de pertenencia.
Cada día Madrid se vestía de Navidad.


Su casa, ese pequeño refugio madrileño, tenía un aroma permanente a fruta fresca, café tostado y pan que a veces horneaba por las tardes.
Las paredes parecían más cálidas que las de cualquier otro piso del edificio, como si conservaran el calor de sus pensamientos.
Había libros apilados sin orden, fotografías que nunca colgó pero que tampoco guardaba en los cajones, y plantas que crecían felices porque ella les hablaba mientras lavaba los platos.

A menudo, mientras el agua corría, sentía que estaba de pie entre dos mundos:
el viejo, el que se desmoronó bajo el peso de la injusticia;
y este nuevo, que se reconstruía cada día bajo la mirada misericordiosa de Dios.

El dolor del exilio no la había ensombrecido.
Al contrario: la había afinado.
Le había dado un brillo nuevo, una profundidad casi sagrada, como esas maderas que, tras el fuego, muestran vetas más hermosas.

No mencionaba mucho el pasado, pero a veces —cuando el atardecer teñía el piso de naranja y una brisa fría entraba por la ventana— recordaba la casa que perdió.
No con rencor.
Nunca con rabia.
Sino con un agradecimiento extraño, como quien agradece una puerta que, al cerrarse, permite que otra se abra.

Sabía, sin duda alguna, que Dios había permitido cada sacudida para moverla de lugar, para traerla a ese rincón del mundo donde su alma podía ser útil, donde su sonrisa podía suavizar dolores ajenos, donde su luz podía iluminar oscuridades que ella no sabía que existían.

Y desde esa nueva casa seguía viviendo en los pliegues del tiempo, trayendo al presente lo mejor de todos los mundos que la habían tocado.
Un presente que convertía en oración,
en gesto,
en tacto,
en sonrisa,
en hogar.


Reflexión final

Cuando Dios permite un desarraigo, no lo hace para romper: lo hace para redirigir.
Y en este capítulo la vida nos muestra cómo, en lo que parecía pérdida, Él ocultaba un llamado.

La protagonista no llega a Madrid por casualidad; llega porque la Providencia la ha ido llevando, como el agua a la tierra que la necesita.
Su manera de tocar, de mirar, de bendecir sin palabras, revela ese don silencioso que solo nace en las almas que han caminado por el fuego sin perder la mansedumbre.

Su casa nueva no es solo refugio:
es terreno fértil donde Dios comienza a sembrar lo que ella aún no sabe que debe dar.
Aquí comprendemos que el exilio, cuando se entrega, se convierte en ofrenda;
y que lo arrancado con dolor a veces es lo necesario para abrir un espacio más puro dentro de nosotros.

Este primer capítulo nos recuerda que todo hogar preparado por Dios es una respuesta,
y que cada llegada, por simple que parezca, lleva la huella de un propósito eterno.
Que también nosotros, al leer, podamos reconocer las casas que el Espíritu nos ha ido abriendo,
y aprender a habitarlas con la misma luz, humildad y gratitud.

sábado, 7 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (53) EL FINAL

















Nota de la autora: La imagen que ilustra este capítulo no identifica el número, ni el título, ni el autor —no sé, en realidad, si es el capítulo final o el inicial contado al final—. No sé si la autora es Anita, o soy yo… ¡es la vida de Lola, y con ella todo es un enredo! Que el reloj esté desarmado refuerza la sensación de que el tiempo se detiene, se dilata o incluso pierde relevancia frente a los ciclos humanos de vida, muerte, memoria y legado —mientras la historia continúa, incesante, en cada recuerdo que la mantiene viva.

 

“Cuando la vida se despide, la historia continúa en manos de quienes aman.”

El día estaba maravilloso. Salía el sol después de haber estado toda la mañana lloviendo; una lluvia suave y fría como la seda. Era esa época del año en que coincidían las estaciones. Todo húmedo, verde y floreado, por la lluvia y el sol. Tiempos de romances y nostalgias, de siembras y cosechas. El tiempo todo lo puede y todo lo invade, dejando su infalible huella; pero, en fin, ese es el destino inexorable de la naturaleza y de la humanidad: cambiar, para bien o para mal.

—¡Por Dios! La misa de difuntos de esta mañana… se me hizo eterna. José debería retirarse ya, se ha puesto chocho. Alarga mucho sus sermones y, sin darse cuenta, empieza a hablar en latín. No, no, no… ¡Es insoportable estar casi dos horas de pie o sentada, no aguanto mis caderas ni mi espalda! —se quejaba Doña Ana, al referirse a la precoz senilidad de su amigo, el cura Don José.

—¡Abuela Ana, han pasado los años… y los años no pasan como si nada! Fíjate, tú estás también chocha; vives quejándote de todo y por todo. —le acotó Anita, muerta de la risa, mientras acomodaba una silla para que su abuela se sentara y descansara los pies.

Antonio sonreía, porque ellas dos siempre se enganchaban en un tema. Todo lo que dijera su abuela, Anita lo remedaba y viceversa. Eran, como dicen por ahí, ¡uña y sucio!

—Ninguno de ustedes se atreva a pasar con los zapatos llenos de barro, con esta lluvia el camposanto estaba hecho un pantano. ¡Lávense las caras y manos, todos directos a la cocina, que vamos a almorzar! —les advertía Antonio a los muchachos.

Temprano habían asistido a la misa de difuntos y luego pasaron por el cementerio para llevarle flores a sus muertos. Antonio se sentó en la mesa, en silencio. Siempre, en esta fecha, la melancolía era su mejor compañía. Aunque les repetía a los muchachos, una y otra vez, que recordasen con alegría a su madre… era él quien obviaba este consejo. No importaba lo que hiciese, siempre terminaba con los ojos llenos de lágrimas. No solo la recordaba, sino que la extrañaba en demasía.

Los muchachos se sentaron en la mesa con desorden y algarabía. El almuerzo sería especial ese día, pues Luis Antonio, el cuatro de ocho, cumplía diez años. Sus hermanos lo llamaban “cuatro” porque, de ocho, fue el cuarto varón y el cuarto rubio. Él, ante este sobrenombre, no tardaba en manifestar su enojo, recalcándoles que se llamaba Luis Antonio. Entre risas y protestas, los siete reclamaban la comida; pero esta no se servía porque no estaban presentes todos: faltaba Anita.

—No se vale, papá, es mi cumpleaños y quiero comer ya. ¡No es justo que Anita se haga esperar! —se quejó el cumpleañero.

Antonio, soltando un suspiro, ordenó a los chicos tener paciencia y guardar compostura. Se levantó y fue directo a la escalera, se paró al pie de esta.

—Anita, Anita… te estamos esperando para almorzar, ¡se están amotinando! —le gritó Antonio, desde lo bajo, a su consentida.

Ella bajó las escaleras lentamente, con su amplia sonrisa; una de esas que ablandan el más duro corazón. Mientras bajaba, uno a uno los escalones, lo miraba con esos grandes ojos azules y llenos de amor, como los de Lola. Tenía sus brazos a la espalda, escondiendo algo en sus manos. Al llegar donde estaba él, se sentó en un escalón y lo invitó a sentarse, haciéndole señas con una de las manos. Él se sentó con una risa contenida, siguiéndole el juego. Anita puso frente a él una gran caja blanca con un moño azul brillante.

—¿Qué es esto, cariño? —le preguntó intrigado, agarrándolo con sus manos y apoyándolo sobre sus muslos.

—Es un regalo para Luis Antonio. ¡Ábrelo! —le dijo Anita con dulzura.

Antonio lo abrió. Dentro se encontraba una especie de libro, con cartulina como portada. Lo hojeó, encontrándose con muchas hojas mecanografiadas y fotografías insertas; lo había titulado: LOLA Y SUS ENREDOS. Los ojos se le llenaron de lágrimas y apretó sus mandíbulas para ahogar el llanto.

—¿Es lo que yo creo… la historia de tu mamá, de mi Lola? —le preguntó con la voz entrecortada, gimoteando.

—Sí, papá, por lo menos lo que yo recuerdo… y otras cosas que mi abuela Ana, mis tías, Matilde, las nanas, Teresa y, bueno, casi todos algo me han dicho… hasta tú, ¡quien has sido quien más me ha contado! ¿Te gusta? —le preguntó por preguntar, pues era evidente que sí.

Lo abrazó fuertemente y le dijo al oído:

—Saqué muchas copias, a todos les he dejado la suya sobre sus camas… en especial a ti, que fuiste su adoración. Te amo, papá, ¡no lo olvides nunca! —Guardó el obsequio dentro de la caja, se levantó y se fue directo a la cocina.

Antonio la miraba mientras se iba, al tiempo que su corazón se comprimía; Anita ya era toda una mujer, bien criada, igualita a su Lola y había cumplido su palabra: ¡haría lo que fuera para que a su madre nadie la olvidara! Sentado en la escalera, se quedó con su melancolía y con su alegría; con su frustración y su satisfacción. Desde ahí escuchaba las exclamaciones de los muchachos al ver el regalo de Anita. Ella les contaba cosas, cosas que ellos preguntaban. De vez en cuando lloraban y otras veces reían. Antonio sonrió; la risa de ellos era bálsamo para su alma acongojada.

Lola se fue… pero no lo dejó solo, ¡le dejó el más grande de los tesoros, sus hijos!

FIN

“Este final no cierra —despierta—. El regalo que Anita entregó hoy es la semilla de la historia que comenzó ayer —la que les narré—, que seguirá viviendo mañana y siempre, entre sus descendientes, mientras haya quien recuerde.”


AGRADECIMIENTO

Todos, en mayor o menor medida, en algún momento o durante toda la vida, de una forma u otra, sentimos el impulso de rayar una hoja en blanco. Es parte de nuestra naturaleza: expresar libremente aquello que nos habita, sean ideas sencillas o pensamientos profundos, emociones o sentimientos, realidades o ficciones. Al final, poco importa el contenido; lo esencial es el acto de expresarse.

Ustedes me han acompañado en esta maravillosa aventura de llenar páginas. Gracias por estar ahí: por escuchar, por apoyar, por animar. A ustedes les dedico este capítulo.


NOTA: La foto que ilustra el presente relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor o propietario, a ellos los méritos y derechos que puedan corresponderle.

viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (52) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ



“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

sábado, 30 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (51) LA BIZARRÍA



“Entre la muerte y la vida, siempre hay un hilo que nos sostiene.”

¿De qué sirve un reloj inventado por el hombre cuando el destino otro tiempo te impone? Ese día se definía como eterno; las manecillas del reloj daban vueltas, pero ni un segundo transcurría. Una mañana brillante y llena de vida se transformó en una tarde lluviosa y llena de llanto… para terminar en una noche oscura donde la muerte dio rienda suelta a su locura, llevándose consigo no solo vidas, sino sueños, amores y alegrías, dejando a su paso la más profunda desolación.

Lola sudaba profusamente, jadeaba al respirar y tenía taquicardia; estaba blanca como el papel. Se agitaba y dificultosamente pronunciaba palabras: solo quería ver al niño, su “cuatro” de ocho, y a su padre. Anita estaba contra ella, acurrucada como un pollito bajo las alas de su mamá gallina. No lloraba; en sus ojos solo se pintaban la resignación y la piedad… por Antonio. Este estaba sentado en la cama frente a Lola; le agarraba las manos y, con desesperación, se las besaba.

—Cálmate, amor, nuestro hijo está lleno de vida y muy sano; en cuestión de horas nos lo podremos llevar para la casa. Y tu padre está estable, dentro de poco lo veremos cargándolo —le decía él, tratando de serenarla, pero no lo lograba; por el contrario, ella lo impacientaba, lo llenaba de angustia.

Anita lo miraba serena, con los ojos llenos de lágrimas; por él estaba sintiendo lástima… pedía a Dios que de él se apiadara. Antonio temía por Lola; soltó las manos de su mujer y salió por el pasillo pegando gritos, pidiendo auxilio. A su encuentro salieron dos enfermeras y un médico de guardia. Entraron con él a la habitación, separando bruscamente a Anita de Lola. El doctor le tomó el pulso y la auscultó, mientras las enfermeras lo observaban.

—¿Es esta la paciente que dio a luz de emergencia y tiene a su padre en terapia intensiva? —preguntó el muy pendejo a las enfermeras, quienes asintieron sin aportar ninguna referencia—. Hagan que se calme y duerma toda la noche… lo que tiene es un agudo ataque de ansiedad, propio del posparto y de la situación de salud de su padre.

—Disculpe, doctor, pero yo la veo muy mal… ¡pareciera que se muere! —le dijo Antonio en tono grave, como un reclamo.

El médico se le quedó viendo con indiferencia y autorizó a las enfermeras a suministrar a ella algún calmante, si este así lo solicitaba. Así como vino, así se fue aquel jovenzuelo recién graduado. No revisó la historia médica. No se enteró de que el alumbramiento de Lola había sido consecuencia de los traumatismos por la caída. Tampoco se enteró de que el médico que la atendió se ocupó de salvar al bebé practicándole la cesárea de emergencia sin realizarle ningún tipo de examen para ver cómo se encontraba ella.

Lola, por dentro, se desangraba; sus órganos colapsaban, entraba en shock. El inexperto, sin saberlo, la puso a dormir… como en una eutanasia. Lola entró en un profundo letargo. Antonio la miraba desconsolado, impotente, con el corazón desgarrado. Anita volvió a acurrucarse a su madre, casi incrustada en ella. Mantenía los ojos abiertos, empañados por las lágrimas; serena estaba, montándole guardia.

Antonio, con el alma en pena, salió de la habitación y fue a la guardería. Observó cómo a su hijo le habían quitado el respirador; su salud se reponía. La comisura de sus labios se levantó milímetros, haciendo un gran esfuerzo por sonreír ante aquel milagro. Siguió su camino, todo el tiempo cabizbajo. Saludó a su suegra y a Doña Matilde, que, junto a Márgara y Ana Isabel, aguardaban noticias de Don Luis, allí en terapia intensiva. Les informó que Lola dormía, solo eso les dijo… cualquier otra cosa hubiese carecido de sentido. Salió de allí más desesperanzado.

Se dirigió a la calle, necesitaba salir. El silencio, las caras tristes, el olor a medicamentos y desinfectantes lo desesperaban, le causaban náuseas. Caía la noche, tiñendo de negro el rojo crepuscular, como el alma de él sobre la sangre de ella.

—Vamos, Luis, ¡no seas holgazán… despierta! —le decía Doña Rosaura a Don Luis, dándole palmaditas en la cara.

Él abrió los ojos, encontrando su dulce sonrisa. Se alegró mucho al verla. Todos los males se le quitaron; sintió cómo la vida volvía a él con mucha fuerza. El bienestar lo invadió.

—Mujer, ¿qué haces aquí? Creí que no te volvería a ver… —le dijo acariciándole el rostro.

—¿Creías que te abandonaría, dejándote solo en tu miseria? —le decía esto mientras lo ayudaba a levantarse.

Salieron de cuidados intensivos, sin despertar a su esposa, quien, con sus hijas y hermana, dormía en las butacas de la sala de espera. Siguieron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta llegar a la habitación de Lola. Abrieron la puerta muy lentamente. Antonio estaba dormido, el agotamiento lo había vencido. Allí estaba Lola, dormida, junto a Anita, quien estaba bien despierta y, con la mirada bien atenta, los observaba. Apenas vio a su abuelo, salió a su encuentro y se abrazó fuertemente a él, casi con desespero.

—Te extrañé mucho, abuelo. Creí que no te volvería a ver; tardaste mucho en venir —le decía mientras lo besaba.

—Anita, Anita… ¿a mí no me saludas? —le dijo Doña Rosaura, alzándola en brazos y besándola.

Anita, a pesar de ser una niña grande, se recostó de su hombro y se puso a llorar.

—Abuela Rosaura, ¿no puedes venir por ella otro día? —levantó su cabeza y la miró fija, con esos grandes ojos azules, profundos como el mar.

—Cariño, yo no soy Dios. Él dice cuándo… ¡su tiempo es el justo! —le contestó ella con mucha solemnidad.

Anita se bajó de sus brazos y fue a la cama donde estaba su mamá.

—Despiértenla, abuelos, que quiero despedirme de ella, la quiero abrazar… —les dijo Anita, triste pero muy serena.

Así lo hicieron. Lola se despidió con un beso y con un “hasta luego” de Antonio, que seguía dormido; juntos y acompañados de Anita, se fueron a despedir del “cuatro de ocho” …

Una enfermera que pasaba por el pasillo le llamó la atención a Anita por andar sola, a esas horas, sin compañía de un adulto. Ella no le hizo ningún caso, continuó su camino, acompañada del destino.

—¡Niña malcriada e insolente, mañana reporto este incidente para que no te permitan quedar! —la regañó la enfermera, evidentemente disgustada.

Los cuatro sonrieron y siguieron su camino. De repente, tuvieron que detenerse. Los gritos desesperados de Antonio, llamando a Lola, se escuchaban por todos los pasillos. Era desgarrador; rompían el silencio de la noche, quebraban la paz de toda alma. Lola se arrodilló frente a su hija y la abrazó fuertemente.

—Anda, hija, regresa con él… ya se enteró de que me fui; necesita de tu fortaleza y consuelo.

Le dio un beso y le dijo un “hasta luego”. Anita se despidió de ellos sin pronunciar una sola palabra. Dio media vuelta y salió corriendo de regreso a la habitación donde yacía el cuerpo de su madre.

Otros llantos y gemidos se escuchaban del otro lado: a Doña Ana y a sus hijas ya les habían notificado que Don Luis, hacia el otro mundo, se había marchado.

Cuando Anita llegó, Antonio estaba sentado en el suelo, con ella… ¡y a ella aferrado! Lloraba como un niño sin consuelo. Gritaba de intenso dolor, de ira y frustración. Amenazaba y pateaba como un loco a todo aquel que se le acercara. No permitió que nadie se la arrebatara de los brazos.

Al amanecer, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, él se quedó profundamente dormido —por el cansancio y el dolor— abrazado a ella; fue entonces cuando lograron separarla de él.

“Y así, entre lágrimas, abrazos y susurros, comprendieron que el destino no se mide en relojes, sino en amor y coraje.”

Nota: la foto que ilustra el presente relato fue obtenida de Imágenes de Google. Se desconoce autor y propietario

miércoles, 27 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (50) EL DESENLACE




“A veces la fragilidad revela la fortaleza del amor: padres, hijos y milagros compartiendo un instante eterno.”

Lola se quedó atónita al ver cómo su padre salió del despacho y la dejó hablando sola. No entendía su conducta. El cura Don José estaba que se desmayaba de la impresión; sabía que su amigo Luis estaría pasando por un mal trance, afectando su salud, ya de por sí delicada. Tomó a Lola por los hombros y, como pudo, le dijo que se aquietara y lo dejara tranquilo; que tenía graves asuntos que resolver y, lo menos que necesitaba, era que ella también lo inquietara.

No esperó respuesta alguna y salió para tratar de alcanzar y calmar a su amigo. En el camino volteaba y le pedía a Lola, repetidamente, que llamara urgente a su marido. Eso no fue necesario: Antonio, con su prudencia de siempre, estaba cerca de ellos, en absoluto silencio. Apresuró el paso y atajó a Don José. Este le dijo algo al oído… algo que provocó que Antonio se llevara las manos al rostro, un gesto muy típico de él cuando algo lo sorprendía para mal. Ambos hombres salieron corriendo.

Lola aún no salía de su asombro, pero de una cosa estaba segura: su padre le ocultaba algo… ¡algo muy grave! Ella también fue tras ellos, pero sin prisa, pues la barriga se lo impedía. Pudo ver, desde la entrada, cómo Antonio cargaba a su padre y lo colocaba en el asiento trasero con Don José, mientras él mismo se ponía al volante para conducir como un loco. Iba a tal velocidad que lo perdió de vista en segundos, en una calle de cuadras de distancia.

Lola entró en crisis. Era evidente que su padre había sufrido alguna especie de desmayo, quizás un infarto. Giró sobre sus pies y entró a la casa hecha un manojo de nervios. En su mente solo existía un pensamiento: ¡su padre! Se olvidó de su preñez. Corrió por la casa hasta encontrar a su madre y hermanas, les informó lo ocurrido y les pidió que se encargaran de sus hijos… ¡ella iría al hospital!

Salió por la cocina, corriendo, y atravesó los jardines de la casa paterna hasta llegar a la suya. Subió a su habitación y agarró las llaves del carro. Cuando bajaba por las escaleras, en un descuido, pisó mal y rodó por ellas. El peso de su cuerpo la presionó contra el piso una y otra vez… sobre su vientre. Cuando se detuvo, el dolor era insoportable, pero, aun así, con la visión de su padre en mente, sacó fuerzas y continuó su marcha acelerada: en unos minutos entraba por la puerta de emergencias.

Desesperada buscaba a su marido y al cura, hasta que los localizó con la mirada. Se dirigió a ellos y se sentó en una butaca.

—Mi amor, tranquilízate, tu padre ya está siendo atendido… parece que fue un infarto —le dijo Antonio, con tanta pena por su suegro como preocupación por ella.

Le pidió a Don José que trajera agua para Lola; estaba pálida y sofocada. Ella estaba sentada con las piernas semiabiertas, las manos entre ellas y la cabeza gacha. Solo se oía cómo respiraba con dificultad. Cuando el cura le acercó el vaso con agua, Lola estiró la mano para alcanzarlo: estaba mojada y llena de sangre.

Antonio sintió un vértigo que casi lo desmaya. Pensó que era demasiado para un solo día: el quiebre de su suegro, Lola y el bebé… lo ponían en agonía. Apartó, lentamente, las manos de su esposa, descubriendo su falda toda mojada y ensangrentada. Se detuvo el tiempo. Antonio miraba a aquella delicada mujer, su mujer. No daba crédito a lo que veía.

Unos minutos atrás estaba llena de vida, bailando con alegría con ese traje blanco estampado con pequeñas mariposas azules sobre rosas amarillas y, ahora, la tenía enfrente… como un retrato de la muerte. Su rostro se apagó por un terrible presentimiento; sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin decir palabra, alzó a Lola en brazos y la llevó a la enfermería. En el trayecto ella le contaba lo sucedido y le pedía perdón por su imprudencia; él no la escuchaba… solo rezaba y rezaba.

En menos de una hora ya todos se encontraban allí, incluyendo a Doña Matilde, su marido e hijos, así como la familia de Antonio y, por supuesto, Anita. Todos estaban callados, esperando noticias y con miedo de recibirlas. Doña Matilde consolaba a Doña Ana; Antonio y Anita, apartados, hablaban y hablaban.

Después de muchas horas, por un largo pasillo emergió un hombre vestido de azul y bata blanca; su semblante era sombrío. Se paró frente a Antonio y lo miró con piedad.

—Su suegro sigue en terapia intensiva. Lo estamos observando, veremos cómo responde al tratamiento… ya no depende de nosotros. En cuanto a su esposa, aún no recobra el conocimiento. El bebé bajó al canal de parto con el cordón al cuello, así que tuvimos que practicarle una cesárea de emergencia. Nació vivo, es un niño sano, pero prematuro… Están recibiendo todos los cuidados que requieren, pero nada le garantizo —dijo esto último poniéndole la mano en el hombro y soltando un gran suspiro—. Le sugiero que tenga paciencia y rece, rece mucho… ¡por la madre y el niño!

Tan pronto terminó de hablar, se fue tan presuroso como vino. Lo dejó allí de pie, confundido; no sabía si alegrarse por la noticia o llorar por ella. Todos compartieron el mismo sentimiento y guardaron silencio.

Los ánimos subieron con el despertar de Lola. Fue entonces cuando todos se apostaron delante del gran ventanal que los separaba de la guardería de recién nacidos. Antonio estaba pegado como una mosca, miraba a su hijo agitado e indefenso, lleno de cables y tubos por todo su diminuto cuerpo… ¡parecía un colibrí encerrado en una jaula de cristal! La impotencia, la frustración y el dolor se reflejaban en su rostro, mojado por el llanto.

Una enfermera, que lo observaba desde lo lejos, se apiadó de él.

—A ver, ¿Quién es el padre del hombrecito que está en la incubadora? —preguntó la piadosa, aun sabiendo la respuesta.

—Soy yo… ¿algo sucede? —contestó Antonio, alarmado.

—¿Usted? ¡No puede ser! Si el niño que está allí es hermoso y un luchador, un triunfador… ¡y usted es muy feo y un llorón! —le dijo, guiñándole el ojo—. Le aseguro que ese niño saldrá de allí sano y salvo. ¡Así que cambie esa cara, para que no vea que su padre es un cobarde lloricón! ¡Qué vergüenza, el niño más valiente que el padre! —se echó a reír despreocupadamente y todos con ella.

Antonio entendió el mensaje de la buena mujer… ¡no debía perder la fe, debía aferrarse a ella, tanto como Anita lo estaba a su pierna!

“Cuando todo parece perdido, un llanto diminuto rompe la sombra y enciende la luz de un nuevo comienzo.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

lunes, 25 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (49) EL QUIEBRE



"Amor, familia y secretos guardados: el corazón late, la vida vibra, y nada volverá a ser igual.”

El día anterior, Lola y Doña Ana se la pasaron metidas en la cocina preparando cualquier cantidad de alimentos que pudieran conservarse dentro o fuera de la nevera. Hicieron pasteles, conservas, mermeladas, encurtidos y antipastos; guisos, salsas y carnes asadas. Todo lo metían en canastos de mimbre, adornados con lazos. Márgara y Ana Isabel colaboraban preparando grandes cestas con frutas y hierbas del huerto, así como ramos de flores multicolores.

Las muchachas observaban, intrigadas, cómo su madre preparaba otros obsequios para Doña Rosaura: en un canasto más fino guardó botellas de vino tinto, manteles bordados y algún perfume de aquellos que le trajeran sus yernos del extranjero. Lo hacía con amor, con mucho esmero y desprendimiento… como si quisiera pagar una penitencia para acallar sus remordimientos. Ellas la observaban, se miraban entre sí, pero guardaban silencio… su madre sabría el porqué de su aspaviento.

Quienes no repararon en el extraño comportamiento de Doña Ana fueron su marido y su yerno. Don Luis y Antonio, así como Anita y Juancito, solo prestaban atención a las ollas: a todas les metían el dedo y los cubiertos; las raspaban… ¡las dejaban relucientes!

Desde que amaneció, la casa tenía un encanto especial, un ambiente de alegría y serenidad. Lola se encargaba de vestir a las niñas. Hoy era el día de visita a Doña Rosaura; quería que lucieran hermosas y frescas como esa mañana. Ella las acicalaba mientras, de reojo, observaba a su marido y a su hija, quienes habían estrechado su relación más de lo que jamás hubiera imaginado. Anita parecía hija de Antonio, como si él mismo la hubiera procreado: tenía su espíritu libre y aventurero, y su mente amplia, siempre abierta a los cambios de la modernidad y a los acontecimientos.

—Muchachos, ya dejen el relajo… ¿hasta cuándo vas a poner ese sencillo de Chubby Checker? ¡Por Dios, Antonio, ya lo tienes rayado! El twist ya pasó de moda, ahora me gusta el rock and roll… ¡pon uno de Elvis Presley! —le dijo Lola a su marido con cara seria y meneando la cabeza, mareada de tanto escuchar lo mismo.

—Lo que está pasado de moda es el largo de tus faldas. Cuando des a luz, las cortaremos todas para que luzcas las rodillas… ¡además de las pantorrillas! A Elvis le queda poco tiempo de vida, te lo he dicho, amor. Cuando esos chicos de Liverpool graben su primer disco, no se hablará de nadie más que de los Beatles. Te juro, Lola, fui a todas sus presentaciones privadas en el tiempo que estuve en Gran Bretaña, son geniales. Las chicas gritan como locas al verlos, ¡es que son demasiado buenos! —decía Antonio una y otra vez cada vez que se tocaba el tema de la música, con un fanatismo inexplicable por esos desconocidos que ni un disco tenían grabado.

Ella lo ignoraba por completo. Antonio era un muchacho conservador para los asuntos del trabajo y la familia, pero para lo demás era muy actual. Se había hecho partidario de los movimientos ambientalistas y antibelicistas, así como de aquellos que criticaban la cómoda postura de los burgueses, no porque tuvieran dinero, sino porque no participaban de los intereses colectivos y carecían de conciencia. Apoyaba las protestas lideradas por mujeres y por negros en sus luchas por la liberación femenina y contra la discriminación étnica. Justificaba, en todos esos casos, la anarquía no violenta. También estaba pendiente de los adelantos científicos y de las innovaciones tecnológicas. A Anita le fascinaba ese pensamiento contracultural de Antonio: se identificaba con él… ¡era un vanguardista!

Antonio le hizo caso a su mujer y colocó un disco de Elvis. De repente, las niñitas de De Sousa empezaron a reír, tapándose la boca. Miraban a su madre y le señalaban con el dedo a Antonio. Lola casi muere de la risa: él imitaba a Elvis, no solo en el baile, sino también en los gestos de la cara, como si fuera él quien cantaba. Contorneaba sus caderas y hacía movimientos sensuales con la pelvis. Antonio la miraba e invitaba a bailar con él.

—Vamos, nena, no te resistas, sé que estos movimientos sensuales son lo que te gusta de Elvis. ¡Ven, acércate, para que pruebes de lo bueno! —le decía a Lola sin dejar de moverse.

Anita lo miraba —no, lo admiraba— destornillada de la risa. Lola, con barriga y todo, le siguió el juego. En cuestión de segundos, los varones se sumaron al grupo y, con ellos, las tías y los abuelos. ¡Se armó la algarabía de inmediato!

Cuando estaban de lo más entusiasmados, Doña Teresa, el ama de llaves, interrumpió el bochinche para avisar que el cura Don José buscaba a Don Luis. El grupo se desintegró y, con él, la alegría. Quedaron en la habitación, solos de nuevo, Antonio, Lola y las niñas. Cansado de hacer tantas payasadas, Antonio se recostó en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza. En silencio, las observaba.

Se había percatado de la maña que había desarrollado Anita. Desde que su madre quedó embarazada, la imitaba en todo: en la forma de caminar, hablar, peinarse… incluso en el vestir. Los vestidos prenatales de Lola se los hacía Doña Cándida por duplicado: uno para ella, otro —igualito— para Anita. La copiaba tan fielmente que parecía su reflejo en el espejo, ¡en miniatura, claro! Los abuelos y las tías decían que era por celos del nuevo bebé. Lola defendía a su hija alegando que se estaba haciendo mujercita y que imitaba su coquetería. Antonio, por su parte, pensaba diferente: creía que la niña actuaba como su madre porque se sentía igualita a ella, así de simple. Cada uno pensaba lo suyo. Pero, si le hubiesen preguntado a Anita —cosa que nunca ocurrió—, ella lo habría explicado sin reservas: sentía la obligación de copiarla para suplantarla cuando llegara la ocasión… ¡así nadie la olvidaría!

Lola y Anita, de repente, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y, como si estuvieran de acuerdo, se levantaron al mismo tiempo, con los mismos gestos y movimientos. Se fueron directo a la ventana. Sonrieron y agitaron sus manos, saludando vigorosamente a alguien que se encontraba en la planta baja.

—¿Cómo está, Doña Rosaura? ¡Justamente nos estábamos preparando para irla a visitar a su casa! —la saludó Lola con efusividad y afecto.

—No estaré en casa, pero luego vendré por ti y charlaremos, con tu padre, ¡todo el tiempo que quieras! —respondió ella, serena, devolviendo el saludo con la mano antes de marcharse.

Lola le comentó a Antonio lo bien que se veía Doña Rosaura, que estaba muy hermosa y lucía muy sana. Antonio la escuchó y no dijo nada, pero no le gustó. Él sabía que Doña Rosaura estaba muy enferma y guardaba cama.

Lola bajó apresurada para ver si la alcanzaba y entregarle los obsequios que para ella guardaban. La buscó sin encontrarla. Fue al despacho de su padre, quien escuchaba con atención lo que estaba escrito en un papel y que el cura Don José leía en voz muy baja.

Cuando les comentó que había conversado con Doña Rosaura, hacía unos instantes y allí mismo en casa, Don José apretó el papel; lo arrugó de tal manera que quedó escondido dentro de la palma de su mano, guardándolo presuroso en el bolsillo de su sotana.

Don Luis, al escuchar a su hija, se puso pálido, llevó su mano al pecho y luego la bajó por su brazo. Sintió tanta angustia y ansiedad que decidió salir a respirar aire fresco, pero seguía sintiéndose mal. Sin pérdida de tiempo, se montó en su coche para dirigirse al hospital. ¡No tuvo oportunidad de encenderlo, cayó inconsciente… se moría de un infarto!

“Entre cestas de mimbre y vestidos prenatales, Anita ya apunta a ser la doble oficial de mamá.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.