«Esta historia empieza con un color y termina con una sonrisa.»
PRÓLOGO
A veces no son las personas las que entendemos mal.
A veces es un símbolo. Un color. Una idea que damos por cierta sin haberla
mirado de cerca.
Estoy escribiendo y no puedo borrar de mi rostro esa sonrisa
de quien se sabe tonta.
A veces —muchas veces, diría yo— he dado por hecho, o por
entendido algo, sin tomarme la molestia de averiguar más a fondo el tema. Y
ello ha conllevado que durante algún tiempo me sintiera incómoda y aplacada en
mi libertad de expresión por temor a ser mal entendida, y por respeto a ti, que
lees lo que escribo.
Cuando empecé a publicar en redes, algunas personas han
respondido a mis textos con un emoticono de dos figuras abrazándose, en
distintos tonos de azul.
Había algo que no terminaba de entender del todo en ese
famoso «abrazo azul».
¿Un abrazo azul?
¿No es el azul, acaso, un color «frío», de acuerdo con el
círculo cromático?
Pensaba: «¿Qué me quiere decir exactamente esta persona? ¿Es
una forma de advertirme que no malinterprete su afecto? ¿Una manera de decir
“te aprecio, pero no te hagas ilusiones”?». Incluso llegué a preguntarme si yo
había dicho algo inapropiado para que sintieran la necesidad de levantar esa
pequeña barrera preventiva.
Con el tiempo entendí que no.
Que no hay ningún mensaje oculto detrás de ese símbolo. Que,
como todo abrazo, es una muestra de cariño o afecto. Apoyo emocional. Consuelo
en momentos difíciles. Cercanía, amistad o solidaridad.
Un «Gracias por compartir».
Un «¡Me identifico!».
Un «Te mando un abrazo», mostrando cercanía, aunque sea a
distancia.
El abrazo quedó absuelto. El color seguía bajo sospecha.
Pues, no termina de convencerme «el abrazo azul». No he
conseguido reconciliarme con ese color... no ¡en un abrazo!
No cuestiono el abrazo; cuestiono el azul.
No cuestiono —ni cuestionaré, nunca— a las personas que me
han enviado abrazos o corazones azules. Todos ellos han llegado a mí de
personas que han creado conmigo una relación a distancia, cierto, pero una
relación de confianza, respeto y afecto mutuo. Y el afecto que había detrás de
ese gesto, de ese «abrazo azul», me llegó intacto.
Curiosamente, el azul es uno de mis colores favoritos. Es el
color del cielo cuando se abre después de la lluvia. El del mar cuando respira
en calma. El del agua que recoge la luz del mundo y la devuelve convertida en
reflejo. Es un color inmenso, hermoso, casi infinito.
Pero no en un abrazo.
Y tampoco en un corazón.
Porque, cuando pienso en el afecto, no pienso en la
inmensidad. Pienso en la temperatura.
Pienso en unas manos tibias. En una manta sobre los hombros.
En el vapor que asciende de una taza caliente entre las manos. En la sensación
de llegar a casa después de una larga caminata arrastrando el cansancio en los
pies.
El azul puede ser bello, pero no abriga.
Y un abrazo, para mí, debería abrigar.
El azul me recuerda al mármol frío de una estación vacía, a
la luz de una pantalla encendida de madrugada, al protocolo correcto y distante
de quienes cumplen con un gesto porque toca hacerlo.
Y un abrazo no debería parecerse a nada de eso.
Un abrazo es presencia. Es una forma silenciosa de decir:
«Estoy aquí, contigo».
Por eso me rebelo contra la idea del abrazo azul.
Los abrazos auténticos y los corazones verdaderos tienen el
color de la sangre que circula, del fuego que reúne a la gente alrededor de una
mesa, de las manos que consuelan, de la vida misma.
Porque un abrazo de verdad, incluso cuando es fraternal,
incluso cuando no contiene el menor asomo de romance, debería dejar una pequeña
sensación de calor en el alma.
Y el alma, que yo sepa, nunca ha sido azul.
No obstante, pese a todo lo que acabo de decir, seguiré
recibiendo con cariño los abrazos azules. Porque ahora entiendo que el color
frío no cambia el cálido afecto con el que se envían.
¡Lo tengo claro! Ahora sí.
Y espero seguir recibiéndolos: azules, amarillos, en signos
negros encadenados formando la palabra «abrazo», porque el afecto, cuando es
sincero, siempre encuentra la manera de llegar.
Y yo... yo estaré esperándolos con los brazos abiertos
¡correspondiendo ese abrazo!
EPÍLOGO
Quizá los símbolos no siempre vistan los colores que
nosotros elegiríamos.
Pero el afecto sincero termina encontrando la forma de hacerse entender.
«Porque, al final, lo importante nunca fue el color
del abrazo, sino la persona que decidió darlo... y sí, sigo con esa sonrisa que
revela lo terca y tonta que puedo llegar a ser.»
No hay comentarios:
Publicar un comentario