"El recuerdo más feliz de mi infancia nació el
mismo día que otras niñas perdieron la suya."
Prólogo
Hay recuerdos que envejecen con nosotros. No porque
los hechos cambien, sino porque cambian los ojos que regresan a mirarlos.
Este es uno de ellos.
Durante años creí que guardaba una única memoria de
aquel terremoto. Con el tiempo comprendí que no.
Recuerdo aquel sacudón de tierra como se recuerdan las cosas
cuando se es niña: sin contexto, sin magnitud, sin miedo verdadero… sin noción
de sus consecuencias.
Recuerdo la tierra rugiendo bajo mis pies. No temblaba
solamente: respiraba. Era como si un animal inmenso, enterrado bajo la ciudad,
se hubiera escapado de una pesadilla. El suelo vibraba desde las plantas de los
pies hasta el pecho. Las paredes se agrietaban y, de algunas heridas abiertas
en el cemento, brotaba agua. Yo observaba aquello con los ojos muy abiertos
—asustada, sí, pero fascinada—, como quien presencia un milagro.
Recuerdo a la gente corriendo. El pavor hecho voces. El
ruido. Los grupos que se formaban en las calles. Recuerdo las manos de mis
padres cubriéndonos los oídos cuando el mundo hacía demasiado estruendo.
—Todo está bien.
Lo repetían una y otra vez. Y les creí.
Porque los niños creen.
Creen en las palabras de sus padres igual que creen en la
llegada de la mañana. Por eso, mientras la ciudad se estremecía, yo no vi una
catástrofe.
Vi una aventura.
Dormimos al aire libre. Comimos juntos. Pasamos horas
enteras bajo el cielo. Los adultos hablaban en voz baja mientras nosotros
jugábamos. Había mantas, conversaciones alrededor de luces improvisadas y una
extraña sensación de libertad. Mis padres consiguieron que aquello se pareciera
a un camping en medio de la gran ciudad.
Ahora lo pienso y me parece un acto de amor casi imposible.
Construyeron una burbuja con sus propias manos y nos
metieron dentro. Una burbuja donde no existían el peligro, ni la angustia ni
las pérdidas. Una burbuja tejida con abrazos, sonrisas forzadas y la
obstinación feroz de unos padres empeñados en proteger la infancia de sus
hijos.
Y fui feliz en medio de la tragedia. Esa es la verdad. ¡Fui
feliz!
No una felicidad inventada por la memoria, sino una
felicidad auténtica, respirada a pulmón lleno por la niña que yo era entonces.
Durante meses seguí creyendo aquella versión del mundo.
Hasta que regresamos a clase.
Los pupitres estaban en su sitio. Los cuadernos nuevos olían
igual. El polvo de la tiza seguía flotando en el aire tibio de las mañanas.
Pero había ausencias. Pupitres vacíos… que nadie movía.
Nombres que los adultos pronunciaban con cuidado, como si
pudieran romperse.
Yo era demasiado pequeña para comprenderlo. Percibía el
hueco, pero no su significado. Los niños aprendemos a convivir con los
silencios mucho antes de entenderlos.
El tiempo pasó.
Y el tiempo, que primero protege, después revela.
Años más tarde, comprendí por fin aquello que nadie había
sabido explicarme cuando era niña.
Entendí que el terremoto que yo recordaba como un evento
mágico había dejado detrás dolor, pérdidas y familias quebradas.
Entendí que fue la razón de aquellos pupitres vacíos. Que
las niñas ausentes fueron arropadas por la tierra y el concreto, acunándolas…
hasta dormirlas para siempre.
Y, de pronto, ¡el recuerdo se partió en dos!
Desde entonces conviven en mí dos memorias del mismo
acontecimiento.
La primera pertenece a la niña: la tierra rugiendo, el agua
brotando de las paredes, las noches al aire libre, la emoción de una aventura
inesperada y la certeza absoluta de que todo estaba bien porque mis padres lo
decían.
La segunda pertenece a la mujer: la conciencia de la
tragedia, el peso de los nombres que faltaron y la comprensión tardía de
aquello que mis ojos infantiles no podían ver.
Durante mucho tiempo creí que uno de esos recuerdos debía
borrar al otro.
Que la comprensión debía avergonzar a la felicidad.
Pero la memoria no funciona así.
La niña no sabía. La niña estaba protegida. La niña vivió
aquellos días dentro del refugio más poderoso que existe: el amor.
Y esa felicidad ocurrió. Es parte de la verdad.
Como también lo son las ausencias, los pupitres vacíos.
Hoy, cuando regreso a aquel recuerdo, llevo dos claveles
blancos entre las manos.
Uno para la niña feliz que fui.
Otro para las compañeras que no volvieron de su desgracia.
Y entre ambos claveles vive mi memoria: un lugar donde la
alegría y la tristeza no se contradicen, sino que aprenden a sostenerse
mutuamente bajo la misma luz.
Epílogo
Sobre ciertos recuerdos el tiempo no coloca una lápida.
Coloca un espejo.
Y cada vez que volvemos a ellos descubrimos un rostro nuevo
reflejado en la misma historia.
"La niña recuerda una aventura. La mujer recuerda
una tragedia. Y ambas dicen la verdad."
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