"La soledad no siempre llega por elección, pero sí podemos elegir qué hacer con ella cuando se sienta a nuestro lado".
Prólogo
Hay momentos en los que el mundo exterior pierde
intensidad y la vida parece invitarnos a escuchar aquello que normalmente queda
oculto bajo el ruido cotidiano. No es un ejercicio sencillo. Mirar hacia dentro
exige paciencia, honestidad y una cierta ternura con uno mismo.
Con el paso del tiempo descubrimos que la riqueza de
una vida no se mide únicamente por lo que vivimos, sino también por la forma en
que conservamos aquello que nos transformó. Cada experiencia deja una huella;
algunas se desvanecen con los años y otras permanecen intactas, esperando el
instante adecuado para recordarnos quiénes somos y qué merece seguir ocupando
un lugar en nuestro corazón.
Ahora sé que la mente nunca se queda quieta. Incluso en los
días más silenciosos, cuando la casa parece respirar despacio y no hay voces
familiares cruzando las habitaciones, algo dentro de nosotros continúa
hablando.
Un recuerdo llama a otro.
Una imagen abre una puerta.
Una emoción despierta a otra.
Con los años he comprendido que no siempre podemos controlar
los pensamientos que llegan, pero sí podemos ofrecerles una dirección.
Cuando la compañía escasea, suelo abrir las ventanas de la
memoria. No para quedarme atrapada en el pasado, sino para reencontrarme con
aquello que me ayudó a convertirme en quien soy. Es a través de ella que camino
en el “hoy”. En ella encuentro las manos que me acarician, me levantan, me
sostienen. Ella es quien me susurra palabras de amor que me enternecen, me
agitan o me guían.
En ella regreso a las personas que dejaron una huella
luminosa en mi camino. A las palabras que llegaron en el momento justo. A los
gestos sencillos que, sin saberlo, cambiaron algo dentro de mí.
La memoria es un jardín extraño. En ella crecen espinas, sí,
pero también flores capaces de perfumar una tarde entera. Y he aprendido que
podemos elegir cuáles regar.
Quizá por eso —a veces— escriba sobre algunas de las
personas que he conocido a lo largo de la vida. No porque hayan sido perfectas,
sino porque, de algún modo, me regalaron una enseñanza, una virtud, una mirada
distinta del mundo. También escribo sobre mis propias luces, sin olvidar mis
sombras, porque ambas forman parte de la misma historia.
Somos el resultado de muchos encuentros. De quienes nos
tendieron una mano. De quienes nos inspiraron sin proponérselo. De quienes
sembraron en nosotros una semilla que aún hoy sigue creciendo. De esas personas
que han dejado una huella positiva en mi vida.
Y cuando la soledad llama a mi puerta, procuro sentarme con
ella sin miedo. Entonces busco esas semillas en la memoria y las dejo florecer
una vez más, buscando canalizar la mente hacia lo que nutre en lugar de hacia
lo que hiere.
Epílogo
Tal vez la madurez consista, en parte, en aprender a
reconocer los tesoros invisibles que hemos ido reuniendo durante el camino. No
ocupan espacio en las estanterías ni aparecen en las fotografías, pero
sostienen el ánimo en los días difíciles y dan sentido a los más serenos.
Mientras exista la capacidad de agradecer, de recordar
con afecto y de permitir que lo vivido siga iluminando el presente, nunca
estaremos del todo vacíos. Porque aquello que el amor, la bondad y la esperanza
sembraron en nosotros permanece disponible para volver a florecer cada vez que
decidimos mirar hacia dentro con gratitud.
"Al final, quizá la verdadera compañía no sea la
ausencia de silencio, sino la presencia consciente de todo aquello hermoso que
llevamos dentro".
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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