Hay personas que llegan a nuestras vidas sin hacer ruido y terminan habitando para siempre en nuestra memoria.
PRÓLOGO
Hay personas que dejan recuerdos. Otras dejan
enseñanzas. Y unas pocas, muy pocas, dejan una forma distinta de mirar el
mundo. Esta es la historia de una de ellas.
Conocí a Gervasio siendo niña, a través de mi padre, que era
su jefe. Entró en nuestras vidas por la puerta de atrás... y salió por la
puerta de delante, la principal.
Era un hombre pequeño de estatura y parecía un personaje
escapado de un cuento de otra época. Tenía el rostro asiático, aunque era de
procedencia alemana. Vestía ropa vieja, pero sin una sola rotura y de impecable
pulcritud. Tanto la camisa como el pantalón le venían grandes; la camisa se la
plegaba a la espalda y los pantalones a la cintura, sujetándolos con un
cinturón que parecía hecho de cuerdas trenzadas. Aún puedo verlo bajo la luz
tranquila de las mañanas, con aquellas prendas que parecían heredadas del
tiempo, moviéndose suavemente con el viento, como si llevaran consigo historias
que nadie había escrito.
Caminaba despacio. En su andar no echaba las piernas hacia
delante, como hacemos todos, sino que las levantaba doblando las rodillas,
dando pequeños brinquitos. «Para no tropezar con nada y caer», decía. Y uno
acababa pensando que aquella manera de caminar no era solo una costumbre de su
cuerpo, sino también una forma de estar en el mundo: avanzando con prudencia,
sin atropellar nada ni a nadie, como quien conoce el valor de cada paso.
Cuando apareció en nuestras vidas ya era mayor y tenía el
aspecto de uno de esos ancianos sabios de una ciudad china perdida en el mapa.
Lo parecía por su apariencia, pero sobre todo por la serenidad que transmitía,
por el respeto que inspiraba, por la sabiduría que atesoraba y por aquel
silencio suyo que no era ausencia de palabras: era una melodía sanadora para el
alma. Había silencios que pesaban; el suyo, en cambio, aliviaba. Era como la
sombra fresca de un árbol en mitad de agosto, como el rumor lejano del agua
cuando el cansancio aprieta. Su sola presencia tenía algo de refugio.
Pronunciar su nombre era hablar de respeto y de afecto. Era
de esas personas que no necesitaban levantar la voz para hacerse escuchar,
porque la autoridad que desprendían nacía de la coherencia, de la bondad y de
una dignidad silenciosa que se percibía incluso antes de intercambiar una
palabra.
Sí, Gervasio entró por la puerta trasera, pero fue él quien
conservó las llaves del portal principal. Tenía ese raro don que poseen las
personas íntegras: saber quién debía entrar y quién debía quedarse fuera. No
por autoridad impuesta, sino por la fuerza tranquila de su criterio, por la
rectitud de su carácter y por la nobleza de su corazón. Había en él una manera
de mirar que parecía atravesar las apariencias y detenerse justo donde habita
la verdad de las personas.
El día de su muerte, la noticia corrió como pólvora por la
ciudad.
Había muerto Gervasio.
Las palabras pasaban de boca en boca con la incredulidad de
quien se resiste a aceptar una pérdida. En el aire se mezclaban el asombro de
lo inesperado y el dolor de lo indeseado. Se palpaba una tristeza densa, un
vacío difícil de nombrar. Parecía que algo se hubiera apagado de pronto, como
cuando una campana deja de sonar y el silencio que queda detrás revela su
verdadera importancia. Eso pensaba yo entonces.
Hoy entiendo algo que la infancia todavía no sabía explicar:
no todos los días tiene uno la fortuna de conocer a una persona honorable. No
todos los días recibe uno el privilegio de ser alcanzado por un alma inmensa;
una de esas almas que iluminan como un faro cuando llega la noche y cobijan
como una sombra fresca cuando el sol quema demasiado. Una de esas presencias
que, sin pedir nada a cambio, dejan el mundo un poco mejor de como lo
encontraron.
Por eso, asistir a su funeral fue un privilegio. Como
privilegio fue haberlo conocido. Recuerdo aquel día como quien recuerda una
despedida necesaria y, al mismo tiempo, imposible. Porque hay personas que se
marchan, pero cuya huella permanece adherida al corazón con la misma fidelidad
con la que el aroma de la lluvia permanece un instante sobre la tierra después
de la tormenta.
Algunas personas pasan por el mundo; otras dejan un camino
de luz para quienes vienen detrás. Gervasio fue una de ellas.
EPÍLOGO
El tiempo se lleva las voces, los rostros y los pasos.
Pero hay seres humanos cuya presencia permanece intacta allí donde sembraron
bondad. Gervasio fue uno de ellos.
Los hombres honorables no desaparecen cuando mueren;
permanecen vivos en la conducta de quienes tuvieron la suerte de conocerlos.
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