martes, 23 de junio de 2026

" OTRA VEZ": Un relato de terror psicológico sobre una mujer atrapada en una pesadilla donde su cuerpo comienza a derretirse. Una historia sobre sueños de verano.

 

"Dicen que algunos sueños nacen del miedo. Otros nacen de recuerdos que la mente no sabe dónde guardar. Los míos siempre empiezan igual: con la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenece."


“Lo primero que cayó fue mi mejilla.”

No de golpe.

No como una herida.

Descendió lentamente por el lado de mi rostro con la pesadez de una gota de cera que se desliza por una vela encendida.

El contacto me despertó.

Abrí los ojos y tardé unos segundos en comprender qué era aquella sensación húmeda sobre la almohada. Levanté una mano para tocarme la cara y sentí que los dedos se hundían en ella como si mi carne hubiera olvidado la firmeza.

Me incorporé de un salto.

El corazón comenzó a martillearme el pecho.

Miré mis manos.

La piel parecía haberse vuelto blanda. Se estiraba entre los dedos formando finos puentes translúcidos que se rompían con pequeños chasquidos húmedos. Debajo asomaban vetas rojizas, líneas azuladas y el brillo amarillento de tejidos que jamás deberían quedar expuestos.

Retrocedí.

La sábana permaneció pegada a una de mis piernas.

Tiré de ella.

Algo se desprendió.

El sonido fue suave.

Demasiado suave.

Y entonces comprendí que aquello estaba ocurriéndome a mí.

Corrí hacia el espejo.

Ojalá no lo hubiera hecho.

Mi reflejo parecía una versión inacabada de mí misma.

Una ceja descendía lentamente hacia el ojo. La nariz se inclinaba hacia un lado. Los labios colgaban bajo su propio peso.

Y mis ojos... ¡Mis ojos eran lo peor!

Las órbitas parecían incapaces de sostenerlos.

Observé, paralizada, cómo uno de ellos avanzaba apenas unos milímetros hacia delante. No fue un movimiento brusco. Fue lento. Terriblemente lento.

Como si el propio tiempo hubiera decidido detenerse para obligarme a contemplar aquello.

Quise apartar la mirada. No pude.

La superficie del espejo ondulaba ligeramente, como si también estuviera perdiendo consistencia. Durante un instante tuve la sensación de que mi reflejo iba a desprenderse del cristal y deslizarse hacia el suelo antes que yo.

Quise gritar.

Pero mi mandíbula ya no se sentía sólida.

Notaba algo extraño bajo la piel. Un movimiento lento. Profundo. Como si la forma de mi cuerpo estuviera cambiando desde dentro.

Mis piernas comenzaron a perder contorno.

Mis brazos parecían más pesados.

Los dedos de las manos se deformaban al apoyarse contra cualquier superficie.

Era como si cada parte de mí hubiera dejado de recordar dónde debía estar.

El miedo me empujó hacia la puerta. Bajé las escaleras tropezando.

Cada peldaño quedaba marcado por huellas húmedas de mi piel desprendida.

Escuché voces.

Gritos.

Alguien me vio.

Alguien echó a correr.

Pero yo no podía detenerme. Necesitaba escapar. Necesitaba encontrar ayuda antes de desaparecer por completo.

Al salir sentí una corriente de aire. Y todo cambió.

La transformación se detuvo. Por un instante creí que me había salvado. Me equivoqué.

Aquello era peor. Mucho peor.

Mi cuerpo comenzó a endurecerse. Primero la piel. Después los músculos. Después cada fragmento desplazado de mí misma. Todo se inmovilizó.

Pero nada regresó a su lugar.

Mi mejilla quedó adherida al cuello. Una mano se fijó en una postura imposible. Los dedos permanecieron unidos entre sí como raíces retorcidas.

Sentí cómo mi ojo derecho descendía lentamente por el rostro. No podía impedirlo. No podía tocarlo. No podía moverme.

Cuando terminó de deslizarse quedó inmóvil sobre mi pecho.

Y seguía viendo, ¡seguía viendo!

Podía contemplar la multitud desde dos lugares distintos de mi cuerpo. Podía escuchar los gritos. Podía sentir el horror de quienes me rodeaban.

Pero ya no podía mover un solo músculo.

Me había convertido en algo imposible.

Una estatua hecha con los restos equivocados de una persona.

Entonces escuché un crujido. Pequeño. Seco. Después otro.

¡Y otro más!

Las grietas comenzaron a extenderse por todo mi cuerpo. Miles de líneas diminutas recorriendo la superficie endurecida.

Comprendí que iba a romperme.

Que estaba a punto de desmoronarme en fragmentos.

Abrí la boca para lanzar un último grito.

Y desperté.

La habitación estaba oscura. El ventilador giraba lentamente sobre mi cabeza. La almohada estaba húmeda. Las sábanas se adherían a mi espalda.

Permanecí inmóvil durante unos segundos. Escuchando. Asegurándome de que no existían gritos. Ni grietas.

Ni ojos fuera de su lugar.

Todo estaba en su sitio. Respiré hondo. Una vez. Dos. Tres.

Sentí el aire entrar en mis pulmones y salir lentamente. Sentí el peso familiar de mi cuerpo sobre el colchón. Nunca algo tan ordinario me había parecido tan hermoso.

Después miré hacia la ventana. Por la persiana entreabierta entraba una claridad blanca. Inmóvil. Pesada. Reconocible. La misma claridad que parecía quedarse suspendida sobre los tejados durante horas, como si el día se negara a terminar.

Giré la cabeza y observé el calendario: Julio.

Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro resignado.

—¡Otra vez!


"Porque algunas personas sueñan con monstruos. Otras sueñan con precipicios. Yo sueño que me derrito. Y siempre ocurre cuando llega el verano."


"Quizá no sea una pesadilla. Quizá sea un aviso que vuelve cada año, una forma extraña de recordarme que incluso aquello que parece sólido puede cambiar cuando llega el calor."

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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