"Dicen que algunos sueños nacen del miedo. Otros nacen de recuerdos que la mente no sabe dónde guardar. Los míos siempre empiezan igual: con la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenece."
“Lo primero que cayó fue mi mejilla.”
No de golpe.
No como una herida.
Descendió lentamente por el lado de mi rostro con la pesadez
de una gota de cera que se desliza por una vela encendida.
El contacto me despertó.
Abrí los ojos y tardé unos segundos en comprender qué era
aquella sensación húmeda sobre la almohada. Levanté una mano para tocarme la
cara y sentí que los dedos se hundían en ella como si mi carne hubiera olvidado
la firmeza.
Me incorporé de un salto.
El corazón comenzó a martillearme el pecho.
Miré mis manos.
La piel parecía haberse vuelto blanda. Se estiraba entre los
dedos formando finos puentes translúcidos que se rompían con pequeños
chasquidos húmedos. Debajo asomaban vetas rojizas, líneas azuladas y el brillo
amarillento de tejidos que jamás deberían quedar expuestos.
Retrocedí.
La sábana permaneció pegada a una de mis piernas.
Tiré de ella.
Algo se desprendió.
El sonido fue suave.
Demasiado suave.
Y entonces comprendí que aquello estaba ocurriéndome a mí.
Corrí hacia el espejo.
Ojalá no lo hubiera hecho.
Mi reflejo parecía una versión inacabada de mí misma.
Una ceja descendía lentamente hacia el ojo. La nariz se
inclinaba hacia un lado. Los labios colgaban bajo su propio peso.
Y mis ojos... ¡Mis ojos eran lo peor!
Las órbitas parecían incapaces de sostenerlos.
Observé, paralizada, cómo uno de ellos avanzaba apenas unos
milímetros hacia delante. No fue un movimiento brusco. Fue lento. Terriblemente
lento.
Como si el propio tiempo hubiera decidido detenerse para
obligarme a contemplar aquello.
Quise apartar la mirada. No pude.
La superficie del espejo ondulaba ligeramente, como si
también estuviera perdiendo consistencia. Durante un instante tuve la sensación
de que mi reflejo iba a desprenderse del cristal y deslizarse hacia el suelo
antes que yo.
Quise gritar.
Pero mi mandíbula ya no se sentía sólida.
Notaba algo extraño bajo la piel. Un movimiento lento. Profundo.
Como si la forma de mi cuerpo estuviera cambiando desde dentro.
Mis piernas comenzaron a perder contorno.
Mis brazos parecían más pesados.
Los dedos de las manos se deformaban al apoyarse contra
cualquier superficie.
Era como si cada parte de mí hubiera dejado de recordar
dónde debía estar.
El miedo me empujó hacia la puerta. Bajé las escaleras
tropezando.
Cada peldaño quedaba marcado por huellas húmedas de mi piel
desprendida.
Escuché voces.
Gritos.
Alguien me vio.
Alguien echó a correr.
Pero yo no podía detenerme. Necesitaba escapar. Necesitaba
encontrar ayuda antes de desaparecer por completo.
Al salir sentí una corriente de aire. Y todo cambió.
La transformación se detuvo. Por un instante creí que me
había salvado. Me equivoqué.
Aquello era peor. Mucho peor.
Mi cuerpo comenzó a endurecerse. Primero la piel. Después
los músculos. Después cada fragmento desplazado de mí misma. Todo se
inmovilizó.
Pero nada regresó a su lugar.
Mi mejilla quedó adherida al cuello. Una mano se fijó en una
postura imposible. Los dedos permanecieron unidos entre sí como raíces
retorcidas.
Sentí cómo mi ojo derecho descendía lentamente por el
rostro. No podía impedirlo. No podía tocarlo. No podía moverme.
Cuando terminó de deslizarse quedó inmóvil sobre mi pecho.
Y seguía viendo, ¡seguía viendo!
Podía contemplar la multitud desde dos lugares distintos de
mi cuerpo. Podía escuchar los gritos. Podía sentir el horror de quienes me
rodeaban.
Pero ya no podía mover un solo músculo.
Me había convertido en algo imposible.
Una estatua hecha con los restos equivocados de una persona.
Entonces escuché un crujido. Pequeño. Seco. Después otro.
¡Y otro más!
Las grietas comenzaron a extenderse por todo mi cuerpo. Miles
de líneas diminutas recorriendo la superficie endurecida.
Comprendí que iba a romperme.
Que estaba a punto de desmoronarme en fragmentos.
Abrí la boca para lanzar un último grito.
Y desperté.
La habitación estaba oscura. El ventilador giraba lentamente
sobre mi cabeza. La almohada estaba húmeda. Las sábanas se adherían a mi
espalda.
Permanecí inmóvil durante unos segundos. Escuchando.
Asegurándome de que no existían gritos. Ni grietas.
Ni ojos fuera de su lugar.
Todo estaba en su sitio. Respiré hondo. Una vez. Dos. Tres.
Sentí el aire entrar en mis pulmones y salir lentamente.
Sentí el peso familiar de mi cuerpo sobre el colchón. Nunca algo tan ordinario
me había parecido tan hermoso.
Después miré hacia la ventana. Por la persiana entreabierta
entraba una claridad blanca. Inmóvil. Pesada. Reconocible. La misma claridad
que parecía quedarse suspendida sobre los tejados durante horas, como si el día
se negara a terminar.
Giré la cabeza y observé el calendario: Julio.
Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro resignado.
—¡Otra vez!
"Porque algunas personas sueñan con monstruos.
Otras sueñan con precipicios. Yo sueño que me derrito. Y siempre ocurre cuando
llega el verano."
"Quizá no sea una pesadilla. Quizá sea un aviso
que vuelve cada año, una forma extraña de recordarme que incluso aquello que
parece sólido puede cambiar cuando llega el calor."
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