“A veces la vida espera a que dejemos de perseguir un sueño para acercárnoslo en silencio.”
Prólogo
Hay momentos en los que perseguimos tanto aquello que deseamos que olvidamos mirar todo lo que ya florece a nuestro alrededor. Quizá algunas respuestas no llegan cuando más las exigimos, sino cuando aprendemos a caminar en paz con la incertidumbre.
Hay deseos que habitan con nosotros durante años. Los llevamos en el bolsillo del alma. Los imaginamos antes de dormir. Les hablamos en secreto. Los regamos con esperanza una y otra vez.
Y, sin embargo, parecen no llegar nunca.
Entonces esperamos. Y seguimos esperando.
Hasta que un día ocurre algo extraño.
No porque el deseo se cumpla. Sino porque dejamos de pelearnos con su ausencia. Porque comprendemos que la vida no está en pausa mientras aquello llega.
Y empezamos a vivir. A respirar. A agradecer. A encontrar belleza incluso en los espacios que creíamos vacíos.
Como quien deja de mirar el horizonte esperando la lluvia y descubre, de pronto, el perfume de los jazmines flotando en el aire tibio de una noche de verano.
Como quien deja de contar los días y siente, por primera vez, la sombra fresca de un árbol sobre la piel después de una larga caminata bajo el sol.
Como quien se detiene a escuchar y descubre que siempre estuvieron ahí las cigarras cantando entre los campos dorados, la brisa moviendo las hojas y la tarde derramando miel líquida sobre los tejados.
Y es entonces.
Justo entonces, cuando el corazón deja de exigir y aprende simplemente a estar. Cuando deja de apretar los puños y abre las manos. Cuando deja de preguntar «¿cuándo?» y empieza a decir «gracias».
Que la vida, misteriosamente, mueve una pieza. Y algo sucede.
Tal vez llega aquello que habías esperado durante tanto tiempo.
Tal vez llega algo distinto. Tal vez solo llega un instante hermoso. Una conversación. Una oportunidad. Una coincidencia. Una noticia. Una persona. Una puerta que parecía cerrada.
No sé si existe una explicación para esas cosas.
Pero a veces siento que la vida nos observa con infinita paciencia, esperando que aprendamos a florecer incluso en la estación en la que no hay frutos.
Y cuando por fin dejamos de arrancar la tierra para comprobar si la semilla crece, descubrimos que bajo nuestros pies ya estaban naciendo las raíces.
Quizá la fe no sea creer que recibiremos aquello que deseamos.
Quizá la fe sea aprender a vivir plenamente mientras llega... o mientras no llega.
Porque hay regalos que aparecen cuando los buscamos. Pero los más sorprendentes suelen llegar cuando, por fin, hemos aprendido que también podemos ser felices sin ellos.
Epílogo
La serenidad no nace cuando obtenemos todo lo que queremos, sino cuando descubrimos que nuestra plenitud puede existir incluso antes de alcanzarlo. Y, paradójicamente, es desde esa libertad donde la vida suele sorprendernos.
“A veces la vida no nos concede lo que anhelamos cuando estamos listos para recibirlo, sino cuando hemos aprendido que nuestra felicidad no depende de tenerlo.”
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