domingo, 21 de junio de 2026

"El vuelo del colibrí": Un relato sobre un niño que con un abrazo recuerda que la ternura, la bondad y el amor todavía habitan en nosotros.

 

Prólogo

A veces las respuestas que buscamos durante años aparecen en los gestos más sencillos. Un abrazo inesperado puede revelar aquello que las palabras nunca consiguen explicar.


“Hay personas que pasan años intentando descubrir quiénes son. Y luego llega un niño, corre hacia ellas con los brazos abiertos y les entrega una respuesta que ningún espejo había sabido darles.”


Yo nunca he sido una de esas personas que se sienten cómodas en medio de una multitud de niños.

Los bebés me derriten. Los miro y se me despierta una ternura en el alma, casi instintiva. Pero cuando empiezan a crecer y se juntan muchos, me ocurre algo curioso. Veo cabecitas brincando, manitas agitándose en el aire, piernitas corriendo en todas direcciones, voces que se cruzan unas con otras formando una especie de alegre tormenta. Y entonces necesito apartarme un poco.

No marcharme.
Solo alejarme lo suficiente para que el caos se convierta en paisaje.

Desde la distancia, todo vuelve a parecerme hermoso.

Con los niños ajenos siempre he sido así.

Los quiero, les sonrío, les hago alguna broma cariñosa. Pero suelo mantener una cierta distancia.

Y entonces apareció Mateo.

Es un niño al que he visto crecer día a día. Fuera de su territorio. De hecho, nos hemos encontrado pocas veces. Vive cerca, pero nuestras vidas apenas se cruzan. Cuando coincidimos, yo lo saludo con cariño.

—Hola, feo.

Otras veces:

—Hola, guapo.

Y él me miraba con esos ojos enormes con los que los niños parecen intentar descifrar el mundo.

Nada más. O eso creía yo.

Porque hace algún tiempo empezó a ocurrir algo que todavía hoy me sorprende.

Lo veo a lo lejos. Quince, veinte metros quizás. Mateo está jugando, distraído en sus asuntos de niño pequeño. De pronto levanta la cabeza.

Me descubre.

Y entonces sucede.

Su carita se ilumina como si hubiera encontrado un tesoro.

Abre los brazos. Y sale corriendo hacia mí. Corriendo. Como si no existiera nada más importante en ese instante. Yo incluso miro alrededor, buscando una explicación.

¿Vendrá hacia su madre? ¿Hacia su padre?, me pregunto.

Pero no.

Viene hacia mí.

Y llega tan deprisa que tengo que agacharme para atraparlo antes de que terminemos los dos rodando por el suelo.

Entonces me abraza.

Y durante unos segundos el tiempo parece detenerse. No sé explicar la emoción que me produce. Tal vez porque los niños todavía no han aprendido a fingir.

Todavía no reparten afecto por compromiso.
Todavía no calculan.

Si vienen, vienen.

Y si abrazan, abrazan de verdad.

Por eso, cada vez que Mateo corre hacia mí, siento que me está regalando algo más valioso que un abrazo. Me está entregando preguntas.

¿Será que los niños perciben cosas que los adultos hemos olvidado ver?

¿Será que reconocen la ternura antes que las palabras?

¿Será que detectan, en algún rincón invisible, la verdad de una persona?

A veces me sorprendo pensando que quizás Mateo no corre hacia mí.

Quizás corre hacia la mejor versión de mí misma. Esa versión que llevo años intentando construir. Porque deseo ser mejor persona de lo que fui ayer. Porque conozco mis luces, pero también mis sombras.

Porque sigo creyendo que la vida es una preparación constante del alma.

Y porque, cuando llegue el momento de partir, me gustaría hacerlo habiendo aprendido a amar un poco más y a juzgar un poco menos.

Tal vez me equivoque.

Tal vez todo esto no sea más que la espontánea ternura de un niño. Pero cada vez que veo a Mateo correr hacia mí como un pequeño colibrí atravesando el aire, siento que Dios me guiña un ojo desde algún lugar y me susurra:

—Vas bien. Sigue caminando.

Y yo sonrío.

Porque a veces los mensajes más importantes no llegan escritos en los libros. Llegan corriendo sobre dos piernas pequeñas y terminan refugiados entre nuestros brazos.

Quizás no era Mateo quien venía corriendo hacia mí.

Quizás era la vida, recordándome que todavía hay algo en mí que merece ser amado.


Epílogo

Quizás todos llevamos dentro un pequeño vuelo esperando ser descubierto. A veces basta una mirada sincera para recordarnos quiénes somos y hacia dónde queremos seguir caminando.


“Y quizá ese sea el vuelo más hermoso: descubrir que el amor también sabe encontrarnos.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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