Prólogo
A veces las respuestas que buscamos durante años
aparecen en los gestos más sencillos. Un abrazo inesperado puede revelar
aquello que las palabras nunca consiguen explicar.
“Hay personas que pasan años intentando descubrir
quiénes son. Y luego llega un niño, corre hacia ellas con los brazos abiertos y
les entrega una respuesta que ningún espejo había sabido darles.”
Yo nunca he sido una de esas personas que se sienten cómodas
en medio de una multitud de niños.
Los bebés me derriten. Los miro y se me despierta una
ternura en el alma, casi instintiva. Pero cuando empiezan a crecer y se juntan
muchos, me ocurre algo curioso. Veo cabecitas brincando, manitas agitándose en
el aire, piernitas corriendo en todas direcciones, voces que se cruzan unas con
otras formando una especie de alegre tormenta. Y entonces necesito apartarme un
poco.
No marcharme.
Solo alejarme lo suficiente para que el caos se convierta en paisaje.
Desde la distancia, todo vuelve a parecerme hermoso.
Con los niños ajenos siempre he sido así.
Los quiero, les sonrío, les hago alguna broma cariñosa. Pero
suelo mantener una cierta distancia.
Y entonces apareció Mateo.
Es un niño al que he visto crecer día a día. Fuera de su
territorio. De hecho, nos hemos encontrado pocas veces. Vive cerca, pero
nuestras vidas apenas se cruzan. Cuando coincidimos, yo lo saludo con cariño.
—Hola, feo.
Otras veces:
—Hola, guapo.
Y él me miraba con esos ojos enormes con los que los niños
parecen intentar descifrar el mundo.
Nada más. O eso creía yo.
Porque hace algún tiempo empezó a ocurrir algo que todavía
hoy me sorprende.
Lo veo a lo lejos. Quince, veinte metros quizás. Mateo está
jugando, distraído en sus asuntos de niño pequeño. De pronto levanta la cabeza.
Me descubre.
Y entonces sucede.
Su carita se ilumina como si hubiera encontrado un tesoro.
Abre los brazos. Y sale corriendo hacia mí. Corriendo. Como
si no existiera nada más importante en ese instante. Yo incluso miro alrededor,
buscando una explicación.
¿Vendrá hacia su madre? ¿Hacia su padre?, me pregunto.
Pero no.
Viene hacia mí.
Y llega tan deprisa que tengo que agacharme para atraparlo
antes de que terminemos los dos rodando por el suelo.
Entonces me abraza.
Y durante unos segundos el tiempo parece detenerse. No sé
explicar la emoción que me produce. Tal vez porque los niños todavía no han
aprendido a fingir.
Todavía no reparten afecto por compromiso.
Todavía no calculan.
Si vienen, vienen.
Y si abrazan, abrazan de verdad.
Por eso, cada vez que Mateo corre hacia mí, siento que me
está regalando algo más valioso que un abrazo. Me está entregando preguntas.
¿Será que los niños perciben cosas que los adultos hemos
olvidado ver?
¿Será que reconocen la ternura antes que las palabras?
¿Será que detectan, en algún rincón invisible, la verdad de
una persona?
A veces me sorprendo pensando que quizás Mateo no corre
hacia mí.
Quizás corre hacia la mejor versión de mí misma. Esa versión
que llevo años intentando construir. Porque deseo ser mejor persona de lo que
fui ayer. Porque conozco mis luces, pero también mis sombras.
Porque sigo creyendo que la vida es una preparación
constante del alma.
Y porque, cuando llegue el momento de partir, me gustaría
hacerlo habiendo aprendido a amar un poco más y a juzgar un poco menos.
Tal vez me equivoque.
Tal vez todo esto no sea más que la espontánea ternura de un
niño. Pero cada vez que veo a Mateo correr hacia mí como un pequeño colibrí
atravesando el aire, siento que Dios me guiña un ojo desde algún lugar y me
susurra:
—Vas bien. Sigue caminando.
Y yo sonrío.
Porque a veces los mensajes más importantes no llegan
escritos en los libros. Llegan corriendo sobre dos piernas pequeñas y terminan
refugiados entre nuestros brazos.
Quizás no era Mateo quien venía corriendo hacia mí.
Quizás era la vida, recordándome que todavía hay algo en mí
que merece ser amado.
Epílogo
Quizás todos llevamos dentro un pequeño vuelo
esperando ser descubierto. A veces basta una mirada sincera para recordarnos
quiénes somos y hacia dónde queremos seguir caminando.
“Y quizá ese sea el vuelo más hermoso: descubrir que
el amor también sabe encontrarnos.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
No hay comentarios:
Publicar un comentario