“Hay personas que convierten la memoria en un lugar histórico”.
Prólogo
Hay encuentros que parecen pequeños mientras ocurren,
pero con el tiempo descubrimos que eran semillas. Algunas personas llegan para
enseñarnos que el pasado no está muerto: solo espera una voz capaz de
despertarlo.
Siempre tuve un problema con la historia.
Mientras otros memorizaban fechas, batallas y nombres, yo me
quedaba atrapada en otra parte. Escuchaba hablar de reyes, campesinos,
navegantes o soldados y mi mente los veía caminar, reír, temblar de miedo,
abrazar a sus hijos antes de partir. La historia, para mí, nunca fue una lista
de acontecimientos. Era un inmenso teatro lleno de almas.
Quizá por eso, cuando uno de mis hijos necesitó ayuda para
un trabajo escolar, busqué al cronista de mi ciudad.
Recuerdo la primera vez que hablé con él.
Era un hombre alto, de piel morena y cabello blanco. Su voz
tenía la calma de los libros antiguos y sus pausas parecían dejar que las
historias respiraran. Tenía esa clase de presencia que llena de admiración y
respeto. Fui a pedirle unos datos y terminé quedándome mucho más tiempo del
previsto.
—¿Y qué fue de ellos después? —le pregunté en algún momento.
Él sonrió.
—Eso es justamente lo importante. No lo que hicieron, sino
cómo lo vivieron.
Y ahí se hizo la magia…
Por primera vez alguien me contaba la historia en mi mismo
idioma.
Hablaba de fechas, sí. De lugares y acontecimientos también.
Pero entre una fecha y otra dejaba respirar a los seres humanos. Hablaba de la
esperanza de quienes esperaban un regreso, del miedo de quienes partían, de los
sueños que nunca aparecen en los libros.
No relataba el pasado.
Lo despertaba.
Desde entonces, cada encuentro era una pequeña celebración.
Bastaban un café y unos minutos para que el mundo se llenara de personajes,
colores y preguntas. Yo salía de aquellas conversaciones con la imaginación
pintada de colores desconocidos, como si me hubieran abierto una ventana en
mitad del pecho.
Y así pasaron los años.
Luego llegó aquel día, como llega la tormenta sin avisar a
una barca en altamar.
No recuerdo quién me lo dijo ni dónde estaba exactamente
cuando lo supe. Hay noticias que llegan envueltas en detalles y otras que
llegan desnudas.
Simplemente me enteré de que había muerto.
Y durante unos segundos sentí esa extraña incredulidad con
la que el corazón intenta defenderse de ciertas verdades.
Porque la mente entiende la muerte mucho antes que el alma.
Ya no estaba.
Ya no habría otro café compartido.
Ya no escucharía aquella voz capaz de convertir una fecha olvidada en una
emoción viva.
Durante mucho tiempo me sorprendí pensando: «Tengo que
contarle esto». Y un instante después recordaba que ya no podía.
Creo que las ausencias verdaderas llegan así.
No el día en que alguien se marcha.
Sino cada una de las veces que intentamos volver a buscarlo.
Nunca visité su casa, ni él la mía. Conocí a su familia, y
él conoció la mía. Nuestros encuentros eran fortuitos, en la calle; a menos que
yo lo buscara a él para consultarle algo, mientras él me entretenía con sus
historias noveladas. Nuestra amistad fue espontánea y se sostuvo —no por la
convivencia cotidiana ni por la costumbre—, sino por la más elemental conexión
humana.
Algún tiempo después pasé frente a su despacho. Entré. El
olor de los libros y el silencio me recibieron antes que nadie.
Aquel lugar que siempre había estado lleno de relatos
parecía haberse quedado sin voz. La silla estaba vacía. La mesa permanecía
inmóvil. El aire mismo parecía distinto, como si la habitación todavía
estuviera intentando comprender que su dueño no regresaría.
Pero entonces lo vi: el mismo lugar donde compartíamos café
con las almas que tejieron historias.
Lo contemplé y una tristeza suave me rozó por dentro, como
un suspiro que sale de un corazón herido.
Pero también comprendí algo que me hizo sonreír.
Ahora la mesa estaba completa. Ahora estaban allí reunidos
—simbólicamente— quienes habían tejido la historia de Venezuela desde distintos
lugares y épocas: pueblos originarios, criollos, mestizos, libertadores,
campesinos y también quienes llegaron con la Corona española.
Y en el centro de todos ellos, Ciro, haciendo lo que mejor
sabía hacer: convertir la historia en una conversación humana.
Lo veía como quien parece estar presentando a unos amigos a
otros.
Porque las cosas desaparecen, pero hay personas que dejan
algo más duradero que cualquier objeto. Porque siguen viviendo en las historias
que sembraron y en los corazones donde aprendieron a florecer.
Dejan una forma nueva de mirar y entender el mundo…
¡hablando en el mismo idioma!
Epílogo
Quizá la verdadera historia no vive solamente en los
archivos ni en las fechas, sino en esas voces capaces de devolverle rostro,
pulso y latido a quienes alguna vez caminaron sobre la tierra.
“Hay seres humanos que pasan por nuestra vida contando
historias; sin saberlo, terminan formando parte de la nuestra.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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