“Hay puertas que no se abren con las manos, sino con el valor de aceptar quiénes seremos después de cruzarlas.”
Prólogo
A veces creemos que los grandes cambios llegan
anunciados por momentos extraordinarios. Sin embargo, la vida suele
transformarnos en silencio: en esos instantes en los que sentimos miedo,
dudamos y aun así decidimos avanzar.
La vida no se mide por los grandes acontecimientos.
Se mide por dos momentos:
la primera vez...
y el día siguiente.
La primera vez siempre llega envuelta en una agitación. Es
una puerta cerrada cuya madera parece respirar del otro lado. Antes de abrirla,
las manos sudan, la boca se seca, el corazón golpea el pecho como un pájaro
atrapado y el aire tiene el sabor metálico de la incertidumbre. Miedo.
Así fue el primer día de escuela, cuando una mochila parecía
pesar más que el propio cuerpo y el llanto de otros niños hacía que el mío
enmudeciera.
Recuerdo estar asida por ambas manos: por un lado, mi padre;
del otro, mi madre. No tenían prisa en dejarme. Permanecían apacibles a mi
lado, como los pilares que eran. Entendí que la decisión era mía, a mi manera,
en aquel entonces. Me transmitieron confianza y, poco a poco, fui soltando mis
deditos de los suyos... hasta liberarlos.
Y aunque al día siguiente había desaparecido la ansiedad
ante lo desconocido, la experiencia parecía repetirse cada vez que se asomaba
“una primera vez”.
Así fue cuando llegó la primera vez que dejé la casa de mis
padres. Las paredes olían distinto, el silencio era demasiado grande; comprendí
que la nostalgia también podía tener un hogar propio.
Ocurrió también el primer día de clases en la universidad,
en un trabajo o en una ciudad desconocida: lugares donde nadie conocía mi
nombre y yo tampoco sabía —todavía— quién llegaría a ser.
Todas las primeras veces tienen el mismo perfume: el de la
lluvia cayendo sobre una tierra que aún no conoce nuestras huellas.
Nos asusta no saber quiénes seremos al otro lado de la
puerta.
Pero la vida, curiosamente, no cambia ese día.
Cambia al día siguiente.
Porque al día siguiente ya no existe el vértigo del salto
hacia lo desconocido. Existe la calma tibia del amanecer después de una
tormenta. El pecho vuelve a respirar despacio y el mundo deja de mirarnos como
un juez para empezar a recibirnos como parte de él.
La escuela ya no parece un bosque inmenso.
Los pasillos dejan de intimidar.
La ciudad comienza a parecernos un poco nuestra.
El trabajo deja de ser un examen para convertirse en un camino.
Y, después de tantas primeras veces, llegó una que parecía
contenerlas a todas.
La primera vez que entendí que alguien podía convertirse en
“amor”.
Bastó una mirada para que el tiempo cambiara de ritmo. La
respiración se hizo más lenta, la piel comenzó a escuchar antes que los oídos y
el aire adquirió el perfume dulce de una cercanía que todavía no conocía.
Temblaba. Estaba asustada; se me doblaban las rodillas...
pensé que desfallecería.
Llegó ese primer beso.
No fue solo el encuentro de dos labios. Fue el instante en
que el tiempo decidió quedarse suspendido sobre la boca. Un escalofrío recorrió
la espalda, las manos aprendieron un idioma que jamás habían estudiado y cada
caricia parecía descubrir un rincón desconocido del universo.
Y descubrí algo hermoso: nunca fue la puerta lo que me
transformó.
Fue atreverme a cruzarla.
Fue ese instante en que abrí los ojos y comprendí que el
monstruo era más pequeño de lo que mi imaginación había creado; que el miedo ya
no ocupaba toda la habitación y que el horizonte tenía el color de las cosas
posibles.
Porque, mientras estuve ocupada viviendo, el miedo se marchó
sin despedirse. Y cuando vuelvo la vista atrás, comprendo que aquella primera
vez nunca había sido el comienzo de una historia.
Fue al día siguiente cuando nació una nueva versión de mí
misma.
Epílogo
Quizá crecer no consiste en dejar de sentir miedo,
sino en descubrir que podemos caminar junto a él hasta que deje de guiarnos.
“Al final, no recordamos la puerta que temimos abrir;
recordamos la persona en la que nos convertimos al atravesarla.”
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