Prólogo
En una época donde las palabras cambian de significado
y las virtudes parecen confundirse con las apariencias, quizá haya valores que
merecen ser mirados de nuevo. La caballerosidad no es una armadura que se lleva
puesta: es una forma de habitar el mundo.
“En tiempos donde tanto se discute qué significa ser
hombre y qué significa ser mujer, quizá convenga recuperar una palabra hermosa
que parece haberse quedado sin hogar: la caballerosidad”
Como mujer, hoy, voy a hablar de los hombres. De esos seres
increíbles, maravillosos, que son -para mi- como las flores para un jardín,
como el agua para la tierra.
Durante mucho tiempo creí que la caballerosidad estaba
referida a ciertos gestos visibles. Una puerta sostenida. Una silla acercada a
la mesa. Un abrigo ofrecido en una noche fría.
Y sí, hay belleza en esas cosas. Mucha. Tanto que no concibo
a un hombre, masculino, desnudo de esos detalles de gentileza, y de muchísimos
otros más.
Pero la belleza de una lámpara no nos dice nada sobre la
solidez de la casa. Porque la verdadera caballerosidad nunca ha vivido en las
manos. Vive siempre en el corazón. Son esos hombres masculinos que parecen
llevar una reluciente armadura que nos da una sensación de seguridad y
confianza.
Hombres cuya presencia se parece a una hoguera encendida al
caer la tarde. Uno se acerca y siente calor. La conversación fluye. Los modales
tranquilizan. Todo parece amable, confiable.
Entonces, sucede lo inesperado.
Basta una palabra de desacuerdo para que la llama cambie de
color, aparece el humo. Aparece el silencio que castiga. La mirada y gestos que
desprecian. La incapacidad de reconocer un error. La necesidad de tener razón,
aunque la verdad quede tendida en el suelo con deshonor.
Comienzan los ruidos extraños que alertan, que no son otros
que los remaches de la armadura que se empieza a desencajar, a caerse a pedazos
hasta el suelo. Le rasga la piel de caballero mostrando que su alma no es más
que el aire del ego que lo infló, que le dio la talla que creíamos admirar.
Es ahí donde el carácter queda al descubierto.
Y es entonces cuando comprendo algo importante.
No todo lo que da calor es fuego. A veces es apenas una
ilusión de calor.
La caballerosidad auténtica se parece más a un árbol que a
una hoguera.
Esta deslumbra. El árbol permanece. Ofrece sombra cuando el
sol cae a plomo sobre la tierra. Recibe el viento sin devolver violencia.
Soporta tormentas sin necesidad de demostrar su fuerza.
No presume de sus raíces. Simplemente las tiene.
Quizá por eso un caballero no necesita parecer superior. Lo
es.
No necesita ganar cada discusión. No necesita humillar para
sentirse grande.
Y cuando se equivoca, lo reconoce porque sabe que la
dignidad no disminuye al admitir una falta; al contrario, crece.
Tal vez he confundido durante demasiado tiempo la
caballerosidad con la cortesía.
Pero no son lo mismo.
La cortesía puede aprenderse. La caballerosidad debe
cultivarse.
Una pertenece a las formas. La otra pertenece al alma.
Quizá esa sea la prueba más sencilla de la nobleza. No lo
que alguien dice de sí mismo. No los gestos que exhibe. No la imagen que
construye. Sino la huella que deja en el corazón de quienes tuvieron la fortuna
de cruzarse en su camino.
Porque la auténtica caballerosidad no se recuerda como un
acto.
Se recuerda como una sensación.
Epílogo
Al final, un verdadero caballero no se reconoce por el
brillo de su armadura, sino por la calma que deja cuando ya no tiene nada que
demostrar. Las apariencias pueden vestir un instante; el carácter acompaña toda
una vida.
“Cuando el viento arrecia y rompe la calma; cuando las
máscaras caen y las apariencias ya no pueden sostenerse por sí solas, las
raíces hablan. Y ellas siempre dicen la verdad.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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