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jueves, 10 de septiembre de 2026

¿También eres bisagra?: Una reflexión sobre quienes sostienen el equilibrio entre dos partes, median, concilian y también necesitan aprender a poner límites.

 

A veces una palabra inesperada abre una puerta hacia nosotros mismos.


Prólogo

Hay palabras que llegan sin anunciarse y, sin embargo, encuentran un lugar donde quedarse. Algunas describen una situación; otras nos obligan a mirarla desde otro ángulo. Esta reflexión nace de una de esas palabras y de la curiosidad de seguir su rastro hasta descubrir cuánto puede decirnos.


En estos días, una joven y jovial compañera me dijo, acercándose mucho a mi rostro, como quien susurra algo penoso que no debe ser oído: “no sé si me das pena o te admiro, pero, en todo caso, no quisiera estar en tu lugar: ¡eres una bisagra humana!”.

—¿Una bisagra humana? —le pregunté.

—Sí, te encuentras en medio: entre nosotras y la empresa… ¡nada fácil mantener el equilibrio!

No puedo asegurar que fueran sus palabras exactas, pero así lo recuerdo.

La palabra “bisagra” se quedó rondando en mi mente, creando una tormenta de pensamientos de la cual necesitaba escapar.

Al llegar a casa no pude dejar de observar las puertas, sus bisagras. Obsesionada con esa idea, empecé a moverlas: abrirlas y cerrarlas.

Y sí, sí. Creo que la imagen surgida de la bisagra es muchísimo más rica de lo que me pareció a primera vista. Porque una bisagra no es simplemente algo que “abre y cierra”: es el punto de unión entre dos partes que necesitan moverse sin dejar de estar unidas.

Entonces, ¿qué es una bisagra? —pensé—.

Es un mecanismo que une dos piezas y permite que una de ellas gire respecto de la otra alrededor de un eje.

Y ahí está lo interesante: la bisagra no pertenece enteramente a ninguna de las dos piezas y, al mismo tiempo, pertenece a las dos…

¡Como ella dijo!

Su función es permitir el movimiento y mantener unidas las dos partes mientras se mueven en direcciones diferentes.

Una puerta puede abrirse o cerrarse gracias a ella. Pero la bisagra no decide hacia dónde quiere ir la puerta. Soporta el movimiento. Lo articula. Lo hace posible.

La bisagra puede chirriar tanto al abrir como al cerrar. El ruido no significa necesariamente que esté haciendo mal su trabajo. A veces significa que está soportando fricción.

Y ahí, para mí, aparece la metáfora: yo, la bisagra… ¿tú también?

Lo pregunto porque estoy describiendo una posición de articulación: estar entre dos espacios que tienen intereses diferentes y, en ocasiones, contrapuestos. Por un lado, el equipo del que formamos parte, con sus necesidades, sus límites, su cansancio, sus derechos. Por otro, la organización, con sus objetivos, sus exigencias, su eficiencia y sus responsabilidades.

Y ahí está uno en medio.

No se es exactamente “la puerta”, porque no somos quienes decidimos todo. Tampoco somos completamente «el marco», porque formamos parte del movimiento. ¡Somos la bisagra!

Y quizá lo más duro de ser bisagra es esto: cuando la puerta se abre hacia un lado, la bisagra tiene que soportar la tensión del otro.

Cuando proteges a tu equipo, puedes sentir que tiras contra la empresa. Cuando haces cumplir una exigencia, puedes sentir que cierras la puerta frente a quienes tienes al lado.

La realidad es que se ocupa una posición intermedia desde la que hay que conciliar, transmitir, poner límites y negociar.

Y ahí aparece otra cosa que me parece todavía más interesante: una bisagra está constantemente adaptándose.

Abre.

Cierra.

Abre.

Cierra.

Y si la fricción aumenta y nadie la lubrica, empieza a chirriar.

La metáfora se vuelve humana: hablamos del desgaste de una persona que lleva demasiado tiempo absorbiendo la fricción entre dos mundos.

Una bisagra sana no elimina la tensión entre las dos partes. Permite que esa tensión no rompa la puerta.

Pero también tiene un límite.

Si soporta demasiado peso, si está mal colocada, si se oxida o si nadie la mantiene, no importa cuánto quiera cumplir su función: terminará chirriando, deformándose o rompiéndose.

No se trata de preguntarse únicamente “¿hacia qué lado debo tirar?”. Tal vez la pregunta sea:

“¿Cuánto tiempo puede una persona permanecer en medio de dos fuerzas sin terminar convirtiéndose ella misma en el lugar donde se produce toda la fricción?”

Porque quizá ese sea el verdadero precio de ser bisagra.

Y te diría algo más: no todas las bisagras tienen que abrirse siempre hasta donde los demás quieren. También necesitan límites. Una buena bisagra permite el movimiento, pero tiene un ángulo determinado. No permite que la puerta se abra indefinidamente hasta arrancarse del marco.

Eso no es mandar, es liderar. Es gozar de la confianza de los involucrados… ¡nada más satisfactorio que eso!

Y sigo pensando. Ese pensamiento me lleva a las personas “bisagras” fuera del ambiente laboral. Porque también puede darse en la familia, en la comunidad, en el grupo de amistades…

¿Eres tú una de ellas?

Sabes, entonces, que no tienes que conseguir que nadie gane siempre. Tu función puede ser conseguir que la puerta siga funcionando sin que ninguna de las dos partes termine arrancándola del marco.

Y quizá por eso no te sorprenda que esa puerta chirríe unas veces al abrir y otras al cerrar: mediar para conservar la paz y la armonía también desgasta.

Y, sin saberlo, acabas de leer una pequeña metáfora de ti mismo.


Epílogo

Quizá algunas posiciones de la vida no se eligen, sino que terminan ocupándonos. Y cuando nos toca sostener vínculos, decisiones o expectativas ajenas, conviene recordar que también nosotros formamos parte de aquello que intentamos mantener en pie.


Tal vez la verdadera fortaleza consista en saber hasta dónde podemos sostener sin dejar de sostenernos.

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 13 de junio de 2026

"Ciro, el cronista": Un relato sobre la memoria, la historia y esas personas que transforman nuestra manera de mirar el mundo.

 


“Hay personas que convierten la memoria en un lugar histórico”.


Prólogo

Hay encuentros que parecen pequeños mientras ocurren, pero con el tiempo descubrimos que eran semillas. Algunas personas llegan para enseñarnos que el pasado no está muerto: solo espera una voz capaz de despertarlo.


Siempre tuve un problema con la historia.

Mientras otros memorizaban fechas, batallas y nombres, yo me quedaba atrapada en otra parte. Escuchaba hablar de reyes, campesinos, navegantes o soldados y mi mente los veía caminar, reír, temblar de miedo, abrazar a sus hijos antes de partir. La historia, para mí, nunca fue una lista de acontecimientos. Era un inmenso teatro lleno de almas.

Quizá por eso, cuando uno de mis hijos necesitó ayuda para un trabajo escolar, busqué al cronista de mi ciudad.

Recuerdo la primera vez que hablé con él.

Era un hombre alto, de piel morena y cabello blanco. Su voz tenía la calma de los libros antiguos y sus pausas parecían dejar que las historias respiraran. Tenía esa clase de presencia que llena de admiración y respeto. Fui a pedirle unos datos y terminé quedándome mucho más tiempo del previsto.

—¿Y qué fue de ellos después? —le pregunté en algún momento.

Él sonrió.

—Eso es justamente lo importante. No lo que hicieron, sino cómo lo vivieron.

Y ahí se hizo la magia…

Por primera vez alguien me contaba la historia en mi mismo idioma.

Hablaba de fechas, sí. De lugares y acontecimientos también. Pero entre una fecha y otra dejaba respirar a los seres humanos. Hablaba de la esperanza de quienes esperaban un regreso, del miedo de quienes partían, de los sueños que nunca aparecen en los libros.

No relataba el pasado.
Lo despertaba.

Desde entonces, cada encuentro era una pequeña celebración. Bastaban un café y unos minutos para que el mundo se llenara de personajes, colores y preguntas. Yo salía de aquellas conversaciones con la imaginación pintada de colores desconocidos, como si me hubieran abierto una ventana en mitad del pecho.

Y así pasaron los años.

Luego llegó aquel día, como llega la tormenta sin avisar a una barca en altamar.

No recuerdo quién me lo dijo ni dónde estaba exactamente cuando lo supe. Hay noticias que llegan envueltas en detalles y otras que llegan desnudas.

Simplemente me enteré de que había muerto.

Y durante unos segundos sentí esa extraña incredulidad con la que el corazón intenta defenderse de ciertas verdades.

Porque la mente entiende la muerte mucho antes que el alma.

Ya no estaba.
Ya no habría otro café compartido.
Ya no escucharía aquella voz capaz de convertir una fecha olvidada en una emoción viva.

Durante mucho tiempo me sorprendí pensando: «Tengo que contarle esto». Y un instante después recordaba que ya no podía.

Creo que las ausencias verdaderas llegan así.

No el día en que alguien se marcha.
Sino cada una de las veces que intentamos volver a buscarlo.

Nunca visité su casa, ni él la mía. Conocí a su familia, y él conoció la mía. Nuestros encuentros eran fortuitos, en la calle; a menos que yo lo buscara a él para consultarle algo, mientras él me entretenía con sus historias noveladas. Nuestra amistad fue espontánea y se sostuvo —no por la convivencia cotidiana ni por la costumbre—, sino por la más elemental conexión humana.

Algún tiempo después pasé frente a su despacho. Entré. El olor de los libros y el silencio me recibieron antes que nadie.

Aquel lugar que siempre había estado lleno de relatos parecía haberse quedado sin voz. La silla estaba vacía. La mesa permanecía inmóvil. El aire mismo parecía distinto, como si la habitación todavía estuviera intentando comprender que su dueño no regresaría.

Pero entonces lo vi: el mismo lugar donde compartíamos café con las almas que tejieron historias.

Lo contemplé y una tristeza suave me rozó por dentro, como un suspiro que sale de un corazón herido.

Pero también comprendí algo que me hizo sonreír.

Ahora la mesa estaba completa. Ahora estaban allí reunidos —simbólicamente— quienes habían tejido la historia de Venezuela desde distintos lugares y épocas: pueblos originarios, criollos, mestizos, libertadores, campesinos y también quienes llegaron con la Corona española.

Y en el centro de todos ellos, Ciro, haciendo lo que mejor sabía hacer: convertir la historia en una conversación humana.

Lo veía como quien parece estar presentando a unos amigos a otros.

Porque las cosas desaparecen, pero hay personas que dejan algo más duradero que cualquier objeto. Porque siguen viviendo en las historias que sembraron y en los corazones donde aprendieron a florecer.

Dejan una forma nueva de mirar y entender el mundo… ¡hablando en el mismo idioma!


Epílogo

Quizá la verdadera historia no vive solamente en los archivos ni en las fechas, sino en esas voces capaces de devolverle rostro, pulso y latido a quienes alguna vez caminaron sobre la tierra.


“Hay seres humanos que pasan por nuestra vida contando historias; sin saberlo, terminan formando parte de la nuestra.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 17 de febrero de 2026

"La hoguera de mi alma": Un texto poético sobre palabras que despiertan emociones en quien las lee, tejidas desde un corazón que las siente.

 

“A veces alguien nos lee… y por un instante deja de sentirse solo.”


Prólogo

Hay lectores que no solo leen: reconocen.
Y a veces basta una mirada invisible, al otro lado de las palabras, para encender un fuego nuevo. Este texto nace de ese instante en el que alguien se detiene, cierra el ruido del mundo y encuentra algo propio en lo que otro escribió.


En el calor de la hoguera de mi alma escribo. El fuego crepita despacio, y mientras las llamas se alargan y se repliegan como si respiraran, pienso y me pregunto si estos trazos, enviados casi al azar, encontrarán en su recorrido algún rumbo. Si llegarán a tener sentido —y a ser sentidos— por alguien, o si terminarán disolviéndose como el humo de las ilusiones, elevándose apenas un instante antes de perderse en la oscuridad de la noche.

Escribir es un acto de entrega profunda, pero también serena. Es dejar palabras suspendidas en el aire, como quien suelta algo valioso sin saber quién lo recogerá. Sin certezas. Sin destino. Con la única esperanza de que, en algún lugar, alguien las lea y, al hacerlo, reconozca algo propio latiendo entre las líneas.

Porque hay algo profundamente misterioso en el acto de leer.

No en el gesto simple de pasar los ojos por una pantalla, sino en ese instante invisible en el que una palabra deja de entenderse y comienza a sentirse. Cuando el significado se disuelve y queda solo la emoción. Cuando el texto deja de ser ajeno y algo, sin pedir permiso, se mueve por dentro, como un recuerdo que despierta sin haber sido llamado.

A veces imagino los textos como pequeñas hogueras encendidas en mitad de la noche. No sé quién camina cerca. No sé quién llega cansado o quién tiene frío. Solo sé que el fuego existe, que su luz tiembla, y que siempre hay alguien que, aunque sea por un momento, se detiene a acercar las manos y a dejarse alcanzar por el calor.

Leer, quizá, sea eso: reconocer sin necesidad de ver. Encontrar una emoción conocida en la voz de alguien desconocido. Sentir que una frase llega justo cuando hacía falta, como si hubiera estado esperando en silencio el instante exacto para tocar.

Porque hay frases que no se leen con los ojos, sino con la piel. Frases que tienen el aroma suave de la memoria, que suenan a algo vivido hace tiempo, que se apoyan en el pecho y permanecen ahí un segundo más de lo necesario. Es reconocer algo propio en palabras que nunca fueron nuestras, y aun así sentirlas como si siempre nos hubieran pertenecido.

Yo no escribo para ser mirada. Escribo para que alguien se sienta acompañado en lo que siente. Para que, en mitad del ruido —o del silencio que a veces ensordece más que cualquier ruido—, una emoción despierte sin miedo. Y si alguien hace suyas mis palabras, no es un robo: es la prueba silenciosa de que llegaron a destino, de que encontraron un lugar donde quedarse.

Las palabras son un tesoro, y los tesoros no están hechos para esconderse. Están hechos para mostrarse sin temor, para compartirse con quien desee habitarlos. Porque cuando una palabra encuentra otro corazón, otra piel donde continuar latiendo, deja de pertenecer a quien la escribió y empieza a cobrar vida más allá de las manos que la trazaron.

Y entonces escribir deja de ser un acto solitario.
Se convierte en un fuego compartido.
En una luz pequeña que, sin saber cómo, alcanza a alguien al otro lado de la noche.


Epílogo

Quizá escribir y leer sean, al final, la misma cosa: dos silencios que se encuentran sin haberse buscado. Si alguna de estas palabras te acompañó un instante, entonces la hoguera sigue viva. Y mientras alguien lea y alguien sienta, las letras cumplen su propósito"


“Escribir deja de ser soledad cuando alguien siente lo mismo al otro lado.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

lunes, 19 de enero de 2026

"Semillas al viento": una reflexión poética sobre el amor, la espera y el valor de las personas.

 “Algunas personas son medicina en un mundo que solo busca ornamento.”


PRÓLOGO

Antes de hablar de amor, este texto habla de valor.
Antes de hablar de pérdida, habla de abundancia.
Antes de hablar de espera, habla de dignidad.

No todas las personas llegan al mundo para imponerse. Algunas llegan para ofrecer. Para sostener. Para sanar. Y en ese gesto silencioso, a menudo, son malinterpretadas. Porque el mundo sabe reconocer lo que brilla, pero aún aprende a cuidar lo que ilumina.

Esta no es una historia de carencia, sino de exceso. De semillas que contienen más vida de la que muchos suelos pueden recibir. De luces que no buscan aplauso, sino permanencia. De la diferencia —tan sutil como decisiva— entre ser deseado y ser elegido.

“Semillas al viento” no es una confesión, sino un espejo. Una reflexión sobre el amor que no hiere, pero incomoda. Sobre la belleza que no grita. Sobre el valor de quienes siguen sembrando, incluso cuando aún no encuentran dónde quedarse.


Hay personas que parecen estar hechas de una materia distinta. No de la que se exhibe, ni de la que impone presencia inmediata, sino de una sustancia silenciosa, profunda, casi invisible a primera vista. Son como semilleros antiguos, cargados de semillas nobles: aquellas que no prometen espectáculo, pero sí transformación.

Desde lejos, su valor no siempre se percibe. No brillan como las flores exóticas ni advierten como las plantas venenosas que se eligen para decorar espacios y provocar admiración. Su belleza no intimida por forma, sino por contenido. Son medicinales: sanan, sostienen, devuelven equilibrio. Y, como todo lo que sana, suelen ser buscadas solo cuando hay carencia, dolor o necesidad.

El mundo parece saber usarlas, pero no cuidarlas.

Hay seres humanos así: portadores de amor, conciencia, empatía, honestidad, lealtad, dulzura, pasión serena. Al acercarse a ellos, algo se aquieta, algo se ordena. Iluminan sin ruido, ofrecen sin cálculo, permanecen disponibles como la tierra fértil que no exige reconocimiento. Y, sin embargo, rara vez son elegidos como lugar de arraigo.

Se los desea, pero no se los habita.

En el terreno del amor, esto se vuelve más evidente. Porque hay luces que no solo alumbran: también revelan. Y no todos están dispuestos a verse con claridad. Hay presencias tan íntegras que incomodan; no porque exijan, sino porque reflejan. Y ese reflejo, para quien aún no ha hecho las paces consigo mismo, puede resultar intimidante.

Así, estas personas suelen convertirse en opción, nunca en elección. En refugio transitorio. En pausa reparadora antes de continuar camino hacia algo menos profundo, pero más fácil de sostener. Se las quiere, sí, pero con reservas. Se las admira, pero a distancia. Se las toma como se toman las hierbas que alivian: con gratitud momentánea, sin compromiso de cultivo.

Sus semillas viajan lejos. El viento las lleva de vínculo en vínculo, de promesa en promesa. Caen sobre suelos que parecen firmes, pero que no están listos para sostener raíces profundas. Al principio, todo anuncia crecimiento: hay calor, hay atención, hay palabras que suenan a hogar. Pero con el tiempo, la tierra se retrae. Falta cuidado. Falta constancia. Falta la voluntad de permanecer.

Entonces las semillas no mueren de inmediato. Se desgastan. Se marchitan en silencio. Son pisadas por la costumbre, ignoradas por la prisa, dejadas atrás cuando ya cumplieron su función sanadora.

Y surge la pregunta —no dicha en voz alta, pero persistente—:
¿Es un defecto del semillero, que entrega demasiado sin medir el terreno?
¿O es que el mundo aún no sabe qué hacer con aquello que no hiere, no compite, no se impone?

Tal vez haya una desproporción entre la abundancia de lo que se ofrece y la capacidad de recibirlo. Tal vez no todos los suelos están preparados para tanta semilla junta. Porque hay riquezas que, cuando aparecen completas, desbordan. Y no toda tierra desea ser transformada.

Aun así, estas personas no cambian su esencia. No endurecen sus semillas ni las vuelven escasas. No aprenden a ser veneno para ser elegidas. Siguen entregándose al viento con la misma dignidad con la que fueron creadas. Siguen creyendo —aun sin pruebas— que existe un lugar donde la luz no ciegue, sino caliente; donde el amor no tema profundidad; donde alguien no solo necesite sanar, sino también aprender a cuidar.

Quizás su misión no sea imponerse, sino permanecer fieles a lo que son, incluso en un mundo que aún no sabe cómo sostener tanta vida.
Quizás no fueron hechas para adornar, sino para transformar.
Y toda transformación verdadera requiere tiempo, valentía y una tierra que acepte cambiar para siempre.

Tal vez no haya error en el semillero, ni exceso en la semilla. Tal vez el tiempo no sea castigo, sino preparación. Porque algunas tierras no se encuentran: se forman. Y no todos los encuentros están destinados a florecer de inmediato.

Hay luces que no llegan para ser vistas, sino para enseñar a mirar. Presencias que no se ofrecen para ser poseídas, sino para recordar lo que el amor podría ser si no tuviera miedo. Y aunque parezca que pasan sin dejar huella, la verdad es otra: donde una semilla cae, algo cambia, incluso si no llega a brotar.

Nada que sane pasa en vano.

Quizás el verdadero destino de estas semillas no sea echar raíces en cualquier suelo, sino resistir intactas hasta encontrar uno que se atreva a recibirlas sin intentar reducirlas. Un suelo que no tema la profundidad, que no confunda luz con amenaza, que no huya cuando el amor exige permanencia.

Y cuando ese lugar exista —porque debe existir— no hará falta forzar el crecimiento. Bastará con quedarse. Con cuidar. Con permitir que el tiempo haga lo que siempre hace con lo verdadero: volverlo hogar.

Hasta entonces, el semillero permanece abierto. No por ingenuidad, sino por fidelidad a su naturaleza. Porque hay seres que no nacieron para cerrarse, ni para endurecerse, ni para aprender a ser menos. Nacieron para sembrar.

Y aun cuando el mundo no sepa qué hacer con tanta vida, la vida —silenciosa, paciente— siempre encuentra la manera de florecer.


EPÍLOGO

Quizás el mundo no deba cambiar de inmediato.                                                     
Quizás tampoco las semillas.

Tal vez baste con que alguien, en algún punto del camino, decida quedarse. Decida cuidar. Decida no huir cuando la profundidad aparece. Porque amar no siempre es sentir: a veces es sostener lo que florece lento.

Hasta que ese gesto exista, el viento seguirá haciendo su trabajo. Moviendo semillas, despertando tierras, probando tiempos. No como castigo, sino como promesa.

Porque lo que nace con vida verdadera no desaparece: espera.
Y cuando encuentra su lugar, no hace ruido.
Simplemente florece.


“Florecer no depende de la semilla, sino del suelo que se atreve.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 16 de enero de 2026

"A veces, solo a veces": Narrativa poética espiritual. Una conversación del alma con Dios sobre el amor imposible.


“Sentir puede ser un regalo… incluso cuando no se puede tener”.


Amar a Dios no es una idea ni un mandato: es una relación viva.
Es saber que hay una cuerda invisible que nos sostiene cuando el mundo amenaza con girar demasiado rápido, cuando lo que sentimos nos descoloca, cuando la emoción nos empuja a caminar con los pies en el aire y la cabeza hacia abajo.

Dios es esa cuerda tensa y amorosa que no aprieta, pero afirma.
La que nos recuerda dónde estamos parados cuando el deseo nos eleva y el dolor nos desequilibra.
Con Él no hace falta entenderlo todo: basta con no caer.

Tener a Dios como compañía permanente no nos salva del desconcierto, pero nos da un eje.
No evita que el corazón se encienda, pero impide que nos perdamos en el incendio.
Es el ancla que permite explorar sin naufragar, sentir sin rompernos, amar sin desintegrarnos.

Cuando el mundo parece ponerse al revés,
cuando el alma se adelanta al cuerpo,
cuando la emoción pide más de lo que la vida puede dar,
Dios no nos baja del vértigo:
nos sostiene dentro de él.


A veces —solo a veces— suelo enojarme con Dios.
No es para asustarse.
No es falta de fe; es exceso de confianza.

Mi relación con Dios es personal, íntima, espontánea. Nace de una necesidad interior que no sabe de fórmulas ni solemnidades. Guardo silencio, escucho, agradezco, me quejo. Dialogo con el alma, no con los labios, consciente de que Él ya sabe por dónde voy y a qué voy. No hacen falta explicaciones ni rodeos: nada de sutilezas ni protocolos. Amor, respeto, honestidad.

¿Acaso puede ser de otra forma?
Soy su hija.
Él es mi Padre.

Por lo general, soy sumisa frente a los llamados “misterios divinos”. Si no logro comprender algo, lo acepto. Es un misterio, ¿no? Así sucede casi siempre. Me inclino ante lo incomprensible con humildad, confiando en que hay cosas que no están hechas para ser entendidas, sino sostenidas.

Pero hay uno.
Uno solo.
Menudo “uno”.

Un misterio que no logro aceptar. Uno que no quiero dejar pasar como si fuera apenas otro límite de mi corta mente humana. No lo entiendo y me niego a hacerlo pasar por alto. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Por eso se inquieta cuando lo rozo. Por eso se me esconde, no porque no pueda oírme, sino porque sabe que lo busco para discutir, para reclamar, para pelear por un derecho profundamente humano: que el alma envejezca al mismo tiempo que el cuerpo.

¿En qué estaba pensando cuando hizo al alma eterna?

¿Cómo se supone que soltemos, que nos desapeguemos de lo terrenal, si el alma vibra intacta, encendida, joven, mientras el cuerpo se queda atrás, se agrieta, se cansa o empieza a caerse a pedazos?

No lo acepto.
Y Él bien lo sabe.

Cuando le toco este tema, llego con el ceño fruncido y el ánimo revuelto. Traigo el corazón endurecido por una tristeza que no sabe dónde apoyarse. Él suele rehuir, esconderse… como si eso fuera posible.

Entonces le digo, en tono amenazante, casi infantil:
—Sé dónde vives.

Y sonrío.

—Habitas dentro de mí.

Me río, y Él se ríe conmigo.
Siempre se ríe conmigo.

Y nos sentamos a dialogar.

—Solo dime… ¿por qué y para qué? —le digo.

No necesito agregar nada más. Él sabe. No es el cuerpo el que pregunta; es el alma la que reclama sentido por haberse sentido tan viva.

Dios guarda un silencio hondo, denso, lleno. No es ausencia: es presencia absoluta. Me mira. Su mirada no juzga ni corrige; envuelve. No frunce el entrecejo como yo, por enojo. Lo frunce por extrañeza, como quien observa con asombro una criatura frágil y luminosa a la vez. Como si pensara: “¿Qué hice yo con esta hija que aún quiere comprender lo incomprensible?”

Entonces se acerca.

Siento primero el peso leve de su mano sobre mi cabeza. Sus dedos se deslizan despacio entre mis cabellos, no para ordenarlos, sino para aquietarme. El gesto es paternal, eterno, como si hubiera consolado así desde siempre. Su caricia no borra el dolor, pero lo vuelve soportable; lo vuelve humano. Apoya mi cabeza contra su pecho, y allí el mundo se silencia. Su abrazo no aprieta: sostiene. No retiene: ampara. Me envuelve con la compasión con la que se abraza a un niño que llora por algo que desea con toda el alma, pero que no puede tener.

—No llores. No sufras —me dice, con una voz que no suena, pero se siente—. Te lo dije ya una vez.

Y es cierto, me lo dijo; no lo voy a negar.

—Te lo entregué para que lo sintieras, no para que lo tuvieras. Eso debe bastarte. Hay quienes atraviesan la vida sin que nada los despierte. Lo que tú sentiste es un regalo. No la forma, no el nombre, no la historia, sino lo que ha despertado en ti. Celebra eso.

Lo último lo dice con dulzura, aunque sé que es un mandato.

Lo miro sin separarme de Él. Me quedo acurrucada sobre su pecho, escuchando un latido que no es sonido, sino certeza. La respuesta no me satisface del todo, pero me calma. Lo que necesito no es entender, sino que me acompañe en ese sentimiento que, según Él, debería ser motivo de festejo, pero que a mí todavía me sabe a amargura.

No sé cuánto tiempo dormité en sus brazos. El necesario —supongo— para que el cuerpo se rinda y el alma baje un poco la guardia.

Entonces, sin soltarme, abrió la bóveda del firmamento.

No fue un gesto brusco: fue un despliegue. El cielo se abrió como se abre una flor imposible. Una luz inmensa me envolvió primero los ojos, luego el pecho. El aire cambió de densidad. Sentí el frío de las estrellas que se apagan, el calor lejano del sol, la respiración silenciosa del universo entero. A mis pies aparecieron la luna, los planetas, las constelaciones, girando en un orden perfecto, vertiginoso. Era belleza en estado puro, desbordada, inabarcable.

Me mareé.

Sentí que el suelo desaparecía, que el mundo se invertía, que iba a caer dentro de tanta magnificencia. Me aferré a Él con desesperación, con miedo, con asombro. Mi corazón latía desacompasado, incapaz de contener tanto.

Él se rió.

Se rió de mi expresión, de mi temblor, de la fuerza con la que lo abrazaba.

Y cuando Él ríe, yo río con Él. Su risa me devuelve el eje. Su seguridad se filtra en mi cuerpo. Su Ser, poderoso y liviano, me ancla.

—Todo eso existe. Es maravilloso —me dice—. ¿Lo quieres tener? Si lo quieres para ti, yo te lo doy.

Y pensé: es Dios. Dios no miente. No promete lo que no va a cumplir.

—¿Para qué lo querría —le respondí— si con contemplarlo me basta? Me inspira solo verlo. Eso me basta.

Lo miré, aún con los ojos llenos de luz.

Sonrió.

—Esa es la respuesta a la pregunta que me hiciste al principio. ¿Ves? No era necesario tanto dolor ni tanto enojo por algo que comprendes más de lo que crees.

El firmamento se cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.

El silencio volvió.

Un silencio distinto.

Llegó el entendimiento.
Hubo aceptación.

El corazón aún dolía, sí, pero ya no quemaba. Era un dolor tibio, dulce, como una herida que empieza a cicatrizar desde adentro.

Solté el aire lentamente. Sentí el peso de mi cuerpo. El latido volvió a su ritmo. El mundo recuperó su tamaño.

El universo que Dios había extendido a mis pies como una alfombra de pétalos de rosa se desvaneció, llevándose consigo las preguntas.
Y mi pequeño mundo, ese que había estado a punto de ponerse del revés, comenzó —por fin— a acomodarse.


Hay conexiones que no llegan para cumplirse, sino para revelarnos.
No nos entregan un futuro, sino un espejo.
No prometen permanencia, pero nos devuelven a nosotros mismos, distintos, más vivos, más despiertos.

Un amor imposible duele, sí.
Duele porque no puede poseerse.
Porque el cuerpo pide lo que el alma ya sabe que no tendrá.
Porque la realidad impone límites donde el sentir no los reconoce.

Pero también es un renacer.
Un acto profundo de autorreconocimiento.
La certeza de que algo en nosotros sigue intacto, sensible, capaz de vibrar con intensidad aun cuando la vida nos exige madurez, renuncia y silencio.

No todo lo que no se concreta es fracaso.
Hay encuentros que no se miden en tiempo ni en contacto,
sino en lo que despiertan,
en lo que transforman,
en la belleza irrepetible de haber coincidido.

Agradecer no borra el dolor,
pero lo vuelve fértil.
Y eso —aunque no lo tengamos—
es suficiente.


“Lo imposible también deja huella.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel