A veces una palabra inesperada abre una puerta hacia nosotros mismos.
Prólogo
Hay palabras que llegan sin anunciarse y, sin embargo,
encuentran un lugar donde quedarse. Algunas describen una situación; otras nos
obligan a mirarla desde otro ángulo. Esta reflexión nace de una de esas
palabras y de la curiosidad de seguir su rastro hasta descubrir cuánto puede
decirnos.
En estos días, una joven y jovial compañera me dijo,
acercándose mucho a mi rostro, como quien susurra algo penoso que no debe ser
oído: “no sé si me das pena o te admiro, pero, en todo caso, no quisiera estar
en tu lugar: ¡eres una bisagra humana!”.
—¿Una bisagra humana? —le pregunté.
—Sí, te encuentras en medio: entre nosotras y la empresa…
¡nada fácil mantener el equilibrio!
No puedo asegurar que fueran sus palabras exactas, pero así
lo recuerdo.
La palabra “bisagra” se quedó rondando en mi mente, creando
una tormenta de pensamientos de la cual necesitaba escapar.
Al llegar a casa no pude dejar de observar las puertas, sus
bisagras. Obsesionada con esa idea, empecé a moverlas: abrirlas y cerrarlas.
Y sí, sí. Creo que la imagen surgida de la bisagra es
muchísimo más rica de lo que me pareció a primera vista. Porque una bisagra no
es simplemente algo que “abre y cierra”: es el punto de unión entre dos partes
que necesitan moverse sin dejar de estar unidas.
Entonces, ¿qué es una bisagra? —pensé—.
Es un mecanismo que une dos piezas y permite que una de
ellas gire respecto de la otra alrededor de un eje.
Y ahí está lo interesante: la bisagra no pertenece
enteramente a ninguna de las dos piezas y, al mismo tiempo, pertenece a las
dos…
¡Como ella dijo!
Su función es permitir el movimiento y mantener unidas las
dos partes mientras se mueven en direcciones diferentes.
Una puerta puede abrirse o cerrarse gracias a ella. Pero la
bisagra no decide hacia dónde quiere ir la puerta. Soporta el movimiento. Lo
articula. Lo hace posible.
La bisagra puede chirriar tanto al abrir como al cerrar. El
ruido no significa necesariamente que esté haciendo mal su trabajo. A veces
significa que está soportando fricción.
Y ahí, para mí, aparece la metáfora: yo, la bisagra… ¿tú
también?
Lo pregunto porque estoy describiendo una posición de
articulación: estar entre dos espacios que tienen intereses diferentes y, en
ocasiones, contrapuestos. Por un lado, el equipo del que formamos parte, con
sus necesidades, sus límites, su cansancio, sus derechos. Por otro, la
organización, con sus objetivos, sus exigencias, su eficiencia y sus
responsabilidades.
Y ahí está uno en medio.
No se es exactamente “la puerta”, porque no somos quienes
decidimos todo. Tampoco somos completamente «el marco», porque formamos parte
del movimiento. ¡Somos la bisagra!
Y quizá lo más duro de ser bisagra es esto: cuando la puerta
se abre hacia un lado, la bisagra tiene que soportar la tensión del otro.
Cuando proteges a tu equipo, puedes sentir que tiras contra
la empresa. Cuando haces cumplir una exigencia, puedes sentir que cierras la
puerta frente a quienes tienes al lado.
La realidad es que se ocupa una posición intermedia desde la
que hay que conciliar, transmitir, poner límites y negociar.
Y ahí aparece otra cosa que me parece todavía más
interesante: una bisagra está constantemente adaptándose.
Abre.
Cierra.
Abre.
Cierra.
Y si la fricción aumenta y nadie la lubrica, empieza a
chirriar.
La metáfora se vuelve humana: hablamos del desgaste de una
persona que lleva demasiado tiempo absorbiendo la fricción entre dos mundos.
Una bisagra sana no elimina la tensión entre las dos partes.
Permite que esa tensión no rompa la puerta.
Pero también tiene un límite.
Si soporta demasiado peso, si está mal colocada, si se oxida
o si nadie la mantiene, no importa cuánto quiera cumplir su función: terminará
chirriando, deformándose o rompiéndose.
No se trata de preguntarse únicamente “¿hacia qué lado debo
tirar?”. Tal vez la pregunta sea:
“¿Cuánto tiempo puede una persona permanecer en medio de dos
fuerzas sin terminar convirtiéndose ella misma en el lugar donde se produce
toda la fricción?”
Porque quizá ese sea el verdadero precio de ser bisagra.
Y te diría algo más: no todas las bisagras tienen que
abrirse siempre hasta donde los demás quieren. También necesitan límites. Una
buena bisagra permite el movimiento, pero tiene un ángulo determinado. No
permite que la puerta se abra indefinidamente hasta arrancarse del marco.
Eso no es mandar, es liderar. Es gozar de la confianza de
los involucrados… ¡nada más satisfactorio que eso!
Y sigo pensando. Ese pensamiento me lleva a las personas
“bisagras” fuera del ambiente laboral. Porque también puede darse en la
familia, en la comunidad, en el grupo de amistades…
¿Eres tú una de ellas?
Sabes, entonces, que no tienes que conseguir que nadie gane
siempre. Tu función puede ser conseguir que la puerta siga funcionando sin que
ninguna de las dos partes termine arrancándola del marco.
Y quizá por eso no te sorprenda que esa puerta chirríe unas
veces al abrir y otras al cerrar: mediar para conservar la paz y la armonía
también desgasta.
Y, sin saberlo, acabas de leer una pequeña metáfora de ti
mismo.
Epílogo
Quizá algunas posiciones de la vida no se eligen, sino
que terminan ocupándonos. Y cuando nos toca sostener vínculos, decisiones o
expectativas ajenas, conviene recordar que también nosotros formamos parte de
aquello que intentamos mantener en pie.
Tal vez la verdadera fortaleza consista en saber hasta
dónde podemos sostener sin dejar de sostenernos.
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel