“Un hombre vuelve a su tierra y descubre que la memoria nunca se exilia.”
Introducción:
El llamado de la memoria
Hay lugares que no se olvidan, aunque la vida nos
arrastre lejos.
Hay costas, mares y senderos que permanecen tatuados en el alma, esperando el
regreso del que alguna vez los abandonó.
“Querencia” es la historia de ese retorno: un hombre
que, tras recorrer otros mundos y perseguir sueños lejanos, reconoce que su
identidad y su raíz no pueden exiliarse.
En esta página, cada ola, cada grano de arena y cada gesto ancestral se
convierte en puente entre el pasado y el presente, entre la memoria y la
pertenencia.
Es un viaje silencioso hacia la esencia de lo propio, donde el tiempo deja de
ser lineal y la tierra habla en voz baja, recordando quiénes somos y de dónde
venimos.
Aquellos lares merecían un nombre más digno; eran mucho más
que la denominación peyorativa que algunos aún utilizaban: “costa de negros”.
Eran un paraíso prometido en su versión finita. Miles de mosaicos invisibles
componían aquel paisaje, donde la gente llevaba títulos de visires y de
sultanes, no por vanidad, sino por herencia legítima de familias vinculadas a
la antigua administración del sultanato.
Y allí estaba él: Alí. Hablaba poco. Su piel, curtida por el
sol, parecía haber guardado todos los secretos que sus ojos callaban. En
realidad, sus ojos nada decían. Extraviaba la mirada en el horizonte inmenso
que el mar trazaba a su alrededor, como si buscara en él un refugio imposible.
Caminaba por la playa como un ánima errante, ajeno al
paisaje, como si la arena no le perteneciera, aunque la conociera mejor que
nadie. En su mente se desplegaban recuerdos, proyectados como una película en
colores vivos y en alta definición. Un filme que lo arrastraba hacia un pasado
que creyó sepultado. En aquel tiempo vendía pulseras de conchas y, a veces, se
sentaba en silencio junto a los turistas, como si esperara algo que nunca
llegaba. Pero llegó: el tiempo perfecto, ese que solo marca el reloj de Dios.
Zarpó. Se fue. Persiguió sus sueños en tierras extrañas, lejanas a sus
querencias. Esa memoria, ahora revivida, dibujaba en su rostro una expresión
ambigua: ¿una sonrisa, o acaso una mueca?
Yo lo observé, siempre, desde lejos. Aquí, ahora, y también
allá, en otros tiempos y en otros lugares. Lo miraba con la curiosidad de quien
intenta descifrar el mundo a través de los gestos de otro. Alí era parte del
paisaje, pero también era su grieta.
Regresaba al sitio del que partió, incumpliendo la promesa
de no volver jamás.
Alí —sentado en la playa, ya hombre, ya viajero— se dejaba
invadir por emociones que creyó olvidadas. Había recorrido otros mundos,
conocido otras costas, pero ninguna como aquella. Recordaba a su hermano
Arthur, siguiéndolo por toda la ensenada, levantando piedras en busca de
pulpitos atrapados por la marea baja. Evocaba también a su madre y a sus
hermanas, llenando cacerolas con moluscos escondidos en la arena blanca y
húmeda, como si la tierra misma ofreciera su banquete.
Las tías y la abuela, por su parte, halaban cuerdas desde el
océano para cosechar las esponjas que habían sembrado meses atrás. En su
memoria, los cuerpos color canela se movían entre la espuma del mar,
impregnados de salitre, como si el paisaje los hubiera esculpido.
Traía al presente, con claridad intacta, la figura imponente
de su padre regresando de cosechar yucas silvestres. Venía cargado de
tubérculos, nuez de coco, arroz, clavos de olor… ¡y carbón! Aquel hombre, que
también guiaba a turistas —ingleses, alemanes, franceses y algún holandés— por
los senderos verdes, hablaba con sabiduría y orgullo de su tierra. Era guía,
sí, pero también guardián de la memoria.
Mucho tiempo había pasado, pero los recuerdos no se habían
disuelto. Al contrario, se volvían más nítidos con cada ola que rompía frente a
él.
A medida que el pasado se fundía con el presente, Alí fue
despojándose de todo: el reloj, la camiseta, la gorra, los lentes y aquellos
zapatos deportivos blancos con un animal por emblema —animal ajeno a ese
paisaje—. Se quitaba cada prenda con una sonrisa indescriptible dibujada en los
labios. Había regresado para quedarse, y no quería parecer un turista en su
propia tierra. Ya no. Nunca más.
Epílogo:
Permanecer en la tierra propia
Alí regresó, pero no solo físicamente: volvió con su
memoria intacta, con su historia reconocida y con la certeza de que pertenecer
a un lugar es más que habitarlo; es sentirlo en la piel, en los recuerdos, en
la respiración de cada instante.
La querencia no se compra ni se aprende; se descubre
en la convergencia de la tierra y el tiempo, en la fusión de la infancia con la
madurez, en el abrazo silencioso de los que nos precedieron. Volver a casa es
un acto de valentía y de reconciliación. Es recibir la tierra, tal como nos
recuerda, con todo lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos ser.
Y así, en la memoria y el paisaje, la querencia
permanece.
Dedicado a los pobladores de la Isla de Zanzíbar,
Tanzania