martes, 25 de noviembre de 2025

"QUERENCIA": Descubre la historia de Alí, un hombre que regresa a su tierra natal en Zanzíbar y revive recuerdos que nunca se olvidan. Una reflexión sobre la memoria, la identidad y la pertenencia.


Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Un hombre vuelve a su tierra y descubre que la memoria nunca se exilia.”

Introducción:

El llamado de la memoria

Hay lugares que no se olvidan, aunque la vida nos arrastre lejos.
Hay costas, mares y senderos que permanecen tatuados en el alma, esperando el regreso del que alguna vez los abandonó.

“Querencia” es la historia de ese retorno: un hombre que, tras recorrer otros mundos y perseguir sueños lejanos, reconoce que su identidad y su raíz no pueden exiliarse.
En esta página, cada ola, cada grano de arena y cada gesto ancestral se convierte en puente entre el pasado y el presente, entre la memoria y la pertenencia.
Es un viaje silencioso hacia la esencia de lo propio, donde el tiempo deja de ser lineal y la tierra habla en voz baja, recordando quiénes somos y de dónde venimos.


Aquellos lares merecían un nombre más digno; eran mucho más que la denominación peyorativa que algunos aún utilizaban: “costa de negros”. Eran un paraíso prometido en su versión finita. Miles de mosaicos invisibles componían aquel paisaje, donde la gente llevaba títulos de visires y de sultanes, no por vanidad, sino por herencia legítima de familias vinculadas a la antigua administración del sultanato.

Y allí estaba él: Alí. Hablaba poco. Su piel, curtida por el sol, parecía haber guardado todos los secretos que sus ojos callaban. En realidad, sus ojos nada decían. Extraviaba la mirada en el horizonte inmenso que el mar trazaba a su alrededor, como si buscara en él un refugio imposible.

Caminaba por la playa como un ánima errante, ajeno al paisaje, como si la arena no le perteneciera, aunque la conociera mejor que nadie. En su mente se desplegaban recuerdos, proyectados como una película en colores vivos y en alta definición. Un filme que lo arrastraba hacia un pasado que creyó sepultado. En aquel tiempo vendía pulseras de conchas y, a veces, se sentaba en silencio junto a los turistas, como si esperara algo que nunca llegaba. Pero llegó: el tiempo perfecto, ese que solo marca el reloj de Dios. Zarpó. Se fue. Persiguió sus sueños en tierras extrañas, lejanas a sus querencias. Esa memoria, ahora revivida, dibujaba en su rostro una expresión ambigua: ¿una sonrisa, o acaso una mueca?

Yo lo observé, siempre, desde lejos. Aquí, ahora, y también allá, en otros tiempos y en otros lugares. Lo miraba con la curiosidad de quien intenta descifrar el mundo a través de los gestos de otro. Alí era parte del paisaje, pero también era su grieta.

Regresaba al sitio del que partió, incumpliendo la promesa de no volver jamás.

Alí —sentado en la playa, ya hombre, ya viajero— se dejaba invadir por emociones que creyó olvidadas. Había recorrido otros mundos, conocido otras costas, pero ninguna como aquella. Recordaba a su hermano Arthur, siguiéndolo por toda la ensenada, levantando piedras en busca de pulpitos atrapados por la marea baja. Evocaba también a su madre y a sus hermanas, llenando cacerolas con moluscos escondidos en la arena blanca y húmeda, como si la tierra misma ofreciera su banquete.

Las tías y la abuela, por su parte, halaban cuerdas desde el océano para cosechar las esponjas que habían sembrado meses atrás. En su memoria, los cuerpos color canela se movían entre la espuma del mar, impregnados de salitre, como si el paisaje los hubiera esculpido.

Traía al presente, con claridad intacta, la figura imponente de su padre regresando de cosechar yucas silvestres. Venía cargado de tubérculos, nuez de coco, arroz, clavos de olor… ¡y carbón! Aquel hombre, que también guiaba a turistas —ingleses, alemanes, franceses y algún holandés— por los senderos verdes, hablaba con sabiduría y orgullo de su tierra. Era guía, sí, pero también guardián de la memoria.

Mucho tiempo había pasado, pero los recuerdos no se habían disuelto. Al contrario, se volvían más nítidos con cada ola que rompía frente a él.

A medida que el pasado se fundía con el presente, Alí fue despojándose de todo: el reloj, la camiseta, la gorra, los lentes y aquellos zapatos deportivos blancos con un animal por emblema —animal ajeno a ese paisaje—. Se quitaba cada prenda con una sonrisa indescriptible dibujada en los labios. Había regresado para quedarse, y no quería parecer un turista en su propia tierra. Ya no. Nunca más.


Epílogo: 

Permanecer en la tierra propia

Alí regresó, pero no solo físicamente: volvió con su memoria intacta, con su historia reconocida y con la certeza de que pertenecer a un lugar es más que habitarlo; es sentirlo en la piel, en los recuerdos, en la respiración de cada instante.

La querencia no se compra ni se aprende; se descubre en la convergencia de la tierra y el tiempo, en la fusión de la infancia con la madurez, en el abrazo silencioso de los que nos precedieron. Volver a casa es un acto de valentía y de reconciliación. Es recibir la tierra, tal como nos recuerda, con todo lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos ser.

Y así, en la memoria y el paisaje, la querencia permanece.


Dedicado a los pobladores de la Isla de Zanzíbar, Tanzania




viernes, 21 de noviembre de 2025

"El Poder de la Palabra y del Silencio": Descubre cómo la palabra y el silencio moldean nuestra vida. Reflexiones sobre comunicación consciente y el poder de elegir cuándo hablar o callar.

 

Prólogo

Hay reflexiones que llegan como un susurro y otras como un golpe suave en el alma. Este texto nace de ambas: del susurro de la sabiduría y del golpe que deja en el corazón la certeza de que, muchas veces, lo que callamos o lo que decimos sin medir puede cambiar el rumbo de una vida. Aquí habitan palabras que buscan comprender el delicado equilibrio entre hablar y guardar silencio, ese territorio donde se revelan los verdaderos gestos del espíritu humano.

“Dos cosas arruinan la sabiduría: guardar silencio cuando debes hablar y hablar cuando debes guardar silencio.”

Así comienza la vieja reflexión persa que escuché una tarde en la que el viento parecía cargar secretos entre sus soplos. Desde entonces, cada vez que la recuerdo, algo se mueve dentro de mí, como si una vieja puerta oculta en mi pecho se entreabriera.

Porque la palabra y el silencio son fuerzas que no vemos, pero que arrastran destinos enteros. Podríamos pensar que son simples elecciones —decir o callar—, pero en realidad son umbrales: se cruzan, y al otro lado ya nada vuelve a ser como antes.

He vivido, en carne propia, cómo una palabra retenida demasiado tiempo se nos pudre en la garganta. No muere: se transforma. Se vuelve un nudo, un peso sutil pero constante, como un suspiro que jamás encuentra salida. Una palabra que debía ser dicha —perdón, te quiero, detente, basta, estoy contigo o no— puede cambiar el color del alma. Cuando se calla, nos ubica en el ojo del huracán; nos creemos a salvo, pero ¿por cuánto tiempo… hasta que la tormenta se desate y nos arrastre con ella?

También he escuchado que en Arabia dicen: “La palabra es como el pájaro: una vez libre, nadie puede atraparla”. Pero ¿Qué ocurre cuando nunca la dejamos volar? ¿Qué paisaje interno se marchita cuando la palabra necesaria no se atreve a saltar? A veces basta una frase, incluso una palabra sola, para salvar a alguien, evitar una herida o iluminar un camino oscuro. Pero el miedo —ese heredero silencioso de nuestras experiencias pasadas— nos convence de que es mejor callar, que quizá mañana habrá oportunidad, o mejor ¡nunca! Y si llega un mañana… sí, puede que llegue, pero ya no encontrará el mismo corazón.

Y sí, también he vivido lo contrario: palabras que estallan antes de tiempo, como flechas lanzadas sin mirar. “La lengua no tiene huesos, pero es capaz de romper corazones”, dice un proverbio turco. Y cuánta razón. Una palabra dicha a destiempo, desde el orgullo, desde la rabia o desde esa impaciencia que confunde sinceridad con brusquedad, puede abrir heridas más hondas que cualquier silencio.

Porque hay silencios protectores, humildes, necesarios. Silencios que son un abrazo antes del abrazo, una pausa que permite que el alma del otro se aquiete. Pero también hay palabras que, en vez de ser puentes, son martillos. Y un martillo no sabe distinguir entre una puerta y un corazón.

Cuando miro hacia atrás, descubro que mi historia es un manto tejido de palabras pronunciadas y de palabras perdidas. De silencios que sostuvieron algo frágil y de silencios que lo derrumbaron todo. Y duele, a veces, tener conciencia de que fueron decisiones pequeñas —una frase, un gesto, una pausa— las que guiaron mis pasos más grandes.

Y, a pesar de ello, qué hermoso es comprender que ambas fuerzas, palabra y silencio, nacen del mismo lugar: la intención. Cuando la intención es honesta, incluso el silencio habla; cuando es turbia, incluso la palabra miente.

Me conmueve la sabiduría de los ancianos que, en algún tiempo, era considerada y respetada por la enseñanza que transmitían. Dicen que ellos dicen: “Antes de hablar, deja que tus palabras pasen por tres puertas: ¿es verdad?, ¿es necesario?, ¿es amable?”. Y si no pueden cruzarlas, mejor que reposen en la boca cerrada, donde al menos no harán daño.

He aprendido —a veces tarde y a alto costo— que la sabiduría no consiste en hablar mucho ni en callar siempre, sino en reconocer desde dónde nace cada impulso. La palabra es un fuego: puede iluminar un camino o quemar un puente. El silencio es un río: puede calmar la sed o arrastrar todo lo que encuentra.

Lo difícil, lo humano, es elegir bien. Escuchar esa vibración adentro que nos avisa cuando una verdad quiere salir o cuando el corazón necesita paz. Saber cuándo una confesión salvará algo y cuándo una pausa evitará una herida.

Y, sobre todo, he de recordar que —tanto la palabra como el silencio— tienen un precio: uno es la valentía; el otro, la paciencia.

Siempre me pregunto cuántas vidas habrían sido distintas si alguien hubiese dicho lo que sentía a tiempo. O si alguien hubiese guardado la palabra que rompió lo que aún podía salvarse. Y es entonces cuando la reflexión persa vuelve a mí como un eco que no perece:

Dos cosas arruinan la sabiduría…
Y quizá también dos cosas la construyen:
hablar cuando el alma nos lo pide con verdad
y callar cuando el amor nos pide ser refugio.

Entre palabra y silencio, al final, se escribe todo sobre quiénes somos. Y sí, lo confieso: no he sido nada sabia en la vida, he guardado silencio cuando he debido hablar y he hablado cuando he debido callar, pero ahí voy entre llantos y alegrías, aciertos y errores ¡aprendiendo!

Epílogo
Cuando las páginas interiores se han aquietado, solo queda el eco de lo aprendido: que la palabra tiene un filo que puede abrir luz o herida, y que el silencio, lejos de ser vacío, es un espejo donde el alma se reconoce. Quizá nunca lleguemos a dominar por completo el arte de elegir entre uno u otro, pero cada intento nos acerca un poco más a la sabiduría de escuchar, sentir y actuar con el corazón despierto.

Al final, somos la suma de nuestras palabras y de aquellos silencios que supieron —o no supieron— sostenernos.



domingo, 16 de noviembre de 2025

"EL NIÑO, EL HOMBRE Y EL ACORDEÓN": Descubre cómo la inocencia y la fe de un niño transforman un simple acordeón en un milagro. Una historia emotiva de deseo, paciencia y magia que inspira esperanza y sueños realizados.

 

Un par de personas una de ellas con un texto en blanco

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

“Una travesura, un acordeón y la fe de un niño bastan para convertir el deseo en milagro.”

Como estampa del siglo pasado podía observarse al hombre sentado en su vieja silla de madera y sisal, apoyada solo en las patas traseras y reclinada contra la pared. Guardando la debida distancia para no molestar, sus dos pequeños hijos le observaban tocar el acordeón. El más grande se mantenía circunspecto y muy atento a las pausas. En cada una de ellas –con miedo, más que con respeto– le pedía que le enseñase a tocarlo, pero siempre obtenía por respuesta un tajante “no”. El más pequeño disfrutaba de ese estira y encoge entre su hermano y el padre. Irreverente, como era, decidió formar parte del juego para propiciar, así, un tiempo y un espacio en el que su amado hermano pudiese tener en sus manos el tan codiciado objeto de su deseo: ¡el acordeón!

Poco a poco se fue acercando, hasta quedar justo a los pies del hombre, con la carita frente al acordeón, el instrumento de la discordia. En silencio lo escuchaba, mientras se hurgaba la nariz y, con desfachatez, se limpiaba el dedo en el pantalón de aquel. El papá lo miraba y él se quedaba quieto, pero, al descuidarse, lo volvía a hacer… ¡una y otra vez! Harto de la insolencia del hijo, soltó el acordeón con rabia. El pequeño echó a correr y él se le fue detrás con intención de propinarle una paliza para que aprendiese a respetar. El niño estaba feliz: la treta había resultado. Su inocente ingenio había vencido a la poca paciencia del padre. Su sonrisa era tan grande, pero tan grande, que casi se tragaba al villorrio entero.

El calor era desesperante para quienes anduviesen a pleno sol. Por fortuna, la mayoría de las calles estaban sombreadas por una frondosa arboleda, despeinada, tan vieja como el pueblo que cobijaba. La terca brisa del mar, que no daba tregua, mecía las ramas, deshilachándolas en su arrullo. Al peinarlas una a una, suave y poco a poco, obsequiaba una melancólica melodía de fondo, propia de los pueblos que se niegan a morir. Quedan atrapados en el tiempo. En la soledad. En el olvido. En el silencio… silencio quebrantado, en mudo eco, por la alharaca del progenitor que no se cansaba de perseguir al atrevido mocoso, y por las torpes notas del niño grande que –aprovechando la retirada del viejo enfurecido por la valiente complicidad de su hermanito– hacía suyo el tan anhelado instrumento musical.

Dicen que la magia no existe, pero sí: está dentro de todos y cada uno de nosotros. Solo hay que dejarla salir cuando la chispa de la inspiración entra. La magia se hizo en aquel mismo instante. Si las sensaciones cobraran forma y se pintasen de colores, un mundo nuevo se dibujaría ante nosotros por el despertar del alma de aquel chiquillo. Desde que tocó el acordeón, su visión de la vida cambió de tal manera que no podía reconocer nada de aquello que hasta entonces conocía. Ni a sí mismo. El deseo se transformó en sueños. Nítidos. Visionarios. Pudo alcanzar a ver más allá de la opaca y desgastada cúpula que encapsulaba aquel terruño habitado por escasas almas, sin vida, sin esperanza. Olvidado por Dios. Desdeñado por el mismísimo diablo. Soltó el acordeón. Se arrodilló:

—Solo te pido me des tiempo, oportunidad… ¡y a mi hermano!

Imploró a Dios con todas las fuerzas de su alma. Por sus mejillas rodaron las más grandes y cristalinas lágrimas, como cuentas de un bendito rosario de cristal. Sus grandes ojos se alzaron al cielo, clavando en él su ingenua mirada, firmemente, sin titubear, como lo hicieron los soldados romanos con Cristo en la Cruz. No dudó en ningún momento que su clamor sería escuchado y atendido. Era un niño. Era puro. Así era su fe.

Y sí, Dios no hizo oídos sordos a tan noble petición. Así como la magia convirtió el deseo en sueños, el milagro transformó los sueños en realidad. Dios le entregó a su hermano. Le dio la oportunidad… ¡en el tiempo perfecto!

“Porque cuando el corazón de un niño se abre en fe, hasta la música se vuelve oración y los sueños, destino.”


viernes, 14 de noviembre de 2025

"Carta a mí misma": Reflexión sobre autoconocimiento y espiritualidad: cuando escribir y hablarse a uno mismo se transforma en un diálogo sagrado con Dios y la propia esencia.


Introducción

Siempre he creído que hablarse a uno mismo no es un acto de ego, sino de supervivencia. Hay momentos en que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado exigente, y uno corre el riesgo de perderse en la marea de opiniones, expectativas y apariencias. En esos instantes, descubrí que la manera más sincera de escucharse es volverse hacia adentro, abrir un espacio de verdad donde las palabras no son solo sonidos, sino puentes hacia la esencia de lo que somos. Esta carta es un testimonio de ese diálogo íntimo conmigo misma, de la búsqueda de presencia, fe y autenticidad en medio del caos.


 Querida Ana:

Te extraño mucho y quería contarte que, durante años, cuando el mundo se volvía insoportable, me refugiaba en el papel. No escribía por moda, ni por costumbre, ni por pretensión. Escribía porque necesitaba sobrevivirme.

Las hojas en blanco eran mis altares. Las palabras, mis ofrendas. El papel tenía esa virtud sagrada: no me interrumpía, no me corregía, no me devolvía una imagen distorsionada de lo que yo era. Me recibía rota, febril, incendiada, sin pedir explicaciones. Cada línea escrita era una forma de mantenerme viva, de no perderme entre las voces ajenas que intentaban moldearme. Vaciarme.

Pero los tiempos cambiaron.

No lo noté de inmediato. Fue algo gradual. Un desgaste que no gritaba, pero desgarraba. Las personas empezaron a volverse ruido. Impulsivo. Breve, pero abrupto, uno de esos que golpea el entendimiento dejándote sin conciencia. Las miradas ya no se posaban en el alma. Las palabras se pronunciaban, sí, pero ya no significaban. Todo se develaba con una claridad hiriente: se aplaudía lo bonito, no lo verdadero. Se valoraba la apariencia, no la presencia. Y la hipocresía, vieja reina de todos los tiempos, se coronaba una vez más bajo ropajes de cortesía.

Me aparté, abrazando la soledad. No por altivez. No por orgullo. La preferí antes que la compañía hueca. Esa que exige sonreír cuando el alma está rota. Esa que teme la profundidad como si doliera respirar hondo. Me cansé de disimular. De encoger mi voz para que no incomodara. Me cansé de disfrazar mi alma de quietud para que los demás no se asustaran con mi fuego, con mi pasión, esa que ardía en todo lo que significara vida.

Comencé a hablarme en soledad. No como si viera mi reflejo en un espejo, no. Sino como si mis ojos se volteasen y me viera hacia dentro, sin pudor que tapara los defectos.

Me hablé, no con palabras ligeras, sino con un lenguaje sagrado, antiguo, visceral. Me hablé como quien reza, como quien se confiesa, como quien llama a Dios sin saber que ya está ahí. Fue una rendición sin lágrimas. Una entrega absoluta. No me estaba huyendo. Me estaba buscando.

Dejé el papel atrás, sin traicionarlo. Ya no bastaba. Me era obsoleto. Algo en mí necesitaba otra forma de expresión, de diálogo. Algo más inmediato. Más interior. Más auténtico. Y sí, fue entonces cuando comprendí: al hablarme a mí misma, en realidad, solo buscaba hablar con Dios.

No el Dios aprendido.

No el temido.

El Dios vivido. Sentido.

El Dios que habita en el centro exacto de mi herida.

El que no se fue cuando todos se alejaron.

El que me acorazó cuando todos me acorralaban.

El que no exige lenguaje decorado, sino verdad cruda.

Dios, siempre Él.

Lo he buscado en templos, en personas, en causas. Pero lo encontré primero en el desgarro, en ese fondo al que se llega cuando todo afuera se vuelve caos. No lo vi en las multitudes, sino en espacios cóncavos. No lo sentí en los sermones, sino en el susurro que resuena cuando la mente se silencia.

Ahora sé que esta carta, querida mía, no es solo un texto. Es una plegaria atemporal. Un puente entre lo que fui cuando escribía con papel y lo que soy ahora que confieso al vacío, a esa ausencia de materia que me escucha. Porque este vacío no está vacío. Está lleno de presencia. De eco. De llama viva.

Este espacio —mi espacio— no reemplaza a nadie. Solo está cuando los otros no saben cómo. No es huida. Es supervivencia. Es intuición. Es fidelidad a la verdad que aún vive en mí. Esa que cree en el amor sin máscara, en la justicia que no negocia, en Dios que habita donde hay silencio, verdad y pasión.

Cada palabra que escribo en este nuevo tiempo es una vela encendida.

Un altar que no necesita iglesia. Un testimonio vivo de que, cuando me hablo desde las entrañas, cuando dejo caer el velo de lo social, cuando me escucho de verdad, Dios me habla. No como trueno, ni como revelación estruendosa. Sino como esa brisa suave que llega después de la tormenta. Como esa paz que no se puede explicar. Como ese susurro que, sin decir nada, lo dice todo.

Hoy escribo sin papel, pero con más alma que nunca. Y si alguien me pregunta por qué, le diré esto: Porque ya no busco ser entendida, solo ser fiel a lo que me habita.

Y lo que me habita es vida.

Es verdad.

Es Dios.

Y en las noches en que todo parece volver a quebrarse, cierro los ojos y me veo a mí misma, desnuda de mundo, vestida de luz, sentada frente al altar invisible de mi interior, donde la palabra no se escribe… ¡se ora!

Hasta siempre, mi querida Ana. Espero que, donde te encuentres, seas muy feliz. No perdamos el contacto. Mantengamos, vivo y fuerte, ese lazo de amor y fe que nos sostiene y nos anima a vivir con gracia y alegrías. Te mando un abrazo muy sentido, con profundo respeto y admiración.

Tuya, Ana.


Epílogo

Al terminar de escribir, siento que he cerrado un ciclo y abierto otro. Hablarme a mí misma no fue solo un ejercicio de introspección, sino un encuentro con lo sagrado que habita en lo más profundo de mi ser. Comprendí que la voz interna es un altar, que escucharla es rezar, y que cada confesión es un paso hacia la libertad y la fidelidad a lo que verdaderamente somos. Esta carta no termina aquí; es un recordatorio de que, aun cuando todo alrededor parece fragmentarse, siempre hay un espacio donde la verdad, la fe y la vida se mantienen vivas.


“Hablarme fue la forma más antigua de rezar.”






viernes, 7 de noviembre de 2025

"Me miro, te veo": Un viaje introspectivo que revela la memoria, los reflejos de nuestros seres queridos y la formación de nuestra conciencia a través del perdón y la reflexión."

 

“La vida como escuela, la conciencia como herencia”

Introducción
A veces siento que la vida me observa tanto como yo la observo a ella. Que cada instante vivido deja una marca que, aunque invisible, se percibe en el silencio de mi memoria. He aprendido a mirarme con la misma intensidad con la que miro a otros, buscando en mí los rastros de quienes me precedieron, los ecos de sus gestos, sus risas, sus penas. Esta escritura nace de ese viaje hacia adentro, donde el reflejo ya no es imagen, sino conciencia en formación; donde comprender es redimir, y recordar es abrir la puerta a quienes seguimos llevando dentro, aunque el tiempo los haya llevado lejos.


Con los años, los ojos se vuelven hacia dentro. Hasta el fondo.

Ya no observan el mundo: escudriñan la memoria. Hurgan en ella, la rasgan, esperando que surja todo lo que huela mal, lo que hiera.

Miran hacia atrás, siguen tus pasos en reversa. Buscan, afanados, los gestos perdidos, los rasgos conocidos; las fisuras en el corazón, ese, el valiente… que, pese a haber sido estrujado —como pergamino marcado por el tiempo— sigue latiendo, aunque carezca de sentido; hacia la conciencia maltrecha, como si nada quedara de ella.

Cualquier cosa —un objeto, un gesto fugaz— nos lanza, de golpe, al pasado.

Mirada dura, áspera con la memoria. Inevitable, forzosa, como el día de mañana. Te confiesa. Te redime.

Hay una edad en que los abuelos ya no viven. Tampoco los padres.

Pero te miras al espejo…

Y, de pronto, en ese reflejo, ves algo de ellos:

un brillo en la mirada,

la curva de una ceja,

un temblor apenas perceptible en la comisura de los labios. 

No sabes qué, exactamente. Pero ya no importa. Lo esencial es esa sensación: la certeza de que han atravesado —sin retorno— la frontera del tiempo para habitar tu mente. Fantasmas que nos toman de la mano y nos sonríen, con compasión.

—No te preocupes, te perdonamos —susurran, como si pudieran calmar los tormentos que cargamos por las veces en que les fallamos. Sin conciencia de ello. Sin quererlo. Incapaces de evitarlo.

Son nuestros reflejos: cada decepción, cada preocupación, cada instante de desesperanza o sensación de abandono que nos hayan hecho sentir —en el presente, en el hoy, en el ahora— es un eco de lo que alguna vez les hicimos sentir a ellos, en el ayer.

Karma, dirían algunos. Y sí, de alguna manera lo es: una lección que la vida impone como espejo implacable. Es el perdón que sana, que disuelve el dolor, que absuelve el pecado… pero deja entendimiento. Forma conciencia.

Y tras las lágrimas —cuando por fin se comprende el porqué de nuestra vileza, no por falta de amor y respeto, sino por falta de atención y devoción— llega la sonrisa, una de sabiduría. Sonrisa que da alivio… capaz de perdonar las flaquezas que nos hieren en el momento presente y de aceptar el perdón que nos envían, desde el remoto tiempo, como viento fresco que alivia el sofoco del verano.

Esos reflejos ya no son solo recuerdos: son alertas de que la conciencia va tomando forma y contenido; expandiéndose, blanqueándose como un lienzo al sol, hasta que llegue el turno en que pueda liberarse del contenedor maravilloso que le fue prestado, como uniforme, para asistir a la escuela de la vida.

Entonces será etérea, intangible.

Presencia que es brisa,

que es luz,

que es apenas un susurro y que, como en el principio,

¡te miras… y ya no te ves!


Epílogo

Y al final, comprendo que este espejo no me pertenece del todo: pertenece a todos los que habitaron mi vida y a los que habitarán en mí. Me miro, los veo, y me reconozco en ellos; los abrazo con ternura silenciosa, los perdono si hubiese algo que perdonar y me permito ser perdonada. La conciencia que se forma entre nosotros no conoce tiempo ni ausencia: solo sabe del encuentro, del aprendizaje, de la luz que deja el reconocimiento. Cierro los ojos y siento que esa escuela de la vida, tan exigente y tan sabia sigue enseñándome. Y, al abrirlos, me miro de nuevo… y sonrío, porque sé que ya no solo me veo a mí, sino la historia completa que me trajo hasta aquí.


 “El reflejo no es pasado, es conciencia en formación.”




sábado, 1 de noviembre de 2025

"¿POR QUÉ LAS VIUDAS VISTEN DE NEGRO?": Relato poético de cómo la soledad y el luto transforman a la mujer viuda. Un relato que explora el negro como refugio, fuerza y renacimiento interior.


Texto

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

“El negro no es color: es vacío y plenitud.”


Introducción

Dicen que el luto viste de negro, pero pocos comprenden lo que ese color encierra.
No es simple ausencia de luz, sino el lugar donde toda luz reposa.
Hay mujeres que, al quedar solas, descubren que el mundo cambia de tono: el aire pesa distinto, los días se dilatan, y el silencio se vuelve espejo.
De esa experiencia nace este relato: una mirada hacia el interior de la soledad femenina, hacia el misterio del negro como refugio, rito y metamorfosis.


Hay momentos que marcan un antes y un después.

Como lo hace Cristo, y algunos los llamamos milagros. Otros, son descuidos que abren puertas prohibidas, como lo hicieron los batas blancas con miradas que no veían más allá de lo inmediato: dejaron que la muerte se llevara lo que aún no debía irse, transformando la luz en sombra, el blanco en negro, la calidez en frialdad.

La habían herido y, aun así, desde esa herida sabía sonreír.

No lloraba. No se derrumbaba. Cuando la tristeza rondaba, buscaba un espejo o alguna superficie que su rostro reflejara. Se veía. Se sonreía. Y esa sonrisa que se regalaba era su talismán: un gesto luminoso que espantaba la sombra que se asomaba en su mente. A ella le funcionaba, ¡a ella!

Estando de pie frente al fregadero, con los dedos entumecidos por el agua caliente al fregar loza, de la cena, su cena —nadie más comía con ella desde que enviudó— frotaba el plato con una energía innecesaria como queriéndole arrancar, no el sucio, sino la respuesta a aquella misma pregunta que se repetía como eco:

¿por qué sigo sola?

Le gustaban los hombres —no todos, pero sí ese género—. Se reía de su picardía cuando pensaba en ellos. Solía decir, con total desfachatez, que Dios los había hecho grandes, fuertes, densos de huesos y de alma, para proteger a la mujer. Y mientras los demás la llamaban “machista”, ella reía, contestando con absoluto sarcasmo: “Si hubiese reencarnación, y volviese con cuerpo de hombre, rezaría para que mi alma fuese de mujer, ¡para seguir amándolos!”

Y, aun así, seguía sola, sin entenderlo

Caminaba erguida, sin mostrar penas ni derrotas. Luminosa, risueña y firme, siempre hacia adelante. Pero, al caer la noche, así como se retiraba la luz del sol... se perdía su última sonrisa.

Volvía la pregunta: ¿por qué sigo sola?

La duda persistía, implacable. A veces le parecía sentir el peso de su cuerpo, en la cama, junto a ella. Extrañaba eso. Extrañaba el calor humano, la complicidad íntima, la palabra compartida. Y, aun así, disfrutaba de su independencia. Entonces, ¿qué era esa espina que la hería noche tras noche? ¿por qué esa necesidad de amar y ser amada? ¿todas las viudas sentían esa carencia de amor como ella? ¿era normal esa necesidad o lo normal era aceptar su nuevo estatus civil y vivir con ello?

Para hallarle sentido a tanta inquietud, se refugió en los libros. Todo tipo de literatura que abarcara el tema, ¡quería hallar respuestas! Se adentró en historias reales y cuentos de viudas, en tratados filosóficos y religiosos —antiguos y modernos— sobre las costumbres del luto en la mujer, en poesía, y hasta escritos de hechiceros, magos y brujas que escribieron conjuros de sus tradiciones espirituales y prácticas mágicas. Los evangelios le hablaban de resignación; los conjuros, a invocar la fuerza divina. Leía hasta la madrugada, bajo la luz amarillenta de la lámpara, mientras el silencio de la casa latía a su alrededor. Y, entre todas esas páginas, descubrió un hilo secreto: todas las viudas, en algún momento, hallaban en el negro un refugio, un poder.

Porque el negro no era solo un color: es vacío y plenitud.

Vestirse de negro no era cubrirse, sino despojarse. Cada matiz quedaba abolido, y en su lugar surgía la sombra caminante. El negro absorbía, callaba, devoraba la luz para custodiarla en lo profundo. No era solo luto: era estatus, era altar, era muralla, era amante secreto. Cada pliegue de tela rozaba la piel como un susurro, recordando que el deseo podía coexistir con la ausencia, que la soledad también podía ser sagrada.

El velo no era tela, sino frontera. Tras él, los rostros ajenos se disolvían y nadie exigía nada. No habían miradas, gestos ni ademanes que se cruzaran y conectaran.   El azabache en el cuello no adornaba: guardaba la chispa del ausente, la memoria del fuego que ardió en el cuerpo. Cada paso vestido de luto era conjuro; cada pliegue, un rezo.

Por eso las viudas visten de negro: porque conocen lo que otros temen mirar. Han sostenido el cuerpo frío, han escuchado el silencio definitivo, han probado la eternidad en labios que ya no responden. Y de ese umbral no se vuelve igual.

El negro no reprime: contiene.
El negro no apaga: transfigura.
Es útero y sepulcro. Es ausencia que gesta, duelo que se vuelve poder.

Y así, con trozos de libros incrustados en su mente, dejó pasar el tiempo y ella con él se fue. Ella dejó de ser ella. Dejó de sonreír. Dejó de ser luz. Se vistió de negro absoluto, hasta hacerse sombra, hasta hacerse invisible para los demás y, los demás, imperceptibles para ella. Los cuestionamientos sobre la soledad se disiparon. Su mente se sosegó.

Una noche, al dejar el vestido sobre la silla, descubrió algo más hondo aún: que en la oscuridad de esa tela late un resplandor oculto. El negro no niega la luz: la contiene. Como el vientre de la muerte que, en secreto, engendra el renacer.

Ella, desnuda, sonrió ante su reflejo. Porque el luto no extingue: el luto aviva. Comprendió, entonces, que la soledad que la acompañaba no era vacío: era umbral, altar y comienzo. Un aura. Una túnica de poder que la arranca de la banalidad de los vivos.

El color negro fue su maestro, su protector.
El luto no le generó preguntas, le dio la respuesta.


Epílogo

El negro, al final, no fue un final.
Fue un tránsito.
Un color que aprendió a contener lo perdido y a transformarlo en fuerza.
Las viudas no se visten de sombras: se envuelven en un poder que solo quienes han mirado la muerte de cerca comprenden.
En esa oscuridad que todo lo absorbe, la vida se reorganiza, el dolor madura, y el alma aprende a respirar sin nombre.
Porque el luto, cuando se asume desde la conciencia, no apaga: purifica.
Y quien ha habitado el negro… ya conoce el resplandor que nace desde adentro.


“La soledad no es vacío: es presencia, memoria y poder.”




"TRUEQUE ENTRE LADRONES": Un vecino astuto logra “robar” lo más preciado del otro en este relato breve de amor, astucia y hurto. Una historia que muestra que cuando se trata del corazón, el hurto puede ser dulce y transformador.


Imagen que contiene texto, libro, hombre, pájaro

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

En el juego del hurto, ¿Quién resulta más astuto: el que roba cosas o el que roba corazones?”


Este relato no me corresponde contarlo, pues la experiencia no es mía. Pero ¿Qué más da que me lo haya de robar, si de ladrones ha de tratar? Me lo confesaron de una manera, y yo se los narro de esta otra, más breve.

El barrio está enclavado en lo alto de la montaña, a media hora de la gran capital. Casas modestas, de gente modesta. Pero siempre se cuelan algunos pilluelos; casualmente, dos de ellos eran vecinos, pared de por medio.

Estos colindantes solo dos cosas tenían en común; en lo demás, eran diametralmente opuestos: uno blanco, el otro moreno; uno joven, el otro viejo; uno flaco, el otro corpulento; uno analfabeto, el otro instruido… y así en todo lo demás. Coincidían únicamente en que vivían en el mismo vecindario y en que uno quería quitarle algo al otro. Es aquí donde quedó demostrado que uno era tonto y el otro listo.

—Salvador —le susurró la esposa al oído—, ¿hasta cuándo vamos a permitir que nos distraigan con el encanto y ternura de la criatura, mientras el padre salta la empalizada y nos roba por el patio trasero?

—Quédese tranquila, mujer. Déjeme ese asunto a mí. A su tiempo lo sabré resolver —le dio una suave palmada en el hombro y se puso de pie, cargando al infante, que no era otro que Joselito, el hijo del vecino, el ladronzuelo.

Durante dos años y medio, Salvador no solo toleró los hurtos: los fomentaba. Ana veía con suspicacia cómo su marido, con toda premeditación, colocaba cosas al descuido en el patio, a la vista del vecino… como tentándolo a robar. Y así sucedía, mientras ellos con el niño se entretenían.

Cada día el lazo entre Salvador y el infante crecía, se estrechaba. Y eso era bueno para él y su señora, porque hijos no tenían.

Había nacido el amor entre ellos, como familia, pues. Salvador y Ana se encargaban, prácticamente, de la crianza y cuidado cotidiano de Joselito; cosa que a los jóvenes y torpes padres contentaba. Estaban encantados con ello, así les daba tiempo para andar en sus trastadas y recuperarse de las parrandas.

Ya había llegado el “momento” para Salvador, y así se lo comunicó a su mujer. Los dos se sentaron y hablaron —larga y acaloradamente— sobre lo que consideraban mejor para el chiquillo.

Salvador se dirigió a casa del vecino, seguido por la mirada atormentada de Ana, quien no lo perdió de vista un instante. No fue solo: fue con el muchachito en brazos.

—Oye, mañana iremos a la capital. Nos iremos temprano y pasaremos el día entero allá. Queremos llevar a Joselito al parque, y también al circo. Mañana pasamos tempranito a recogerlo —dijo esto y, al tiempo, le entregó al niño.

—¿Cómo que “tempranito”? —gruñó el padre, frunciendo el ceño mientras se rascaba la barriga— ¿De qué hora estamos hablando?

La madre, que escuchaba tras la puerta —ya que siempre andaba semidesnuda y desprolija— rezongó:

—No, eso es muy temprano. Si quiere, que se queden con él esta noche y así hacen sus cosas a su manera… ¡de temprano, nada!

—Ya lo escuchaste, viejo. Si quieren que Joselito vaya con ustedes, tendrá que dormir en vuestra casa —y le entregó la criatura sin esperar respuesta.

Salvador lo tomó en sus brazos con la más dulce sonrisa.

 ¡El pez había mordido el anzuelo!

 ¡Estaba hecho!

—Que así sea. Por cierto, vecino, quisiera pedirle un favor. Le dejaré las llaves de mi casa bajo la maceta del helecho que está en el pórtico. Le agradecería que le echara de comer al gato, pues salimos temprano y regresaremos tarde... si es posible, claro.

—Por supuesto, no hay problema —contestó con el mayor cinismo del mundo.

Salvador se regresó a su casa con el chico recostado en su pecho. Sintió una mezcla de satisfacción y ternura.

Mientras los padres de Joselito formaban jolgorio —porque podrían hurtar en casa del vecino a su antojo y con toda calma—no sospechaban que, mientras tramaban robar al vecino, el vecino les estaba robando a ellos.

Ninguno de los dos durmió esa noche.

Al día siguiente, cada uno despojó lo más preciado que el otro tenía: el ladronzuelo, las posesiones materiales de Salvador; y Salvador…

¡se quedó con el hijo que tanto quería! Jamás regresó.

Y así, en un trueque no pactado, sin papeles ni testigos, se selló el robo más dulce que jamás se haya cometido.

¿Se aplica aquí, acaso, el dicho que dice: “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”? Pregunto yo. Ustedes dirán.


“Cuando el hurto es amor, el castigo se convierte en destino.”