Mostrando entradas con la etiqueta narrativa espiritual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa espiritual. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de enero de 2026

"A veces, solo a veces": Narrativa poética espiritual. Una conversación del alma con Dios sobre el amor imposible.


“Sentir puede ser un regalo… incluso cuando no se puede tener”.


Amar a Dios no es una idea ni un mandato: es una relación viva.
Es saber que hay una cuerda invisible que nos sostiene cuando el mundo amenaza con girar demasiado rápido, cuando lo que sentimos nos descoloca, cuando la emoción nos empuja a caminar con los pies en el aire y la cabeza hacia abajo.

Dios es esa cuerda tensa y amorosa que no aprieta, pero afirma.
La que nos recuerda dónde estamos parados cuando el deseo nos eleva y el dolor nos desequilibra.
Con Él no hace falta entenderlo todo: basta con no caer.

Tener a Dios como compañía permanente no nos salva del desconcierto, pero nos da un eje.
No evita que el corazón se encienda, pero impide que nos perdamos en el incendio.
Es el ancla que permite explorar sin naufragar, sentir sin rompernos, amar sin desintegrarnos.

Cuando el mundo parece ponerse al revés,
cuando el alma se adelanta al cuerpo,
cuando la emoción pide más de lo que la vida puede dar,
Dios no nos baja del vértigo:
nos sostiene dentro de él.


A veces —solo a veces— suelo enojarme con Dios.
No es para asustarse.
No es falta de fe; es exceso de confianza.

Mi relación con Dios es personal, íntima, espontánea. Nace de una necesidad interior que no sabe de fórmulas ni solemnidades. Guardo silencio, escucho, agradezco, me quejo. Dialogo con el alma, no con los labios, consciente de que Él ya sabe por dónde voy y a qué voy. No hacen falta explicaciones ni rodeos: nada de sutilezas ni protocolos. Amor, respeto, honestidad.

¿Acaso puede ser de otra forma?
Soy su hija.
Él es mi Padre.

Por lo general, soy sumisa frente a los llamados “misterios divinos”. Si no logro comprender algo, lo acepto. Es un misterio, ¿no? Así sucede casi siempre. Me inclino ante lo incomprensible con humildad, confiando en que hay cosas que no están hechas para ser entendidas, sino sostenidas.

Pero hay uno.
Uno solo.
Menudo “uno”.

Un misterio que no logro aceptar. Uno que no quiero dejar pasar como si fuera apenas otro límite de mi corta mente humana. No lo entiendo y me niego a hacerlo pasar por alto. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Por eso se inquieta cuando lo rozo. Por eso se me esconde, no porque no pueda oírme, sino porque sabe que lo busco para discutir, para reclamar, para pelear por un derecho profundamente humano: que el alma envejezca al mismo tiempo que el cuerpo.

¿En qué estaba pensando cuando hizo al alma eterna?

¿Cómo se supone que soltemos, que nos desapeguemos de lo terrenal, si el alma vibra intacta, encendida, joven, mientras el cuerpo se queda atrás, se agrieta, se cansa o empieza a caerse a pedazos?

No lo acepto.
Y Él bien lo sabe.

Cuando le toco este tema, llego con el ceño fruncido y el ánimo revuelto. Traigo el corazón endurecido por una tristeza que no sabe dónde apoyarse. Él suele rehuir, esconderse… como si eso fuera posible.

Entonces le digo, en tono amenazante, casi infantil:
—Sé dónde vives.

Y sonrío.

—Habitas dentro de mí.

Me río, y Él se ríe conmigo.
Siempre se ríe conmigo.

Y nos sentamos a dialogar.

—Solo dime… ¿por qué y para qué? —le digo.

No necesito agregar nada más. Él sabe. No es el cuerpo el que pregunta; es el alma la que reclama sentido por haberse sentido tan viva.

Dios guarda un silencio hondo, denso, lleno. No es ausencia: es presencia absoluta. Me mira. Su mirada no juzga ni corrige; envuelve. No frunce el entrecejo como yo, por enojo. Lo frunce por extrañeza, como quien observa con asombro una criatura frágil y luminosa a la vez. Como si pensara: “¿Qué hice yo con esta hija que aún quiere comprender lo incomprensible?”

Entonces se acerca.

Siento primero el peso leve de su mano sobre mi cabeza. Sus dedos se deslizan despacio entre mis cabellos, no para ordenarlos, sino para aquietarme. El gesto es paternal, eterno, como si hubiera consolado así desde siempre. Su caricia no borra el dolor, pero lo vuelve soportable; lo vuelve humano. Apoya mi cabeza contra su pecho, y allí el mundo se silencia. Su abrazo no aprieta: sostiene. No retiene: ampara. Me envuelve con la compasión con la que se abraza a un niño que llora por algo que desea con toda el alma, pero que no puede tener.

—No llores. No sufras —me dice, con una voz que no suena, pero se siente—. Te lo dije ya una vez.

Y es cierto, me lo dijo; no lo voy a negar.

—Te lo entregué para que lo sintieras, no para que lo tuvieras. Eso debe bastarte. Hay quienes atraviesan la vida sin que nada los despierte. Lo que tú sentiste es un regalo. No la forma, no el nombre, no la historia, sino lo que ha despertado en ti. Celebra eso.

Lo último lo dice con dulzura, aunque sé que es un mandato.

Lo miro sin separarme de Él. Me quedo acurrucada sobre su pecho, escuchando un latido que no es sonido, sino certeza. La respuesta no me satisface del todo, pero me calma. Lo que necesito no es entender, sino que me acompañe en ese sentimiento que, según Él, debería ser motivo de festejo, pero que a mí todavía me sabe a amargura.

No sé cuánto tiempo dormité en sus brazos. El necesario —supongo— para que el cuerpo se rinda y el alma baje un poco la guardia.

Entonces, sin soltarme, abrió la bóveda del firmamento.

No fue un gesto brusco: fue un despliegue. El cielo se abrió como se abre una flor imposible. Una luz inmensa me envolvió primero los ojos, luego el pecho. El aire cambió de densidad. Sentí el frío de las estrellas que se apagan, el calor lejano del sol, la respiración silenciosa del universo entero. A mis pies aparecieron la luna, los planetas, las constelaciones, girando en un orden perfecto, vertiginoso. Era belleza en estado puro, desbordada, inabarcable.

Me mareé.

Sentí que el suelo desaparecía, que el mundo se invertía, que iba a caer dentro de tanta magnificencia. Me aferré a Él con desesperación, con miedo, con asombro. Mi corazón latía desacompasado, incapaz de contener tanto.

Él se rió.

Se rió de mi expresión, de mi temblor, de la fuerza con la que lo abrazaba.

Y cuando Él ríe, yo río con Él. Su risa me devuelve el eje. Su seguridad se filtra en mi cuerpo. Su Ser, poderoso y liviano, me ancla.

—Todo eso existe. Es maravilloso —me dice—. ¿Lo quieres tener? Si lo quieres para ti, yo te lo doy.

Y pensé: es Dios. Dios no miente. No promete lo que no va a cumplir.

—¿Para qué lo querría —le respondí— si con contemplarlo me basta? Me inspira solo verlo. Eso me basta.

Lo miré, aún con los ojos llenos de luz.

Sonrió.

—Esa es la respuesta a la pregunta que me hiciste al principio. ¿Ves? No era necesario tanto dolor ni tanto enojo por algo que comprendes más de lo que crees.

El firmamento se cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.

El silencio volvió.

Un silencio distinto.

Llegó el entendimiento.
Hubo aceptación.

El corazón aún dolía, sí, pero ya no quemaba. Era un dolor tibio, dulce, como una herida que empieza a cicatrizar desde adentro.

Solté el aire lentamente. Sentí el peso de mi cuerpo. El latido volvió a su ritmo. El mundo recuperó su tamaño.

El universo que Dios había extendido a mis pies como una alfombra de pétalos de rosa se desvaneció, llevándose consigo las preguntas.
Y mi pequeño mundo, ese que había estado a punto de ponerse del revés, comenzó —por fin— a acomodarse.


Hay conexiones que no llegan para cumplirse, sino para revelarnos.
No nos entregan un futuro, sino un espejo.
No prometen permanencia, pero nos devuelven a nosotros mismos, distintos, más vivos, más despiertos.

Un amor imposible duele, sí.
Duele porque no puede poseerse.
Porque el cuerpo pide lo que el alma ya sabe que no tendrá.
Porque la realidad impone límites donde el sentir no los reconoce.

Pero también es un renacer.
Un acto profundo de autorreconocimiento.
La certeza de que algo en nosotros sigue intacto, sensible, capaz de vibrar con intensidad aun cuando la vida nos exige madurez, renuncia y silencio.

No todo lo que no se concreta es fracaso.
Hay encuentros que no se miden en tiempo ni en contacto,
sino en lo que despiertan,
en lo que transforman,
en la belleza irrepetible de haber coincidido.

Agradecer no borra el dolor,
pero lo vuelve fértil.
Y eso —aunque no lo tengamos—
es suficiente.


“Lo imposible también deja huella.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 8 de diciembre de 2024

"Los Pliegues del Tiempo, una vida que no llegó tarde. Cap. VI": una mujer y Madrid se reconocen en un encuentro guiado por Dios. Fe, luz silenciosa y propósito que florece en la ciudad.

 

Prólogo

Hay encuentros que no se anuncian, pero que ya estaban escritos.
Este capítulo nos invita a contemplar cómo Dios une una vida y una ciudad como quien une dos mitades de un propósito.
Nada es casual: ni los caminos, ni las luces, ni la sensación de haber llegado al sitio exacto.
Aquí descubrimos que Madrid no fue solo un destino, sino un espacio preparado con amor para recibirla.
Un lugar donde su luz tenía sentido.
Un lugar donde Dios quiso que floreciera.


Madrid no la esperaba.
Pero la reconoció.

La reconoció como se reconoce un aroma antiguo que vuelve sin aviso, como si hubiera vivido en las grietas del tiempo, aguardando el exacto momento en que pudiera revelarse.
Ella llegó sin estridencias, sin anunciarse, sin pretender nada.
Pero Madrid —esa ciudad que nunca termina de contarse, que late bajo las piedras viejas y respira entre los balcones— la acogió como se acoge a alguien que hacía falta.

Porque a veces las ciudades también tienen vacíos.
Vacíos que no son de edificios, ni de calles, ni de plazas.
Sino de almas.
De historias que aún no han llegado para completar su tejido invisible.

Y ella, sin saberlo, era un hilo perdido que Madrid estaba esperando.


Desde el primer día, la ciudad pareció abrirle un espacio… un espacio pequeño, tibio, como un rincón reservado por adelantado.
Un lugar donde pudiera entrar sin pedir permiso, donde el tiempo dejara de exigirle, donde el alma pudiera respirar hondo sin miedo a romperse.

Madrid necesitaba esa luz que ella llevaba adentro.
Una luz diminuta pero constante, como una vela que nunca se apaga del todo, aunque sople el viento.
Una luz que no hacía ruido, pero que cambiaba la atmósfera alrededor de quienes se cruzaban con ella.

La ciudad, tan llena de historias, tan llena de vidas, tan llena de prisa, tenía lugares que estaban quedándose silenciosamente oscuros.
No por abandono, sino por cansancio.
Cansancio de los que corren sin saber hacia dónde.
Cansancio de los que aman sin permitirse sentir.
Cansancio de los que duelen sin saber quién los mira.

Ella llegó con esa forma suya de habitar:
tocando,
sonriendo,
mirando directo al alma,
agradeciendo sin que nadie entendiera del todo por qué.

Y la ciudad —que llevaba siglos esperando almas así— la reconoció.


Había calles que parecían cambiar cuando ella caminaba por ellas.
No era magia; era presencia.
Una presencia que suavizaba las aristas, que calmaba los ruidos internos, que devolvía a muchos su propio ritmo.

Los vecinos lo notaron antes que ella.
Ese señor mayor que barría la esquina con movimientos lentos; la panadera con manos de harina y ojeras dulces; la muchacha del quiosco, siempre apurada, siempre absorta; incluso los perros del barrio, que al verla pasar aflojaban la cola con una alegría tranquila, como si la conocieran desde hacía vidas.

Con solo estar, ella ponía orden donde había caos, ternura donde había tensión, fe donde había dudas.

Madrid necesitaba exactamente eso.

Alguien que recordara —sin decirlo, sin predicarlo— que la vida tiene profundidad, tiene pausas, tiene belleza, tiene propósito.
Alguien que recordara la humanidad en medio de la prisa.
Alguien que supiera ver más allá de los ojos cansados de los demás.


En los autobuses, ella era la que cedía el asiento sin que el gesto pareciera sacrificio, sino privilegio.
En las tiendas, era la que agradecía al pagar como si cada compra fuera una bendición.
En las plazas, era la que levantaba la vista para mirar los árboles como si fueran viejos amigos.
En las misas, era la mujer de ojos encendidos que dejaba que la oración la atravesara por dentro, como una corriente eléctrica suave.

La ciudad notó su ritmo.
Un ritmo distinto, casi secreto, que no se ajustaba a los relojes ni a los itinerarios.
Un ritmo que pertenecía más al alma que al cuerpo.

Y Madrid —sin saber cómo— empezó a acompasarse a ella en pequeños fragmentos:

Una calle que se volvía más silenciosa cuando ella pasaba.
Un mercado que sonaba más cálido cuando ella entraba.
Una esquina que se iluminaba un poco más cuando ella sonreía.
Una vecina que encontraba consuelo solo con verla caminar.
Un desconocido que dejaba de llorar al cruzarse con su mirada.

Porque ella, sin proponérselo, sostenía a otros.
Sostenía con el tacto.
Sostenía con la mirada.
Sostenía con esa forma suya de decir “gracias” como quien dice “estoy viva”.


Pero Madrid no solo necesitaba lo que ella irradiaba.
Madrid también necesitaba lo que ella cargaba:

Su nostalgia.
Su historia.
Su fe migrante.
Sus cicatrices.
Su capacidad de empezar de cero sin romperse.
Su valentía silenciosa.
Su paso firme, aunque el corazón temblara.

Las ciudades, como las personas, se nutren de las historias que las habitan.
Y la historia de ella —esa mezcla de dolor, renacimiento y gratitud— era una semilla que Madrid necesitaba para seguir creciendo hacia adentro.

Ella era un espejo donde la ciudad podía mirarse y recordar su propia esencia:
esa esencia mestiza, abierta, vieja y nueva a la vez;
esa esencia que recibe al que llega sin preguntar demasiado;
esa esencia que abraza a los que buscan, a los que huyen, a los que renacen.

Ella le devolvía a Madrid su alma más curtida.


Y Dios, silencioso y paciente, observaba ese encuentro perfecto.
Porque Él había tejido el camino mucho antes de que ella lo pisara.
Había puesto pruebas, lágrimas, pérdidas…
no para quebrarla, sino para dirigirla.
Para moverla, casi imperceptiblemente, hasta que sus pasos coincidieran con el lugar donde estaba destinada a florecer.

Madrid la necesitaba porque había un propósito esperándola allí:
un propósito que ella aún no comprendía,
pero que sentía,
como se siente el olor del mar antes de verlo.

Un propósito que la ciudad —con sus luces amarillas, sus inviernos ásperos y su gente que corre— solo podía cumplir con ella dentro.

Ella era el suspiro que le faltaba a algunas historias.
El abrazo que otras nunca recibieron.
La sonrisa que algunos días estaban esperando sin saberlo.
La oración silenciosa que otros no sabían hacer.


Y así, ella caminaba por Madrid sabiendo que la ciudad la había adoptado.
Y que ella también la había adoptado a ella.

Se necesitaban mutuamente:
ella para seguir viviendo con gratitud,
Madrid para seguir latiendo con sentido.

Y, entre ambas —mujer y ciudad—
Dios dibujaba una línea de luz que las unía,
que las sostenía,
que las hacía completas.

Porque a veces, para que un alma florezca, necesita un lugar preciso.
Y a veces, para que un lugar despierte, necesita un alma exacta.

Ella era esa alma.
Madrid era ese lugar.

Y juntas —como dos orillas que se encuentran por fin— respiraban la misma luz.


Epílogo

Al terminar este capítulo, queda la certeza suave de que Dios también guía encuentros entre almas y territorios.
Madrid la necesitaba porque llevaba una luz que la ciudad podía abrazar;
y ella necesitaba Madrid porque allí su historia encontraba consuelo, eco y propósito.
Es hermoso comprender que a veces no llegamos a un lugar:
el lugar nos recibe.
Y en esa reciprocidad silenciosa —entre mujer, ciudad y Dios— nace una plenitud que solo puede explicarse desde la fe.

martes, 21 de septiembre de 2010

"Coincidir": Un relato espiritual sobre pactos de almas, reencarnación, memoria del espíritu y encuentros destinados que sanan a través del tiempo hacia la eternidad.

Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."

Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.

“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.”