PRÓLOGO
Cuando me casé no era una niña por la edad. Lo era porque
aún no conocía el daño. Así crecí, convencida de que el mundo, más o menos,
funcionaba igual que mi casa. Hasta que dejé de vivir en ella.
Hay una parte en la vida de cada persona que se repite,
calcada, con la misma impaciencia, en la vida de casi todos. Se sueña despierto
con la libertad, con el amor, con la construcción de un mundo propio.
Yo estaba en ese momento.
El momento en que coinciden tres acontecimientos importantes
en la vida —por lo menos al comienzo de ella—: la mayoría de edad, la
emancipación según la ley y el inicio de la construcción del camino marcado por
los propios sueños.
Me sentía preparada para tomar las riendas de mi vida, para
enfrentar el mundo.
¡Claro que lo estaba!
El único detalle que no sabía era que el mundo no era el que
yo conocía, el que me habían mostrado. Descubrí que no era sólido, sino un
amasijo de otros mundos creados por millones de personas, con fisuras tan
profundas como abismos surrealistas.
Y que tampoco existen riendas que nos permitan guiar la vida
en una dirección fija. No, no existen. Solo protuberancias de esos otros mundos
que, como asas, nos permiten asirnos para no caer y poder cambiar de dirección.
¿Hacia atrás?
No, no se puede.
Me quedé profundamente dormida. La noche de amor apasionado
fue el cierre perfecto para un agotador día de mudanza. Sonreía al soñar; me
veía hacerlo. En eso soñaba: en mi propia sonrisa de felicidad.
De repente, sentí cómo ese olor nauseabundo que se
desprendía a través de las ventanas del trastero de mis propietarios volvía a
invadirme. Era un olor que mi memoria no sabía reconocer. Respiré varias veces
hasta recuperar el aliento, sacándome del sueño y adentrándome en una pesadilla
que aún se repite en el tiempo.
Empecé a sentir un cosquilleo sobre la piel. Pensé que
seguía soñando.
Después, el cosquilleo se convirtió en cientos de pequeñas
punzadas. Me picaba la cabeza. Los brazos. Las piernas.
¡Todo!
Sin abrir los ojos me llevé una mano al cabello. Mis dedos
no encontraron cabello; encontraron cuerpos. Pequeños. Duros. Ásperos.
¡Vivos!
Abrí los ojos de golpe, solo para ver cómo la tenue luz de
la mañana, que se colaba por la ventana, me mostraba que las paredes, el suelo
y la cama habían desaparecido.
¡Completamente!
Mi cuerpo era apenas una parte más de un manto oscuro que se
movía, respiraba, crujía y se agitaba sin descanso.
Cientos de cucarachas.
¡Miles!
Las sentía correr entre mi cabello.
Mientras unas caían, otras seguían subiendo.
Grité.
No recuerdo haber gritado así ninguna otra vez en mi vida.
Era un grito que salía de un lugar donde todavía no existían
palabras.
De pronto dejé de respirar.
O quizá el miedo ocupó todo el espacio que necesitaban mis
pulmones.
Después...
¡No recuerdo nada más!
Cuando recuperé el conocimiento, mis manos fueron
directamente al cabello.
Luego al cuello.
A los brazos.
Necesitaba comprobar que ya no quedaba ninguna.
Escuchaba voces.
Pero era como si llegaran desde muy lejos. Quizá eran los
propietarios; quizá también mi esposo. No los miré ni les dije una sola
palabra.
Había comprendido por fin qué era aquel olor que el día
anterior me había parecido tan extraño.
No era el olor de un cuarto cerrado...
¡Era el de una madriguera de cucarachas!
Dentro de mí había preguntas que todavía hoy siguen
esperando respuesta.
¿Cómo pudieron aquellos implicarnos en una situación tan
desconsiderada? ¿Y cómo pudo el otro irse a trabajar dejándome abandonada y
desprotegida en una situación tan inimaginable, tan indeseable... tan inhumana?
Desde entonces aprendí a desconfiar del amor y de las
compañías gratas, tanto como aprendí a reconocer el olor de las cucarachas
antes incluso de verlas.
Aquella mañana aprendí también algo más.
Hay amores que parecen tan sólidos como el acero.
Hasta que aparece una fisura.
No importa lo pequeña que sea.
A partir de ese instante, cada golpe encuentra el mismo
lugar.
Y la grieta nunca deja de crecer... hasta que deja de
existir.
EPÍLOGO
Con los años comprendí que el recuerdo más difícil de
aquella casa no fueron las cucarachas.
Fue descubrir que el miedo también puede sentirse en
compañía.
Porque hay desamparos que no nacen de quedarse sola.
Nacen de descubrir que quien debía cuidarte... no lo
hizo.
"Hay casas que uno abandona para siempre. Y hay
otras que nunca terminan de irse de uno."
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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