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viernes, 16 de enero de 2026

"A veces, solo a veces": Narrativa poética espiritual. Una conversación del alma con Dios sobre el amor imposible.


“Sentir puede ser un regalo… incluso cuando no se puede tener”.


Amar a Dios no es una idea ni un mandato: es una relación viva.
Es saber que hay una cuerda invisible que nos sostiene cuando el mundo amenaza con girar demasiado rápido, cuando lo que sentimos nos descoloca, cuando la emoción nos empuja a caminar con los pies en el aire y la cabeza hacia abajo.

Dios es esa cuerda tensa y amorosa que no aprieta, pero afirma.
La que nos recuerda dónde estamos parados cuando el deseo nos eleva y el dolor nos desequilibra.
Con Él no hace falta entenderlo todo: basta con no caer.

Tener a Dios como compañía permanente no nos salva del desconcierto, pero nos da un eje.
No evita que el corazón se encienda, pero impide que nos perdamos en el incendio.
Es el ancla que permite explorar sin naufragar, sentir sin rompernos, amar sin desintegrarnos.

Cuando el mundo parece ponerse al revés,
cuando el alma se adelanta al cuerpo,
cuando la emoción pide más de lo que la vida puede dar,
Dios no nos baja del vértigo:
nos sostiene dentro de él.


A veces —solo a veces— suelo enojarme con Dios.
No es para asustarse.
No es falta de fe; es exceso de confianza.

Mi relación con Dios es personal, íntima, espontánea. Nace de una necesidad interior que no sabe de fórmulas ni solemnidades. Guardo silencio, escucho, agradezco, me quejo. Dialogo con el alma, no con los labios, consciente de que Él ya sabe por dónde voy y a qué voy. No hacen falta explicaciones ni rodeos: nada de sutilezas ni protocolos. Amor, respeto, honestidad.

¿Acaso puede ser de otra forma?
Soy su hija.
Él es mi Padre.

Por lo general, soy sumisa frente a los llamados “misterios divinos”. Si no logro comprender algo, lo acepto. Es un misterio, ¿no? Así sucede casi siempre. Me inclino ante lo incomprensible con humildad, confiando en que hay cosas que no están hechas para ser entendidas, sino sostenidas.

Pero hay uno.
Uno solo.
Menudo “uno”.

Un misterio que no logro aceptar. Uno que no quiero dejar pasar como si fuera apenas otro límite de mi corta mente humana. No lo entiendo y me niego a hacerlo pasar por alto. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Por eso se inquieta cuando lo rozo. Por eso se me esconde, no porque no pueda oírme, sino porque sabe que lo busco para discutir, para reclamar, para pelear por un derecho profundamente humano: que el alma envejezca al mismo tiempo que el cuerpo.

¿En qué estaba pensando cuando hizo al alma eterna?

¿Cómo se supone que soltemos, que nos desapeguemos de lo terrenal, si el alma vibra intacta, encendida, joven, mientras el cuerpo se queda atrás, se agrieta, se cansa o empieza a caerse a pedazos?

No lo acepto.
Y Él bien lo sabe.

Cuando le toco este tema, llego con el ceño fruncido y el ánimo revuelto. Traigo el corazón endurecido por una tristeza que no sabe dónde apoyarse. Él suele rehuir, esconderse… como si eso fuera posible.

Entonces le digo, en tono amenazante, casi infantil:
—Sé dónde vives.

Y sonrío.

—Habitas dentro de mí.

Me río, y Él se ríe conmigo.
Siempre se ríe conmigo.

Y nos sentamos a dialogar.

—Solo dime… ¿por qué y para qué? —le digo.

No necesito agregar nada más. Él sabe. No es el cuerpo el que pregunta; es el alma la que reclama sentido por haberse sentido tan viva.

Dios guarda un silencio hondo, denso, lleno. No es ausencia: es presencia absoluta. Me mira. Su mirada no juzga ni corrige; envuelve. No frunce el entrecejo como yo, por enojo. Lo frunce por extrañeza, como quien observa con asombro una criatura frágil y luminosa a la vez. Como si pensara: “¿Qué hice yo con esta hija que aún quiere comprender lo incomprensible?”

Entonces se acerca.

Siento primero el peso leve de su mano sobre mi cabeza. Sus dedos se deslizan despacio entre mis cabellos, no para ordenarlos, sino para aquietarme. El gesto es paternal, eterno, como si hubiera consolado así desde siempre. Su caricia no borra el dolor, pero lo vuelve soportable; lo vuelve humano. Apoya mi cabeza contra su pecho, y allí el mundo se silencia. Su abrazo no aprieta: sostiene. No retiene: ampara. Me envuelve con la compasión con la que se abraza a un niño que llora por algo que desea con toda el alma, pero que no puede tener.

—No llores. No sufras —me dice, con una voz que no suena, pero se siente—. Te lo dije ya una vez.

Y es cierto, me lo dijo; no lo voy a negar.

—Te lo entregué para que lo sintieras, no para que lo tuvieras. Eso debe bastarte. Hay quienes atraviesan la vida sin que nada los despierte. Lo que tú sentiste es un regalo. No la forma, no el nombre, no la historia, sino lo que ha despertado en ti. Celebra eso.

Lo último lo dice con dulzura, aunque sé que es un mandato.

Lo miro sin separarme de Él. Me quedo acurrucada sobre su pecho, escuchando un latido que no es sonido, sino certeza. La respuesta no me satisface del todo, pero me calma. Lo que necesito no es entender, sino que me acompañe en ese sentimiento que, según Él, debería ser motivo de festejo, pero que a mí todavía me sabe a amargura.

No sé cuánto tiempo dormité en sus brazos. El necesario —supongo— para que el cuerpo se rinda y el alma baje un poco la guardia.

Entonces, sin soltarme, abrió la bóveda del firmamento.

No fue un gesto brusco: fue un despliegue. El cielo se abrió como se abre una flor imposible. Una luz inmensa me envolvió primero los ojos, luego el pecho. El aire cambió de densidad. Sentí el frío de las estrellas que se apagan, el calor lejano del sol, la respiración silenciosa del universo entero. A mis pies aparecieron la luna, los planetas, las constelaciones, girando en un orden perfecto, vertiginoso. Era belleza en estado puro, desbordada, inabarcable.

Me mareé.

Sentí que el suelo desaparecía, que el mundo se invertía, que iba a caer dentro de tanta magnificencia. Me aferré a Él con desesperación, con miedo, con asombro. Mi corazón latía desacompasado, incapaz de contener tanto.

Él se rió.

Se rió de mi expresión, de mi temblor, de la fuerza con la que lo abrazaba.

Y cuando Él ríe, yo río con Él. Su risa me devuelve el eje. Su seguridad se filtra en mi cuerpo. Su Ser, poderoso y liviano, me ancla.

—Todo eso existe. Es maravilloso —me dice—. ¿Lo quieres tener? Si lo quieres para ti, yo te lo doy.

Y pensé: es Dios. Dios no miente. No promete lo que no va a cumplir.

—¿Para qué lo querría —le respondí— si con contemplarlo me basta? Me inspira solo verlo. Eso me basta.

Lo miré, aún con los ojos llenos de luz.

Sonrió.

—Esa es la respuesta a la pregunta que me hiciste al principio. ¿Ves? No era necesario tanto dolor ni tanto enojo por algo que comprendes más de lo que crees.

El firmamento se cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.

El silencio volvió.

Un silencio distinto.

Llegó el entendimiento.
Hubo aceptación.

El corazón aún dolía, sí, pero ya no quemaba. Era un dolor tibio, dulce, como una herida que empieza a cicatrizar desde adentro.

Solté el aire lentamente. Sentí el peso de mi cuerpo. El latido volvió a su ritmo. El mundo recuperó su tamaño.

El universo que Dios había extendido a mis pies como una alfombra de pétalos de rosa se desvaneció, llevándose consigo las preguntas.
Y mi pequeño mundo, ese que había estado a punto de ponerse del revés, comenzó —por fin— a acomodarse.


Hay conexiones que no llegan para cumplirse, sino para revelarnos.
No nos entregan un futuro, sino un espejo.
No prometen permanencia, pero nos devuelven a nosotros mismos, distintos, más vivos, más despiertos.

Un amor imposible duele, sí.
Duele porque no puede poseerse.
Porque el cuerpo pide lo que el alma ya sabe que no tendrá.
Porque la realidad impone límites donde el sentir no los reconoce.

Pero también es un renacer.
Un acto profundo de autorreconocimiento.
La certeza de que algo en nosotros sigue intacto, sensible, capaz de vibrar con intensidad aun cuando la vida nos exige madurez, renuncia y silencio.

No todo lo que no se concreta es fracaso.
Hay encuentros que no se miden en tiempo ni en contacto,
sino en lo que despiertan,
en lo que transforman,
en la belleza irrepetible de haber coincidido.

Agradecer no borra el dolor,
pero lo vuelve fértil.
Y eso —aunque no lo tengamos—
es suficiente.


“Lo imposible también deja huella.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

martes, 9 de diciembre de 2025

"El Caminante": Un relato filosófico y espiritual sobre la vida, la muerte y el tránsito del alma. Una reflexión profunda sobre el despertar y la eternidad.


“Un relato para quienes sienten que el mundo es más profundo de lo que parece.”

Reflexión inicial

Dicen que la vida es un soplo, y la muerte un silencio.
Pero entre ambos existe un murmullo, un lugar donde las almas se preguntan quiénes son en realidad.
Allí, en ese intervalo casi invisible, se cruzan los que recuerdan… y los que están por despertar.


EL CAMINANTE

Nadie sabía su nombre, aunque a decir verdad eso jamás tuvo importancia. En el pueblo lo llamaban El Caminante, porque aparecía y desaparecía como un susurro llevado por el viento. Tenía una presencia extraña: al verlo, uno no sabía si era joven o un viejo.  No se le podía medir los años, aunque inmóvil, parecía deslizarse entre infinitas versiones de sí mismo, como si una sucesión vertiginosa de imágenes lo habitara, superpuestas, imposibles de retener. Pero siempre se tenía la sensación de estar ante alguien que sabía.

No sabían qué, pero lo sabía.

Había algo en él que parecía haber atravesado siglos: el modo en que sus pasos no levantaban polvo, la manera en que su mirada cargaba un brillo vetusto, como si hubiese visto arder civilizaciones enteras y renacer otras en el mismo instante. Olía ligeramente a romero y a lluvia seca, a esos aromas que solo se adhieren a quienes han caminado mucho más que caminos: quienes han caminado épocas. Cuando respiraba, el aire parecía volverse más claro, como si su pecho contuviera un equilibrio que el mundo olvidaba mantener.

Aquel atardecer, la luz dorada se desparramaba sobre las casas como miel tibia. El aire olía a tierra húmeda después del riego, y el canto de un pájaro solitario perforaba el silencio del final del día. Bajo el gran árbol del camino, un anciano observaba el horizonte del mismo modo en que se observa un recuerdo: con ternura y cierto dolor.

El Caminante se detuvo frente a él. Su sombra parecía más larga que la de cualquier otro ser vivo, como si el sol se inclinara para saludarlo.

—¿Crees que estás vivo? —preguntó, sin saludo, sin preámbulo.

El anciano sintió un leve estremecimiento, como si la brisa le hubiera susurrado su nombre.

—Creo que respiro —respondió—. Pero no sé si eso basta para llamarlo vivir.

El Caminante tomó asiento a su lado. Su movimiento no dejó ruido alguno; ni la hierba protestó.

Y mientras se acomodaba, el anciano notó un detalle inquietante y hermoso: alrededor del Caminante el aire vibraba levemente, como si el calor del sol se quedara a vivir en él. No era un resplandor visible, pero había una cualidad en ese hombre que recordaba a los relatos ancestrales, cuando los mensajeros divinos caminaban entre mortales sin ser del todo percibidos.
Su silencio tenía textura: parecía de terciopelo oscuro, profundo, un silencio que invitaba a escuchar lo que uno teme escuchar.

—Muchos creen que la vida es esto —dijo, señalando el crepúsculo que teñía de púrpura el cielo—. Pero dime: ¿nunca has sentido que este lugar es solo un pasillo? ¿Un corredor entre dos habitaciones que olvidamos al nacer?

El anciano cerró los ojos un instante; podía sentir el olor del árbol, viejo y dulce, como madera de biblioteca, de esa que guarda historias. Recordó sus propias pérdidas, sus viejos amores, sus errores.

—A veces pienso que estamos pagando algo —murmuró—. Como si este plano fuese un purgatorio amable… donde las almas se afinan antes de seguir su camino.

El Caminante inclinó la cabeza. A la luz del ocaso, sus ojos tenían un brillo que no era reflejo, sino fuente.

Antes de hablar, respiró profundamente, y ese gesto liberó un aroma tenue a hojas añejas, a pergaminos, a fuego encendido en noches de sabiduría compartida. Parecía llevar dentro el polvo dorado de los desiertos egipcios, el incienso de monasterios escondidos, el humo de hogueras druidas bajo lunas gigantes.

—Otros antes que tú ya lo pensaron —dijo—. Platón, por ejemplo, creía que la muerte era el verdadero despertar; que lo que llamamos vida es apenas una proyección tenue. La mayoría mira solo la pared… y olvida la luz detrás.

Al mencionarlo, la voz del Caminante pareció adquirir una musicalidad primigenia. Como si no estuviera recordando un libro, sino una conversación al calor de una lumbre ateniense, con el olor del aceite de oliva y la brisa marina entrando por una ventana abierta. El anciano sintió que hablaba alguien que no solo había leído ideas, sino que había caminado junto a ellas.

El viento cambió entonces, trayendo el perfume salado del río cercano. El anciano lo respiró hondo: le recordó a su infancia, cuando aún corría sin pensar en el peso de los años.

El Caminante continuó, pero su voz era ahora un murmullo profundo, como si hablara desde algún lugar más remoto que el tiempo:

—Hermes... Hermes decía que “lo de arriba es como lo de abajo”, que la muerte no es caída sino tránsito, un cambio de vibración. Recuerdo cuando lo escuché por primera vez… tenía el olor del incienso sagrado y la arena caliente pegada a mis pies.

Al anciano se le erizó la piel.
Ese recuerdo… no podía ser humano.
Era demasiado vívido, demasiado sensorial, demasiado real.

—¿Tú… lo escuchaste?

—Estuve allí —respondió el Caminante con suavidad—. Igual que cuando conversé con Siddhartha bajo un cielo cargado del aroma a mango maduro. Él decía que la muerte es solo una curva del río, y que la vida continúa fluyendo aunque el cauce se esconda.

Mientras hablaba, parecía que el aire cambiaba a su alrededor, trayendo olores que no pertenecían a ese lugar: dulce mango, humo tibetano, tierra roja de la India, la humedad casi sagrada del Ganges.
Sus palabras abrían puertas invisibles.

—Y más tarde —continuó El Caminante— escuché a Rumi decir que la muerte es regresar al hogar. “Morimos antes de morir”, repetía, mientras su voz sonaba como un tambor en medio de la noche, como si cada palabra fuera una puerta.

El anciano sintió un estremecimiento.
El Caminante no era un viajero.
Era el viaje.

—¿Y tú, Caminante? —preguntó finalmente—. ¿De qué lado del umbral vienes?

La sonrisa que recibió como respuesta fue tan suave que parecía hecha de terciopelo.

—De ambos —dijo—. Porque no hay lados. Solo continuidad. Son ustedes quienes lo fragmentan para poder entenderlo.

El anciano sintió entonces un ligero temblor en sus manos.

—Entonces… ¿estoy vivo o muerto?

—Eres tránsito —susurró el Caminante—. Como todos. Una chispa en viaje, cambiando de forma, de historia, de cielo. La vida no empieza ni termina; solo cambia de máscara. Lo esencial es cuánto despiertas mientras la llevas puesta.

Las hojas se movieron encima de ellos, rozándose entre sí con un sonido que parecía un rezo. El anciano apoyó la cabeza en el tronco: la corteza estaba tibia, como si el árbol le compartiera su pulso.

—Estoy cansado —confesó.

—Lo sé —dijo El Caminante—. Y has caminado bien.

El anciano sintió entonces un sosiego que nunca había experimentado. El aire a su alrededor se volvió ligero, casi luminoso. Un latido profundo —quizá suyo, quizá del mundo— se expandió en su pecho.

—¿Te quedarás conmigo? —preguntó, sintiendo que su voz venía de muy lejos.

—Siempre lo he estado —respondió El Caminante.

El anciano cerró los ojos. Su respiración se fue apagando como una vela que se entrega al final de su luz.

El Caminante se incorporó. Antes de alejarse, dijo:

—Bienvenido de vuelta.

Fue entonces cuando ocurrió lo que se cree imposible.

El anciano abrió los ojos. Ya no eran los ojos de un hombre cansado, sino los de alguien recién nacido al infinito. Miró sus manos —ligeras, sin temblor— y el mundo le pareció más nítido, más real, como si antes lo hubiera visto a través de un velo.

—Lo había olvidado —dijo, con una sonrisa que parecía una brasa encendida.

El Caminante asintió con la serenidad del que ha visto nacer y morir estrellas.

Caminaron juntos, y sus pasos no dejaron huellas sobre la tierra.

A la mañana siguiente, en el pueblo encontraron el cuerpo sin vida bajo el árbol, con una sonrisa profunda e inexplicable. Quienes lo vieron dijeron que parecía feliz… como alguien que recordara un secreto hermoso justo antes de partir.


Reflexión final

Quizá la vida no sea un camino que termina en la muerte, ni la muerte una caída hacia la nada.
Tal vez ambos sean un puente, una serie de puertas que atravesamos sin darnos cuenta, una espiral de despertares.
Y quizá —solo quizá— El Caminante no sea Dios, ni ángel, ni espíritu… sino aquello que siempre nos acompaña:
la parte eterna de nosotros mismos, guiándonos —en el tránsito— de una forma a otra, recordándonos que nunca dejamos de existir.

Nota: fue escrito el 11/02/2011

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel