jueves, 28 de mayo de 2026

"Mudando la Piel": Cuando las chicharras cantan... recuerdos de un amor.

 

“Las chicharras siempre me recuerdan que hay cosas que solo pueden crecer después de romperse.”


Prólogo

Hay recuerdos que no regresan por voluntad propia.

Permanecen dormidos durante años, ocultos bajo las capas de tiempo que vamos acumulando para seguir adelante. Pero basta un sonido, un aroma o una estación del año para que despierten de nuevo con una nitidez inesperada.

A veces no recordamos a las personas. Recordamos quiénes éramos cuando las conocimos.

Esta es una historia sobre la transformación. Sobre la niña que temía a las chicharras sin comprender que aquellas cáscaras vacías guardaban una lección para toda la vida. Sobre el instante delicado en que la inocencia comienza a desprenderse y el corazón descubre emociones para las que todavía no tiene nombre.


Frente a la casa de mi infancia había un parque enorme, frondoso, lleno de sombra y de árboles tan altos que parecía que sostenían el cielo.

En mayo, cuando el calor empezaba a doblar el aire y las primeras lluvias se anunciaban a lo lejos con olor a tierra húmeda, las chicharras despertaban. El parque entero vibraba con aquel sonido eléctrico, desesperado, como si los troncos tuvieran corazón.

Yo les tenía miedo.

Mis hermanos mayores recogían del suelo aquellas cáscaras vacías adheridas a los árboles y me las pegaban en la ropa entre carcajadas.

Yo gritaba,
corría,
lloraba,

convencida de que eran insectos muertos aferrándose a mi vestido. Todavía puedo sentir el roce seco de aquellas patitas transparentes sobre la tela, el terror subiéndome por las piernas como una fiebre.

Con el tiempo entendí que no eran muerte.

Eran abandono.

La piel vieja de algo que había necesitado romperse para poder volar.

Y quizá por eso, años después, las escuché distinto.

Ya no era una niña. Estaba en esa edad tibia y peligrosa en la que una descubre que el cuerpo empieza a llenarse de mareas desconocidas. El uniforme escolar parecía quedarme diferente sobre la piel. El espejo comenzaba a devolverme un reflejo que yo apenas reconocía.

Fue entonces cuando apareció él.

Mi profesor.

Nunca dije su nombre en voz alta fuera del aula, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo. Tenía una voz grave y limpia, pausada, de esas voces que parecían ordenar el mundo. Sus modales eran masculinos, pero suaves. Elegantes. Nunca levantaba el tono. Nunca humillaba a nadie. Y cuando explicaba algo, yo sentía que las palabras se le iluminaban en la boca.

Me enamoré con esa inocencia torpe de los primeros amores; tontamente, como lo que era... ¡una adolescente!

Lo observaba mientras hablaba. El corazón me golpeaba tan fuerte que me asustaba al pensar que alguien podría escucharlo desde el pupitre vecino.

Me descubría mirándolo, inconscientemente, seguir el movimiento de sus manos mientras imaginaba la extraña inquietud que ocultaba bajo la falda azul del uniforme. Y cuando finalmente tomaba conciencia de ello, apartaba la mirada, avergonzada de mí misma, de aquellos pensamientos que aparecían sin permiso.

Nunca pasó nada.

Ni debía pasar.

Nada existía más allá de la imaginación de una niña que, sin entenderlo, se transformaba en mujer.

La niña que corría aterrada huyendo de las chicharras... ya no existía.

Algo dentro de mí se estaba abriendo paso, algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. Como ellas, las chicharras, rompiéndose para salir a la luz.

Quería crecer.

Quería convertirme en mujer.

Quería volar.

Y entonces el año terminó como terminan ciertas lluvias de verano: sin pedir permiso, dejando el aire impregnado de humedad y nostalgia.

Los pupitres quedaron vacíos.

Su voz dejó de recorrer los salones.

Guardé los cuadernos lentamente, como quien recoge pétalos después de una ceremonia secreta. Las páginas conservaban todavía el roce de mis manos sudadas, mis letras inclinadas con su nombre garabateado, el perfume leve de aquella edad en que el corazón vive confundido, desbocado.

Pasé de grado, sí.

Pero también crucé un umbral.

Caminaba sintiendo el cuerpo extraño, nuevo, como si la sangre me hubiera cambiado de temperatura.

Nunca más supe de él...

Pero todavía ahora, cuando llega la temporada de calor y lluvia y las chicharras comienzan otra vez su canto desesperado entre los árboles, vuelvo a ser aquella muchacha.


Epílogo

Con los años aprendí que la memoria no conserva los hechos tal como ocurrieron.

Los transforma.

Los cubre de luz, de distancia y de significado.

Tal vez ya no recordaría exactamente el color de aquellos salones, ni las fechas, ni las palabras precisas que escuché durante aquel curso. Pero sí recuerdo la emoción. Ese temblor secreto que anunciaba el comienzo de algo más grande que yo misma.

Hoy sé que aquel primer amor no hablaba realmente de él.

Hablaba de mí.

De la mujer que empezaba a despertar bajo la piel de la niña.


"He comprendido que algunos primeros amores nunca terminan de irse... solo mudan de piel."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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