“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones;
muere cuando el amor deja de practicarse.”
Prólogo
Hay noches en las que el alma no encuentra descanso.
No porque haya dejado de creer, sino porque comienza a mirar demasiado
profundamente aquello que durante años contempló desde la costumbre. Y cuando
eso sucede, las certezas tiemblan, no para destruirse, sino para purificarse.
Este texto nació de una de esas noches.
No fue escrito desde la rabia ni desde el deseo de
señalar culpables. Mucho menos desde el desprecio hacia la fe. Fue escrito
desde el dolor que provoca descubrir cuánto puede deformarse el amor cuando
pasa por las manos del ego, de la apariencia y de la necesidad humana de
sentirse moralmente superior.
Hay heridas que no nacen de la ausencia de Dios, sino
de la ausencia de humanidad entre quienes dicen representarlo.
Y quizá por eso estas palabras tiemblan.
Porque escribir sobre la incoherencia duele cuando
todavía se ama profundamente aquello que se cuestiona. Duele mirar cómo algunos
convierten la fe en escenario, en ornamento o en arma silenciosa. Duele
descubrir que existen personas capaces de pronunciar el nombre de Dios con los
labios mientras destruyen a otros con las manos, con las palabras o con la
indiferencia.
Pero también sería injusto callar.
Porque todavía existen seres humanos buenos.
Todavía hay almas que ayudan sin anunciarse, que oran sin exhibirse, que aman
sin convertir el amor en espectáculo. Y son precisamente ellos quienes
sostienen la esperanza del mundo.
Estas páginas no intentan destruir la fe.
Intentan rescatarla.
“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones; muere
cuando el amor deja de practicarse.”
Volví a mi escritorio como un perro cansado que da vueltas y
vueltas antes de echarse sobre el suelo frío de la noche.
Traía un pensamiento mordiéndome por dentro.
Uno de esos pensamientos que hacen temblar las manos antes de convertirse en
palabras.
Y tuve miedo.
Miedo de escribir algo que pareciera una daga hundiéndose en
el centro mismo de mi fe.
Fue entonces cuando vinieron a mi mente aquellas palabras
que solía decir mi abuela y, luego, mi madre: “Tengo suficiente edad para
expresar lo que pienso y siento y, al que no le guste, conoce el camino de
vuelta”.
Sonreí y me di coraje repitiendo esas palabras —una y otra
vez— como quien proclama un decreto, lo firma y ordena su “Ejecútese”.
Y es con ese coraje que expreso —sin intención de herir ni
ofender a nadie— lo que siento y pienso.
No escribo contra la fe. Ella no me ha fallado y yo jamás la
negaré.
La fe verdadera jamás podría herir.
Lo que duele es la distancia insoportable entre lo que se
predica y lo que realmente se vive.
Basta mirar el mundo para comprender que algo se ha podrido
lentamente bajo el perfume espeso de las buenas apariencias. Las ciudades están
llenas de voces sagradas, de libros abiertos sobre mesas impecables, de
gargantas que pronuncian amor mientras las manos aprietan el cuello invisible
del prójimo.
Y yo me pregunto:
¿En qué momento dejamos de comprender lo simple?
Todo era mucho más sencillo, más auténtico.
No herir.
No humillar.
No robarle la dignidad al otro.
No convertir el dolor ajeno en un espectáculo rentable.
No traicionar.
No devorar la esperanza del débil.
Amar. Solo eso: ¡amar!
Tal vez los mandamientos siempre fueron eso: las mínimas
normas para que el ser humano pudiera convivir sin despedazarse.
Como una mesa compartida.
Como un pan tibio partiéndose entre varias manos que sonríen agradecidas.
Como una caricia puesta a tiempo sobre la espalda cansada de alguien.
Pero el hombre…
el hombre llenó de ruido aquello que era simple.
Construyó pasillos interminables de normas, rituales
cubiertos de oro y paños bordados, palabras difíciles, ceremonias donde el alma
a veces entra descalza y sale más sola de lo que llegó.
Y poco a poco la fe comenzó a confundirse.
Ya no bastó amar: ahora basta aparentarlo.
Exhibirlo.
Nombrarlo.
Vestirlo.
Entonces aparecieron las bocas perfectas y los corazones
vacíos.
La gente aprendió a arrodillarse sin aprender antes a
abrazar.
Aprendió a repetir versículos como quien memoriza una
fórmula matemática, olvidando contemplar los ojos de quien llora.
Y el mundo empezó a oler distinto.
A flores podridas dentro de jarrones lujosos.
A incienso cubriendo la humedad de las ruinas.
A palabras hermosas pronunciadas por los mismos labios que después destruyen
vidas… con la misma naturalidad con la que una serpiente muda la piel.
He escuchado a personas hablar de bondad mientras disfrutan
la caída de otro.
He visto multitudes enteras rezando y luego marcharse
indiferentes ante el hambre, ante la tristeza, ante la soledad de quienes se
rompen en silencio.
Qué extraño resulta todo.
Cuanto más se habla del amor, menos parece practicarse.
Como esos amantes que escriben cartas apasionadas mientras
duermen espalda contra espalda, convertidos en dos continentes separados por un
frío océano.
Y, sin embargo, todavía quiero creer.
No en la perfección.
No en las máscaras impecables.
No en quienes llevan la virtud colgada del cuello como una joya exhibida.
Quiero creer en aquellos que comparten el pan sin
anunciarlo, que escuchan el dolor ajeno sin esconderse en la indiferencia.
En quien ayuda, aunque nadie lo vea.
En quien aún conserva suficiente humanidad para sentir que
herir a otro es herirse profundamente a sí mismo.
Quizá ahí comienza la única fe verdadera: en la ternura que
sobrevive cuando nadie está mirando.
Porque la fe no se demuestra en las manos que se juntan
mientras los labios repiten letanías a manera de oración, sino en las lenguas y
las manos incapaces de hacer daño.
Y sí, si te lo preguntas, soy de fe cristiana.
Bautizada católica, de costumbres católicas… con un solo
dogma: amar y honrar a Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— amando y honrando a
mi prójimo como a mí misma.
Lo he escrito con las manos temblando, pero con el corazón
firme en la fe.
“La única prédica de fe que reconozco es la fe que se
practica con amor, humildad y desinterés”.
Epílogo
Quizá algún día el ser humano comprenda que ninguna
religión fue creada para dividir corazones, humillar vidas ni levantar altares
sobre la miseria ajena.
Quizá comprendamos —demasiado tarde o justo a tiempo—
que Dios jamás necesitó templos gigantescos para habitar el mundo; le bastaba
un gesto de bondad sincera, un abrazo ofrecido sin interés, una mano extendida
cuando alguien estaba cayendo.
Tal vez la verdadera tragedia no sea perder la fe.
Tal vez la verdadera tragedia sea convertirla en una
máscara.
Porque cuando la fe deja de traducirse en compasión,
termina convirtiéndose en ruido.
En apariencia.
En discurso vacío.
Y el mundo ya está demasiado cansado de palabras
hermosas pronunciadas por corazones incapaces de amar.
Por eso aún elijo creer.
No en los hombres perfectos.
No en quienes se proclaman dueños de la verdad.
No en quienes necesitan exhibir públicamente su virtud para sentirse puros.
Elijo creer en la bondad silenciosa.
En quienes ayudan sin cámaras.
En quienes callan antes de herir.
En quienes prefieren comprender antes que condenar.
En quienes todavía conservan la ternura suficiente para no disfrutar nunca del
sufrimiento ajeno.
Porque quizá Dios habite precisamente ahí:
en el amor que nadie anuncia,
en la compasión que no busca recompensa,
en la humanidad que permanece intacta aun cuando el mundo parece olvidar cómo
amar.
Y mientras exista una sola persona capaz de elegir la
bondad por encima del ego, la misericordia por encima del juicio y el amor por
encima de la apariencia…
la fe seguirá viva.
“La fe verdadera no se proclama desde los labios; se
revela en la manera en que tratamos el corazón de los demás.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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