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martes, 15 de septiembre de 2026

"Una relación perfecta": Reflexión sobre el amor, las relaciones y las diferencias entre las personas. Una mirada desde la fe sobre la imperfección, el perdón y el espacio que dejamos al otro para ser quien es.

 
“Amar también es saber convivir con las diferencias.”


Prólogo

A veces una conversación entre amigas termina llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. Una charla cotidiana puede dejarnos una pregunta dando vueltas en la cabeza.


Hace unos días logré conseguir algo de tiempo para reunirme con un par de amigas. No es por falta de ganas que no lo hacemos más a menudo, sino porque nuestras vidas se desarrollan en contextos diferentes.

El encuentro fue el habitual: expresiones de alegría al vernos, abrazos y la típica zalamería entre besos y besos: “¡Qué guapa estás, el tiempo no pasa por ti!”. El estallido de risas no se hace esperar. Sabemos que nos mentimos, pero si esas mentirillas no las dicen las amigas… ¿Quiénes nos las van a decir?

Luego, lo obvio: ¡ponernos al día!

Al final, siempre terminamos conversando sobre un mismo tema: las relaciones y la dificultad de sostenerlas por las diferencias.

En las relaciones, decíamos, nunca estamos completamente de acuerdo.

Y quizá sea verdad.

Porque basta compartir una mesa, una casa, una conversación demasiado larga, para descubrir que el otro tiene otra manera de mirar. Otra forma de callar. Otra velocidad para enfadarse, para perdonar, para volver.

Con el tiempo, las relaciones terminan por craquelarse.

Una palabra que se dice mal. Una promesa que no llega a cumplirse. Una puerta que se cierra con un poco más de fuerza de la necesaria. Una costumbre que irrita. Un silencio que permanece en la habitación incluso cuando ya nadie recuerda cómo empezó.

Y hay que atenderla, cuidarla para que no se rompa… ¡y nosotros con ella!

Al volver a casa me quedé pensando profundamente en ello. Y me pregunté:

¿Acaso no puede darse una relación perfecta pese a nuestras imperfecciones?

Sonreí porque yo sí conozco una relación que siento perfecta.

¡La mía con Dios!

No porque yo sea perfecta. Precisamente por todo lo contrario.

Hay días en que me acerco a Él con las manos llenas y otros en que llego con ellas vacías. Días en que cumplo lo que me prometí y otros en que vuelvo a tropezar exactamente en la misma piedra. A veces me siento fuerte, luminosa, capaz de cualquier cosa. Y otras veces me descubro cansada, pequeña, decepcionada de mí misma.

Pero nunca he sentido que tenga que ser perfecta para acercarme a Él.

Puedo llegarle tal como estoy.

Siento su presencia a mi lado, sin reproches, sin ese dedo invisible que señala la caída. Casi puedo sentir una sonrisa tranquila, como quien mira a alguien que acaba de tropezar y, en lugar de preguntarle por qué no miró dónde pisaba, le tiende la mano.

“Vale, tranquila. Levántate. El próximo paso lo harás mejor”.

Quizá por eso pienso tanto en el amor.

Porque si esperamos que alguien nos ame solamente cuando coincidimos, cuando comprendemos, cuando acertamos, cuando no decepcionamos y cuando nuestras diferencias no incomodan, quizá no estemos hablando de amor.

Amar también debe ser aprender a convivir con aquello que no entendemos del otro.

Con sus silencios.

Con sus maneras distintas de sentir.

Con sus pequeñas sombras.

Con aquello que jamás haríamos de la misma manera.

No significa aceptar el daño, ni justificar la crueldad, ni quedarse donde el amor ha dejado de existir. Hay diferencias que enriquecen y diferencias que destruyen. Hay errores que pueden repararse y heridas que exigen distancia.

Pero entre esos extremos existe un territorio mucho más íntimo: ese lugar donde dos personas se miran y, aun sin pensar igual, deciden seguir caminando juntas.

Y entonces vuelvo a Dios.

Pienso que quizá esa sea la lección que me ofrece su amor: no me pide que nunca caiga. Me pide que, cuando caiga, sea capaz de reconocerlo, levantarme y volver a intentarlo.

¿No debería parecerse a eso el amor humano?

A veces me pregunto cuánto amor hay realmente en una relación.

Y cada vez creo más que la respuesta no está en cuánto coinciden dos personas.

Está en cuánto espacio dejan para que el otro pueda ser imperfecto sin dejar de sentirse amado.

Quizá esa sea la verdadera medida del amor.


Epílogo

Tal vez las diferencias no sean siempre aquello que nos separa. A veces pueden mostrarnos cuánto estamos dispuestos a comprender, cuidar y permanecer.


“Y tal vez amar sea dejar espacio para el otro.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


jueves, 11 de junio de 2026

"La Paradoja De La Compañía": Texto reflexivo sobre la soledad después de cierta edad. Cuando la paz interior se convierte en prioridad para estar en el mundo.

 

"Con los años, la soledad deja de ser un cuarto vacío y se vuelve costa. Aprendemos el ritmo de nuestras mareas, el lenguaje de nuestros silencios, la forma exacta en que la luz cae sobre nuestras tardes."


Prólogo

Hay descubrimientos que solo llegan con el tiempo. Entre ellos, comprender que la soledad no siempre es una carencia; a veces es el lugar donde terminamos encontrándonos. Y cuando aprendemos a habitarla, nuestra mirada sobre el amor también cambia.


Hay una edad en la que uno deja de esperar que la vida ocurra en otra parte.

El café sabe exactamente como nos gusta. Las ventanas permanecen abiertas o cerradas según una costumbre que ya nadie cuestiona. Los libros ocupan su lugar en los estantes como viejos compañeros de viaje. La música llega a ciertas horas. El sueño tiene sus propios caminos. Incluso la tristeza, cuando aparece, conoce la puerta por la que debe entrar.

Todo encuentra su sitio.

Como el mar cuando regresa una y otra vez a la misma orilla.

Al principio pensamos que la soledad es una sala de espera. Creemos que estamos allí mientras llega alguien. Mientras aparece la conversación que falta, la mirada que falta, la presencia que falta.

Pero los años pasan. Y un día descubrimos algo asombroso.

Aquello que parecía una ausencia se ha convertido en una forma de estar en el mundo.

No necesariamente mejor. No necesariamente peor. Simplemente nuestra.

Aprendemos a caminar solos por playas interiores que nadie conoce. Aprendemos a escuchar el rumor de nuestras propias olas. Aprendemos a convivir con las tormentas y con las mañanas en calma. Aprendemos a reconocer, incluso con los ojos cerrados, el olor de nuestra propia marea.

Y cuando eso sucede, la soledad deja de ser enemiga. Se vuelve paisaje.

Por eso quizá hay tantas personas solas después de cierta edad.

No porque falten personas.

No porque el corazón se haya vuelto de piedra.

No porque ya no exista el deseo de compartir.

A veces ocurre algo mucho más profundo.

Cada vida se convierte en un mar.

Un mar con sus corrientes invisibles. Con sus bahías secretas. Con arrecifes que nadie ve desde la superficie. Con zonas tranquilas donde la luz danza sobre el agua y con profundidades donde aún descansan viejos naufragios.

Cada persona lleva dentro una geografía entera.

Y acercar dos océanos nunca ha sido una tarea sencilla.

Entonces llega alguien.

No cuando aún buscábamos quién nos acompañara, sino cuando ya aprendimos a navegar solos.

Y sucede algo extraño.

Durante años imaginamos que la compañía resolvería la nostalgia de ciertas tardes. Pensamos que bastaría con la presencia de otro ser humano para sentirnos acompañados.

Pero cuando finalmente aparece alguien que podría caminar a nuestro lado, descubrimos que no cuesta abrir el corazón; cuesta mover las mareas.

Porque cada costumbre tiene corrientes invisibles.

Cada silencio tiene su temperatura.

Cada rincón de la vida cotidiana guarda una pequeña ceremonia privada.

La taza favorita. El paseo de siempre. El lado de la cama que ocupa el cuerpo.

Pequeños rituales que, con los años, terminan pareciéndose a una patria.

No es rechazo.

No es egoísmo.

No es desamor.

Es simplemente que hemos tardado muchos años en aprender quiénes somos cuando estamos solos.

Y aquello que durante tanto tiempo pareció una ausencia, acaba convirtiéndose en prioritaria presencia.

Por eso algunas personas prefieren permanecer a solas antes que perder la paz que tanto les costó encontrar.

No porque hayan renunciado a la compañía, sino porque ya no desean cualquier compañía.

Siguen necesitando afecto.

Siguen emocionándose con una voz amable.

Siguen sintiendo el calor de una mano cercana.

Siguen deseando esa extraña belleza de compartir un amanecer sin necesidad de llenarlo de palabras.

Pero también aman el puerto que han construido dentro de sí. Aman las tardes lentas, los silencios sin explicaciones y la calma que llega cuando uno por fin deja de luchar contra sí mismo.

Quizá el amor, a cierta edad, no consista en fundir dos vidas en una sola.

Quizá consista en algo más delicado. Más respetuoso. Más consciente de la fragilidad y de la belleza que contienen los años.

Quizá consista en caminar junto al otro sin intentar ocupar su horizonte.

En escuchar sus mareas sin pretender dirigirlas.

En comprender que algunas distancias no son ausencia, sino espacio para respirar.

Pienso en dos personas caminando descalzas por la orilla. Un hombre unos pasos delante. La mujer siguiéndolo a poca distancia.

La espuma llega, retrocede y vuelve a llegar.

El aire huele a sal y a sol tibio. Las gaviotas cruzan lentamente el cielo.

Nadie corre, nadie arrastra al otro, nadie intenta cambiar el rumbo de las olas.

Y cuando el mar borra las huellas de ambos, no queda una marca sobre la arena que pertenezca al otro.

Porque ninguno necesita invadir el mundo del otro para acompañarlo.


Epílogo

Tal vez la verdadera compañía no llegue para llenar vacíos, sino para honrar lo que hemos construido en ellos. Porque el amor más sereno no exige renuncias; ofrece presencia, respeto y la libertad de seguir siendo uno mismo mientras se comparte el camino.


"Quizá el amor, después de cierta edad, se parezca a eso: dos mares caminando juntos por la misma orilla, compartiendo las mareas sin pedirle al otro que renuncie a sus profundidades."

jueves, 28 de mayo de 2026

"Mudando la Piel": Cuando las chicharras cantan... recuerdos de un amor.

 

“Las chicharras siempre me recuerdan que hay cosas que solo pueden crecer después de romperse.”


Prólogo

Hay recuerdos que no regresan por voluntad propia.

Permanecen dormidos durante años, ocultos bajo las capas de tiempo que vamos acumulando para seguir adelante. Pero basta un sonido, un aroma o una estación del año para que despierten de nuevo con una nitidez inesperada.

A veces no recordamos a las personas. Recordamos quiénes éramos cuando las conocimos.

Esta es una historia sobre la transformación. Sobre la niña que temía a las chicharras sin comprender que aquellas cáscaras vacías guardaban una lección para toda la vida. Sobre el instante delicado en que la inocencia comienza a desprenderse y el corazón descubre emociones para las que todavía no tiene nombre.


Frente a la casa de mi infancia había un parque enorme, frondoso, lleno de sombra y de árboles tan altos que parecía que sostenían el cielo.

En mayo, cuando el calor empezaba a doblar el aire y las primeras lluvias se anunciaban a lo lejos con olor a tierra húmeda, las chicharras despertaban. El parque entero vibraba con aquel sonido eléctrico, desesperado, como si los troncos tuvieran corazón.

Yo les tenía miedo.

Mis hermanos mayores recogían del suelo aquellas cáscaras vacías adheridas a los árboles y me las pegaban en la ropa entre carcajadas.

Yo gritaba,
corría,
lloraba,

convencida de que eran insectos muertos aferrándose a mi vestido. Todavía puedo sentir el roce seco de aquellas patitas transparentes sobre la tela, el terror subiéndome por las piernas como una fiebre.

Con el tiempo entendí que no eran muerte.

Eran abandono.

La piel vieja de algo que había necesitado romperse para poder volar.

Y quizá por eso, años después, las escuché distinto.

Ya no era una niña. Estaba en esa edad tibia y peligrosa en la que una descubre que el cuerpo empieza a llenarse de mareas desconocidas. El uniforme escolar parecía quedarme diferente sobre la piel. El espejo comenzaba a devolverme un reflejo que yo apenas reconocía.

Fue entonces cuando apareció él.

Mi profesor.

Nunca dije su nombre en voz alta fuera del aula, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo. Tenía una voz grave y limpia, pausada, de esas voces que parecían ordenar el mundo. Sus modales eran masculinos, pero suaves. Elegantes. Nunca levantaba el tono. Nunca humillaba a nadie. Y cuando explicaba algo, yo sentía que las palabras se le iluminaban en la boca.

Me enamoré con esa inocencia torpe de los primeros amores; tontamente, como lo que era... ¡una adolescente!

Lo observaba mientras hablaba. El corazón me golpeaba tan fuerte que me asustaba al pensar que alguien podría escucharlo desde el pupitre vecino.

Me descubría mirándolo, inconscientemente, seguir el movimiento de sus manos mientras imaginaba la extraña inquietud que ocultaba bajo la falda azul del uniforme. Y cuando finalmente tomaba conciencia de ello, apartaba la mirada, avergonzada de mí misma, de aquellos pensamientos que aparecían sin permiso.

Nunca pasó nada.

Ni debía pasar.

Nada existía más allá de la imaginación de una niña que, sin entenderlo, se transformaba en mujer.

La niña que corría aterrada huyendo de las chicharras... ya no existía.

Algo dentro de mí se estaba abriendo paso, algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. Como ellas, las chicharras, rompiéndose para salir a la luz.

Quería crecer.

Quería convertirme en mujer.

Quería volar.

Y entonces el año terminó como terminan ciertas lluvias de verano: sin pedir permiso, dejando el aire impregnado de humedad y nostalgia.

Los pupitres quedaron vacíos.

Su voz dejó de recorrer los salones.

Guardé los cuadernos lentamente, como quien recoge pétalos después de una ceremonia secreta. Las páginas conservaban todavía el roce de mis manos sudadas, mis letras inclinadas con su nombre garabateado, el perfume leve de aquella edad en que el corazón vive confundido, desbocado.

Pasé de grado, sí.

Pero también crucé un umbral.

Caminaba sintiendo el cuerpo extraño, nuevo, como si la sangre me hubiera cambiado de temperatura.

Nunca más supe de él...

Pero todavía ahora, cuando llega la temporada de calor y lluvia y las chicharras comienzan otra vez su canto desesperado entre los árboles, vuelvo a ser aquella muchacha.


Epílogo

Con los años aprendí que la memoria no conserva los hechos tal como ocurrieron.

Los transforma.

Los cubre de luz, de distancia y de significado.

Tal vez ya no recordaría exactamente el color de aquellos salones, ni las fechas, ni las palabras precisas que escuché durante aquel curso. Pero sí recuerdo la emoción. Ese temblor secreto que anunciaba el comienzo de algo más grande que yo misma.

Hoy sé que aquel primer amor no hablaba realmente de él.

Hablaba de mí.

De la mujer que empezaba a despertar bajo la piel de la niña.


"He comprendido que algunos primeros amores nunca terminan de irse... solo mudan de piel."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

domingo, 8 de diciembre de 2024

"Los Pliegues del Tiempo, una vida que no llegó tarde. Cap. V": Un texto íntimo y espiritual sobre el silencio como espacio de sanación, fe y encuentro con Dios. Una reflexión poética nacida en Madrid, donde el amor y la quietud transforman el alma.

 

Prólogo

Hay silencios que no vacían, sino que preparan.
Silencios que no duelen, porque nacen de la presencia amorosa de Dios.
Este capítulo nos invita a entrar en ese espacio sagrado donde la luz cae despacio y el alma, por fin, puede escucharse.
Aquí el silencio no es ausencia, sino un modo distinto de recibir:
recibir paz, recibir claridad, recibir a Dios hablando bajito.

El silencio no siempre fue su amigo.
Hubo un tiempo —lejano, pero no olvidado— en el que el silencio pesaba.
Un tiempo en que el silencio significaba ausencia, significaba espera, significaba lo que no llegó, o lo que llegó tarde, o lo que se perdió en un atardecer que ya no sabía cómo reconstruirse.

Pero Madrid le enseñó otra forma de silencio:
un silencio que no duele,
que no pregunta,
que no exige.

Un silencio que abraza.

Un silencio que, como un manto de terciopelo, cubre sin sofocar,
y sostiene sin consumir.

Ella empezó a entenderlo en su habitación, una mañana tibia.
El sol entraba despacio, como si también él respetara ese instante sagrado.
La luz se derramaba por las paredes, se recostaba en la colcha, se quedaba suspendida en el borde de sus pestañas.
Y en ese gesto luminoso, ella descubrió algo que le cambió la vida:

El silencio es Dios cuando decide hablar bajito.


Se quedaba de pie junto a la ventana, sintiendo la tibieza del cristal.
El sonido leve de la ciudad subía desde la calle, pero no rompía el silencio, solo lo acompañaba.
Era como una música invisible, como si Madrid respirara con ella.
Y ella, que en tantos lugares había sentido que no tenía espacio para ser, descubrían que ese silencio la quería entera.

En su pecho se abrían pliegues nuevos.
Pliegues de memoria, pliegues de gratitud, pliegues de fe.

El silencio tenía textura.
A veces era suave, como una brisa primaveral.
A veces era denso, como un abrazo largamente esperado.
A veces era claro, como agua recién nacida.
A veces era oscuro, pero nunca amenazante; oscuro como los ojos cerrados en oración, donde la sombra es solo un camino hacia la luz.

A ella le gustaba recorrer esos silencios.
El silencio del amanecer, cuando todo parecía en suspenso.
El de la tarde, cuando el día empezaba a recogerse.
El de la noche, cuando el mundo callaba por fin y solo quedaba lo que era verdadero.


Un día, mientras observaba el polvo de luz danzando en el aire, comprendió algo que la estremeció:
que el silencio no era vacío, sino plenitud.

En el silencio podía oír lo que nunca había sabido escuchar.
Podía oír su respiración, pero también la respiración del mundo.
Podía oír sus pensamientos más rápidos, hasta que se convertían en pensamientos más lentos, más suaves, más sinceros.
Podía oír la voz escondida de Dios cuando quería decirle algo sin palabras.

El silencio la transformaba.

Le devolvía piezas que había creído perdidas.
Le regalaba paz sin condiciones.
Le mostraba que la vida no se medía por lo que se dice, sino por lo que se comprende.

Y ella comprendía.
Cada día comprendía un poco más.

Comprendía que no necesitaba gritar su historia para que fuera real.
Que no necesitaba explicar su dolor para justificar su esperanza.
Que no necesitaba defender su fe, porque la fe verdadera no se defiende:
se vive.


El silencio también la sanaba.

En él colocaba sus nostalgias, sus fragmentos, sus ilusiones pequeñas.
Y el silencio las sostenía, como un cuenco de barro tibio, sin dejarlas caer.

Había tardes en las que se sentaba en el suelo, recostada contra la pared, escuchando ese silencio que parecía venir de un lugar muy remoto.
Era como si el tiempo mismo le hablara.
Como si los pliegues invisibles del universo se abrieran para ella, recordándole que nada estaba perdido, que nada había sido en vano, que el amor —incluso el imposible— tenía un sentido profundo que aún no alcanzaba a descifrar, pero que sentía, con ternura, que era bueno.

Porque el amor, cuando es verdadero, nunca destruye.
Solo transforma.
Y el silencio era el terreno fértil donde esa transformación ocurría.


Ella descubrió entonces algo más íntimo, más delicado, más suyo:

El silencio no era la falta de amor.
Era la forma que el amor tenía de acomodarse dentro de ella.

Ese amor imposible, hecho de miradas, sonrisas ruborizadas y tiempos que no coincidieron…
ese amor vivía en el silencio.
Y en ese silencio no dolía.
Al contrario, se volvía luz.

Una luz discreta, pequeña, pero suficiente para iluminar sus mañanas.
Una luz silenciosa que acompañaba sin reclamar nada, sin exigir destino, sin pedir explicación.

El silencio le enseñó a amar sin miedo.
A amar sin poseer.
A amar sin finales definidos.
A amar solo porque amar era, en sí mismo, un acto de fe.


Con el tiempo —ese tiempo que ella honraba, que ella escuchaba, que ella abrazaba— el silencio dejó de ser algo externo.

El silencio se volvió casa.
Se volvió refugio.
Se volvió oración sin palabras.

Y en ese silencio, ella se encontró a sí misma como nunca.

Se encontró sin ruido, sin máscaras, sin deberes, sin exigencias.
Se encontró completa en su imperfección, hermosa en su fragilidad, bendecida en su camino.
Se encontró sostenida por una fuerza mayor, una fuerza que reconocía sin cuestionar: el amor absoluto de Dios.


Ese entendimiento la transformó para siempre.

A partir de entonces, cada silencio era un regalo.
Cada pausa, una oportunidad.
Cada instante sin sonido, un espacio para escuchar la voz más verdadera:
la de su alma, alineada con la de Dios.

Y así, en los silencios que Madrid le regaló, ella renació.
Se rehizo.
Se reconstruyó.
Se volvió mujer nueva, sin necesidad de nombre, porque su identidad estaba hecha de luz, de tiempo, de fe.

De silencios que sanan.
De silencios que sostienen.
De silencios que transforman.


Epílogo

El capítulo nos deja una verdad sencilla y profunda:
cuando el silencio es habitado con fe, deja de ser vacío y se convierte en hogar.
Allí el corazón se ordena, las memorias se suavizan y el amor encuentra un lugar para transformarse sin herir.
En ese silencio, Dios sostiene y renueva.
Y lo que parecía falta de sonido se revela como plenitud.