"Hay amores que caben en una palabra, en una
cama, en una vida entera… y hay otros que desbordan incluso el cuerpo que los
contiene."
Prólogo
Hay sentimientos que creemos conocer porque los
nombramos todos los días. Amor. Fe. Deseo. Ternura. Pertenencia.
Los pronunciamos con naturalidad, como si las palabras
bastaran para contenerlos. Pero algunas experiencias son demasiado vastas para
encerrarlas en una definición. Nos atraviesan, nos transforman y nos obligan a
descubrir que el corazón humano tiene profundidades que desconocíamos.
Este texto nace precisamente de esa búsqueda: la de
comparar los distintos rostros del amor y tratar de comprender por qué algunos
nos acompañan, otros nos sostienen y uno, en particular, nos cambia para
siempre.
No pretende explicar una verdad universal. Solo
acercarse, con humildad, a ese misterio que habita en quienes han amado
profundamente y han descubierto que existen vínculos capaces de trascender
incluso los límites de uno mismo.
El amor que desborda
El amor de Dios —lo siento— es como regresar al principio de
todo. Como dormir suspendido en una tibieza infinita donde nada puede herirte.
Un amor que te envuelve igual que el universo debió envolver al primer latido
de la existencia. Allí el alma flota ligera, como un bebé recién nacido
aprendiendo la luz, asombrándose de cada cosa sin miedo, respirando paz en
lugar de aire.
Y luego está el amor romántico… ese incendio hermoso que se
reconoce en los ojos. Dos miradas que palpitan una dentro de la otra hasta
abrir las ventanas del alma. Un amor de manos temblorosas, de respiraciones
compartidas, de silencios que caen sobre la piel como una lluvia tibia en mitad
de la noche.
Pero incluso esos amores conocen condiciones invisibles.
Dios espera fe. El ser humano espera permanencia, lealtad, presencia, verdad.
Siempre hay un borde, una herida posible, una puerta que puede cerrarse.
Con los hijos no.
El amor hacia un hijo no se parece a nada. No tiene la
serenidad inmóvil de la fe ni la agitación hermosa del deseo. Es otra cosa.
Algo... algo que no puedo definir. Quizá más salvaje. Más hondo. Más antiguo
que las palabras.
Solo sé que lo siento como un mar respirando dentro del
pecho.
Desde el instante en que nacen —y quizá desde antes— una
parte de nosotras abandona para siempre su sitio y aprende a vivir fuera del
cuerpo.
Entonces el miedo cambia de nombre.
Ya no tememos por nuestra piel, ni por nuestros sueños, ni
siquiera por nuestra muerte. Tememos por ellos. Por su fiebre. Por sus
silencios. Por esa tristeza que intentan ocultar detrás de un “no pasa nada,
mamá”, mientras una flecha invisible nos atraviesa el alma como un relámpago.
Y da igual cuántos años tengan. Los hijos crecen, pero el
amor no madura: permanece igual de vulnerable, igual de inmenso, igual de
feroz. Un hijo de cinco años puede caerse de una bicicleta; uno de cuarenta
puede romperse por dentro sin que nadie lo note. Y la madre —o el padre— siente
el golpe igual, como si el universo hubiera tropezado dentro de sus propias
costillas.
Por eso el amor a los hijos desborda.
Porque no sabe quedarse quieto. Porque no entiende de
límites ni de prudencia. Quiere proteger incluso lo que no puede tocar. Quiere
aliviar dolores que pertenecen al otro. Quiere tender las manos sobre cada
abismo y convertirlo en puente.
A veces pienso que amar a un hijo es aceptar vivir con el
corazón expuesto sobre la mesa del mundo. Sin armaduras. Sin refugios. Como una
lámpara encendida durante la tormenta.
Y, sin embargo, qué milagro.
Porque incluso cuando duele, incluso cuando el miedo aprieta
la garganta y el alma parece llenarse de agua, ese amor sigue siendo la forma
más luminosa de existir. Un amor que no pide nada. Que no negocia. Que no se
retira. Que permanece despierto mientras todos duermen.
Tal vez por eso no puede explicarse del todo. Porque hay
sentimientos demasiado grandes para caber en las palabras. Como el mar no cabe
en una copa, el amor por un hijo no cabe en el lenguaje.
Solo se puede sentir.
Epílogo
Quizá la grandeza del amor no esté en aquello que nos
da, sino en aquello que nos convierte.
Algunos amores nos enseñan a confiar. Otros nos
enseñan a compartir. Otros nos muestran la belleza de ser vistos y
comprendidos. Pero hay un amor que nos enseña a salir de nosotros mismos para
habitar en otro ser sin esperar recompensa.
Y tal vez ahí resida su secreto.
Porque cuando una parte del alma aprende a vivir fuera
del propio cuerpo, la vida ya no vuelve a medirse únicamente en años, logros o
recuerdos. Empieza a medirse en latidos ajenos, en alegrías prestadas, en
preocupaciones silenciosas y en esa capacidad infinita de seguir amando incluso
cuando no podemos proteger.
Quizá por eso el amor hacia un hijo no tiene
comparación posible.
No porque sea mayor que todos los demás, sino porque
los contiene a todos.
"Y cuando se siente de verdad, una ya no vuelve a
pertenecerse por completo nunca más."
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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