miércoles, 13 de mayo de 2026

 

“Hay raíces que arraigan incluso al otro lado del océano.”

En el trabajo no se oye otra cosa que lo del “puente de San Isidro” y las charlas para quedar y disfrutar de la fiesta madrileña en homenaje a este santo. Madrid entera se vuelve verbena… ¡y hay que disfrutarla!

Y mientras las compañeras hablan y acuerdan, mi mente hace otra vez de las suyas. Se pliegan los tiempos y yo estoy allí, físicamente, ¡pero mi alma vaga en otro mundo!

Hay memorias que no se heredan por la sangre, sino por el olor de un cajón antiguo al abrirse despacio.

Mi familia era española, aunque yo nací bajo el sol de Venezuela. Y, sin embargo, había tardes en que España aparecía dentro de la casa como un secreto vivo: escondida entre peinetas oscuras, mantillas de encaje y el sonido seco de unas castañuelas dormidas en el fondo de una gaveta.

Yo tendría cinco o seis años, según recuerdo. Entraba a la habitación de mi madre con el sigilo sagrado de los niños que exploran un templo. Abría los cajones y el aire olía a polvo fino, a perfume de antaño, a tela guardada durante años. Entonces encontraba la mantilla.

Era enorme.

La extendía sobre mí y el encaje negro me caía hasta los tobillos, como si fuera una noche bordada. Me colocaba la peineta torcida sobre mi pequeña cabeza y me subía a los zapatos de tacón de mi madre, tambaleándome sobre ellos con una solemnidad ridícula y preciosa, digo yo. En mis manos sonaban las castañuelas, torpes y desacompasadas, mientras yo giraba por la habitación creyéndome una mujer española salida de alguna verbena de Madrid.

Y entonces escuchaba las risas de mis padres y de mi abuela.

—Mírala… ya anda por ahí la españolita.

Lo decían con cariño. Con esa ternura suave con la que los adultos reconocen algo muy suyo despertando en un niño.

A veces llovía afuera. Una lluvia breve, tibia, venezolana, golpeando las ventanas. Y mi madre, mirando el cielo, decía, casi cantando:

—San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol…

Yo no entendía quién era aquel hombre invisible al que se le podía pedir el clima como quien le habla a un vecino. No sabía todavía que era el mismo santo campesino que siglos atrás caminó entre los campos de Madrid: el labrador humilde al que la gente rezaba para pedir lluvia o detenerla; el santo de las cosechas, de la tierra húmeda y del pan.

Mucho menos sabía que, mientras yo jugaba cubierta con mantillas demasiado grandes, mi madre me estaba entregando una patria invisible.

Porque la herencia verdadera no siempre llega en papeles ni en apellidos. A veces llega convertida en canciones pequeñas, en refranes, en un acento que aparece sin querer, en la forma de mover las manos, en la devoción a las raíces o en unas castañuelas olvidadas dentro de un cajón.

Ahora comprendo que aquella niña venezolana que bailaba sobre tacones enormes también estaba creciendo en una España hecha de memoria, de madres y abuelas, de verbenas, de rosquillas, de santos labradores y de mantones guardados con amor.

Y quizá eso sea lo más hermoso de las tradiciones: que atraviesan océanos sin romperse. Viajan escondidas en las mujeres de una familia —en sus voces, en sus objetos, en sus gestos cotidianos— y terminan viviendo dentro de nosotros, recordándonos que, a veces, el sentido de pertenencia no nace solamente del lugar donde venimos al mundo, sino también de las raíces invisibles que nos nombran incluso desde muy lejos.

Y sí, soy una española vestida con el azul del Caribe venezolano y perfumada con sal. Sonrío por la fortuna de tener un pie aquí y otro allá, con un océano en medio de otro azul: aquel que refleja el cielo donde habita el santo.

“Porque hay patrias que, a veces, no se pisan: se llevan dentro.”


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