“Hay raíces que arraigan incluso al otro lado del océano.”
En el trabajo no se oye otra cosa que lo del “puente de San
Isidro” y las charlas para quedar y disfrutar de la fiesta madrileña en
homenaje a este santo. Madrid entera se vuelve verbena… ¡y hay que disfrutarla!
Y mientras las compañeras hablan y acuerdan, mi mente hace
otra vez de las suyas. Se pliegan los tiempos y yo estoy allí, físicamente,
¡pero mi alma vaga en otro mundo!
Hay memorias que no se heredan por la sangre, sino por el
olor de un cajón antiguo al abrirse despacio.
Mi familia era española, aunque yo nací bajo el sol de
Venezuela. Y, sin embargo, había tardes en que España aparecía dentro de la
casa como un secreto vivo: escondida entre peinetas oscuras, mantillas de
encaje y el sonido seco de unas castañuelas dormidas en el fondo de una gaveta.
Yo tendría cinco o seis años, según recuerdo. Entraba a la
habitación de mi madre con el sigilo sagrado de los niños que exploran un
templo. Abría los cajones y el aire olía a polvo fino, a perfume de antaño, a
tela guardada durante años. Entonces encontraba la mantilla.
Era enorme.
La extendía sobre mí y el encaje negro me caía hasta los
tobillos, como si fuera una noche bordada. Me colocaba la peineta torcida sobre
mi pequeña cabeza y me subía a los zapatos de tacón de mi madre, tambaleándome
sobre ellos con una solemnidad ridícula y preciosa, digo yo. En mis manos
sonaban las castañuelas, torpes y desacompasadas, mientras yo giraba por la
habitación creyéndome una mujer española salida de alguna verbena de Madrid.
Y entonces escuchaba las risas de mis padres y de mi abuela.
—Mírala… ya anda por ahí la españolita.
Lo decían con cariño. Con esa ternura suave con la que los
adultos reconocen algo muy suyo despertando en un niño.
A veces llovía afuera. Una lluvia breve, tibia, venezolana,
golpeando las ventanas. Y mi madre, mirando el cielo, decía, casi cantando:
—San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol…
Yo no entendía quién era aquel hombre invisible al que se le
podía pedir el clima como quien le habla a un vecino. No sabía todavía que era
el mismo santo campesino que siglos atrás caminó entre los campos de Madrid: el
labrador humilde al que la gente rezaba para pedir lluvia o detenerla; el santo
de las cosechas, de la tierra húmeda y del pan.
Mucho menos sabía que, mientras yo jugaba cubierta con
mantillas demasiado grandes, mi madre me estaba entregando una patria
invisible.
Porque la herencia verdadera no siempre llega en papeles ni
en apellidos. A veces llega convertida en canciones pequeñas, en refranes, en
un acento que aparece sin querer, en la forma de mover las manos, en la
devoción a las raíces o en unas castañuelas olvidadas dentro de un cajón.
Ahora comprendo que aquella niña venezolana que bailaba
sobre tacones enormes también estaba creciendo en una España hecha de memoria,
de madres y abuelas, de verbenas, de rosquillas, de santos labradores y de
mantones guardados con amor.
Y quizá eso sea lo más hermoso de las tradiciones: que
atraviesan océanos sin romperse. Viajan escondidas en las mujeres de una
familia —en sus voces, en sus objetos, en sus gestos cotidianos— y terminan
viviendo dentro de nosotros, recordándonos que, a veces, el sentido de
pertenencia no nace solamente del lugar donde venimos al mundo, sino también de
las raíces invisibles que nos nombran incluso desde muy lejos.
Y sí, soy una española vestida con el azul del Caribe
venezolano y perfumada con sal. Sonrío por la fortuna de tener un pie aquí y
otro allá, con un océano en medio de otro azul: aquel que refleja el cielo
donde habita el santo.
“Porque hay patrias que, a veces, no se pisan: se llevan
dentro.”
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