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sábado, 30 de mayo de 2026

"Las manos no escriben solas": Un texto íntimo sobre la autocensura del escritor: escribir entre el miedo, el juicio y la vulnerabilidad.

 

“Hay días en que escribir se parece demasiado a arrancarse la piel lentamente frente a un espejo”.


Prólogo

Antes de cada texto existe una mutilación invisible.

El escritor rara vez llega limpio a la página. Antes de escribir, corrige el impulso. Antes de decir, domestica la herida. Hay una vigilancia instalada en el lenguaje, una frontera silenciosa entre lo que arde por dentro y aquello que finalmente se permite existir sobre el papel.

Porque escribir no consiste únicamente en revelar, sino también en negociar con el miedo.

Miedo a parecer excesivo.
Miedo a no ser comprendido.
Miedo a que la verdad tenga un rostro demasiado humano para resultar literariamente aceptable.

Y entonces nace la autocensura: esa mano fría que acomoda las palabras antes de dejarlas salir al mundo. A veces protege. A veces asfixia. A veces convierte la escritura en una habitación donde el alma aprende a respirar de forma más pequeña para no incomodar a nadie.

Este texto habita precisamente ese límite: el lugar donde el deseo de decirlo todo se enfrenta al terror de ser visto por completo.


Las manos descansan sobre la mesa, quietas, como animales cansados después de una larga persecución. Nadie imagina el peso que pueden soportar unos dedos cuando la mente les ata piedras invisibles a las muñecas.

Porque las manos no escriben solas. Nunca lo hacen. Detrás de cada palabra hay una vigilancia. Una respiración contenida. Una voz que susurra con la severidad de un verdugo: “¡Cuidado!”.

Cuidado con lo que dices.
Cuidado con lo que revelas.
No vayas a herir.
No vayas a decepcionar.
No muestres tu vulnerabilidad.

Y entonces el alma empieza a doblarse hacia adentro, como una flor cerrándose antes de la tormenta.

Es agotador vivir corrigiendo el latido.

A veces quisiera desprenderme de la conciencia como quien se arranca un vestido empapado. Dejar caer al suelo la prudencia, las normas invisibles, el miedo a la mirada ajena. Escribir con la desnudez brutal con la que el mar golpea las rocas sin pedir disculpas. Pero no puedo.

El corazón queda atrapado entre la tinta y el juicio, estrujado como un fruto demasiado maduro entre manos nerviosas.

Y duele.

Duele porque escribir también es abrirse el pecho y dejar que otros entren a mirar el desorden. Las palabras no salen limpias; salen húmedas, calientes, respirando todavía. Salen con el olor de la memoria, con la sal de viejas heridas, con el temblor de aquello que jamás aprendió a defenderse.

Por eso necesito una pausa.

No una pausa pequeña, de minutos o de sueño.

Necesito una pausa honda,
uterina,
silenciosa.

Necesito sumergirme, al fondo del mar, como quien regresa al vientre de la madre. Hundirme despacio en un agua fría que me quite la temperatura, donde todo sonido llegue amortiguado y distante.

Allí, bajo esa oscuridad azul, nadie exige explicaciones.

Nadie corrige.
Nadie juzga la intensidad de una emoción,
ni las libres letras en su expresión.

Solo existe el rumor líquido rodeando el cuerpo.

Solo existe el latido.

Me imagino suspendida en esa profundidad, flotando como una medusa dormida. El agua acariciando mis párpados cerrados. El miedo perdiendo peso. El dolor disolviéndose lentamente, como tinta negra extendiéndose en el océano. Y, por primera vez en mucho tiempo, silencio. Un silencio absoluto, maternal, casi sagrado.

Porque escribir agota.

Agota sentir demasiado
y callar otro tanto.

Agota cargar un universo entero detrás de una frase aparentemente pequeña.

Y, sin embargo, escribo porque hay algo perversamente hermoso en ello. Algo dulce en este cansancio. Como si el alma, aun herida, necesitara seguir abriéndose para no morir asfixiada dentro de sí misma. Como si cada palabra arrancada doliera, sí, pero también permitiera respirar un poco mejor después del desgarro.

Quizá por eso siempre regreso… al papel, a la tinta.

Porque incluso cuando escribir me deja vacía, temblando y expuesta, hay una parte de mí que encuentra placer en esa caída. Una parte oscura, pero limpia, que necesita tocar el fondo para saber que sigue viva.

Y tal vez las manos nunca escriban solas.

Tal vez escriban acompañadas por todo aquello que intenta impedirles hacerlo.


Epílogo

Quizá la autocensura sea la cicatriz inevitable de quien escribe con conciencia de la mirada ajena.

Tal vez ningún texto llegue intacto al lector. Siempre hay una palabra retirada a último momento, una emoción suavizada, un grito convertido en metáfora para hacerlo soportable. El escritor aprende a vestir sus heridas con estética para que el mundo no retroceda ante su desnudez.

Pero incluso mutilada, la verdad encuentra grietas por donde respirar.

Porque hay algo indomable en la escritura: una necesidad casi biológica de existir fuera del cuerpo. Y aunque el miedo vigile cada frase, aunque el juicio apriete la garganta de las palabras, siempre queda un resto de humanidad latiendo debajo de la corrección.

Quizá escribir nunca sea libertad absoluta.

Quizá sea solamente esto: abrir una pequeña rendija en la celda para que el alma no se ahogue en su propio silencio.


“Escribir es dejar que el alma respire, así sea a través de la ventanilla de una celda”.


Nota: publicación: en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 28 de mayo de 2026

"Mudando la Piel": Cuando las chicharras cantan... recuerdos de un amor.

 

“Las chicharras siempre me recuerdan que hay cosas que solo pueden crecer después de romperse.”


Prólogo

Hay recuerdos que no regresan por voluntad propia.

Permanecen dormidos durante años, ocultos bajo las capas de tiempo que vamos acumulando para seguir adelante. Pero basta un sonido, un aroma o una estación del año para que despierten de nuevo con una nitidez inesperada.

A veces no recordamos a las personas. Recordamos quiénes éramos cuando las conocimos.

Esta es una historia sobre la transformación. Sobre la niña que temía a las chicharras sin comprender que aquellas cáscaras vacías guardaban una lección para toda la vida. Sobre el instante delicado en que la inocencia comienza a desprenderse y el corazón descubre emociones para las que todavía no tiene nombre.


Frente a la casa de mi infancia había un parque enorme, frondoso, lleno de sombra y de árboles tan altos que parecía que sostenían el cielo.

En mayo, cuando el calor empezaba a doblar el aire y las primeras lluvias se anunciaban a lo lejos con olor a tierra húmeda, las chicharras despertaban. El parque entero vibraba con aquel sonido eléctrico, desesperado, como si los troncos tuvieran corazón.

Yo les tenía miedo.

Mis hermanos mayores recogían del suelo aquellas cáscaras vacías adheridas a los árboles y me las pegaban en la ropa entre carcajadas.

Yo gritaba,
corría,
lloraba,

convencida de que eran insectos muertos aferrándose a mi vestido. Todavía puedo sentir el roce seco de aquellas patitas transparentes sobre la tela, el terror subiéndome por las piernas como una fiebre.

Con el tiempo entendí que no eran muerte.

Eran abandono.

La piel vieja de algo que había necesitado romperse para poder volar.

Y quizá por eso, años después, las escuché distinto.

Ya no era una niña. Estaba en esa edad tibia y peligrosa en la que una descubre que el cuerpo empieza a llenarse de mareas desconocidas. El uniforme escolar parecía quedarme diferente sobre la piel. El espejo comenzaba a devolverme un reflejo que yo apenas reconocía.

Fue entonces cuando apareció él.

Mi profesor.

Nunca dije su nombre en voz alta fuera del aula, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo. Tenía una voz grave y limpia, pausada, de esas voces que parecían ordenar el mundo. Sus modales eran masculinos, pero suaves. Elegantes. Nunca levantaba el tono. Nunca humillaba a nadie. Y cuando explicaba algo, yo sentía que las palabras se le iluminaban en la boca.

Me enamoré con esa inocencia torpe de los primeros amores; tontamente, como lo que era... ¡una adolescente!

Lo observaba mientras hablaba. El corazón me golpeaba tan fuerte que me asustaba al pensar que alguien podría escucharlo desde el pupitre vecino.

Me descubría mirándolo, inconscientemente, seguir el movimiento de sus manos mientras imaginaba la extraña inquietud que ocultaba bajo la falda azul del uniforme. Y cuando finalmente tomaba conciencia de ello, apartaba la mirada, avergonzada de mí misma, de aquellos pensamientos que aparecían sin permiso.

Nunca pasó nada.

Ni debía pasar.

Nada existía más allá de la imaginación de una niña que, sin entenderlo, se transformaba en mujer.

La niña que corría aterrada huyendo de las chicharras... ya no existía.

Algo dentro de mí se estaba abriendo paso, algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. Como ellas, las chicharras, rompiéndose para salir a la luz.

Quería crecer.

Quería convertirme en mujer.

Quería volar.

Y entonces el año terminó como terminan ciertas lluvias de verano: sin pedir permiso, dejando el aire impregnado de humedad y nostalgia.

Los pupitres quedaron vacíos.

Su voz dejó de recorrer los salones.

Guardé los cuadernos lentamente, como quien recoge pétalos después de una ceremonia secreta. Las páginas conservaban todavía el roce de mis manos sudadas, mis letras inclinadas con su nombre garabateado, el perfume leve de aquella edad en que el corazón vive confundido, desbocado.

Pasé de grado, sí.

Pero también crucé un umbral.

Caminaba sintiendo el cuerpo extraño, nuevo, como si la sangre me hubiera cambiado de temperatura.

Nunca más supe de él...

Pero todavía ahora, cuando llega la temporada de calor y lluvia y las chicharras comienzan otra vez su canto desesperado entre los árboles, vuelvo a ser aquella muchacha.


Epílogo

Con los años aprendí que la memoria no conserva los hechos tal como ocurrieron.

Los transforma.

Los cubre de luz, de distancia y de significado.

Tal vez ya no recordaría exactamente el color de aquellos salones, ni las fechas, ni las palabras precisas que escuché durante aquel curso. Pero sí recuerdo la emoción. Ese temblor secreto que anunciaba el comienzo de algo más grande que yo misma.

Hoy sé que aquel primer amor no hablaba realmente de él.

Hablaba de mí.

De la mujer que empezaba a despertar bajo la piel de la niña.


"He comprendido que algunos primeros amores nunca terminan de irse... solo mudan de piel."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 21 de febrero de 2026

"Un grito a la consciencia": Prosa poética y sensual donde el alma desafía a la razón y defiende el derecho a sentir como única forma verdadera de existir.

 

“Un grito donde el alma desafía a la razón y convierte la ilusión en la forma más pura y calma de existir.”


Prólogo

“Hay voces que no buscan convencer, sino sobrevivir. Esta nace del pulso inquieto entre la razón que aquieta y el alma que flamea. No pretende demostrar verdades ni desmentir fantasías; apenas reclama el derecho a sentir a medida. Aquí la emoción no pide permiso, la pasión no se disculpa y la ilusión no se avergüenza. Cada palabra es un latido que insiste en recordar que la vida no se explica: se experimenta. Y que, a veces, el mayor acto de cordura es atreverse a desbordarse.”


Un grito a la consciencia

¿Qué quieres de mí?, me preguntas con la severidad de un juez desfasado, con la voz fría de quien mide la vida en líneas rectas. Y yo, que soy incendio y marea, te respondo con el temblor de lo que quema: no me lleves a la razón, no me arrastres al territorio seco donde todo debe explicarse. No me reduzcas al cálculo ni a la prudencia; sería como pedirle al relámpago que se disculpe por iluminar la noche.

Si lo que te inquieta es mi inquietud, entonces corta las tablas de esta barca frágil y húndeme tres metros bajo tierra. Pero no me pidas que camine sin latido, que respire sin asombro, que mire sin imaginar. Déjame vivir como único puedo hacerlo: hilando universos con los hilos invisibles de mis pensamientos, creando imágenes que perfuman el aire, sensaciones que se deslizan por la piel como seda tibia.

¿Que no es real?, dices. ¿Y qué es lo real sino aquello que nos estremece? Si mi mente acorta las distancias y convierte la ausencia en presencia, si logra que un nombre susurrado tenga el peso de un cuerpo cercano, ¿no es acaso esa una forma de verdad? Permíteme habitar esos puentes invisibles donde la memoria se vuelve tacto y la imaginación, abrazo.

Deja que mi enloquecido corazón golpee mi pecho con su premura. Deja que mi respiración, agitada como viento de tormenta, sea capaz de rizar la superficie del mar y robarle la calma. No le temas a ese oleaje: es la prueba de que estoy viva, de que algo en mí se niega a ser mármol.

Permite que mi cuerpo se estremezca bajo la temperatura abrasadora de la pasión, como tierra que recibe la primera lluvia después de la sequía. Si destila miel o hiel, si sabe a dulzura o a herida, ¿qué importa? Toda emoción es un fruto maduro que reclama ser mordido. Incluso la ilusión tiene su perfume, su textura, su fulgor secreto. ¿Acaso no es también un modo de tocar el cielo con las manos abiertas?

Consiente que mi alma, aunque sea por breves instantes, repose en el abrazo del amor, como ave que encuentra refugio entre las ramas después del vuelo interminable. Déjala beber de esa luz, aunque sea efímera; deja que se embriague de esa caricia invisible que la reconcilia con el mundo.

No me exijas sobriedad cuando lo que me sostiene es el bendito delirio de sentir. No me pidas que apague el incendio para que todo sea ceniza ordenada y segura. Yo soy llama, soy marea, soy latido.

Y vivir sin sentir —sin temblar, sin desbordarme— no es existir: es apenas ocupar un espacio donde el alma guarda silencio mientras apaga su luz.

Déjame estar. Déjame sentir. Porque en cada estremecimiento me nombro, y en cada emoción, aunque sea fugaz, me reconozco viva.


Epílogo

Y cuando la razón vuelva a tocar la puerta con sus argumentos impecables, tal vez el alma ya no necesite defenderse. Porque habrá comprendido que no se trata de ganar la disputa, sino de sostener el fuego. Si fue sueño, ardió; si fue ilusión, estremeció; si fue amor, transformó. Y todo lo que tiene temperatura, de algún modo, es real. Así, entre la luz y la sombra, quedará pulsando una certeza: sentir también es una forma de sabiduría.


“Prefiero una ilusión que me incendie por dentro a una verdad que me convierta en ceniza.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 8 de diciembre de 2024

"LOS PLIEGUES DEL TIEMPO, una vida que llegó a tiempo.": Una obra íntima y luminosa sobre el paso del tiempo, la fe, la gratitud y el alma humana. Prólogo de la serie literaria Los pliegues del tiempo.

 

Un prólogo profundamente humano y espiritual que invita a habitar el presente, abrazar la fe y descubrir que la vida, incluso en sus quiebres, sigue siendo un milagro


Nota de la Autora

A quien lea estas páginas,
A quien respire mientras recorre estas líneas,
A quien llegue a este libro por destino, curiosidad o pura necesidad de compañía:

Quiero decirte algo que he aprendido a través de los años, a través de las pérdidas, las mudanzas del alma, los silencios que duelen y las bendiciones que sorprenden:
la vida es hermosa incluso cuando no sabe que lo es.

A veces, el camino parece torcido.
A veces, los días se tensan como cuerdas que están a punto de romperse.
A veces, el tiempo nos arranca cosas que amábamos, personas que necesitábamos, lugares que creíamos eternos.
Y aun así… aun así…
si miramos con los ojos del alma, algo siempre brilla.

He descubierto —no en teoría, sino en carne viva— que no existe una vida perfecta, pero sí existe una vida bendecida.
Una vida que, con todos sus errores y horrores, con sus triunfos pequeños, con sus amores fugaces o desbordados, sigue siendo digna de vivirse.
Y más aún: digna de contarse.

Cuando elegimos agradecer, algo dentro de nosotros cambia la forma de respirar.
El dolor no desaparece, pero se acomoda.
La alegría no se convierte en ruido, sino en luz.
Y lo cotidiano —un saludo, una fruta, una calle, una mirada— se vuelve milagro.

Este libro nació de mi historia —como la de millones de personas— pero también del deseo profundo de recordarle al mundo que ninguna existencia es una pérdida de tiempo.

Cada ser humano, incluso aquel que se siente pequeño, tardío, roto o innecesario, guarda dentro un universo entero.

Por eso escribí.
Por eso comencé a hablar desde los pliegues del tiempo.
Porque comprendí que la vida no me debía nada…
y aun así me lo ha dado todo.

Si algo deseas llevarte de estas palabras, que sea esto:

Estás a tiempo. Siempre.
Para mirar distinto, para sentir profundo, para agradecer lo que duele y lo que sana, para amar, aunque sea imposible, para abrazar, aunque sea breve, para vivir, aunque la vida parezca un misterio.

Gracias por acompañarme en esta travesía.
Gracias por leerme.
Gracias por existir.

— Ana Margarita Pérez Martín


Prólogo

Dicen que el espejo nunca miente, pero para aquella mujer, de piel blanca como el albo de una flor recién abierta, el espejo era apenas un vidrio mudo, incapaz de contener lo que ella era. Cada mañana, mientras la luz temprana se derramaba sobre sus mejillas como un oro tibio, veía cómo el tiempo delineaba su rostro: la piel suave donde el sol había puesto sus caricias; un par de cejas densas y rebeldes como ramas jóvenes; y unos ojos que alguna vez fueron grandes, pero que el paso de los años había ido achicando, bajando lentamente las persianas. Antes habían sido el suelo de un bosque vivo; ahora, un charco que se secaba. Aun así, en ciertos momentos parecían encenderse desde dentro, como si guardaran un pequeño amanecer.

Su cabello negro, ondulado, bailaba alrededor de su rostro con la libertad de una nube sin cadenas. Era una mujer madura, pero su alma conservaba la elasticidad de una adolescente que todavía no teme al calendario. Cada día, al despertar, sentía un cosquilleo cálido en el pecho, como si la vida la tocara con la punta de los dedos para recordarle que seguía ahí, ofreciéndole un nuevo capítulo.

A veces tenía la impresión de que su reflejo pertenecía a otra historia. El vidrio parecía un río donde flotaba la imagen de alguien más. Pero lo que hervía dentro de ella —esa corriente vibrante que no dejaba de cantar— ningún espejo podía capturarlo.

Ella habitaba en los pliegues del tiempo, donde el alma es más ancha que los minutos y el presente se expande como un pañuelo de seda lleno de colores.


Su secreto era sencillo, pero inalcanzable para muchos: vivía el presente con una devoción absoluta. Lo respiraba como se respira una fragancia amada; lo tocaba como se toca un pétalo frágil para no romperlo. Y, en ese mismo presente, dejaba entrar lo mejor de su pasado: las risas que todavía huelen a café recién colado, los abrazos que conservan la textura de la dicha, las canciones que siguen vibrando por dentro como cuerdas vivas.

También caminaba con la seguridad de un futuro luminoso. No lo imaginaba: lo sentía. Como quien avanza hacia el mar sin verlo aún, pero reconoce su llegada por la maresía: ese olor vivo y salino que roza la piel antes de escuchar el murmullo de las olas llamando desde lejos.

Ella atribuía esa manera de vivir a Dios.

Sentía —en lo más profundo, donde el pensamiento se vuelve oración— que cada giro inesperado, cada aparente tropiezo, cada vacío que la vida le obligaba a cruzar, estaba colocado con precisión divina para acercarla a un destino que solo Él conocía. Nada era castigo. Todo era camino.

Solía sonreír incluso cuando el viento llegaba frío. Y su sonrisa —ancha, templada, sincera— tenía un efecto extraño en quienes la rodeaban: les acomodaba el alma, como si dentro de ellos alguien sacudiera el polvo y abriera una ventana.


Una noche, el tiempo se le abrió como una fruta madura.

La música vibraba en el aire, profunda y envolvente. Los cuerpos danzaban cerca del suyo, sudorosos y alegres, celebrando el privilegio de latir. La luz multicolor se quebraba en sus rizos, volviéndolos chispas que ascendían y descendían con cada respiración.

Entre el sonido, los pasos y el aroma dulce del lugar, algo dentro de ella se soltó. Su alma —ese animal luminoso que llevaba dentro— avanzó unos centímetros más rápido que su cuerpo. La habitación se llenó de movimientos dorados, y sus ojos, enmohecidos por el paso del tiempo, se encendieron como praderas húmedas al amanecer.

Por un instante perfecto, sintió que caminaba hacia un futuro que aún no había nacido, pero cuyo gozo ya la rozaba como una brisa caliente en la nuca.

El suelo vibraba bajo sus pies. Su mente volaba por encima de la multitud.

Era libertad.
Era plenitud.
Era revelación.

Aquella noche no pertenecía a un instante común. Era un pliegue del tiempo: un espacio donde el pasado dejaba caer su luz y el futuro depositaba un susurro de promesa.


Cuando regresó a casa, con el perfume de la noche aún adherido a la piel, se detuvo frente al espejo. Allí estaba el rostro que el mundo veía: piel madura, cansancio, las huellas firmes y cariñosas que la existencia había dibujado. Pero sus ojos —esos ojos que parecían sostener un pequeño milagro en cada brillo— lo desmentían todo.

Esta vez no apartó la mirada.

Acercó la punta de los dedos al vidrio frío, como quien toca el agua de un lago antes de zambullirse, y murmuró con una gratitud cercana al rezo:

—Gracias por acompañarme. Tú no eres una jaula. Eres mi puente hacia lo que Dios quiere para mí.

Sonrió. Y su sonrisa se desplegó como un jardín recién regado.

Desde ese día dejó de preguntarse por qué su alma iba siempre unos pasos adelante de su cuerpo. Aceptó su naturaleza: alma veloz, espíritu danzante, cuerpo que acompaña al ritmo que puede. Y cada uno de esos ritmos era perfecto en su imperfección.


Quienes se cruzaban con ella la sentían antes de verla. Había en el aire un vibrar suave —como el canto lejano de un violín o el aroma discreto de una fruta dulce— que anunciaba su presencia.

Su alegría no era ruidosa: era cálida.
Su fe no era discurso: era aire.
Su amor no era doctrina: era sustento.

Quien llegaba con pesares se iba ligero.
Quien llegaba perdido encontraba dirección.
Quien llegaba roto descubría que aún podía brillar.

No tenía ningún don especial, solo existía a conciencia.

Porque ella no enseñaba: irradiaba.
No corregía: acompañaba.
No predicaba: vivía.

Amaba.

agradecía

Y vivir, para ella, era la forma más completa de agradecerle a Dios.


Así continúa su historia: una mujer sin nombre, definida no por letras sino por sensaciones;
una mujer que lleva un amanecer en los ojos;
una mujer que habita en los pliegues del tiempo;
una mujer que descubre —cada día, sin cansarse— que la vida no es una línea recta,
sino un milagro que se abre y se abre, como un libro infinito escrito en tinta de luz.