viernes, 22 de mayo de 2026

"Me da igual": Reflexión íntima sobre Dios, la fe y las experiencias que trascienden la lógica. Un texto sobre la presencia, el amor, la esperanza y aquello que se siente más allá de las creencias.


“Hay realidades que no se pueden demostrar, pero aun así transforman una vida entera.”


Prólogo

Hay palabras que nacen para nombrar objetos, lugares o certezas. Y hay otras que, por más veces que las pronunciemos, nunca terminan de caber en su significado.

"Dios" es una de ellas.

A lo largo de la historia, filósofos, científicos, creyentes y escépticos han intentado definirla, explicarla o negarla. Sin embargo, existen experiencias que escapan a cualquier argumento y que solo encuentran refugio en el territorio silencioso de los sentimientos.

El texto que sigue no pretende convencer a nadie ni sostener una verdad absoluta. Es simplemente la mirada sincera de alguien que, entre dudas y certezas, ha descubierto que algunas presencias no necesitan demostrarse para ser reales.

Porque hay cosas que no se comprenden con la razón, sino con la vida.

Y quizás, después de todo, aquello que llamamos Dios sea una de ellas.


Pienso —y lo creo— que no existe persona que no mantenga presente, en su corazón, todo aquello que ama. Y, al tenerlo en su pecho, la mente se asegura de que la lengua lo suelte entretejido en las conversaciones, como lentejuelas adheridas a una tela que brillan cuando les alcanza la luz... hacen gala de ello.

Yo no soy diferente; soy común a mis congéneres.

Aunque calle, se me nota en la expresión de la cara, en mis gestos. Si algún objeto pudiera representarme fielmente... sería un colador, un escurridor. Cuando la luz pasa a través de mí, proyecto luces y sombras: simple humanidad.

Y entonces hablo de Dios con la ignorancia de quien no sabe, pero siente.

Una de las expresiones españolas que más tardé en comprender es la de “me da igual”. Mis ojos se agrandaban mientras me mordía los labios. ¿Era indiferencia o incapacidad para tomar una decisión? Hoy ya lo he comprendido; ya no me cuestiono lo que hay detrás de tan singular y acertada expresión.

Y hoy tampoco hablaré de Dios. Hablaré de mí, de lo que significa para mí ese “me da igual”.

A veces escucho discutir sobre Dios y siento que las palabras de los hombres son demasiado pequeñas para tocar algo tan inmenso.

Hablan de Jesús como quien intenta reconstruir el mar con un vaso de agua.

Que si fue un mito.

Que si fue un profeta.

Que si un hombre manipulado por la historia.

Que si un experimento imposible sembrado en el vientre de María como una semilla llegada de otro cielo.

Y yo los escucho en silencio.

El aroma del café sube lento entre mis manos. Afuera, la noche de primavera se viste con el perfume del verano que se aproxima, con esa inquietud húmeda que tienen las madrugadas donde el alma no encuentra dónde acostarse. Los escucho debatir, medir, desmontar milagros como quien abre un reloj antiguo buscando el secreto de sus engranajes.

Pero dentro de mí... dentro de mí ocurre otra cosa.

Porque yo he sentido a Dios.

No como me lo enseñaron.

No como aparece en los cuadros antiguos ni en las voces solemnes de los templos.

Lo he sentido en los momentos más rotos de mi vida, cuando el dolor era tan grande que parecía llenar toda la habitación de agonía y, aun así... aun así, algo invisible me rozaba la piel como un abrazo tierno, acomodándose dentro de mí para sostenerme.

Lo sentí en las noches —y también en los días— en que lloraba de tristeza, de miedo, hasta quedarme dormida, y despertaba con una paz que no pertenecía a este mundo.

Lo sentí en un abrazo que llegó justo cuando mi corazón comenzaba a apagarse.

En la respiración tibia de un hijo dormido sobre mi pecho.

En el viento salado golpeándome el rostro frente al mar mientras pensaba que ya no podía más... y, sin embargo, podía.

¿Cómo explicarle eso a alguien?

¿Cómo ponerle lógica al estremecimiento de sentir que no estás sola incluso cuando todo alrededor parece vacío?

Por eso ya no me asustan los debates. Ni me interesa debatir.

Porque cuando alguien ha sentido verdaderamente a Dios, las teorías se vuelven apenas polvo suspendido en la luz. Insignificantes.

No me importa demasiado el nombre que le den: Dios. Universo. Naturaleza. Conciencia. Energía. Creador.

El nombre es solo una puerta; la presencia es la casa.

También he escuchado a algunos decir que no creen. Pero he visto sus ojos buscar el cielo en medio de la tragedia. He escuchado labios que se decían ateos romperse en un “Dios mío” cuando el miedo les congeló el alma.

Porque hay instantes en los que el ser humano, incluso sin querer, siente que existe algo más grande abrazándolo desde lo invisible.

Algo.

Una presencia imposible de tocar y, aun así, capaz de acariciarte por dentro.

Tal vez Dios nunca quiso ser comprendido como se comprende una fórmula.

Tal vez quiso ser sentido como se siente la lluvia fría sobre la piel caliente; como se siente el amor cuando alguien pronuncia tu nombre con ternura; como se siente la música que hace temblar recuerdos que ni siquiera sabías que seguían vivos.

Desde entonces entendí que la fe verdadera no necesita ganar discusiones.

Y que el “me da igual” no es indiferencia ni incapacidad para decidir.

Es no imponer nuestras preferencias, dejando que el otro tome sus decisiones conforme a sus posibilidades, necesidades y caminos.

Porque aquello que realmente existe encuentra siempre la forma de hacerse sentir.


Epílogo

Con los años he aprendido que las grandes preguntas rara vez encuentran respuestas definitivas. Más bien nos acompañan, cambian de forma y crecen junto a nosotros.

Hoy ya no necesito explicar aquello que siento ni buscar argumentos que lo sostengan. Me basta reconocer que existen momentos capaces de transformar una existencia; instantes en los que el dolor encuentra consuelo, el miedo se convierte en coraje y la soledad deja de ser absoluta.

Quizás cada persona nombre esa experiencia de una manera distinta. Tal vez algunos la llamen Dios y otros prefieran llamarla amor, esperanza, conciencia o simplemente vida.

Me da igual.

Porque al final no son las palabras las que importan, sino aquello que sucede dentro de nosotros cuando algo invisible nos recuerda que seguimos adelante.

Y eso, tenga el nombre que tenga, continúa encontrando la forma de hacerse sentir.


“Quizá Dios no sea una respuesta destinada a la mente, sino una certeza silenciosa reservada al corazón.”


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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