“Hay recuerdos que todavía dan picazón y huelen a vinagre, a playa, a verano eterno... y a abuela”
PRÓLOGO
Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen escondidos
en algún rincón de la memoria, aguardando el instante preciso para regresar con
toda su fuerza. A veces vuelven de la manera más inesperada: en un olor, en una
fotografía amarillenta o en una simple palabra. Entonces reaparecen los
paisajes, las voces y las emociones que creíamos olvidadas.
Esta historia es un viaje hacia esos veranos que
parecían eternos. Un homenaje a las abuelas que reunían familias enteras bajo
un mismo techo, a los primos que se convertían en hermanos por unas semanas y a
una época en la que la infancia transcurría lejos de las pantallas y cerca de
la tierra, del mar y de los afectos.
La escena final de aquellas vacaciones parecía el campo de
concentración de una guerra inventada por los adultos para salvarnos la
infancia. Los diecisiete primos hacíamos fila en el patio, bajo el sol inmóvil
de agosto, esperando nuestro turno con una resignación teatral. Los más
pequeños lloriqueaban. Los mayores fingían valentía. Pero todos sonreían, entre
picazón y picazón.
Uno de los tíos manejaba la máquina de afeitar con
disciplina militar, dejando caer mechones negros, castaños, rubios, sobre el
piso caliente. El zumbido metálico sonaba como un enjambre furioso alrededor de
las orejas. A los niños los dejaban casi rapados. A las niñas, la abuela nos
cortaba el cabello apenas por debajo de las orejas, “para que no parezcan
muchachitos”, decía, mientras el olor del aceite de ricino y del alcohol
llenaba el aire.
El olor del vinagre contra los piojos se mezclaba con el
perfume dulce de los mangos maduros que caían del patio.
Y aunque visto desde “afuera” aquello parecía una escena
triste, jamás lo fue. Porque aquel desfile de cabezas desnudas no era el
comienzo del verano, sino su despedida. El cierre de oro de unas vacaciones
inolvidable.
Todo empezaba antes -de otra manera- cuando terminaban las
clases.
Mis padres, junto con mis cuatro tíos, decidían marcharse de
vacaciones al pueblo costero donde había nacido casi toda la familia, a la casa
de la abuela…
Allí dormíamos atravesados sobre colchones improvisados,
respirándonos los sueños unos a otros.
Niños de vacaciones en la playa, corriendo descalzos de un
lado a otro, con las rodillas raspadas y la risa suelta. Las mujeres hablaban
felices mientras cocinaban cantidades absurdas de comida para “la tropa”.
Las noches eran distintas. Se calmaban y llenaban de
misterios. Los hombres apagaban las luces y solo dejaban la sala -teatro
improvisado- iluminada con una pequeña lamparilla, para infundir quietud y llamar
la atención de nosotros, los chiquillos. Entonces, empezaba la escenificación
de cuentos de miedos: los grandes soltaban alguna risilla, pero las niñas nos
juntábamos como una piña cubierta por una sábana para que nos protegiera de
alguna mano peluda que nos quisiera coger de los pies. Así transcurrían las
noches, hasta quedarnos dormidos; entonces, ellos descansan y disfrutaban el
pedazo de día que les quedaba.
Y la abuela —redonda,
tibia, sudorosa de tanto trajinar— nos miraba a todos como si contemplara la
cosecha más hermosa de su vida.
Pero el verdadero paraíso estaba enfrente: la casa de los
Rodríguez.
Aquello no era una casa.
Era un pequeño universo abierto.
Una construcción larguísima que parecía haber estirado sus
paredes para darle espacio a la alegría. Su pared de fondo era la ladera de la
montaña, verde y húmeda, respirando sobre nosotros como un animal dormido. El
suelo siempre tenía olor a tierra mojada, a hojas trituradas, a la acidez de la
fruta caída.
Los siete hermanos Rodríguez se mezclaban con nosotros hasta
formar una sola tribu salvaje. Corríamos detrás de las gallinas levantando
remolinos de polvo; cargábamos polluelos tibios contra el pecho; perseguíamos
cabras para sacarles leche entre risas y gritos; montábamos al burrito mientras
alguien terminaba inevitablemente en el suelo. Las tardes se llenaban de
chicharras, de frutas mordidas, de sudor infantil y de soles interminables
pegados a la piel.
Y sí, siempre terminábamos algunos con sarampión, otros con picaduras
y raspones y todos, ¡pero todos!, con piojos. Volvíamos a casa convertidos en
pequeños animales del monte. Pero nadie parecía lamentarlo demasiado.
Éramos felices con el ruido, con el desorden, con el amor
simple de sabernos acompañados.
Al recordar aquella fila de niños rapados no siento
humillación: era el último ritual de una época luminosa en la que las familias
todavía sabían reunirse para celebrar la dicha inmensa de pertenecer unos a
otros, mientras los niños jugaban a “ser niños” en libertad.
Recuerdo que, al despedirnos, me pegaba al cristal de la
ventana trasera del coche tirándole besos a mi abuela, y la veía reír, la veía
feliz… y eso me hacía feliz, aunque las lágrimas corrieran por mis ojos al
tener que dejarla.
Y, ahora, no puedo desprenderme de esa imagen, ni tampoco
puedo dejar de preguntarme: ¿reía de felicidad por habernos tenido con ella, o
porque al fin nos íbamos y volvía la paz a su hogar? Sonrío. Y sin duda alguna
pienso que fue feliz por las dos razones, ¡pobre abuela!
Epílogo
Con los años comprendemos que no recordamos los días
perfectos, sino aquellos que estuvieron llenos de vida.
No era la casa más grande ni las vacaciones más
lujosas. No había itinerarios, hoteles ni fotografías para compartir al
instante. Había algo mucho más valioso: tiempo. Tiempo para convivir, para
aburrirse, para inventar aventuras y para aprender, sin saberlo, el significado
de pertenecer a una familia.
Hoy muchas de aquellas voces ya se han apagado.
Algunos partieron demasiado pronto, otros viven lejos y los niños de entonces
cargan ahora responsabilidades de adultos. Sin embargo, cuando la memoria abre
sus ventanas, la casa de la abuela sigue intacta.
“Tal vez la felicidad siempre fue eso: una casa llena
de voces, niños corriendo sin miedo y adultos que todavía sabían amarse como
uno solo.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario