sábado, 30 de mayo de 2026

"La Casa de los Piojos": Las vacaciones en casa de la abuela: recuerdos de infancia, piojos, playa y felicidad.

 

“Hay recuerdos que todavía dan picazón y huelen a vinagre, a playa, a verano eterno... y a abuela”


PRÓLOGO

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, aguardando el instante preciso para regresar con toda su fuerza. A veces vuelven de la manera más inesperada: en un olor, en una fotografía amarillenta o en una simple palabra. Entonces reaparecen los paisajes, las voces y las emociones que creíamos olvidadas.

Esta historia es un viaje hacia esos veranos que parecían eternos. Un homenaje a las abuelas que reunían familias enteras bajo un mismo techo, a los primos que se convertían en hermanos por unas semanas y a una época en la que la infancia transcurría lejos de las pantallas y cerca de la tierra, del mar y de los afectos.


La escena final de aquellas vacaciones parecía el campo de concentración de una guerra inventada por los adultos para salvarnos la infancia. Los diecisiete primos hacíamos fila en el patio, bajo el sol inmóvil de agosto, esperando nuestro turno con una resignación teatral. Los más pequeños lloriqueaban. Los mayores fingían valentía. Pero todos sonreían, entre picazón y picazón.

Uno de los tíos manejaba la máquina de afeitar con disciplina militar, dejando caer mechones negros, castaños, rubios, sobre el piso caliente. El zumbido metálico sonaba como un enjambre furioso alrededor de las orejas. A los niños los dejaban casi rapados. A las niñas, la abuela nos cortaba el cabello apenas por debajo de las orejas, “para que no parezcan muchachitos”, decía, mientras el olor del aceite de ricino y del alcohol llenaba el aire.

El olor del vinagre contra los piojos se mezclaba con el perfume dulce de los mangos maduros que caían del patio.

Y aunque visto desde “afuera” aquello parecía una escena triste, jamás lo fue. Porque aquel desfile de cabezas desnudas no era el comienzo del verano, sino su despedida. El cierre de oro de unas vacaciones inolvidable.

Todo empezaba antes -de otra manera- cuando terminaban las clases.

Mis padres, junto con mis cuatro tíos, decidían marcharse de vacaciones al pueblo costero donde había nacido casi toda la familia, a la casa de la abuela…

Allí dormíamos atravesados sobre colchones improvisados, respirándonos los sueños unos a otros.

Niños de vacaciones en la playa, corriendo descalzos de un lado a otro, con las rodillas raspadas y la risa suelta. Las mujeres hablaban felices mientras cocinaban cantidades absurdas de comida para “la tropa”.

Las noches eran distintas. Se calmaban y llenaban de misterios. Los hombres apagaban las luces y solo dejaban la sala -teatro improvisado- iluminada con una pequeña lamparilla, para infundir quietud y llamar la atención de nosotros, los chiquillos. Entonces, empezaba la escenificación de cuentos de miedos: los grandes soltaban alguna risilla, pero las niñas nos juntábamos como una piña cubierta por una sábana para que nos protegiera de alguna mano peluda que nos quisiera coger de los pies. Así transcurrían las noches, hasta quedarnos dormidos; entonces, ellos descansan y disfrutaban el pedazo de día que les quedaba.

 Y la abuela —redonda, tibia, sudorosa de tanto trajinar— nos miraba a todos como si contemplara la cosecha más hermosa de su vida.

Pero el verdadero paraíso estaba enfrente: la casa de los Rodríguez.

Aquello no era una casa.

Era un pequeño universo abierto.

Una construcción larguísima que parecía haber estirado sus paredes para darle espacio a la alegría. Su pared de fondo era la ladera de la montaña, verde y húmeda, respirando sobre nosotros como un animal dormido. El suelo siempre tenía olor a tierra mojada, a hojas trituradas, a la acidez de la fruta caída.

Los siete hermanos Rodríguez se mezclaban con nosotros hasta formar una sola tribu salvaje. Corríamos detrás de las gallinas levantando remolinos de polvo; cargábamos polluelos tibios contra el pecho; perseguíamos cabras para sacarles leche entre risas y gritos; montábamos al burrito mientras alguien terminaba inevitablemente en el suelo. Las tardes se llenaban de chicharras, de frutas mordidas, de sudor infantil y de soles interminables pegados a la piel.

Y sí, siempre terminábamos algunos con sarampión, otros con picaduras y raspones y todos, ¡pero todos!, con piojos. Volvíamos a casa convertidos en pequeños animales del monte. Pero nadie parecía lamentarlo demasiado.

Éramos felices con el ruido, con el desorden, con el amor simple de sabernos acompañados.

Al recordar aquella fila de niños rapados no siento humillación: era el último ritual de una época luminosa en la que las familias todavía sabían reunirse para celebrar la dicha inmensa de pertenecer unos a otros, mientras los niños jugaban a “ser niños” en libertad.

Recuerdo que, al despedirnos, me pegaba al cristal de la ventana trasera del coche tirándole besos a mi abuela, y la veía reír, la veía feliz… y eso me hacía feliz, aunque las lágrimas corrieran por mis ojos al tener que dejarla.

Y, ahora, no puedo desprenderme de esa imagen, ni tampoco puedo dejar de preguntarme: ¿reía de felicidad por habernos tenido con ella, o porque al fin nos íbamos y volvía la paz a su hogar? Sonrío. Y sin duda alguna pienso que fue feliz por las dos razones, ¡pobre abuela!


Epílogo

Con los años comprendemos que no recordamos los días perfectos, sino aquellos que estuvieron llenos de vida.

No era la casa más grande ni las vacaciones más lujosas. No había itinerarios, hoteles ni fotografías para compartir al instante. Había algo mucho más valioso: tiempo. Tiempo para convivir, para aburrirse, para inventar aventuras y para aprender, sin saberlo, el significado de pertenecer a una familia.

Hoy muchas de aquellas voces ya se han apagado. Algunos partieron demasiado pronto, otros viven lejos y los niños de entonces cargan ahora responsabilidades de adultos. Sin embargo, cuando la memoria abre sus ventanas, la casa de la abuela sigue intacta.


“Tal vez la felicidad siempre fue eso: una casa llena de voces, niños corriendo sin miedo y adultos que todavía sabían amarse como uno solo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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