“Algunos recuerdos no regresan porque los llamamos; regresan porque un aroma encuentra la puerta exacta de la memoria.”
Prólogo
Hay noches en que el mundo parece aflojar sus costuras
y deja escapar aquello que el día mantiene oculto. Basta un aroma, una brisa
tibia o una calle silenciosa para que el tiempo se vuelva permeable y los
recuerdos regresen envueltos en la misma luz con que fueron vividos. Esta es la
historia de uno de esos regresos.
“Hay calles que, de noche, parecen existir fuera de este
mundo.”
Camino despacio, jugando con el tiempo. Lo desafío: que vaya
lento conmigo, que detenga las manecillas del reloj… ¡y lo hace!, y yo le
sonrío.
La noche tiene esa tibieza de las primaveras que parecen
respirar sobre los hombros, y la calle, casi vacía, se alarga entre murallas de
jazmines. Blancos. Cremas. Verdes oscuros. Miles de pequeñas estrellas húmedas
abriéndose en silencio contra la sombra. Algunas flores tiemblan apenas cuando
el viento las roza, como si la noche les susurrara algo secreto.
El aire entero parece hecho de pétalos invisibles.
Al principio, la fragancia entra como un golpe dulce,
intenso, casi embriagador. Después, el cuerpo se acostumbra y entonces sucede
lo inesperado: el perfume deja de sentirse en la nariz y comienza a respirarse
desde la memoria.
Se instala lentamente en la garganta,
detrás de los ojos,
en ese rincón del pecho donde duermen las cosas que nunca terminan de irse.
Y regreso.
No a un lugar exacto, pero sí a aquel tiempo… a una manera
de existir: entre niña y mujer. Con la piel todavía ignorante de sí misma. Con
el corazón abierto como una ventana sin cortinas.
Era una inocencia distinta de la de ahora.
No la inocencia consciente de quien elige la bondad aun
sabiendo del mundo y sus colmillos, sino aquella otra… esa, la que vive
descalza dentro del alma y desconoce que algún día será herida.
Era una muchacha hecha de asombro.
Creía en las manos,
en las promesas,
en la eternidad diminuta de los besos dados despacio.
Creía que el amor era un sitio al que podía entrarse sin
miedo, como quien entra al mar una tarde tranquila y permite que el agua le
cubra lentamente los tobillos, las rodillas, la cintura, hasta perder pie
dulcemente.
Los jazmines comenzaban a desplegar sus pétalos mientras la
luna derramaba una claridad tibia sobre la piedra de los caminos. Y en medio de
aquel bosquecillo oscuro, me veo otra vez desnuda.
No desnuda de ropa solamente.
Desnuda de defensas. De sospechas. De tiempo.
A mi piel solo la arropaba la fragancia de los jazmines.
Y unas manos —lentas, reverentes, casi incrédulas— me
recorrían como quien explora un lugar secreto. No había prisa en aquel viaje.
Éramos dos viajeros aprendiendo el mapa del otro a fuerza de respiración y
temblor.
Su boca descendía sobre mí con la misma paciencia con que la
noche cae sobre los árboles. Y yo abría los ojos dentro de la oscuridad como se
abren las flores nocturnas: temiendo un poco, deseándolo todo.
Todavía puedo sentir la suavidad del aire entrando por la
ventana, el roce de las sábanas frescas en los muslos, el latido desbocado bajo
la garganta.
Afuera cantaban los insectos.
Adentro, dos cuerpos se descubrían igual que se descubren
los caminos del mundo: curva a curva, silencio a silencio, maravilla tras
maravilla.
Había momentos en que el cuarto entero parecía balancearse
suavemente, como una embarcación perdida en un mar tibio de respiraciones.
El aroma de los jazmines entraba desde afuera y se mezclaba
con el olor tenue de la piel caliente, con la humedad salada del deseo naciendo
despacio.
Sé ahora que el amor verdadero quizá no sea la pasión
furiosa que desboca, sino esa lentitud sagrada con la que alguien se aproxima a
nuestra vulnerabilidad y la besa sin romperla. Como quien sostiene entre las
manos una mariposa nocturna sabiendo que la belleza también puede morir de
brusquedad.
Sigo caminando entre jazmines.
Y mientras la noche florece a mi alrededor, comprendo que
algunos recuerdos no regresan para doler, sino para recordarnos que una vez
fuimos capaces de entregarnos al amor con las manos vacías y el alma
completamente abierta.
Que hubo un tiempo en que bastaba el perfume de unas flores
y la ternura de unas manos para creer que el mundo entero podía caber dentro de
un cuerpo amado.
Hay aromas que no pasan, se quedan viviendo para siempre en
la parte más desnuda del alma.
Epílogo
La noche sigue ahí, respirando entre los jazmines. Y
yo continúo mi camino sabiendo que ciertos recuerdos no pertenecen al pasado:
viven en nosotros como una fragancia persistente, silenciosa y fiel. Porque hay
amores que terminan, pero hay sensaciones que encuentran la manera de quedarse
para siempre.
“Quizá la memoria no sea otra cosa que un jardín
secreto donde algunas flores siguen abriéndose mucho después de que la
primavera ha terminado.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok: cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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