“Hay días en que escribir se parece demasiado a arrancarse la piel lentamente frente a un espejo”.
Prólogo
Antes de cada texto existe una mutilación invisible.
El escritor rara vez llega limpio a la página. Antes
de escribir, corrige el impulso. Antes de decir, domestica la herida. Hay una
vigilancia instalada en el lenguaje, una frontera silenciosa entre lo que arde
por dentro y aquello que finalmente se permite existir sobre el papel.
Porque escribir no consiste únicamente en revelar,
sino también en negociar con el miedo.
Miedo a parecer excesivo.
Miedo a no ser comprendido.
Miedo a que la verdad tenga un rostro demasiado humano para resultar
literariamente aceptable.
Y entonces nace la autocensura: esa mano fría que
acomoda las palabras antes de dejarlas salir al mundo. A veces protege. A veces
asfixia. A veces convierte la escritura en una habitación donde el alma aprende
a respirar de forma más pequeña para no incomodar a nadie.
Este texto habita precisamente ese límite: el lugar
donde el deseo de decirlo todo se enfrenta al terror de ser visto por completo.
Las manos descansan sobre la mesa, quietas, como animales
cansados después de una larga persecución. Nadie imagina el peso que pueden
soportar unos dedos cuando la mente les ata piedras invisibles a las muñecas.
Porque las manos no escriben solas. Nunca lo hacen. Detrás
de cada palabra hay una vigilancia. Una respiración contenida. Una voz que
susurra con la severidad de un verdugo: “¡Cuidado!”.
Cuidado con lo que dices.
Cuidado con lo que revelas.
No vayas a herir.
No vayas a decepcionar.
No muestres tu vulnerabilidad.
Y entonces el alma empieza a doblarse hacia adentro, como
una flor cerrándose antes de la tormenta.
Es agotador vivir corrigiendo el latido.
A veces quisiera desprenderme de la conciencia como quien se
arranca un vestido empapado. Dejar caer al suelo la prudencia, las normas
invisibles, el miedo a la mirada ajena. Escribir con la desnudez brutal con la
que el mar golpea las rocas sin pedir disculpas. Pero no puedo.
El corazón queda atrapado entre la tinta y el juicio,
estrujado como un fruto demasiado maduro entre manos nerviosas.
Y duele.
Duele porque escribir también es abrirse el pecho y dejar
que otros entren a mirar el desorden. Las palabras no salen limpias; salen
húmedas, calientes, respirando todavía. Salen con el olor de la memoria, con la
sal de viejas heridas, con el temblor de aquello que jamás aprendió a
defenderse.
Por eso necesito una pausa.
No una pausa pequeña, de minutos o de sueño.
Necesito una pausa honda,
uterina,
silenciosa.
Necesito sumergirme, al fondo del mar, como quien regresa al
vientre de la madre. Hundirme despacio en un agua fría que me quite la
temperatura, donde todo sonido llegue amortiguado y distante.
Allí, bajo esa oscuridad azul, nadie exige explicaciones.
Nadie corrige.
Nadie juzga la intensidad de una emoción,
ni las libres letras en su expresión.
Solo existe el rumor líquido rodeando el cuerpo.
Solo existe el latido.
Me imagino suspendida en esa profundidad, flotando como
una medusa dormida. El agua acariciando mis párpados cerrados. El miedo
perdiendo peso. El dolor disolviéndose lentamente, como tinta negra
extendiéndose en el océano. Y, por primera vez en mucho tiempo, silencio. Un
silencio absoluto, maternal, casi sagrado.
Porque escribir agota.
Agota sentir demasiado
y callar otro tanto.
Agota cargar un universo entero detrás de una frase
aparentemente pequeña.
Y, sin embargo, escribo porque hay algo perversamente
hermoso en ello. Algo dulce en este cansancio. Como si el alma, aun herida,
necesitara seguir abriéndose para no morir asfixiada dentro de sí misma. Como
si cada palabra arrancada doliera, sí, pero también permitiera respirar un poco
mejor después del desgarro.
Quizá por eso siempre regreso… al papel, a la tinta.
Porque incluso cuando escribir me deja vacía, temblando y
expuesta, hay una parte de mí que encuentra placer en esa caída. Una parte
oscura, pero limpia, que necesita tocar el fondo para saber que sigue viva.
Y tal vez las manos nunca escriban solas.
Tal vez escriban acompañadas por todo aquello que intenta
impedirles hacerlo.
Epílogo
Quizá la autocensura sea la cicatriz inevitable de
quien escribe con conciencia de la mirada ajena.
Tal vez ningún texto llegue intacto al lector. Siempre
hay una palabra retirada a último momento, una emoción suavizada, un grito
convertido en metáfora para hacerlo soportable. El escritor aprende a vestir
sus heridas con estética para que el mundo no retroceda ante su desnudez.
Pero incluso mutilada, la verdad encuentra grietas por
donde respirar.
Porque hay algo indomable en la escritura: una
necesidad casi biológica de existir fuera del cuerpo. Y aunque el miedo vigile
cada frase, aunque el juicio apriete la garganta de las palabras, siempre queda
un resto de humanidad latiendo debajo de la corrección.
Quizá escribir nunca sea libertad absoluta.
Quizá sea solamente esto: abrir una pequeña rendija en
la celda para que el alma no se ahogue en su propio silencio.
“Escribir es dejar que el alma respire, así sea a
través de la ventanilla de una celda”.
Nota: publicación: en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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