«Hay personas que quieren cosechar abrazos en jardines que jamás riegan.»
Prólogo
La reciprocidad rara vez aparece en los grandes
discursos. Suele habitar en los gestos más sencillos: en la atención que
prestamos, en la gratitud que expresamos, en el respeto con que tratamos a
quienes comparten nuestro camino, aunque sea por un instante. Con los años he
llegado a creer que son esos pequeños actos los que sostienen la armonía de la
vida en común y nos recuerdan que nadie florece completamente solo.
Con los años he comprendido que las relaciones humanas no
suelen romperse de golpe. Casi nunca estallan como un cristal contra el suelo.
Más bien se van agrietando despacio: en silencios pequeños, en gestos que no
regresan, en cansancios que nadie nota.
Y casi siempre, detrás de esas grietas, se asoma la misma
ausencia: la reciprocidad.
Recuerdo que, cuando era niña, en casa no bastaba con
«estar»; había que «ser».
No bastaba con sentarse a la mesa y esperar. Había que
ayudar: poner la mesa, recoger los platos, alcanzar algo a quien lo requiriera,
decir «por favor» y dar las gracias. Mi madre no lo decía como quien impone una
tarea, sino como quien enseña a respirar entre otros seres humanos.
Y así con todo y con todos.
En aquel entonces yo no entendía que aquellas pequeñas
tareas eran también una forma de amor.
Hoy sí lo entiendo.
Entiendo que mis padres intentaban enseñarme que nadie debe
acostumbrarse a recibir sin corresponder. Que el cariño también necesita manos
que devuelvan caricias. Que toda convivencia sana descansa sobre ese delicado
equilibrio en el que uno da, pero el otro también se inclina hacia nosotros al
recibir.
Porque hasta el mar devuelve a la orilla aquello que toca.
Y quizá por eso me duele tanto cuando siento relaciones en
las que una sola persona sostiene todo el peso: quien llama primero, quien
escucha siempre, quien pide perdón aunque no haya herido, quien recuerda las
fechas, quien pregunta cómo estuvo el día del otro mientras nadie pregunta por
el suyo.
Hay cansancios que no vienen del trabajo ni de los años.
Vienen de amar sin respuesta.
La reciprocidad no tiene que ser grandiosa. A veces vive en
cosas mínimas: un «buenos días» respondido con calidez, una puerta sostenida unos
segundos, un vaso de agua alcanzado sin necesidad de pedirlo, una mirada atenta
cuando alguien habla. Son detalles tan pequeños que muchos los consideran
insignificantes, pero yo creo que son justamente esos detalles los que
mantienen tibio el corazón de las relaciones humanas.
Porque sentirse correspondido es sentir que uno no camina
solo.
Que el afecto no cae en un pozo mudo.
Que nuestras manos no permanecen extendidas eternamente
hacia el vacío.
Y cuando la reciprocidad existe, todo cambia. Las palabras
descansan mejor. La tristeza pesa menos. Incluso los días difíciles parecen
encontrar una silla donde sentarse sin rompernos por dentro.
Nadie necesita perfección para estar en la vida de otro.
Pero sí necesita sentir que también es importante para ese
otro.
Porque toda convivencia florece mejor cuando el respeto, la
consideración y la cordialidad encuentran camino de ida y de vuelta.
Epílogo
Quizá nunca podamos cambiar por completo la forma en
que los demás se relacionan con nosotros. Pero sí podemos elegir qué sembramos
a nuestro paso. Cada gesto amable, cada muestra de respeto, cada acto de
consideración contribuye a crear espacios más humanos. Y aunque parezcan
pequeñas semillas, son ellas las que terminan sosteniendo los jardines donde
todos deseamos permanecer.
«La reciprocidad no engrandece los vínculos por lo que
da, sino por lo que demuestra: que hemos comprendido que nadie está solo en el
mundo.»
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