martes, 28 de abril de 2026

"No es nada personal": Reflexión íntima sobre las relaciones, la claridad emocional y la dificultad de confiar cuando los gestos del otro no se pueden leer del todo..

 

«A veces no es nada personal… pero hay espacios que mi cuerpo no sabe habitar.»


Prólogo

No siempre vemos a las personas como son,
sino como se dejan ver.

Y entre lo que muestran y lo que guardan,
se juega algo frágil: la confianza.


Las relaciones personales no son fáciles. Cada uno es un mundo y nadie es moneda de oro para agradarle a todos. Son dichos muy trillados; no son frases vacías, carentes de sentido: son máximas de experiencia. Palabras que advierten que, antes de acercarte a alguien, no te conformes con mirar: observa. Porque las diferencias —en nuestras debilidades y fortalezas— son filos que nos pueden herir tan profundamente que las cicatrices no llegan a cerrar jamás.

Hay algo en los gestos apenas perceptibles que me desarma.
Una mirada vacía o turbia.
Una pausa apenas desfasada.
Un silencio que llega antes de tiempo.
La sombra mínima en la comisura de unos labios que ya no sonríen igual.

Y entonces… me inquieto.

¡Porque yo no sé estar si no es de frente!
Si no es con los ojos abiertos, buscándome en los ojos del otro como quien busca agua limpia en mitad del camino. Necesito verme reflejada. Saber si lo que soy llega intacto… o se quiebra al tocar a alguien más.

Cuando no puedo ver… imagino.
Y en lo que imagino, a veces, me pierdo.
Me vuelvo torpe por dentro,
como si caminara descalza sobre un suelo que no sé si es tierra que me sostiene o sal que me seca.

Temo herir sin querer. Temo que me hieran sin aviso.
Temo no haber entendido bien ese lenguaje invisible que vive en las miradas.

Y entonces hago lo único que sé hacer cuando el agua se enturbia:
me aparto.
Me pliego.

No de golpe,
no con ruido,
sino despacio… como una barca que se suelta de su propia orilla sin saber muy bien quién cortó la cuerda.

Y me alejo.
Un poco más.
Y otro poco.
Hasta volverme apenas un punto en el horizonte.

Porque hay algo en mí que no soporta la agitación que produce dudar de otra persona. Esa leve opacidad que roza la ansiedad. Ese casi imperceptible “no sé qué”.

Yo soy clara cuando siento. A veces demasiado directa, demasiado abierta, demasiado apasionada al respirar cada instante de mi vida, y puede que asuste… ¡pero soy clara!

Y quizá por eso me cuesta tanto quedarme donde no puedo leer el pulso de alguien.
No es que no quiera estar.
No es falta de ganas
ni de cariño.

Es otra cosa.

Es un miedo que no tiene nombre, pero aprieta igual. Es ese instante en el que dejo de reconocer lo que siento delante de mí. Ese punto exacto donde el agua ya no es transparente… y tampoco llega a ser oscura.

Y ahí… ahí ya no sé quedarme.

No es nada personal —digo, como quien intenta no hacer daño—, aunque mi cuerpo… ¡mi cuerpo no entiende de medias tintas!


Epílogo

Conocer a alguien no es mirarlo,
es reconocer su claridad… o su sombra.

Y entender, en ese filo,
hasta dónde podemos quedarnos sin perdernos.


«No me asusta lo que veo… me asusta no poder verlo del todo.»


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

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