«A veces no es nada personal… pero hay espacios que mi cuerpo no sabe habitar.»
Prólogo
No siempre vemos a las personas como son,
sino como se dejan ver.
Y entre lo que muestran y lo que guardan,
se juega algo frágil: la confianza.
Las relaciones personales no son fáciles. Cada uno es un
mundo y nadie es moneda de oro para agradarle a todos. Son dichos muy
trillados; no son frases vacías, carentes de sentido: son máximas de
experiencia. Palabras que advierten que, antes de acercarte a alguien, no te
conformes con mirar: observa. Porque las diferencias —en nuestras debilidades y
fortalezas— son filos que nos pueden herir tan profundamente que las cicatrices
no llegan a cerrar jamás.
Hay algo en los gestos apenas perceptibles que me desarma.
Una mirada vacía o turbia.
Una pausa apenas desfasada.
Un silencio que llega antes de tiempo.
La sombra mínima en la comisura de unos labios que ya no sonríen igual.
Y entonces… me inquieto.
¡Porque yo no sé estar si no es de frente!
Si no es con los ojos abiertos, buscándome en los ojos del otro como quien
busca agua limpia en mitad del camino. Necesito verme reflejada. Saber si lo
que soy llega intacto… o se quiebra al tocar a alguien más.
Cuando no puedo ver… imagino.
Y en lo que imagino, a veces, me pierdo.
Me vuelvo torpe por dentro,
como si caminara descalza sobre un suelo que no sé si es tierra que me sostiene
o sal que me seca.
Temo herir sin querer. Temo que me hieran sin aviso.
Temo no haber entendido bien ese lenguaje invisible que vive en las miradas.
Y entonces hago lo único que sé hacer cuando el agua se
enturbia:
me aparto.
Me pliego.
No de golpe,
no con ruido,
sino despacio… como una barca que se suelta de su propia orilla sin saber muy
bien quién cortó la cuerda.
Y me alejo.
Un poco más.
Y otro poco.
Hasta volverme apenas un punto en el horizonte.
Porque hay algo en mí que no soporta la agitación que
produce dudar de otra persona. Esa leve opacidad que roza la ansiedad. Ese casi
imperceptible “no sé qué”.
Yo soy clara cuando siento. A veces demasiado directa,
demasiado abierta, demasiado apasionada al respirar cada instante de mi vida, y
puede que asuste… ¡pero soy clara!
Y quizá por eso me cuesta tanto quedarme donde no puedo leer
el pulso de alguien.
No es que no quiera estar.
No es falta de ganas
ni de cariño.
Es otra cosa.
Es un miedo que no tiene nombre, pero aprieta igual. Es ese
instante en el que dejo de reconocer lo que siento delante de mí. Ese punto
exacto donde el agua ya no es transparente… y tampoco llega a ser oscura.
Y ahí… ahí ya no sé quedarme.
No es nada personal —digo, como quien intenta no hacer
daño—, aunque mi cuerpo… ¡mi cuerpo no entiende de medias tintas!
Epílogo
Conocer a alguien no es mirarlo,
es reconocer su claridad… o su sombra.
Y entender, en ese filo,
hasta dónde podemos quedarnos sin perdernos.
«No me asusta lo que veo… me asusta no poder verlo del
todo.»
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel
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