"A veces, tenerlo todo no silencia ese lugar
dentro de ti que sigue buscando algo que no sabe nombrar."
Prólogo
Hay experiencias que no llegan como una tormenta, sino
como una brisa apenas perceptible. No rompen, no arrasan, no anuncian su
presencia con estruendo. Simplemente aparecen… y lo cambian todo desde dentro.
Este texto nace de uno de esos momentos.
De ese instante en el que la vida, tal como la
conocemos, sigue intacta por fuera —ordenada, completa, incluso hermosa— y, sin
embargo, algo en lo más íntimo se desplaza. No es una pérdida. No es una
crisis. No es tristeza en el sentido habitual.
Es otra cosa.
Algo más sutil. Más difícil de nombrar. Más verdadero.
Quizá lo has sentido alguna vez: cuando todo está
bien… pero tú, por dentro, no estás exactamente en el mismo lugar.
Estas palabras no buscan explicar esa sensación.
Tampoco resolverla.
Solo acompañarla.
Ponerle voz a ese espacio silencioso donde el alma, a
veces, se reconoce incompleta incluso en medio de la plenitud.
¿No te ha pasado que, de repente, sin que nada cambie
afuera... algo en ti cambia por dentro?
El día sigue igual.
Las mismas voces.
Las mismas manos.
El mismo mundo que te sostiene.
Y, sin embargo... la luz se vuelve distinta.
Más tenue.
Más lejana.
Como si la realidad se cubriera con una capa invisible que la vuelve
ligeramente ajena.
Tienes amor.
Lo sabes.
Lo sientes.
Está en los gestos, en las palabras, en los silencios compartidos.
Tienes un lugar al que volver. Un plato que te espera. Un nombre que alguien
pronuncia con cariño.
¡Tienes todo!
Y aun así... ocurrir.
Un instante breve. Pero denso. El aire roza la piel de otra forma. Más frío...
o tal vez más consciente.
La respiración se vuelve más lenta, más profunda, como si el cuerpo intentara
entender algo que la mente no alcanza.
Y el pecho... El pecho se reconoce.
No duele exactamente. Pero pesa.
Como si el corazón se hiciera pequeño,
como si se doblara sobre sí mismo
para guardar algo que no sabe cómo sostener.
Y entonces aparece.
Esa sensación. Difusa. Suave. Pero imposible de ignorar.
No es tristeza del todo. No es vacío completo.
No es soledad.
Es... otra cosa.
Una especie de nostalgia sin historia. Un anhelo sin imagen. Una ausencia que
no corresponde a nada concreto. Como si algo en ti recordara... pero no supiera
qué.
Te quedas quieta.
Escuchándote.
Y preguntas, muy dentro, casi sin voz:
¿Qué me pasa?
Pero no hay respuesta inmediata.
Solo ese susurro interno que te habla... en un idioma que aún no logras
comprender.
Ese roce interno. Esa sensación que no hiere, pero tampoco se va.
Tal vez no es que falte algo en tu vida.
Tal vez es que hay algo en ti... que no pertenece del todo a lo que ya tienes.
Algo más amplio. Más hondo.
Porque hay partes del alma que no se llenan con lo visible, ni con lo seguro,
ni siquiera con el amor que sí te rodea.
Hay un espacio que permanece abierto.
Vivo.
Respirando en silencio. Y a veces... se hace sentir. Como una brisa que
atraviesa el pecho.
Como una marea suave que sube sin romper nada, pero lo mueve todo por dentro.
Y tú... Solo puedes quedarte ahí.
Sintiendo.
Habitando esa extraña mezcla de plenitud y ausencia. De tenerlo todo... y, por
un instante, no saber qué es ese todo.
Hasta qué pasa. Como pasan las nubes lentas. Como pasa una mano por el agua y
no deja forma.
Pero algo queda.
Una huella tibia.
Una grieta iluminada.
Una pregunta que no busca respuesta rápida, sino verdad.
Y entonces...
más despacio, más honesta, más tuya...
vuelve a nacer dentro de ti esa pregunta que no te inquieta pero que te roba la
calma:
¿Será que a veces no nos falta nada... y aun así hay algo en el alma que sigue
esperando ser sentido?
Epílogo
Tal vez nunca haya una respuesta definitiva para esa
pregunta que queda suspendida.
Tal vez no haga falta.
Porque hay sensaciones que no vienen a ser resueltas,
sino a ser habitadas. Estados del alma que no señalan una carencia, sino una
profundidad. Un recordatorio de que dentro de nosotros existe algo que no se
conforma con lo evidente, ni se calma con lo inmediato.
Y eso… no es un error.
Es una forma de vida interior.
Quizá ese leve desajuste, esa nostalgia sin nombre, no
sea una señal de que algo falta… sino de que algo dentro de ti sigue vivo,
despierto, en movimiento.
Algo que no quiere llenarse, sino sentirse.
Y en ese espacio —incómodo, sí, pero también
profundamente humano— hay una verdad que no necesita prisa.
Una verdad que no se impone.
Que simplemente espera… a que te quedes lo suficiente
como para escucharla.
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