“No es la muerte lo que temo… es no sentirte cuando todo lo demás desaparezca.”
Prólogo
Hay palabras que no nacen de la mente, sino de un
lugar más hondo, donde el lenguaje aún tiembla antes de hacerse sonido. Este
texto viene de ahí: de ese borde invisible donde la fe deja de ser idea y se
vuelve respiración, donde el amor a lo eterno se mide no en certezas, sino en
la forma en que atravesamos lo incierto.
Aquí no se habla de una fe tranquila, ordenada,
invulnerable. Se habla de una fe que tiembla, que duda en el umbral, que siente
el vértigo de perder incluso aquello que más ama. Porque hay un punto en la
existencia en que toda creencia es puesta a prueba no por la razón, sino por la
experiencia viva del límite.
Este no es un canto ingenuo a la calma, sino una
exploración honesta del miedo más profundo: no desaparecer, sino no reconocer la
Presencia en el instante en que todo cambia de forma.
Y sin embargo, en esa misma agitación, se insinúa una
elección.
No la de evitar la caída, sino la de decidir cómo
caer.
No la de aferrarse a la vida, sino la de no soltar lo esencial.
Estas palabras no buscan responder, sino acompañar ese
instante donde el alma, desnuda de todo, descubre si sabe amar incluso cuando
no puede sostenerse a sí misma.
A veces digo que vivo enamorada de Dios, como quien respira sin pensarlo, como quien se abandona al pulso invisible que sostiene cada instante. Lo nombro en lo mínimo: en la luz tibia que roza la piel, en el silencio que late entre un pensamiento y otro.
Y ante todo repito, casi sin voz: “que se haga tu voluntad”.
Pero hay momentos —afilados, inevitables— en los que la vida tiembla dentro de
sí misma. Algo se acerca, algo que no tiene forma, pero pesa, y entonces dejo
de ser calma: soy latido desbocado, soy un cuerpo que recuerda que puede
apagarse.
Y en ese borde… todo cambia.
Porque una cosa es amarlo en la continuidad de los días, y otra es sentir que
el umbral respira en la nuca, que el tiempo se estrecha, que la existencia se
vuelve un hilo tenso a punto de romperse.
Entonces ya no es consuelo: es urgencia, es hambre, es necesidad absoluta.
Lo sé. Lo sabemos.
Somos tránsito, somos forma prestada, somos un instante en la materia. El alma
no pertenece a este mundo. Pero cuando el cruce deja de ser idea y se vuelve
presencia… el conocimiento se quiebra.
Y aparece el miedo.
Un miedo húmedo, profundo, casi primitivo.
No al después… sino al desprendimiento.
A soltar la piel, el nombre, la forma exacta en que lo he sentido aquí: en el
aire que entra, en la luz que toca, en el pulso que insiste.
Y entonces lo llamo… pero no como antes.
Lo llamo con la urgencia de quien se está cayendo.
Porque descubro una verdad desnuda: no temo morir… ¡temo no verlo en ese
instante!
Temo que el pánico me invada como una sombra espesa, que mi propio temblor
levante un muro entre su presencia y mis ojos cerrándose.
Por eso no le pediré quedarme.
Le pediré no perderlo.
Le suplico que cuando ese momento llegue —cuando el aire se vuelva distinto,
cuando el tiempo deje de latir— no me permita entregarme al miedo.
No permita que me aferre al vértigo, que me hunda en la sensación de caída.
Que me dé solo una cosa.
Su presencia.
Que todo se apague, menos ÉL.
Que todo se disuelva, menos su luz.
Que en lugar de sentir pánico sienta su paz, calma, clara, inevitable. Que en
lugar de angustia haya un roce: su mano sosteniendo la mía; un regocijo
entrando en mí como un agua tibia que lo cubre todo.
Que si voy a cruzar… cruce mirándolo.
Que si voy a caer… caiga dentro de Él.
Porque tal vez el verdadero umbral no es la muerte…
sino ese instante donde elegimos qué sentir cuando todo se deshace.
Y yo no quiero elegir el miedo.
¡Quiero elegirlo a Él!
Epílogo
Tal vez al final no haya un gran ruido, ni una ruptura
violenta, ni un abismo como lo imagina el miedo. Tal vez el umbral sea más
sutil: un deslizamiento, un cambio de luz, una forma distinta de percibir lo
que siempre estuvo.
Y quizá en ese instante no importe cuánto entendimos,
cuánto creímos saber, cuánto nombramos a Dios en los días tranquilos. Importará
otra cosa más simple, más desnuda: hacia dónde se inclina el corazón cuando
todo lo demás se apaga.
El miedo puede aparecer —y aparecerá— como parte de lo
humano. No es enemigo, es señal. Pero no tiene por qué ser destino.
Porque incluso en medio del temblor existe un espacio
mínimo, casi imperceptible, donde algo decide. No con palabras, no con
esfuerzo, sino con una orientación profunda: cerrarse o abrirse, resistir o
entregarse, caer en la oscuridad… o reconocer la luz.
Y tal vez ahí se revele lo que siempre fue verdad:
Que no se trata de no sentir miedo,
sino de no confundirlo con ausencia.
Que no se trata de sostenerse,
sino de dejarse sostener.
Que no se trata de ver con los ojos,
sino de recordar con el alma.
Si ese instante llega —y llegará— no será el final de
lo amado, sino la prueba más íntima de su presencia.
Y entonces, si la elección permanece, aunque sea como
un susurro…
no será la muerte lo que ocurra,
sino el regreso.
Un regreso sin forma, sin nombre, sin distancia.
Un regreso donde ya no hará falta buscar,
porque nunca hubo separación.
Y en ese reconocimiento silencioso, total—
todo habrá valido la pena.
“Quizá la fe más pura no es no temer… sino ver a Dios
incluso cuando el miedo intenta cegarnos.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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