"Hay palabras que acarician... y otras que aprenden a respirar bajo el agua."
Prólogo
Hay textos que no se leen: se atraviesan.
Este no busca explicarte nada. No viene a enseñar ni a
corregir, sino a recordarte algo que ya sabías antes de ponerle nombre: que las
palabras no son inocentes. Que tienen temperatura, dirección y peso. Que pueden
ser orilla o profundidad.
Aquí el lenguaje se vuelve cuerpo, y el mar —ese que
creemos conocer— se revela como lo que siempre ha sido: un espejo móvil de todo
lo que decimos sin hacernos cargo.
Lee despacio.
No para entender.
Sino para escuchar qué se mueve en ti mientras lo haces.
El mar nunca es solo mar.
A veces... es una boca abierta diciendo el mundo.
Hay días en que sus olas llegan despacio, como piel tibia deslizándose sobre
otra piel.
No hay irrumpen: Rozan.
No exigen: sugieren.
Y en ese vaivén casi íntimo, casi secreto... algo se rinde.
La arena cede.
Las huellas se dibujan, se deshacen, se reinventan como si alguien las
estuviera soñando.
Así son las palabras que nacen limpias.
Llegan como un susurro en la nuca, como un aliento que no pesa, como una mirada
que sostiene sin apretar.
Se apoyan en quien las recibe y, sin hacer ruido, lo expanden.
Dejan luz en los bordes.
Dejan calor en la piel invisible del alma.
Dejan un susurro suave... que no hiere, pero transforma.
Pero el mar también tiene memoria.
Y hay otras olas...
olas que llegan con una dulzura sospechosa, con una calma que no es calma sino
antesala.
Se deslizan igual de suaves, igual de hermosas, igual de convincentes.
Rozan.
Besan.
Engañan.
Y mientras la orilla cree que todo está en paz...
muy dentro... donde la claridad no entra... algo empieza a tensarse.
Una corriente.
Una succión lenta.
Un tirón que no se ve... pero que insiste, arrastra, hunde.
Así es la palabra que murmura.
La que no se atreve a sostener la mirada.
La que necesita la sombra para existir.
La que se escurre entre dientes ajenos como sal espesa.
No estalla.
Nada de descaro.
Pero cala.
Se filtra en la grieta más pequeña y desde ahí... trabaja.
Despoja.
Deforma.
Apaga el brillo de quien no está para defender su nombre.
Lo reduce a una versión incompleta, a un reflejo torcido, a una historia mal
contada que empieza a parecer verdad.
Y entonces... cuando la corriente ya ha tomado fuerza... Arrastra.
Arrastra al nombrado... hacia un fondo que no eligió.
Pero también, inevitablemente... arrastra a quien habló.
Porque nadie se sumerge en aguas turbias sin impregnarse de su densidad.
Nadie agita el fondo sin enturbiar su propia respiración.
El mar lo guarda todo.
Lo devuelve todo.
Incluso lo que creíste que quedaría flotando en la superficie...
termina encontrando su peso.
Por eso, si te detienes a escucharlo de verdad... no oyes solo el romper de las
olas.
Sientes.
La caricia que construye.
La corriente que devora.
La verdad húmeda de todo lo que se dice... y de todo lo que se oculta al decir.
Hay palabras que son espuma: tiemblan, brillan... y se disuelven en la piel.
Y hay palabras que son abismo: no hacen ruido al caer... pero cambian para
siempre la profundidad de quien las toca.
Y tú...
Cuando hablas,
cuando nombras,
Cuando dejas tu voz en la orilla de otros...
¿eres marea que abraza...
o corriente que arrastra en silencio?
Epílogo
Después de todo, no se trata de elegir entre hablar o
callar.
Se trata de hacerse responsable del agua que llevas en
la voz.
Porque cada palabra que dejas en otro no termina en
él. Continúa. Se expande. Se transforma. Vuelve.
A veces como caricia.
A veces como susurro.
A veces como corriente que no supiste ver venir.
Y quizás ahí esté lo único importante:
Aprender a nombrar sin hundir.
Aprender a decir sin romper.
Aprender a sostener lo que decimos… incluso cuando ya no nos pertenece.
El mar no deja de moverse.
Tú tampoco.
La pregunta sigue abierta, como la orilla:
¿Qué haces con aquello que pasa por tu boca antes de volverse mundo?
Dedicado: María Dolores Martin Chica, mi madre, quien siempre censuró las murmuraciones. A ella con amor y agradecimiento.
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