"Escribo, quizás, porque temo desaparecer sin haber sido realmente tocada."
Prólogo
Antes de toda huella, hay una agitación.
No el gesto, no la tinta, no la palabra… sino ese
instante casi imperceptible en el que algo dentro de nosotros se niega a
desaparecer en silencio. Un pulso mínimo que insiste, que busca forma, que
tantea el mundo como si necesitara comprobar que existe más allá de sí mismo.
Este texto nace de ese umbral.
No pretende explicar, ni convencer, ni siquiera ser
comprendido del todo. Es más bien una aproximación: la mano extendida antes de
tocar la piedra, el aliento contenido antes de volverse signo.
Aquí no hay certezas, solo rastros.
Y quizá, si alguien se detiene lo suficiente,
encuentre entre estas líneas no una respuesta… sino una resonancia.
A veces lo confieso en voz baja, como quien deja caer una prenda al suelo sin
saber quién mira: escribo para dejar una huella. No una huella que grite, no
una que conquiste... sino una que respire despacio, que conserve el calor de lo
vivido, que diga en algún rincón invisible:
¡yo estuve aquí, yo sentí así!
Antes de que existieran las palabras, alguien apoyó su mano sobre la piedra
húmeda y dejó allí la forma tibia de su existencia.
Puedo imaginar la presión de su piel, su latido, la necesidad de quedarse
adherido a algo que no se deshiciera con el viento.
No escribió su nombre, pero dejó su pulso. Su huella.
Y desde entonces, no hemos hecho otra cosa que repetir ese gesto.
Los petroglifos fueron latidos endurecidos.
Las pinturas rupestres, respiraciones suspendidas en color.
Las páginas... ¡ah!, las páginas, esa piel blanca que invita a ser recorrida,
donde el alma se inclina, se abre, y se derrama lenta, como tinta que busca no
evaporarse.
Y yo escribo ahí.
En ese borde húmedo entre lo que soy y lo que podría perderse.
Escribo porque necesito tocar a alguien sin tocarlo.
Porque deseo que, en medio del ruido, alguien roce una frase mía y sienta un
estremecimiento leve, como si una parte dormida de su cuerpo hubiera sido
llamada por su nombre.
Escribo para deslizarme, sin permiso, por la memoria de alguien.
La letra es un gesto detenido, una huella refinada del impulso de existir: si
antes apoyábamos la mano sobre la piedra para decir "estuve aquí",
ahora trazamos signos sobre el silencio para decir "esto fui".
Cada letra es un movimiento que se volvió forma, un vestigio domesticado del
caos, el primer intento de ordenar la intuición que nos habita; es, a la vez,
una huella invisible que solo se revela cuando alguien la mira, porque sin
lector no hay rastro y sin mirada no hay memoria.
Sola, vibra como un átomo de sentido; unida a otras, se convierte en materia
viva: palabra, pensamiento, mundo.
Y en ese tejido secreto, cada letra funciona como una coordenada del alma, un
punto íntimo donde alguien, en algún momento, decidió no desaparecer y dejó, en
lugar de piedra, una emoción convertida en signo para que otro, algún día,
pueda reconstruir su presencia.
No es vanidad, ni soberbia.
Es una forma íntima, legítima, de no disolverse.
Por eso escribo. Por eso me entrego en cada línea. Quiero dejar una huella.
Porque, en secreto, deseo que alguien me sienta. Que sepa que existí... incluso
cuando ya no esté.
Las redes sociales... ¡qué extraña cueva luminosa donde dejamos nuestras
huellas!
"Y tú, cuando te muestras, ¿buscas ser visto... o ser sentido más allá de
tu propio instante?"
Epílogo
Al final, toda huella es un acto de fe.
No sabemos quién la encontrará, ni cuándo, ni desde
qué lugar del tiempo o del cuerpo será leída. Y, sin embargo, dejamos algo de
nosotros igualmente, como si intuyéramos que existir no está completo hasta ser
rozado por otra conciencia.
Tal vez escribir nunca fue una forma de permanecer.
Tal vez siempre fue una forma de encontrarse.
Porque en ese instante en que alguien lee y algo
dentro de él se estremece —leve, casi invisible— la huella deja de ser pasado y
se vuelve presente compartido.
Y entonces, por un momento breve pero suficiente, ya
no somos ausencia.
Somos vínculo.
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