"Hay amores que no se piensan... se respiran; y
al respirarlos, el mundo deja de hacer ruido."
Prólogo
Hay momentos en la vida que no se anuncian, que no
piden permiso ni hacen ruido al llegar. Se instalan despacio, como la luz que
se filtra entre las persianas al amanecer, y cuando uno quiere nombrarlos, ya
lo han transformado todo.
Este texto nace en uno de esos lugares: donde el
lenguaje empieza a quedarse corto. Donde lo vivido deja de ser relato para
convertirse en presencia. No es una historia en el sentido tradicional, sino
una experiencia detenida, un latido extendido en palabras que intentan —sin
lograrlo del todo— capturar lo inefable.
Aquí no hay búsqueda: hay hallazgo. No hay urgencia:
hay permanencia.
Y tal vez, mientras lo leas, algo en ti también
recuerde lo que significa sentir sin traducir.
Habitación 317.
La luz entra en silencio, como si supiera que aquí dentro todo es sagrado.
Huele a piel nueva, a leche tibia, a ese perfume que tienen los comienzos
cuando aún no saben que lo son todo.
Antes, cualquier palabra me rozaba como un aliento tibio en la nuca, como el
roce invisible de un deseo que despierta la piel... y yo me agitaba.
Me encendía por dentro, lenta y luminosa, como una brasa que no necesita fuego
para incendiarlo todo.
Me comía el mundo con la mirada: lo desnudaba, lo bebía, lo hacía mío sin
tocarlo.
Porque me bastaban los ojos —esa hambre sembrada en el alma— para recorrerlo
entero:
la curva insinuada de una idea, el temblor de una palabra a punto de nacer,
el destello fugaz de una sombra sobre la piel del día,
un gesto mínimo que se demoraba apenas un segundo más de lo necesario,
una respiración contenida que prometía derramarse,
un pecho agitado latiendo cerca... demasiado cerca.
Y entonces todo se volvía tacto.
Todo era piel, incluso lo invisible.
Cada instante tenía sabor:
a sal, a fruta madura, a vértigo.
Cada imagen dejaba un rastro húmedo en la memoria,
como si el mundo entero transpirara sentido bajo mi mirada.
Yo no observaba: poseía.
No nombraba: devoraba.
Y en ese exceso —en ese temblor constante entre lo que es y lo que quema por
ser—
ya estaba escribiendo el universo,
con el pulso acelerado,
con el cuerpo abierto,
con la vida desbordándoseme entre los dedos.
Ahora no.
Ahora el mundo cabe en un suspiro, en la curva diminuta de un cuerpo que
respira cerca del mío.
Y yo... Yo me he quedado sin afuera.
No es ausencia. Es desbordamiento.
Como si algo me hubiera tomado por dentro y me susurrara: "calla... esto
no se escribe, esto se encarna."
La inspiración ya no vuela: late.
No llega desde lejos; Me habita.
Pero es tan intensa, tan total, que no encuentra grietas por donde salir
convertida en palabras.
Es un calor constante en el pecho, una humedad en los ojos, una vibración suave
en las manos que ya no buscan escribir, sino sostener.
La miro, y todo lo demás pierde premura.
El tiempo se vuelve líquido: se derrama lento sobre las sábanas, se enreda en
su respiración, se queda suspendido en ese instante exacto en el que su pecho
sube... y baja.
Ya no hay vértigo: hay raíz.
Ya no hay incendio: hay latido.
Sonrío: un gesto sutil. Un guiño a mí misma, a mi "yo en pausa".
Mi manera de decirme: no has perdido la inspiración... ¡has entrado en ella!
He cruzado al otro lado de las palabras, a ese territorio donde el lenguaje se
rinde
y solo queda sentir.
Quizá algún día todo esto se desborde hacia fuera, y las letras regresen como
agua que encuentra su cauce.
Pero ahora... ahora soy receptor.
Ahora soy latido.
Ahora soy esta habitación
que no escribe,
porque está siendo escrita
por algo infinitamente más grande que ella.
Epílogo
Quizá escribir siempre fue esto: una forma de rozar lo
que no se puede contener.
Pero hay instantes —raros, plenos, irrepetibles— en
los que la vida deja de necesitar traducción. Instantes en los que no somos
narradores, sino territorio. No somos voz, sino eco.
Este texto no termina: se aquieta.
Queda suspendido en ese lugar donde el tiempo no
empuja y el sentido no se explica, solo se respira.
Y si algo permanece después de estas palabras, que no
sea una idea, ni una imagen, sino una sensación leve, casi imperceptible:
la de haber estado, por un momento,
exactamente donde todo sucede.
"Y tal vez la verdadera inspiración no sea decir
la vida...
sino permitir que la vida, en su forma más pura, te deje sin palabras."
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