“Algunas personas son medicina en un mundo que solo
busca ornamento.”
PRÓLOGO
Antes de hablar de amor, este texto habla de valor.
Antes de hablar de pérdida, habla de abundancia.
Antes de hablar de espera, habla de dignidad.
No todas las personas llegan al mundo para imponerse.
Algunas llegan para ofrecer. Para sostener. Para sanar. Y en ese gesto
silencioso, a menudo, son malinterpretadas. Porque el mundo sabe reconocer lo
que brilla, pero aún aprende a cuidar lo que ilumina.
Esta no es una historia de carencia, sino de exceso.
De semillas que contienen más vida de la que muchos suelos pueden recibir. De
luces que no buscan aplauso, sino permanencia. De la diferencia —tan sutil como
decisiva— entre ser deseado y ser elegido.
“Semillas al viento” no es una confesión, sino un
espejo. Una reflexión sobre el amor que no hiere, pero incomoda. Sobre la
belleza que no grita. Sobre el valor de quienes siguen sembrando, incluso
cuando aún no encuentran dónde quedarse.
Hay personas que parecen estar hechas de una materia
distinta. No de la que se exhibe, ni de la que impone presencia inmediata, sino
de una sustancia silenciosa, profunda, casi invisible a primera vista. Son como
semilleros antiguos, cargados de semillas nobles: aquellas que no prometen
espectáculo, pero sí transformación.
Desde lejos, su valor no siempre se percibe. No brillan como
las flores exóticas ni advierten como las plantas venenosas que se eligen para
decorar espacios y provocar admiración. Su belleza no intimida por forma, sino
por contenido. Son medicinales: sanan, sostienen, devuelven equilibrio. Y, como
todo lo que sana, suelen ser buscadas solo cuando hay carencia, dolor o
necesidad.
El mundo parece saber usarlas, pero no cuidarlas.
Hay seres humanos así: portadores de amor, conciencia,
empatía, honestidad, lealtad, dulzura, pasión serena. Al acercarse a ellos,
algo se aquieta, algo se ordena. Iluminan sin ruido, ofrecen sin cálculo,
permanecen disponibles como la tierra fértil que no exige reconocimiento. Y,
sin embargo, rara vez son elegidos como lugar de arraigo.
Se los desea, pero no se los habita.
En el terreno del amor, esto se vuelve más evidente. Porque
hay luces que no solo alumbran: también revelan. Y no todos están dispuestos a
verse con claridad. Hay presencias tan íntegras que incomodan; no porque
exijan, sino porque reflejan. Y ese reflejo, para quien aún no ha hecho las
paces consigo mismo, puede resultar intimidante.
Así, estas personas suelen convertirse en opción, nunca en
elección. En refugio transitorio. En pausa reparadora antes de continuar camino
hacia algo menos profundo, pero más fácil de sostener. Se las quiere, sí, pero
con reservas. Se las admira, pero a distancia. Se las toma como se toman las
hierbas que alivian: con gratitud momentánea, sin compromiso de cultivo.
Sus semillas viajan lejos. El viento las lleva de vínculo en
vínculo, de promesa en promesa. Caen sobre suelos que parecen firmes, pero que
no están listos para sostener raíces profundas. Al principio, todo anuncia
crecimiento: hay calor, hay atención, hay palabras que suenan a hogar. Pero con
el tiempo, la tierra se retrae. Falta cuidado. Falta constancia. Falta la
voluntad de permanecer.
Entonces las semillas no mueren de inmediato. Se desgastan.
Se marchitan en silencio. Son pisadas por la costumbre, ignoradas por la prisa,
dejadas atrás cuando ya cumplieron su función sanadora.
Y surge la pregunta —no dicha en voz alta, pero
persistente—:
¿Es un defecto del semillero, que entrega demasiado sin medir el terreno?
¿O es que el mundo aún no sabe qué hacer con aquello que no hiere, no compite,
no se impone?
Tal vez haya una desproporción entre la abundancia de lo que
se ofrece y la capacidad de recibirlo. Tal vez no todos los suelos están
preparados para tanta semilla junta. Porque hay riquezas que, cuando aparecen
completas, desbordan. Y no toda tierra desea ser transformada.
Aun así, estas personas no cambian su esencia. No endurecen
sus semillas ni las vuelven escasas. No aprenden a ser veneno para ser
elegidas. Siguen entregándose al viento con la misma dignidad con la que fueron
creadas. Siguen creyendo —aun sin pruebas— que existe un lugar donde la luz no
ciegue, sino caliente; donde el amor no tema profundidad; donde alguien no solo
necesite sanar, sino también aprender a cuidar.
Quizás su misión no sea imponerse, sino permanecer fieles a
lo que son, incluso en un mundo que aún no sabe cómo sostener tanta vida.
Quizás no fueron hechas para adornar, sino para transformar.
Y toda transformación verdadera requiere tiempo, valentía y una tierra que
acepte cambiar para siempre.
Tal vez no haya error en el semillero, ni exceso en la
semilla. Tal vez el tiempo no sea castigo, sino preparación. Porque algunas
tierras no se encuentran: se forman. Y no todos los encuentros están destinados
a florecer de inmediato.
Hay luces que no llegan para ser vistas, sino para enseñar a
mirar. Presencias que no se ofrecen para ser poseídas, sino para recordar lo
que el amor podría ser si no tuviera miedo. Y aunque parezca que pasan sin
dejar huella, la verdad es otra: donde una semilla cae, algo cambia, incluso si
no llega a brotar.
Nada que sane pasa en vano.
Quizás el verdadero destino de estas semillas no sea echar
raíces en cualquier suelo, sino resistir intactas hasta encontrar uno que se
atreva a recibirlas sin intentar reducirlas. Un suelo que no tema la
profundidad, que no confunda luz con amenaza, que no huya cuando el amor exige
permanencia.
Y cuando ese lugar exista —porque debe existir— no hará
falta forzar el crecimiento. Bastará con quedarse. Con cuidar. Con permitir que
el tiempo haga lo que siempre hace con lo verdadero: volverlo hogar.
Hasta entonces, el semillero permanece abierto. No por
ingenuidad, sino por fidelidad a su naturaleza. Porque hay seres que no
nacieron para cerrarse, ni para endurecerse, ni para aprender a ser menos.
Nacieron para sembrar.
Y aun cuando el mundo no sepa qué hacer con tanta vida, la
vida —silenciosa, paciente— siempre encuentra la manera de florecer.
EPÍLOGO
Quizás el mundo no deba
cambiar de inmediato.
Quizás tampoco las semillas.
Tal vez baste con que alguien, en algún punto del
camino, decida quedarse. Decida cuidar. Decida no huir cuando la profundidad
aparece. Porque amar no siempre es sentir: a veces es sostener lo que florece
lento.
Hasta que ese gesto exista, el viento seguirá haciendo
su trabajo. Moviendo semillas, despertando tierras, probando tiempos. No como
castigo, sino como promesa.
Porque lo que nace con vida verdadera no desaparece:
espera.
Y cuando encuentra su lugar, no hace ruido.
Simplemente florece.
“Florecer no depende de la semilla, sino del suelo que se atreve.”
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