Venezuela no fue liberada por petróleo, sino por memoria, dignidad y el derecho a volver a vivir sin miedo.
Prólogo
Hay
quienes reducen la historia a una consigna cómoda.
Dicen petróleo y creen haber explicado todo.
Olvidan que los pueblos también tienen memoria,
que la historia no empieza cuando conviene
ni termina cuando incomoda.
Hablan de
intervencionismo sin escuchar al intervenido.
Opinan desde mapas ajenos, desde escritorios lejanos,
sin conocer el peso del hambre,
ni el sonido del miedo,
ni la paciencia rota de un país que resistió décadas.
Este
texto no nace para justificar a nadie,
sino para recordar algo elemental:
cuando un pueblo celebra su libertad,
no lo hace por intereses ajenos,
sino porque ha vuelto a respirar.
Hubo un tiempo
en que el país era una casa con puertas abiertas, con sol sobre su gente.
Yo fui testigo:
de los días en que las manos norteamericanas no invadían, sino compartían,
cuando el oro negro —nuestro petróleo— fluía como vida entre Cabimas y Mene
Grande,
y las sonrisas eran herramienta y esperanza, no sobrevivencia.
Era un progreso cotidiano, armonioso, palpable en la risa de los hijos que
crecían sin miedo.
Cuando la
patria decidió tomar para sí ese tesoro, fue despedida con respeto.
No hubo destrucción; hubo un adiós sincero.
Se marcharon quienes habían enseñado, y quedaron manos nuestras, preparadas.
La industria brilló, se posicionó entre las más fuertes del mundo.
Pero entonces
llegaron hombres que prometieron justicia,
y en su nombre destruyeron lo que funcionaba.
Uno tras otro, profesionales y operadores fieles a la patria fueron expulsados;
no por conspirar contra nadie, sino por saber más que los nuevos dueños del
silencio.
Se sembró la ignorancia, se cosechó decadencia.
La riqueza se volvió ceniza, la dignidad se volvió sombra.
Bastó una
década para ver crecer la pobreza, como hierba salvaje, sin control.
Para aprender que la opresión se disfraza de justicia y la corrupción de
derecho.
La Cuba que jamás imaginé réplica de nuestra tierra,
se volvió tutor interno y arquitecto de un modelo que volvió pobre a un país de
riquezas.
La libertad se marchó disfrazada de paz, y dejó un pueblo dividido, un pueblo
llorado.
Entonces
vinieron las elecciones que nadie creyó,
los fraudes que destruyeron otra vez la verdad,
los testimonios al mundo…
y el mundo cerró los ojos por décadas.
Y mientras eso
ocurría, mi pueblo se fue rompiendo como vidrio,
en trenes, en buses, en barcos, en vuelos sin regreso,
escribiendo una diáspora con sangre y llanto,
perdiendo hijos que nunca volvieron a ver la tierra que los vio nacer.
Familias partidas, voces que se apagaron en tierras ajenas,
corazones encogidos por la espera de un milagro.
Y el milagro
vino, no como un susurro, sino como el rugido de un amanecer encendido.
No fue un espejismo, ni un rumor:
el 3 de enero de 2026, bajo la noche oscura,
venezolanos y venezolanas sentimos temblar la tierra y el tiempo.
Explosiones en Caracas y en todo el país marcaron una hora singular: cuando fuerzas de Estados Unidos llevaron a cabo la operación conocida como Resolución Absoluta.
En esa madrugada, el poder que durante años se creyó eterno fue arrancado de la noche como una raíz podrida. Nicolás Maduro y Cilia Flores dejaron la tierra que habían sometido, no entre honores ni discursos, sino en silencio, para responder ante la justicia por los crímenes que oscurecieron a un país entero.
El cielo volvió a abrirse, y con él, el corazón de mi pueblo.
Hubo quienes lloraron, quienes rogaron al viento,
quienes dejaron caer sus rodillas en plazas, calles y avenidas,
porque la palabra libertad dejó de ser un sueño imposible.
María Corina Machado pronunció palabras que resonaron como campanas:
“La hora de la libertad ha llegado”, dijo, llamando a la esperanza a regresar.
Hubo voces que
gritaron contra esta intervención —
reclamaron soberanía, hablaron de tratados,
de normas que el mundo tardó tanto en respetar.
Pero entre las ruinas de lo que fue nuestra patria,
el pueblo que sobrevivió entendió que a veces la libertad no llega en calma,
sino como agua poderosa que rompe muros y vuelve a sembrar vida.
Y así, en la
madrugada que parecía no terminar,
los venezolanos empezamos a sentir de nuevo la luz.
No era solo el sol asomando entre las palmas;
era la idea de cultivar nuevamente sueños,
de volver a encontrarnos en una Venezuela que pueda nacer otra vez.
Que esta sea la
memoria de lo que fuimos,
y la promesa de lo que podemos ser.
Que el grito no sea furia ni odio,
sino la voz clara de quienes hemos amado este suelo.
Porque la libertad que ahora empieza —tibia y profunda—
no se compró con silencio ni se vendió con resignación,
sino con el coraje de millones que nunca dejaron de creer.
Y así el
tiempo se cerró como un círculo justo.
Porque aquellos
que un día caminaron nuestra tierra sin armas,
enseñándonos a trabajar la riqueza en libertad,
a convivir en progreso, a construir sin miedo,
se marcharon entonces con paz y con honor.
Hoy han vuelto
—no a quedarse—
sino a devolvernos lo que jamás debió perderse:
el mando sobre nuestro destino,
la soberanía del ciudadano,
la libertad secuestrada.
Mi bandera
sigue siendo tricolor.
La amo con la misma fe de siempre.
Pero hoy la ondeo junto a aquellas llenas de estrellas,
no por sumisión,
sino por gratitud.
Gratitud por
hacer lo que debía hacerse
cuando tantos cerraron los ojos,
cuando otros hicieron del silencio un negocio
y de nuestra tragedia una estadística.
Que la historia
lo diga sin miedo:
Venezuela no fue liberada por odio,
sino por memoria, justicia
—y por la valentía de no mirar hacia otro lado.
Epílogo
La
libertad no llega limpia.
Nunca lo ha hecho.
Llega tarde, herida, discutida,
pero llega.
Y cuando
llega, no pregunta si fue perfecta,
solo pregunta si fue necesaria.
Venezuela
no olvida a sus muertos,
ni a sus exiliados,
ni a quienes no alcanzaron a ver este día.
Pero tampoco renuncia a la alegría
ni al agradecimiento.
Porque la
libertad, cuando regresa,
no se analiza primero:
se abraza.
“Los
pueblos no celebran teorías: celebran el fin del miedo.”
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