Dedicatoria: Para mi abuela, Belén Martín de Chica, que me enseñó a rezar sin palabras.
Prólogo
Hay
expresiones que parecen pequeñas, pero contienen una historia completa. Este
texto se detiene en una de ellas para escucharla de verdad. Lo que sigue no es
solo un recuerdo, sino una invitación: aprender a oír lo que el cuerpo dice
cuando el alma habla.
Hubo un día —no
sé si fue uno solo o muchos, porque estas cosas no ocurren de golpe— en que
anoté una certeza: un “ay, Dios”, dicho en voz alta y seguido de un suspiro, no
es una simple exclamación. No es una palabra lanzada al aire porque sí, ni un
hábito del lenguaje heredado sin conciencia.
Es un gemido
que aprendió a disfrazarse de frase corta;
una herida que
se cubre con vocales breves para no sangrar en público.
Es una súplica
que no se atreve a pedir con todas sus letras, porque pedir cansa cuando se ha
pedido demasiado.
Es una oración
mínima y profunda que se eleva casi sin permiso, como quien ya no tiene fuerzas
para arrodillarse, pero tampoco para dejar de creer.
Un ruego
silencioso para que Dios no retire la mano que sostiene… porque algo, muy
adentro, se está resquebrajando sin hacer ruido.
Ese “ay, Dios”
no nace en la garganta: nace en el pecho, en el centro exacto donde se acumulan
las pérdidas. Sale cargado de lo que no se dice, de lo que no se puede
explicar, de aquello que no encuentra palabras suficientes. Por eso no es
casual que siempre venga acompañado de una exhalación larga, como si el cuerpo
intentara vaciarse de sí mismo, como si en ese gesto pudiera desprenderse,
aunque sea por un instante, de lo que lo oprime.
¿Te has
detenido alguna vez a contar cuántas veces tú —o alguien muy cerca— ha dejado
escapar ese “ay, Dios” al aire?
¿Has afinado el
oído para escucharlo más allá del sonido?
Presta
atención.
No importa si
nace de esto o de aquello, o de ese “no sé qué” que no sabemos nombrar, pero
que pesa igual. Son alarmas pequeñas, discretas, casi educadas. No gritan, no
irrumpen: avisan. Avisos del alma de que algo no anda bien, de que algo se está
sosteniendo apenas, por costumbre o por amor.
Ese “ay, Dios”,
seguido de una exhalación profunda y sonora —como si en el suspiro pudiera
expulsarse, por fin, todo lo que oprime el pecho… o quizá el alma— no es un
gesto menor.
Es una
confesión involuntaria.
Es el cuerpo
hablando cuando la mente ya se ha cansado de justificarlo todo.
Ese día, al
escucharlo, no pude evitar que mi mente se deslizara por los resquicios de la
memoria. Esa zona frágil y desordenada que solemos dejar rezagada, como
escondida, para que no nos duela más de lo necesario. Ahí donde apilamos
recuerdos como muebles viejos, cubiertos con sábanas para no verlos, aunque
sigan ocupando espacio. Ahí donde la conciencia intenta imponerse al corazón,
diciéndole que ya pasó, que ya no importa, que hay que seguir. Pero el corazón
no entiende de órdenes.
Recordé —si es
que puede llamarse recuerdo a ese acto de viajar en el tiempo y revivir, con
una intensidad casi cruel, lo ya vivido— a mi abuela.
La vi sentada,
como tantas veces, con la espalda doblada como una rama cansada por demasiadas
estaciones.
Una espalda que
ya no se enderezaba del todo, no por falta de fuerza, sino porque había
aprendido a protegerse del mundo encogiéndose.
Su mirada
estaba perdida en algún punto del suelo. Tenía los ojos clavados en la nada, o
tal vez en un lugar secreto donde ella encontraba refugio. Miraba como quien
espera algo que no llega, o como quien se queda quieta para que el dolor no la
vea.
Solo se
enderezaba un poco para dejar salir, desde lo más hondo, un “ay, Dios”,
envuelto en un suspiro largo y denso.
Parecía conocer
el camino al cielo;
una plegaria
sin palabras,
una oración
pronunciada por los huesos, por los pulmones, por la memoria.
Sus ojos,
siempre húmedos, recordaban los charcos que dejan las tormentas a su paso: no
el aguacero en sí, sino la prueba silenciosa de que algo fuerte había ocurrido
ahí.
La edad —esa
condición a la que llamamos “vejez”, como si fuera solo un número y no un
proceso profundo— había hecho su trabajo con paciencia: despojar el mundo de
sentido.
La nostalgia
que encorva la espalda y obliga a mirar al suelo, como si allí, en la nada,
estuviera escondido todo lo perdido. Como si en ese punto fijo se concentraran
los nombres, las voces, las rutinas, los olores que ya no estaban.
Sus hijos,
creyendo hacer lo mejor —porque el amor también se equivoca—, la arrancaron de
su casa.
De su hogar.
De su mundo.
La llevaron a
vivir con ellos, como se rescata una planta sin darse cuenta de que, al
arrancarla de raíz, comienza lentamente a marchitarse.
Cambiaron su
techo por otro más seguro, sus paredes por otras más limpias, pero nadie pensó
en el aire.
Nadie pensó en
la luz exacta que ella necesitaba para seguir floreciendo.
La
desprendieron de sus raíces, y poco a poco ella fue apagándose. No de golpe,
no con
dramatismo,
sino como se
apagan las brasas cuando ya no se las aviva.
Imaginaba que,
cuando se le iba la vista, volvía atrás, paso a paso, recorriendo la vida que
alguna vez fue suya. Caminaba por habitaciones que ya no existían, tocaba
paredes que solo seguían en pie dentro de ella, respiraba el aire de un tiempo
donde todavía se pertenecía.
Quizá se
sentaba otra vez en su propia cocina, quizá escuchaba voces que ya nadie más
oía, quizá volvía a ser necesaria.
Pensaba,
también, que aquella espalda doblegada no se debía únicamente a los años
acumulados, sino al peso invisible de sentirse —otra vez— migrante. Al dolor
del desapego forzoso:
dejar lo
conocido,
lo deseado,
lo querido,
para deambular
buscando un pedazo de mundo que pudiera llamar propio.
Porque migrar
no siempre es cruzar fronteras: a veces basta con cruzar una puerta que ya no
se siente como casa.
Salir de su
hogar para habitar el de los hijos era, para ella, como volver a abandonar la
patria y recorrer tierras extranjeras.
Casas ajenas,
reglas ajenas, horarios ajenos, silencios ajenos.
Ser visita
permanente en un lugar donde ya no se es dueña ni del tiempo.
No tenía —o no
quería tener— fuerzas para atravesar un nuevo proceso de adaptación, de
desapego, de desarraigo.
Ya había vivido
suficiente.
Ya había
soltado demasiado.
Por eso, cada
“ay, Dios” que brotaba de su pecho no era solo cansancio. Era memoria
acumulada. Era duelo sin ceremonia. Era amor por lo que fue y por lo que ya no
podía ser. Era una súplica humilde, lanzada al cielo, para que alguien —Dios,
la vida, el tiempo— la sostuviera un poco más. Y quizá, también, para que no se
le olvidara quién había sido, aun cuando el mundo que la definía ya no
existiera.
Hoy lo sé: en
ese “ay, Dios” vivía todo.
Vivía su
historia entera, comprimida en dos palabras.
Vivía su
pérdida, su ternura, su resistencia silenciosa.
Y vive también
mi amor por ella, que sigue escuchándolo incluso ahora, cuando el silencio
parece haberlo dicho todo. Porque hay voces que no se apagan: se quedan
resonando en quienes aprendimos a amar escuchándolas.
Y ahora, cuando
en el presente alguien deja escapar un “ay, Dios” —en un lugar cualquiera—,
algo en mí se detiene. El tiempo se pliega sobre sí mismo. Ya no es solo esa
persona la que suspira: es mi abuela volviendo a sentarse, doblando la espalda,
buscando con los ojos un punto donde descansar.
Es su oración
mínima atravesando los años para recordarme que el dolor, cuando no sabe
gritar, reza.
Entonces
escucho distinto. Ya no oigo una exclamación suelta, sino una historia completa
pidiendo ser sostenida. Un cuerpo que se inclina porque ha cargado demasiado.
Un corazón que, aun cansado, sigue llamando a Dios por su nombre. Y comprendo
que ese “ay” sigue vivo porque sigue siendo necesario.
Tal vez por eso hoy escribo. Para no dejar que ese sonido se pierda en el aire. Para que quien lea estas palabras pueda reconocerse en él, pueda detenerse un instante y preguntarse qué peso propio está intentando soltar. Para que, cuando vuelva a surgir —desde su boca o desde la de alguien amado—, no pase desapercibido.
Porque cada
“ay, Dios”, seguida de un suspiro, es una mano extendida con la palma abierta…
pidiendo que la tuya la sostenga.
Y escucharla,
de verdad
escucharla,
también es una
forma de amar.
Hoy soy yo
quien lo dice.
No siempre en
voz alta. A veces apenas se me forma en los labios, como una palabra que no
termina de nacer. Otras, sale completo, acompañado de un suspiro que me vacía
un poco el pecho. “Ay, Dios”. Y en ese instante me reconozco frágil, humana,
cansada. No derrotada, pero sí sostenida apenas por hilos invisibles.
No lo digo por
costumbre.
Lo digo cuando
algo pesa más de lo que puedo cargar sin ayuda. Cuando el día se me vuelve
cuesta arriba sin razón clara. Cuando el cuerpo avanza, pero el alma se queda
unos pasos atrás.
Mi “ay, Dios”
no pide milagros; pide tregua. Pide que alguien —quien sea que escuche— no
suelte la cuerda mientras recupero el aliento.
A veces me
sorprendo repitiéndolo en los mismos lugares donde antes lo escuché. En una
cocina silenciosa. En una silla que invita a doblar la espalda. En ese punto
exacto del día en que todo parece cumplido, pero nada se siente completo.
Y entonces lo
entiendo: no heredé solo la palabra, heredé el gesto.
El modo de
pedir sin exigir.
El modo de
rezar sin arrodillarme.
Yo también dejo
que la mirada se me pierda, no para huir, sino para volver. Porque hay viajes
que solo se hacen hacia adentro, y siempre duelen un poco.
Decir “ay,
Dios” ahora es reconocer que no todo depende de mí.
Que hay
cansancios que no se resuelven con voluntad. Que crecer también es aprender a
pedir sostén sin vergüenza. En ese suspiro cabe mi historia, pero también la
suya. Y en esa mezcla, algo se acomoda.
Tal vez por eso
no me corrijo cuando lo digo. Dejo que el suspiro salga.
Dejo que la
oración ocurra. Porque en ese gesto mínimo, tan breve y tan hondo, no solo me
sostengo yo: sostengo también la memoria de quien me enseñó, sin saberlo, que
incluso el cansancio puede hablar con Dios.
Y mientras
pueda decirlo, mientras el aire siga encontrando salida en un suspiro, sabré
que todavía estoy aquí.
Que sigo
creyendo.
Que sigo
amando.
Que sigo, como
ella, caminando despacio… pero de pie.
Este “ay, Dios”
ya no es solo memoria. Es continuidad.
Al final, solo hay
una pregunta que me hago —sin
certeza de querer encontrar respuesta— ¿Se
repetirá en mí el final de la vida de mi abuela, o me salvaré de tan profundo
dolor? ¡Ay, Dios!
Epílogo
Tal vez
no podamos aliviar todos los dolores. Pero podemos aprender a reconocerlos.
Escuchar un “ay, Dios” es escuchar una vida pidiendo sostén.
“Hay oraciones que no se dicen de rodillas, sino encorvadas.”
Las lágrimas tardaron poco en inundar mis ojos,dirás que soylimites de fácil llorar,y no te falta razón,pero la ternura,la profundidad del amor con el que recuerdas y asumes la continuidad de tu abuela en ti,me conmueve.Que finura del alma,y que capacidad de comprensión del ser humano.Siempre me llamó la atención esa mirada tuya más para dentro y la elegancia de amar sin poner límites,con respeto hacia el mundo interior de cada ser."Se repetirá en ti el final de la vida de tu abuela?"No lo sabemos,pero yo si , Sé,que este "Ay Dios" te sujetará por los siglos de los siglos!!En hora buena amiga por tan bonito escrito!!
ResponderEliminarQue bonito y emotivo comentario me haces. Me honras y me places con ello. ¿Pero sabes que me gustaría? Agradecértelo nombrándote. Aunque intuyo quién eres por tu manera de expresarte y, si no me equivoco, mañana iré directo a darte un abrazo... ¡Gracias cariño!
EliminarBellisimo, triste y real. La vida del que emigra transcurre de diferente manera según la edad a la que se emigra. Somos como las plantas, si nos trasplantan pequeños, las raíces son cortas y se adaptan rápido a la nueva tierra...y si somos mayores.....pues ya sabemos lo que ocurre. Al final somos árboles sin raíces, flotando en un suelo ya infertil.
ResponderEliminarAsí es. El mundo es una biblioteca ambulante. Cada uno tiene una historia que contar y, como esta, hay millones -latentes y sepultas- que jamás llegaremos a escuchar. Gracias ¡Una abrazo mi niña!
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