viernes, 9 de enero de 2026

"Corre, ¡que te agarran!": Una infancia luminosa también aprende a temer.

 

Memoria de un verano, un miedo y una niña que corría


Prólogo

Con los años entendí que la infancia no es solo el territorio de la risa. Es también el lugar donde aprendemos, sin palabras, que el mundo puede asustar. Algunos recuerdos regresan como postales felices; otros vuelven como un nudo en la garganta.
Este es uno de esos recuerdos.
No para explicarlo.
Para acompañarlo.


Texto

Hoy sé que nacer es un milagro. Pero nacer en una época de abundancia y de paz —como aquella— fue un privilegio silencioso, uno que solo se reconoce cuando el tiempo ha pasado y la memoria empieza a doler dulcemente.

Yo era una niña, y las vacaciones escolares significaban una promesa: el viaje a Los Caracas. Cada año regresábamos a ese complejo vacacional que en mis recuerdos se expande hasta volverse un territorio mítico. Todo estaba allí: la naturaleza desbordada, los ríos claros, el mar interminable. Había cine, salas de juegos y caminos largos donde las bicicletas y los patines dibujaban carcajadas.

—Papá… ¿falta mucho?

La niña preguntaba.
Yo ahora sonrío al recordarla.

—No, mi “turquita”… pronto verás el mar.

Esa respuesta bastaba. Ese apodo me distinguía de mis rubios hermanos: era la “niña de papá”, su princesa. Mi inquietud se aquietaba en la confianza absoluta que le tenía. Yo no lo sabía entonces, pero confiar así era un lujo.

Por ser la más inquieta, viajaba atrás, sola, en el asiento grande. Mientras todos miraban hacia adelante, yo miraba lo que dejábamos atrás. Ese era mi reino. Desde allí hacía muecas a los carros, saludaba desconocidos, sacaba los pies descalzos por la ventana y dejaba que el viento me los besara sin que mi padre se diera cuenta.

La camioneta —una Chevrolet Ranchera color vino tinto— me parecía indestructible, como si dentro de ella nada malo pudiera ocurrir.

El camino era largo, así lo veo ahora. Pero en aquel entonces era una total aventura salir de la capital, enclavada en las faldas de la cordillera, había que atravesarla. Al descender se avistaba la ciudad costera. Y entonces, mi padre anunciaba el mar como un navegante antiguo:

—¡El mar… el mar!

Y nosotros lo repetíamos, en coro —como si cantáramos el himno a la alegría—, convencidos de que al nombrarlo lo hacíamos aparecer. Y aparecía.

Hoy entiendo que aquella alegría era también seguridad. Mi padre estaba allí. La primera semana se quedaba con nosotros; luego regresaba a trabajar y volvía los fines de semana. Cuando se iba, algo en mí se apagaba. La niña se volvía callada, seria. Yo ahora sé ponerle nombre a eso: ausencia.

Las tardes se llenaban de muchachos bronceados y miradas torpes. Hormonas recién despertadas flotaban en el aire como luciérnagas sin rumbo. Yo observaba desde un costado, pegada a mis hermanos mayores, creyendo que nada me estaba vedado.

Éramos hijos de una democracia joven. No conocíamos los miedos verdaderos.

Hasta que el miedo llegó.

Fue repentino. Todos corrían. Corrían como si algo invisible los persiguiera. Se oían pasos apresurados, gritos ahogados, tenis y chancletas abandonados en la huida. Yo no entendía. El pánico me encontró sin aviso.

—¡Cooorreee… que te agarran!

La voz de mi hermano me empujó a huir sin saber de qué. Corrí. Me escondí entre los arbustos. El corazón me golpeaba la garganta. La luna iluminaba su rostro sudado; sus ojos grandes me ordenaban silencio. Yo quería preguntar, pero sus manos me sellaron la boca.

—Cállate, Margarita… si nos encuentran, nos agarran.

Y luego se fue.

Se levantó de golpe y corrió cuesta abajo, como si una bestia lo persiguiera. Me dejó allí. Sola. Pequeña.

Hoy sé que solo era un juego: que se escondía para que otro lo encontrara. Pero la niña no lo sabía. Ella sintió el abandono, la amenaza, el miedo verdadero. Se orinó del terror. Rodó entre arbustos. Se creyó en peligro real.

Cuando escuché el grito de ¡TAIMA!, las risas, la revelación del juego, algo se acomodó… pero algo también se perdió.

Nunca volví a jugar la ere. Pero algo de aquella noche se quedó conmigo. No fue el miedo, sino la certeza de que la infancia no es solo risa: también es desconcierto, vulnerabilidad y asombro.

Hoy escribo para nombrar ese instante.
Para que la niña no se quede sola entre los arbustos.
Para que sepa —al fin— que alguien llegó por ella.

Y para comprender que hay juegos que, cuando se viven sin conciencia ni elección, dejan de ser diversión y se convierten en miedo.


Epílogo

Hay recuerdos que no piden ser corregidos, solo acompañados.
Tal vez escribir sea eso: volver al lugar del miedo con una linterna pequeña, no para borrar la sombra, sino para que ya no esté sola.


"La memoria no recuerda lo que pasó, recuerda lo que nos pasó por dentro."

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