Memoria de un verano, un miedo y una niña que corría
Prólogo
Con los años entendí que la infancia no es solo el
territorio de la risa. Es también el lugar donde aprendemos, sin palabras, que
el mundo puede asustar. Algunos recuerdos regresan como postales felices; otros
vuelven como un nudo en la garganta.
Este es uno de esos recuerdos.
No para explicarlo.
Para acompañarlo.
Texto
Hoy sé que nacer es un milagro. Pero nacer en una época de
abundancia y de paz —como aquella— fue un privilegio silencioso, uno que solo
se reconoce cuando el tiempo ha pasado y la memoria empieza a doler dulcemente.
Yo era una niña, y las vacaciones escolares significaban una
promesa: el viaje a Los Caracas. Cada año regresábamos a ese complejo
vacacional que en mis recuerdos se expande hasta volverse un territorio mítico.
Todo estaba allí: la naturaleza desbordada, los ríos claros, el mar
interminable. Había cine, salas de juegos y caminos largos donde las bicicletas
y los patines dibujaban carcajadas.
—Papá… ¿falta mucho?
La niña preguntaba.
Yo ahora sonrío al recordarla.
—No, mi “turquita”… pronto verás el mar.
Esa respuesta bastaba. Ese apodo me distinguía de mis rubios
hermanos: era la “niña de papá”, su princesa. Mi inquietud se aquietaba en la
confianza absoluta que le tenía. Yo no lo sabía entonces, pero confiar así era
un lujo.
Por ser la más inquieta, viajaba atrás, sola, en el asiento
grande. Mientras todos miraban hacia adelante, yo miraba lo que dejábamos
atrás. Ese era mi reino. Desde allí hacía muecas a los carros, saludaba
desconocidos, sacaba los pies descalzos por la ventana y dejaba que el viento
me los besara sin que mi padre se diera cuenta.
La camioneta —una Chevrolet Ranchera color vino tinto— me
parecía indestructible, como si dentro de ella nada malo pudiera ocurrir.
El camino era largo, así lo veo ahora. Pero en aquel entonces
era una total aventura salir de la capital, enclavada en las faldas de la
cordillera, había que atravesarla. Al descender se avistaba la ciudad costera.
Y entonces, mi padre anunciaba el mar como un navegante antiguo:
—¡El mar… el mar!
Y nosotros lo repetíamos, en coro —como si cantáramos el
himno a la alegría—, convencidos de que al nombrarlo lo hacíamos aparecer. Y
aparecía.
Hoy entiendo que aquella alegría era también seguridad. Mi
padre estaba allí. La primera semana se quedaba con nosotros; luego regresaba a
trabajar y volvía los fines de semana. Cuando se iba, algo en mí se apagaba. La
niña se volvía callada, seria. Yo ahora sé ponerle nombre a eso: ausencia.
Las tardes se llenaban de muchachos bronceados y miradas
torpes. Hormonas recién despertadas flotaban en el aire como luciérnagas sin
rumbo. Yo observaba desde un costado, pegada a mis hermanos mayores, creyendo
que nada me estaba vedado.
Éramos hijos de una democracia joven. No conocíamos los
miedos verdaderos.
Hasta que el miedo llegó.
Fue repentino. Todos corrían. Corrían como si algo invisible
los persiguiera. Se oían pasos apresurados, gritos ahogados, tenis y chancletas
abandonados en la huida. Yo no entendía. El pánico me encontró sin aviso.
—¡Cooorreee… que te agarran!
La voz de mi hermano me empujó a huir sin saber de qué.
Corrí. Me escondí entre los arbustos. El corazón me golpeaba la garganta. La
luna iluminaba su rostro sudado; sus ojos grandes me ordenaban silencio. Yo
quería preguntar, pero sus manos me sellaron la boca.
—Cállate, Margarita… si nos encuentran, nos agarran.
Y luego se fue.
Se levantó de golpe y corrió cuesta abajo, como si una
bestia lo persiguiera. Me dejó allí. Sola. Pequeña.
Hoy sé que solo era un juego: que se escondía para que otro
lo encontrara. Pero la niña no lo sabía. Ella sintió el abandono, la amenaza,
el miedo verdadero. Se orinó del terror. Rodó entre arbustos. Se creyó en
peligro real.
Cuando escuché el grito de ¡TAIMA!, las risas, la
revelación del juego, algo se acomodó… pero algo también se perdió.
Nunca volví a jugar la ere. Pero algo de aquella
noche se quedó conmigo. No fue el miedo, sino la certeza de que la infancia no
es solo risa: también es desconcierto, vulnerabilidad y asombro.
Hoy escribo para nombrar ese instante.
Para que la niña no se quede sola entre los arbustos.
Para que sepa —al fin— que alguien llegó por ella.
Y para comprender que hay juegos que, cuando se viven sin
conciencia ni elección, dejan de ser diversión y se convierten en miedo.
Epílogo
Hay recuerdos que no piden ser corregidos, solo acompañados.
Tal vez escribir sea eso: volver al lugar del miedo con una linterna pequeña,
no para borrar la sombra, sino para que ya no esté sola.
"La memoria no recuerda lo que pasó, recuerda lo que nos pasó por dentro."
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