“Sentir puede ser un regalo… incluso cuando no se puede tener”.
Amar a Dios no es una idea ni un mandato: es una
relación viva.
Es saber que hay una cuerda invisible que nos sostiene cuando el mundo amenaza
con girar demasiado rápido, cuando lo que sentimos nos descoloca, cuando la
emoción nos empuja a caminar con los pies en el aire y la cabeza hacia abajo.
Dios es esa cuerda tensa y amorosa que no aprieta,
pero afirma.
La que nos recuerda dónde estamos parados cuando el deseo nos eleva y el dolor
nos desequilibra.
Con Él no hace falta entenderlo todo: basta con no caer.
Tener a Dios como compañía permanente no nos salva del
desconcierto, pero nos da un eje.
No evita que el corazón se encienda, pero impide que nos perdamos en el
incendio.
Es el ancla que permite explorar sin naufragar, sentir sin rompernos, amar sin
desintegrarnos.
Cuando el mundo parece ponerse al revés,
cuando el alma se adelanta al cuerpo,
cuando la emoción pide más de lo que la vida puede dar,
Dios no nos baja del vértigo:
nos sostiene dentro de él.
A veces —solo a veces— suelo enojarme con Dios.
No es para asustarse.
No es falta de fe; es exceso de confianza.
Mi relación con Dios es personal, íntima, espontánea. Nace
de una necesidad interior que no sabe de fórmulas ni solemnidades. Guardo
silencio, escucho, agradezco, me quejo. Dialogo con el alma, no con los labios,
consciente de que Él ya sabe por dónde voy y a qué voy. No hacen falta
explicaciones ni rodeos: nada de sutilezas ni protocolos. Amor, respeto,
honestidad.
¿Acaso puede ser de otra forma?
Soy su hija.
Él es mi Padre.
Por lo general, soy sumisa frente a los llamados “misterios
divinos”. Si no logro comprender algo, lo acepto. Es un misterio, ¿no? Así
sucede casi siempre. Me inclino ante lo incomprensible con humildad, confiando
en que hay cosas que no están hechas para ser entendidas, sino sostenidas.
Pero hay uno.
Uno solo.
Menudo “uno”.
Un misterio que no logro aceptar. Uno que no quiero dejar
pasar como si fuera apenas otro límite de mi corta mente humana. No lo entiendo
y me niego a hacerlo pasar por alto. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Por eso se
inquieta cuando lo rozo. Por eso se me esconde, no porque no pueda oírme, sino
porque sabe que lo busco para discutir, para reclamar, para pelear por un
derecho profundamente humano: que el alma envejezca al mismo tiempo que el
cuerpo.
¿En qué estaba pensando cuando hizo al alma eterna?
¿Cómo se supone que soltemos, que nos desapeguemos de lo
terrenal, si el alma vibra intacta, encendida, joven, mientras el cuerpo se
queda atrás, se agrieta, se cansa o empieza a caerse a pedazos?
No lo acepto.
Y Él bien lo sabe.
Cuando le toco este tema, llego con el ceño fruncido y el
ánimo revuelto. Traigo el corazón endurecido por una tristeza que no sabe dónde
apoyarse. Él suele rehuir, esconderse… como si eso fuera posible.
Entonces le digo, en tono amenazante, casi infantil:
—Sé dónde vives.
Y sonrío.
—Habitas dentro de mí.
Me río, y Él se ríe conmigo.
Siempre se ríe conmigo.
Y nos sentamos a dialogar.
—Solo dime… ¿por qué y para qué? —le digo.
No necesito agregar nada más. Él sabe. No es el cuerpo el
que pregunta; es el alma la que reclama sentido por haberse sentido tan viva.
Dios guarda un silencio hondo, denso, lleno. No es ausencia:
es presencia absoluta. Me mira. Su mirada no juzga ni corrige; envuelve. No
frunce el entrecejo como yo, por enojo. Lo frunce por extrañeza, como quien
observa con asombro una criatura frágil y luminosa a la vez. Como si pensara:
“¿Qué hice yo con esta hija que aún quiere comprender lo incomprensible?”
Entonces se acerca.
Siento primero el peso leve de su mano sobre mi cabeza. Sus
dedos se deslizan despacio entre mis cabellos, no para ordenarlos, sino para
aquietarme. El gesto es paternal, eterno, como si hubiera consolado así desde
siempre. Su caricia no borra el dolor, pero lo vuelve soportable; lo vuelve
humano. Apoya mi cabeza contra su pecho, y allí el mundo se silencia. Su abrazo
no aprieta: sostiene. No retiene: ampara. Me envuelve con la compasión con la
que se abraza a un niño que llora por algo que desea con toda el alma, pero que
no puede tener.
—No llores. No sufras —me dice, con una voz que no suena,
pero se siente—. Te lo dije ya una vez.
Y es cierto, me lo dijo; no lo voy a negar.
—Te lo entregué para que lo sintieras, no para que lo
tuvieras. Eso debe bastarte. Hay quienes atraviesan la vida sin que nada los
despierte. Lo que tú sentiste es un regalo. No la forma, no el nombre, no la
historia, sino lo que ha despertado en ti. Celebra eso.
Lo último lo dice con dulzura, aunque sé que es un mandato.
Lo miro sin separarme de Él. Me quedo acurrucada sobre su
pecho, escuchando un latido que no es sonido, sino certeza. La respuesta no me
satisface del todo, pero me calma. Lo que necesito no es entender, sino que me
acompañe en ese sentimiento que, según Él, debería ser motivo de festejo, pero
que a mí todavía me sabe a amargura.
No sé cuánto tiempo dormité en sus brazos. El necesario —supongo—
para que el cuerpo se rinda y el alma baje un poco la guardia.
Entonces, sin soltarme, abrió la bóveda del firmamento.
No fue un gesto brusco: fue un despliegue. El cielo se abrió
como se abre una flor imposible. Una luz inmensa me envolvió primero los ojos,
luego el pecho. El aire cambió de densidad. Sentí el frío de las estrellas que
se apagan, el calor lejano del sol, la respiración silenciosa del universo
entero. A mis pies aparecieron la luna, los planetas, las constelaciones,
girando en un orden perfecto, vertiginoso. Era belleza en estado puro,
desbordada, inabarcable.
Me mareé.
Sentí que el suelo desaparecía, que el mundo se invertía,
que iba a caer dentro de tanta magnificencia. Me aferré a Él con desesperación,
con miedo, con asombro. Mi corazón latía desacompasado, incapaz de contener
tanto.
Él se rió.
Se rió de mi expresión, de mi temblor, de la fuerza con la
que lo abrazaba.
Y cuando Él ríe, yo río con Él. Su risa me devuelve el eje.
Su seguridad se filtra en mi cuerpo. Su Ser, poderoso y liviano, me ancla.
—Todo eso existe. Es maravilloso —me dice—. ¿Lo quieres
tener? Si lo quieres para ti, yo te lo doy.
Y pensé: es Dios. Dios no miente. No promete lo que no va a
cumplir.
—¿Para qué lo querría —le respondí— si con contemplarlo me
basta? Me inspira solo verlo. Eso me basta.
Lo miré, aún con los ojos llenos de luz.
Sonrió.
—Esa es la respuesta a la pregunta que me hiciste al
principio. ¿Ves? No era necesario tanto dolor ni tanto enojo por algo que
comprendes más de lo que crees.
El firmamento se cerró con la misma suavidad con la que se
había abierto.
El silencio volvió.
Un silencio distinto.
Llegó el entendimiento.
Hubo aceptación.
El corazón aún dolía, sí, pero ya no quemaba. Era un dolor
tibio, dulce, como una herida que empieza a cicatrizar desde adentro.
Solté el aire lentamente. Sentí el peso de mi cuerpo. El
latido volvió a su ritmo. El mundo recuperó su tamaño.
El universo que Dios había extendido a mis pies como una
alfombra de pétalos de rosa se desvaneció, llevándose consigo las preguntas.
Y mi pequeño mundo, ese que había estado a punto de ponerse del revés, comenzó
—por fin— a acomodarse.
Hay conexiones que no llegan para cumplirse, sino para
revelarnos.
No nos entregan un futuro, sino un espejo.
No prometen permanencia, pero nos devuelven a nosotros mismos, distintos, más
vivos, más despiertos.
Un amor imposible duele, sí.
Duele porque no puede poseerse.
Porque el cuerpo pide lo que el alma ya sabe que no tendrá.
Porque la realidad impone límites donde el sentir no los reconoce.
Pero también es un renacer.
Un acto profundo de autorreconocimiento.
La certeza de que algo en nosotros sigue intacto, sensible, capaz de vibrar con
intensidad aun cuando la vida nos exige madurez, renuncia y silencio.
No todo lo que no se concreta es fracaso.
Hay encuentros que no se miden en tiempo ni en contacto,
sino en lo que despiertan,
en lo que transforman,
en la belleza irrepetible de haber coincidido.
Agradecer no borra el dolor,
pero lo vuelve fértil.
Y eso —aunque no lo tengamos—
es suficiente.
“Lo imposible también deja huella.”
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