Prólogo
Este poema nació de un instante en que el otoño y la
memoria se encontraron.
Es un diálogo con la luz y la sombra, con el sol y la luna, con el polvo y la
creación.
Cada verso es un suspiro que oscila entre la certeza y la duda, y entre la
muerte y el renacer.
Mis pasos se
dirigen en contra del sol.
Me llevan a ese lugar ansiado donde anido… y aprendo a volar.
Sopla.
Con su aliento divino me desnuda el alma,
como si arrancara la última piel del miedo,
y empiezo a flotar.
Me deslizo por
el aire, haciendo piruetas orquestadas,
aunque parezcan saltos al azar.
Elévame… permíteme tocar la soñada luna, acariciarla.
Retrátame en su cara oculta para que, aunque no me vean,
me recuerden allí,
entre la luz y las sombras.
O no.
Luego, mándame
directo al sol.
Deja que arda en sus brasas,
esas brasas que no necesitan encenderse con mi pasión.
Conviérteme en
polvo,
en ese polvo tibio que se pega a los labios,
envuélveme en él.
Sopla fuerte.
Créame… una y otra vez.
Por ti, mil veces puedo morir;
mil veces, en ti, quiero renacer...
si todavía es posible.
Epílogo
Tal vez este poema no ofrece respuestas, sino
respiraciones.
Leerlo es dejarse arrastrar por el viento del alma, perderse un momento, y
volver transformado.
“No hay cielo que no lleve sombras, ni sombra que no
contenga luz.”
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