Nota
de autora:
Una historia sobre la ira, la mentira y el fuego que se enciende cuando
la templanza no llega a tiempo.
No todas las historias se cuentan porque hayan
ocurrido exactamente así. Esta llegó a mí como llegan las cosas importantes: en
la voz de una abuela, en el peso de lo no dicho y en la certeza infantil de que
hay verdades que no necesitan pruebas para doler. Los lugares que aquí se
nombran existen, como existen las pasiones que los incendian.
Los
valles
Dicen
que, en los valles, cuando el sol se levanta sobre el mar verde de caña, la
tierra huele a dulce cansancio. Que el viento se enreda en las hojas y susurra
historias viejas, como si las cañas recordaran todo lo que han visto. Eso
dicen, pero no es cierto.
Los
que cuentan historias son quienes se aventuran a atravesarlos; sin importar en
qué tiempo, como esta historia que te voy a contar, que en realidad son tres en
una: se hilan para que tenga principio… y también final.
Por
la razón que fuera, siempre hay necesidad de desplazarse de un lugar a otro. Yo
necesité ir a la capital. Les confieso: me daba pesar solo pensarlo. Demasiada
gente. Demasiado caos.
¿A ustedes les gustan las grandes ciudades? A mí, no.
Luego
recordé que, para llegar a ella, debía coger la autopista que atraviesa mi
provincia, y eso me cautivó. Me gusta esa ruta: los verdes valles sembrados de
caña de azúcar, cercados por las montañas azules de las cordilleras… y los
mangueros a la orilla de la carretera. Experiencia entrañable. Pintoresca.
Con
ese ánimo emprendí el viaje. Sin prisa. Aunque el motivo que me movía era de
trabajo, pensaba disfrutarlo.
¡La vida no es solo trabajar por dinero! ¿Cierto?
Llevaba
solo unos minutos en el camino cuando vi a los chiquillos pegando brincos,
agitando las manos como abanicos de esperanza. Sus caritas eran poemas de amor
y cánticos a la alegría flotando en el aire. Gritaban, a todo pulmón:
—¡Pare! ¡Pare! ¡Cómprenos mangos!
Créanme,
una cosa es que se los cuente y otra muy distinta presenciar esa escena. Mi
cerebro lo procesa en cámara lenta: lo detalla, lo graba profundamente en la
memoria; se deleita. Sus cabecitas y cuerpecitos, dando saltos en el aire,
semejaban notas musicales sobre papel multicolor. Uno los veía y no los veía:
sonaban. ¡Música para el alma!
De
lejos, la magnificencia del fruto atrapaba: tamaños increíbles y colores de
otoño —verdes, rojos, naranjas, amarillos matizados—, un festín para los ojos.
¿Piensan que exagero? Nada de eso. Se los prometo.
Como
pude, me orillé a un lado, sobre tierra, no en el arcén. Nada fácil resultó con
los chiquillos brincando y casi guindados de las ventanillas, muertos de risa,
compitiendo entre ellos. Caritas dulces, sucias, mocosas… con sonrisas que ni
los ángeles podrían copiar.
La
historia que quiero contarles no tiene nada que ver —en sí— con los niños
mangueros. Solo son la punta del hilo que inicia este cuento.
Parada
a un costado del coche, me recosté en él con mi mango en la mano. Mientras lo
disfrutaba, miraba el paisaje, embelesada, porque amo la vida rural. Y mi mente
—como siempre— empezó a hurgar en la caja de recuerdos para martirizarme un
poco. Y funcionó.
Recordé
la vez que mi abuela, en unas vacaciones de verano, nos contó —a nosotros,
todos sus nietos— la historia que les voy a relatar. Según ella, verídica. A mí
no me consta, pero yo le creí… ¡y espero que ustedes me crean a mí!
Ocurrió
en el mismo sitio donde estaba, pero no en este tiempo. Fue en el incipiente
siglo pasado. Imaginen un inmenso valle sin autopista, sin luces en las casas
ni en las calles. Solo la luz del sol, de los fogones, de las lámparas de
aceite, de las velas… y la que provenía del alma de Rosa.
¿Saben
quién es Rosa? ¿No? ¿Quieren que les cuente su historia? Estoy segura de que
sí. Ya han llegado hasta aquí… unas letras más, ¿Qué más da?
Eso
sí, les advierto que, de aquí en adelante, no leerán palabras dulces que hablen
del amor ni de risas. Mucho menos de un final feliz. Les contaré sobre una
mentira —nada piadosa— que arrancó la piel de los huesos a decenas de personas,
infringiendo un dolor inconmensurable.
¿Conocen
alguna rosa sin espinas? Esta también las tenía.
¿Quieren seguir leyendo? ¡Sigamos!
La
historia
Desde
el despunte del alba hasta la puesta del sol podía escucharse, a distancia, el
parloteo de la jovencita, entrecortado por risas salidas del alma. Los niños
salían a su encuentro y los ancianos le cercaban el paso: unos para que jugara
con ellos; los otros para que escuchara sus quejas. Era tan agradable aquel
alboroto que el mismísimo Dios se regocijaba.
Con
cada paso que daba, levantaba la mano y a alguien saludaba con una sonrisa;
hablaba, abrazaba y algo —de su inocente y generoso corazón— entregaba. La
brisa matutina ondeaba su falda y su cabello flotaba por los aires, cual
bandada de aves que al cielo se elevara. Era la alegría encarnada.
Se
llamaba Rosa: la rosa que dos muchachos codiciaban, en la que querían clavar
sus espinas sin importarles que, con ello, se marchitara y se apagara la luz
que a sus hogares iluminaba.
Uno
era el hijo del capataz. Chico de pueblo. Tranquilo; ningún problema
ocasionaba, aunque tenía el temperamento del padre, pero lo dominaba. Eso se
pensaba. Introvertido, nadie sabía lo que traía en mente o lo que su corazón
guardaba: mirada esquiva y boca cerrada.
El
otro era el hijo menor del dueño de la hacienda. Educado. Con sus aires de
mundo. Extrovertido. Dibujaba en su rostro una sonrisa enigmática; a Rosa eso
le gustaba. Él le gustaba, y ella a él, pero nada se decían: solo miradas se
entregaban.
El
cielo, de azul infinito, se aclaraba con el despunte del alba.
Tierra negra, fértil, húmeda, que contrastaba con el verde y el marfil de las
cañas con sus espigas. Aún no cantaba el gallo cuando las mujeres servían a sus
hombres el café recién colado. El aroma de ese café era el despertador del
gallo, un gandul que tarde se levantaba. Ahí sí cantaba: fuerte, persistente,
como reclamando su pocillo de oro negro. Era un gallo viejo; cantando,
desafinaba. Los campesinos bromeaban con ese tema: hablaban de jubilarlo.
Todos
los habitantes de los caseríos aledaños a los inmensos campos de siembra de
caña estaban despiertos, preparados para la faena. No tenían ni la más mínima
idea de los días que se avecinaban.
Ese
día no era como cualquier otro. El cielo despertó pálido, como enfermo
abandonado: ninguna nube lo arropaba ni calmaba su sed.
¿Alguna
vez se han levantado y dicho en voz alta: “el día está raro”? Ese era uno de
esos días. Todos percibían una quietud inusual —inquietante—, como si faltase
algo… no sabían qué, pero aquella sensación era incómoda, de mal presagio. No
estaban siendo supersticiosos: era una sensación real, casi tangible.
Los
niños no salieron de sus casas, corriendo, al encuentro de Rosa.
Los ancianos se quedaron esperando, sentados en sus porches, a quien siempre
calmaba sus miedos con oído atento y abrazos salidos del alma.
Rosa no pasó por sus casas.
El
silencio se iba acordonando por los caminos que otrora transitara; hoy, vacíos
de risas y esperanzas. La ausencia de Rosa se hizo sentir muy fuertemente.
—¿Han
visto a Rosa?, ¿alguien sabe algo de ella?
Al principio, uno a uno, se formulaba la pregunta por curiosidad; luego, todos,
con profunda preocupación. Esas voces inquietas eran las únicas vibraciones que
atravesaban el denso y enrarecido aire de esa mañana. Nada más se escuchaba.
Silencio ensordecedor.
Entre
pregunta y pregunta se fueron juntando los habitantes de aquella tierra que
sería testigo de los más infames actos del hombre. Esa tierra estaba asustada.
Se estremecía en sus entrañas; presentía que todo lo que sucedía en su piel
despertaría la furia de Dios. No se equivocaba. Los siglos la habían convertido
en experta en predecir las consecuencias de las ansias del hombre.
Cuando
los padres se enteraron de que buscaban a su niña, se miraron; se hablaron con
palabras mudas que solo ellos entendían. Lo que se decían no era nada bueno,
porque nada bueno sentían. Siempre temieron que algún día le pasara algo a su
Rosa, el sentido de sus vidas. Ese día llegó. Era ese día.
Les
confieso: esta es la parte más agobiante —para mí— cuando narro este cuento.
Como madre, sé que no saber del paradero de un hijo… es pasar por el infierno.
Así que, perdónenme, pero esta parte tendrán que imaginarla ustedes por su
cuenta. Siéntanse libres de creerse el cuentacuentos y reescribirla a su
parecer.
Lo
cierto es que ellos se tomaron de la mano, entrelazándolas con fuerza, como si
de ese contacto dependiera todo. Sus súplicas surgían de lo más profundo del
alma, un murmullo tembloroso que pedía ayuda y consuelo. De rodillas, cerraron
los ojos y, por un instante, el mundo pareció suspenderse. Entonces, algo
suavemente los envolvió: un calor silencioso que llenó sus pechos y serenó sus
pensamientos agitados. No entendían del todo qué sucedía, pero sintieron que
podían soltar el miedo, que sus corazones se aquietaban y la desesperación
cedía. Quedaron así, inmóviles, con los rostros suavizados y el aliento
tranquilo. La plegaria había sido escuchada, y en la quietud del instante, se
hicieron dueños de una calma inesperada, aceptando lo que había de venir.
Todos
—sin saber lo que ocurría en las almas de esos padres— quedaron sorprendidos
por la aparente indiferencia; así lo interpretaron ellos.
Se
alejaron y empezaron a cuchichear. Habían decidido emprender acciones de
búsqueda, por su cuenta, hasta encontrarla. Se organizaron. Se esparcieron como
semillas de diente de león sobre todo terreno. Esfuerzo inútil: ninguno de
ellos la encontró.
Cansados,
agobiados, cesaron la búsqueda al anochecer. Se reunieron en la plaza,
formulando todo tipo de conjeturas sobre el paradero de Rosa… perdían la
esperanza de encontrarla.
En
ese justo momento, cuando el ánimo se desplomaba al suelo, se escuchó un fuerte
cascabeleo. Todos voltearon. Extrañados, vieron a uno de los peones del ingenio
montado en su zaino, como si huyeran ambos —hombre y caballo—, espantados del
mal encarnado.
Sí,
la encontraron… o lo que quedó de ella. Se los advertí: no tendría un final
feliz… ¡y solo es el comienzo del final!
—Hemos
encontrado a la niña Rosa…
El peón lo dijo con dificultad, como si le arrancaran las palabras de la
lengua. Se quitó el sombrero de paja toquilla y se lo colocó en el pecho, con
ambas manos: muestra fehaciente de dolor y respeto.
Los
allí presentes, por una milésima de segundo, dibujaron una sonrisa… que se
transformó en mueca a la milésima de segundo siguiente, cuando el portador de
la noticia continuó:
—La
encontramos en el lago, desnuda como un bebé recién nacido; flotando boca
arriba, como un nenúfar que clama la luz del sol. Encontramos su cuerpecito,
pero a ella… lo que era ella, no.
La
muchedumbre no reaccionó como se esperaba. No hubo gritos de dolor ni de rabia.
Solo un silencio pasmoso, como si se hubiesen convertido en piedras, como si el
diablo les hubiera robado las almas.
Eso
aún no sucedía, pero sucedería.
Se había sembrado la semilla de la maldad. Era cuestión de tiempo para que
germinara.
Emprendieron
el camino de regreso a sus casas, todos y cada uno, lentamente, paso a paso. En
silencio aparente: por dentro, las palabras atragantadas les carcomían la
conciencia, como goteo incesante de un grifo a medianoche.
La
impotencia, el dolor y la rabia engendraban ideas extrañas, retorcidas… nunca
por ellos concebidas. Pernoctaron en sus casas. Dentro y fuera de ellas, la
noche los desvanecía en la más absoluta oscuridad. Estaban de luto.
En
la casa de don Manuel —el capataz— la cosa era distinta. Allí sí había luces:
alguna vela de cebo y lámparas de aceite estaban encendidas. Los tres
residentes se desdibujaban en las penumbras.
Don
Manuel, sentado en el sillón de la sala, estaba reclinado sobre sí mismo. Sus
codos se apoyaban en los muslos mientras sus manos sostenían la cabeza,
cubriendo su rostro. Lloraba sin consuelo, a ratos; en otros, gimoteaba. Quería
mucho a Rosa, a quien tuvo como la hija que nunca llegó a tener. La conocía
desde que nació. Creció muy cerca de ellos. Habían forjado lazos fuertes.
Estaba
devastado por la inusitada y cruel pérdida de un ser tan querido. Su repentina
ausencia pesaba demasiado. No estaba craquelado, sino realmente quebrado. Era
un buen hombre, lleno de virtudes, pero con un temperamento explosivo. Sus
reacciones ante situaciones de injusticia le habían dado fama. Lo conocían con
el mote de “el justiciero”. Lo respetaban, lo admiraban… pero, sobre todo, le
temían.
Por
ese conocimiento que de él tenían, su mujer e hijo lo observaban desde lejos,
desde otros rincones de la casa, camuflados por las sombras. Cada uno con sus
emociones contenidas, atentos a las del esposo, a las del padre. Tenían el alma
en vilo.
Doña
Margarita —así se llamaba la mujer de don Manuel— fue sorprendida por su hijo,
que se había escurrido por las paredes para que el padre no lo viera, hasta
llegar a ella. Ver el rostro del muchacho en aquella luz tenue fue como ver un
espectro recién salido de un cementerio: espeluznante sensación.
El
chico, como pudo, cogió la mano de su madre y musitó al oído unas palabras que
ella sola oyó.
Doña
Margarita separó su rostro del hijo; lo tomó entre sus manos. Incrédula por lo
que había escuchado, lo veía fijamente, interrogándolo con la
mirada. Miles de preguntas que solo una madre aterrorizada puede
formularse.
No
estoy segura de cuánto tiempo transcurrió entre la mirada cuestionadora y el
abrazo que le dio: uno tan fuerte, tan cerrado, que parecía querer devolverlo a
su vientre. Intentó ahogar cuanto sentía, pero no pudo. El dolor era más fuerte
que su temor de despertar la cólera de su marido.
Sin
poder evitarlo, se le escapó de la garganta el más escalofriante grito que
jamás se haya escuchado —por lo menos— en ese pueblo, en ese tiempo.
Grito que fue la llave que abrió las puertas del infierno.
Cuando
don Manuel lo escuchó, fue directo a donde se encontraba su mujer. Al llegar,
los encontró abrazados. El hijo, al ver el semblante de su padre, suplicó a su
madre:
—Guarda
silencio, madre, por favor… no digas nada.
La
madre lo veía, pero no sabía cómo verlo.
—¿Qué
es lo que te pide que silencies? —le preguntó don Manuel a su mujer,
directamente, porque el muchacho ya se había ido, tal como vino, escurrido por
las paredes, protegido por las sombras.
—No
me preguntes… no me preguntes… ¡no querrás saber nada! —le decía con mirada
suplicante.
Pero
él ya la tenía cogida de los hombros; la zarandeaba. Ella sabía que no cejaría
en su empeño de saber lo que debía callarse. No opuso resistencia; se sabía
derrotada.
—Te
lo diré, pero déjame coger aire; déjame recuperar la compostura…
Se
sentaron en el salón. Ella aprovechaba ese tiempo para ordenar sus
pensamientos. No le resultó fácil: sus sentimientos la conducían en otra
dirección. Cerró los ojos, inhaló profundamente y exhaló… lentamente.
—Lo
que me dijo fue que vio al señorito de la hacienda llevársela a la fuerza por
el camino grande, el que lleva al lago… donde la encontraron. Solo eso.—lo dijo
sin mirarle a los ojos, estos estaban perdidos en la conmoción que le enredaba
mente y corazón.
Dicho
eso, fue ella quien se reclinó sobre sí misma. Sus manos tapaban con
desesperación su boca, intentando —inútilmente— ahogar los gemidos.
Don
Manuel cambió el semblante. Ya no se reflejaba dolor alguno en él. Se levantó
sin decir palabra, cogió una de las lámparas y salió de la casa directo al
cobertizo; allí tomó antorchas. Prendió una y fue tocando las puertas de los
vecinos, informándoles quién era el homicida de Rosa.
No
solo los despertó del sueño: despertó la ira en ellos.
Cada
uno iba saliendo de su casa con una antorcha, haciendo lo mismo que don Manuel:
iban de casa en casa con los rumores, pregonándolos como verdad. Al cabo de un
par de horas, la muchedumbre se había congregado, profiriendo gritos de:
—¡Justicia
para Rosa!
Visto
desde arriba, parecía que el mundo estuviera al revés. Las antorchas encendidas
simulaban un firmamento sobre la vasta tierra de dulce caña.
La
muchedumbre que clamaba justicia iba incendiando —a su paso— las secas espigas,
creando más luces de las deseadas. No se daban cuenta; solo avanzaban.
Obcecados con la idea de exigir una rendición de cuentas, de obtener una
confesión del culpable. Pero, a medida que avanzaban, esa idea se transformó en
una necesidad de ajuste de cuentas, de venganza. Hacer justicia por propias
manos.
Ya
no razonaban. Las emociones habían tomado el control. Pérdida total de la
conciencia.
Los
de la hacienda vieron aproximarse a la muchedumbre con las antorchas en alto,
iluminando más de lo acostumbrado. Intrigados, salieron a recibirlos para saber
qué los traía hasta allí, en medio de la noche. No tenían la menor idea del
crimen que fraguaban.
Quedaron
de frente, sin tiempo a intercambiar palabras. Arremetieron contra ellos sin
piedad, con palos, picos y machetes. No se escucharon voces: la violencia y la
muerte se encargaron de silenciarlas.
Murieron
sin derecho a palabra, sin defensa alguna.
Fueron condenados sin ser juzgados y ejecutados atrozmente.
La
ira se cubrió de sangre y humo.
Incendiaron
la hacienda por los cuatro costados; los cobertizos; las bodegas; hasta el
ingenio. Cuando ya no quedó nada más por destruir ni aniquilar, se calmaron.
Exhaustos —y en cómplice silencio— intentaron regresar a sus casas.
Aquí
es donde me río yo —perdónenme ustedes por mi impertinencia; sé que esta
historia no tiene ninguna gracia—, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer si risa me
produce la estupidez humana? Sigo.
Quedaron
petrificados al verse rodeados de fuego. Miraban desesperados, buscando algún
espacio por donde escapar del infierno que ellos mismos habían provocado. Pero
no, no había salvoconducto alguno.
Allí,
en ese momento, sí pronunciaron palabras: clamaron misericordia a Dios, una
misericordia que no tuvieron antes para sus semejantes.
¿A qué Dios clamaban piedad… al que habían dado la espalda?
Ardieron
en el fuego que habían creado.
Ahora,
si piensan que este es el final, se equivocan. Las llamas del infierno arden de
diferentes maneras y se extienden más allá de lo imaginable.
Doña
Margarita, desde que su esposo salió de casa, no se despegó de la ventana.
Pretendía enterarse de lo que ocurría sin ser detectada. No daba crédito a lo
que veían sus ojos. Todo lo que alcanzaba a ver estaba en llamas, tan altas que
convertían aquella fatídica noche en un apesadumbrado día.
Sin
quitar la vista de la ventana, dio pasos hacia el cuarto de su hijo, caminando
de espaldas, dando traspiés… aterrorizada.
—Hijo,
hijo… salgamos de aquí. Todo está incendiado, las casas de los vecinos también
se queman… ¡se aproxima el fuego a la nuestra!
No
obtuvo respuesta. Rompió el contacto con la ventana —aquel gesto fue como
cortar el cordón umbilical que le daba vida— y giró, solo para encontrarse de
frente con los pies descalzos de su muchacho. Aún estaban tibios y se mecían
como el péndulo de un reloj.
Doña
Margarita no pudo con eso. Era más de lo que podía soportar. Las rodillas se le
doblaron; quedó hincada en el suelo, bajo el cuerpo de él. No le falló el
corazón. No murió quemada.
En
su tribulación no se percató de que el negro humo se deslizaba por los bajos de
las puertas y los resquicios de las ventanas. Iba a por ella. Como largos dedos
endemoniados se le metía por la nariz hasta la garganta, tapándole la boca… la
que debió mantener cerrada; la que no debió proferir la mentira que ocasionó
tanta desgracia.
Murió
asfixiada.
Muerte lenta.
Muerte agónica.
Escena dantesca.
¿Se
merecía esa muerte? No lo sé. No soy yo quien para juzgarla.
Lo que sí sé es que ustedes merecen saber cuáles fueron las palabras que su
hijo le murmuró al oído. ¿Quieren saberlas? Aquí se las dejo:
—Madre,
perdóname. Perdón, perdón, perdón… Rosa rechazó mi amor. Sentí morirme; la ira
se apoderó de mí, perdí la razón. Perdón, perdón… fui yo. Fui yo quien la mató.
Textualmente,
esas fueron las palabras que le dijo a su madre, con llanto, dolor,
remordimiento y arrepentimiento.
Y
es así como:
La
ira de uno mató a Rosa.
La mentira de una madre incendió un pueblo.
La ira colectiva se exterminó a sí misma.
De
regreso a los valles
El
último mordisco de mi apetecido mango me trajo de vuelta al presente. Antes de
irme y emprender, de nuevo, mi camino, le eché una última mirada a mis niños
mangueros. Eran de ese lugar. ¿Y si alguno de ellos fuera descendiente de
quienes protagonizaron la historia de Rosa?, ¿podrían contar otra versión? —me
pregunté—.
De
nuevo me reí, para mis adentros. Esta vez me reía de mi propia estupidez: ¿Cómo
iban a serlo si todos aquellos habían muerto? ¿Y si todos habían muerto, quién
o quiénes dieron testimonio para contar esta historia? Pero, por muy estúpido
que les parezca, decidí optar por la veracidad del relato. Me la creí cuando
niña y no quise romper la magia que me dio la inocencia en aquel momento… en
contra de toda lógica.
Mi
abuela nos contó esta historia —no porque fuera una cuentacuentos como yo, no—,
sino para enseñarnos una moraleja:
«La
templanza es una virtud que Dios ama en nosotros; para alcanzarla hay que
dominar el temperamento, forjando el carácter».
La
abuela siempre hacía lo mismo: intentaba darnos lecciones con sus historias.
Pero la cosa no acababa allí. Ella se iba creyendo que había puesto el punto
final, cuando lo cierto es que nosotros íbamos tras ella —como polluelos tras
la mamá gallina— para que nos explicara las palabras que no entendíamos:
dantesco, templanza, virtud, temperamento… carácter. Y, al tratar de
explicárnoslas, ¡comenzaba otra historia!
Pobre
abuela… así era su vida en nuestras vacaciones.
"Las grandes tragedias no comienzan con grandes
maldades, sino con pequeñas deshonestidades."