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sábado, 7 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (53) EL FINAL

















Nota de la autora: La imagen que ilustra este capítulo no identifica el número, ni el título, ni el autor —no sé, en realidad, si es el capítulo final o el inicial contado al final—. No sé si la autora es Anita, o soy yo… ¡es la vida de Lola, y con ella todo es un enredo! Que el reloj esté desarmado refuerza la sensación de que el tiempo se detiene, se dilata o incluso pierde relevancia frente a los ciclos humanos de vida, muerte, memoria y legado —mientras la historia continúa, incesante, en cada recuerdo que la mantiene viva.

 

“Cuando la vida se despide, la historia continúa en manos de quienes aman.”

El día estaba maravilloso. Salía el sol después de haber estado toda la mañana lloviendo; una lluvia suave y fría como la seda. Era esa época del año en que coincidían las estaciones. Todo húmedo, verde y floreado, por la lluvia y el sol. Tiempos de romances y nostalgias, de siembras y cosechas. El tiempo todo lo puede y todo lo invade, dejando su infalible huella; pero, en fin, ese es el destino inexorable de la naturaleza y de la humanidad: cambiar, para bien o para mal.

—¡Por Dios! La misa de difuntos de esta mañana… se me hizo eterna. José debería retirarse ya, se ha puesto chocho. Alarga mucho sus sermones y, sin darse cuenta, empieza a hablar en latín. No, no, no… ¡Es insoportable estar casi dos horas de pie o sentada, no aguanto mis caderas ni mi espalda! —se quejaba Doña Ana, al referirse a la precoz senilidad de su amigo, el cura Don José.

—¡Abuela Ana, han pasado los años… y los años no pasan como si nada! Fíjate, tú estás también chocha; vives quejándote de todo y por todo. —le acotó Anita, muerta de la risa, mientras acomodaba una silla para que su abuela se sentara y descansara los pies.

Antonio sonreía, porque ellas dos siempre se enganchaban en un tema. Todo lo que dijera su abuela, Anita lo remedaba y viceversa. Eran, como dicen por ahí, ¡uña y sucio!

—Ninguno de ustedes se atreva a pasar con los zapatos llenos de barro, con esta lluvia el camposanto estaba hecho un pantano. ¡Lávense las caras y manos, todos directos a la cocina, que vamos a almorzar! —les advertía Antonio a los muchachos.

Temprano habían asistido a la misa de difuntos y luego pasaron por el cementerio para llevarle flores a sus muertos. Antonio se sentó en la mesa, en silencio. Siempre, en esta fecha, la melancolía era su mejor compañía. Aunque les repetía a los muchachos, una y otra vez, que recordasen con alegría a su madre… era él quien obviaba este consejo. No importaba lo que hiciese, siempre terminaba con los ojos llenos de lágrimas. No solo la recordaba, sino que la extrañaba en demasía.

Los muchachos se sentaron en la mesa con desorden y algarabía. El almuerzo sería especial ese día, pues Luis Antonio, el cuatro de ocho, cumplía diez años. Sus hermanos lo llamaban “cuatro” porque, de ocho, fue el cuarto varón y el cuarto rubio. Él, ante este sobrenombre, no tardaba en manifestar su enojo, recalcándoles que se llamaba Luis Antonio. Entre risas y protestas, los siete reclamaban la comida; pero esta no se servía porque no estaban presentes todos: faltaba Anita.

—No se vale, papá, es mi cumpleaños y quiero comer ya. ¡No es justo que Anita se haga esperar! —se quejó el cumpleañero.

Antonio, soltando un suspiro, ordenó a los chicos tener paciencia y guardar compostura. Se levantó y fue directo a la escalera, se paró al pie de esta.

—Anita, Anita… te estamos esperando para almorzar, ¡se están amotinando! —le gritó Antonio, desde lo bajo, a su consentida.

Ella bajó las escaleras lentamente, con su amplia sonrisa; una de esas que ablandan el más duro corazón. Mientras bajaba, uno a uno los escalones, lo miraba con esos grandes ojos azules y llenos de amor, como los de Lola. Tenía sus brazos a la espalda, escondiendo algo en sus manos. Al llegar donde estaba él, se sentó en un escalón y lo invitó a sentarse, haciéndole señas con una de las manos. Él se sentó con una risa contenida, siguiéndole el juego. Anita puso frente a él una gran caja blanca con un moño azul brillante.

—¿Qué es esto, cariño? —le preguntó intrigado, agarrándolo con sus manos y apoyándolo sobre sus muslos.

—Es un regalo para Luis Antonio. ¡Ábrelo! —le dijo Anita con dulzura.

Antonio lo abrió. Dentro se encontraba una especie de libro, con cartulina como portada. Lo hojeó, encontrándose con muchas hojas mecanografiadas y fotografías insertas; lo había titulado: LOLA Y SUS ENREDOS. Los ojos se le llenaron de lágrimas y apretó sus mandíbulas para ahogar el llanto.

—¿Es lo que yo creo… la historia de tu mamá, de mi Lola? —le preguntó con la voz entrecortada, gimoteando.

—Sí, papá, por lo menos lo que yo recuerdo… y otras cosas que mi abuela Ana, mis tías, Matilde, las nanas, Teresa y, bueno, casi todos algo me han dicho… hasta tú, ¡quien has sido quien más me ha contado! ¿Te gusta? —le preguntó por preguntar, pues era evidente que sí.

Lo abrazó fuertemente y le dijo al oído:

—Saqué muchas copias, a todos les he dejado la suya sobre sus camas… en especial a ti, que fuiste su adoración. Te amo, papá, ¡no lo olvides nunca! —Guardó el obsequio dentro de la caja, se levantó y se fue directo a la cocina.

Antonio la miraba mientras se iba, al tiempo que su corazón se comprimía; Anita ya era toda una mujer, bien criada, igualita a su Lola y había cumplido su palabra: ¡haría lo que fuera para que a su madre nadie la olvidara! Sentado en la escalera, se quedó con su melancolía y con su alegría; con su frustración y su satisfacción. Desde ahí escuchaba las exclamaciones de los muchachos al ver el regalo de Anita. Ella les contaba cosas, cosas que ellos preguntaban. De vez en cuando lloraban y otras veces reían. Antonio sonrió; la risa de ellos era bálsamo para su alma acongojada.

Lola se fue… pero no lo dejó solo, ¡le dejó el más grande de los tesoros, sus hijos!

FIN

“Este final no cierra —despierta—. El regalo que Anita entregó hoy es la semilla de la historia que comenzó ayer —la que les narré—, que seguirá viviendo mañana y siempre, entre sus descendientes, mientras haya quien recuerde.”


AGRADECIMIENTO

Todos, en mayor o menor medida, en algún momento o durante toda la vida, de una forma u otra, sentimos el impulso de rayar una hoja en blanco. Es parte de nuestra naturaleza: expresar libremente aquello que nos habita, sean ideas sencillas o pensamientos profundos, emociones o sentimientos, realidades o ficciones. Al final, poco importa el contenido; lo esencial es el acto de expresarse.

Ustedes me han acompañado en esta maravillosa aventura de llenar páginas. Gracias por estar ahí: por escuchar, por apoyar, por animar. A ustedes les dedico este capítulo.


NOTA: La foto que ilustra el presente relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor o propietario, a ellos los méritos y derechos que puedan corresponderle.

miércoles, 20 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (47) SANTA MARÍA




“Del puerto de La Guaira a Brasil… ¡y a mil anécdotas!”

El calor era insoportable en el puerto de La Guaira, solo la brisa del mar aliviaba el sofoco de Lola. Había mucha gente y todos con agitación. Unos lloraban y otros reían, abrazos y besos venían e iban. Los corazones se estremecían al escuchar el bucólico sonido de la sirena del trasatlántico, advirtiendo que lo inevitable estaba por suceder: zarparía, y con él se llevaría a la tía Isabel.

Ella se despedía de su hermano y cuñada, luego de Antonio y, por último, de su sobrina mayor.

—Lamento no poder quedarme más y no acompañarte para el nacimiento de tu “cuatro de ocho” —le decía a Lola mientras le acariciaba el rostro y la barriga, ya bien notoria—, pero te aseguro que estaré muy pendiente de ese gran acontecimiento. Cuídate mucho, mi amor siempre estará con ustedes.

La abrazó con mucho sentimiento y se alejó de todos ellos con una gran sonrisa, que contradecía sus tristes ojos. La vieron perderse por el muelle, entre la multitud de viajeros. No regresaría a España: iría a Miami y de ahí a Nueva York, a visitar a su hija Candelaria.

La noche caía, el Santa María tenía encendidas sus luces semejando una constelación al ras del mar, lucía imponente; haciendo que ellos parecieran hormigas, más insignificantes de lo que ya se sentían por la impotencia de no haber podido retener, por más tiempo, a la tía. Se oían gritos de despedidas y pañuelos blancos ondeaban desde tierra, despidiendo a sus seres queridos… a aquellos que no sabían cuándo volverían a ver. Se quedaron allí, observando cómo se alejaba, hasta que solo divisaron en la lejanía un gran punto luminoso, perdiéndose en alta mar.

Lola esa noche durmió profundo, descansando del ajetreo del día anterior. Al despertar no encontró a Antonio a su lado, ni a él ni a los niños en casa. Se asomó por la ventana de su habitación, logrando ver que, en los jardines de la casa de su madre, estaban jugando sus hijos, como abejas alrededor de las flores.

La verja que dividía los jardines de ambas casas estaba abierta de par en par… ya era permanente esta situación. Desde que se casó con Antonio, las dos casas se habían convertido en una.

En la medida que avanzaba hacia la casa paterna, Lola se relajaba. Las flores se hallaban por doquier, igual que los frutos de los árboles, que se encontraban esparcidos por el suelo. La carga de este año había sido generosa. Las fragancias dulces y ácidas se entremezclaban.

Se sentía bien esa mañana, a pesar de que el bebé en el vientre se le encajaba. Paso a paso se acercaba; y a cada paso que daba, las voces se escuchaban más alteradas. Todos estaban reunidos en la terraza de la cocina. Hablaban y hablaban, todos al mismo tiempo. Los niños se encontraban ahora sentados en los escalones, mirando atentos a todos los que allí se hallaban.

Al ver a Lola, Antonio pidió a todos que guardaran silencio, y así lo hicieron. Ella se quedó viéndolos intrigada.

—Padre, ¿qué te pasa? —le preguntó Lola, sujetando su vientre con las manos, mientras corría hacia él.

Don Luis estaba pálido y mantenía su mano en el lado izquierdo del pecho, bajándola de vez en cuando por el brazo.

—¿Qué pasa, padre? —volvió a preguntarle, esta vez de rodillas ante él y abrazada a su regazo.

Antonio acercó un asiento al lado de su suegro y, cargando a su amada, la sentó allí.

Todos guardaban el más estricto silencio, esperando quién y cómo le contarían a Lola el acontecimiento.

—Amor, deja tranquilo a tu padre, está algo sofocado. Yo te informaré lo que sucede —le dijo Antonio, sentándose frente a ella—. Bueno, sucede que el trasatlántico que abordó tu tía Isabel fue desviado de su curso; en vez de seguir su ruta hacia Norteamérica, se dirige a África. Durante tres días no se supo de él, pero ya se sabe que ha sido secuestrado, manteniendo como rehenes a los pasajeros y tripulantes. Llevan doce días de cautiverio. Se está negociando y creo que los liberarán hoy en Brasil. Es lo que se sabe; está en los noticieros y periódicos de todo el mundo, The New York Times y Paris Match, entre otros.

Al parecer, la causa es política, no de simple piratería. Hoy mismo se sabrá si las autoridades de Brasil les conceden el asilo político solicitado. Si lo dan, todo termina y no pasa más nada. Todos se encuentran en perfectas condiciones. Eso es, amor, eso es lo que pasa…

Cuando terminó de hablar, todas las miradas se posaron en Lola, esperando su reacción. Ella quedó callada. Sus ojos se movían de un lado para otro, pensaba. Bajó la cabeza hasta el pecho, abrazando fuertemente su vientre.

De repente, empezó a temblar, todo su cuerpo se agitaba. Era evidente que contenía sus emociones.

—Perdona, padre mío, mi insolencia; sé que es tu hermana y debes, por ella, estar preocupado… ¡pero qué suerte tiene la tía! —dijo esto al tiempo que echaba la cabeza para atrás y soltaba una carcajada tan contagiosa, que todos empezaron a reír con ella, sin saber por qué.

—¿Por qué nos estamos riendo, hija, si no es nada gracioso? —le preguntó Don Luis, evidentemente más relajado.

—¡Ah, padre! Mi tía lleva tiempo a bordo. ¿Te imaginas la cantidad de gente de la que se habrá hecho amiga? ¿La cantidad de historias de las que se habrá enterado, las cuales magnificará para contarlas a sus conocidos al llegar a España? Además, ¿no estamos en febrero? Se celebra en Brasil uno de los más grandes carnavales del mundo… ¡por Dios, padre, la tía lo está pasando de lo lindo!

Cogió entre sus manos el rostro de su padre y lo besó tiernamente; con la mirada serena de ella, él se tranquilizó.

Ese mismo día recibieron un telegrama: ¡la tía Isabel estaba en el puerto de Recife, Brasil, rumbo a Río de Janeiro, y aprovecharía el evento para disfrutar de los Carnavales!

Todos empezaron a echar chistes a costa de la tía Isabel, menos Doña Matilde, quien estaba arrepentida de no haber aceptado la invitación de ella para que la acompañara en el viaje… ¡moría de la envidia por haberse perdido tales aventuras!

“Tía Isabel: secuestrada en alta mar, ¡pero con samba en el corazón!”



NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

domingo, 17 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (46) LA BODA


 “Cuando la perfección aburre, una caída siempre salva la fiesta.” 

El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Sin darse cuenta, ya estaban casados. Antonio y Lola habían hecho su sueño realidad. Todos los familiares estaban a su derredor mientras el fotógrafo hacía malabares para tomar esa gran foto… una donde salieran los contrayentes y sus invitados especiales: los empleados y peones de la hacienda.

Lola estaba muy orgullosa de ellos, eran como de la familia, los conocía desde niña… algunos la vieron nacer. Todos estaban impecablemente trajeados con sus vestimentas típicas llaneras, como los novios. Todo era un relajo: que si los altos atrás, que si las mujeres sentadas y los niños en sus faldas. Después de un buen tiempo y mucho ajetreo, lo lograron: quedó perfecta… a decir del fotógrafo.

Luego vino la familiar, con el resto de los invitados; la misma vaina: que si pónganse aquí o pónganse allá. Total, después de muchas risas y alboroto, también la tomaron. Todos estaban contentos, todo se desarrollaba según lo planeado.

Abundancia de comida y bebida… y música con arpa, maracas y cuatro. No había espacio que no se impregnara del olor de la carne en vara. Oscurecía y se veía la candela y se oía el chasquido de la leña arder. Flores en abundancia, como la bebida que los embriagaba. Poco a poco se fue yendo la gente, bien porque lejos vivían o porque eran prudentes. Se fueron quedando los que allí pernoctarían.

Fue una boda generosa, espléndida… pero nada pretenciosa. Al final, solo quedaron tres mesas ocupadas. La de los nuevos esposos, con sus cuñados y cuñadas; cuchicheaban y reían a carcajadas. Hablaban de todo; se contaban chistes, algunos groseros, otros tontos… pero igual se reían como bobos. Estaban embriagados por el alcohol y por el amor… como dijo el poeta Rubén Darío: ¡juventud, divino tesoro!

En otra mesa estaban los hombres: entre ellos Don Luis, el cura Don José, el comunista Don Carlos, Emilio —esposo de Matilde— y el padre de los Santamaría. De lejos, pareciera que hablaban cosas serias, como asuntos de negocios; pero, qué va, estaban igual que los muchachos: jodiendo y pasando un buen rato. Se contaban esas cosas que no se pueden charlar delante de las esposas, pues los molerían a palos.

Una tercera mesa, donde las mujeres, ya descalzas, suspiraban de alivio por tener los pies hinchados.

—Los muchachos lograron sorprenderme, se encargaron de todo y todo lo hicieron bien —comentaba Doña Ana, llena de satisfacción y orgullo—. Fíjense qué bonita quedó la ceremonia. La capilla estaba muy iluminada por la suave luz de la mañana y fragante a jazmines y rosas, todas las flores blancas… ¡Ah! Y cuando entró Lola del brazo de mi Luis, tan guapo él, tan bella ella… y empezaron los niños del coro a cantar el Ave María… —Doña Ana dejó de hablar, las lágrimas le cortaron las palabras.

—Carajo, Ana, ya has visto a Lola entrar por la iglesia varias veces, ¿y todavía te emocionas? —le dijo la buscapleitos de Matilde, muerta de la risa.

—Hermana, te juro que nunca vi a Lola tan esplendorosa; su mirada era otra. Estoy segura de que, para ella, este es su primer matrimonio. ¡Esta vez se casó de mente, cuerpo y alma… se casó con Antonio, con su amor de toda la vida! —le contestó ella con una sonrisa de satisfacción.

—¿Se dieron cuenta de que Lola, en más de una ocasión, se ha llevado la mano al vientre volteando a mirar a Antonio y que este le devuelve una sonrisa cómplice? —preguntó la madre de Antonio, al tiempo que miraba a Doña Ana, como esperando respuesta de ella.

—¡Claro que me di cuenta!, ¿cómo no hacerlo?… si cuando ella se tocaba el vientre el semblante le cambiaba, se le llenaba de luz. Estoy segura de que ya mi octavo nieto viene en camino… ¡apuesto lo que sea! Además, no soy tonta, aunque me haga la pendeja, eso de que la modista tuviera que “ajustarle” el vestido tres veces… ¡no es pura coincidencia! —le respondió de lo más tranquila a su consuegra. Total, Lola no era ninguna doncella y, Don Luis y ella, ya se lo temían.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la tía Isabel persignándose. Como todas se voltearon a verla muy intrigadas, ella se apresuró a aclarar—: Esta ha sido una boda perfecta. Nada faltó, vinieron todos los que tenían que venir, todo fue espléndido, cálido y hermoso. Reinó la alegría y la armonía. No hubo ni una discordia, ni un plato roto. Nadie se llevó nada… no falta ni una de las cucharillas de plata. Díganme ustedes: si no hubo pleitos, fallas ni alborotos… ¿qué puedo yo contar a los otros? ¡Nada, nada que chismear! Dios, te pido que la novia esté preñada… así, por lo menos, ¡no parecerá un cuento de hadas!

A Doña Matilde esto le pareció lo más sensato que alguna haya dicho; a ella tanta perfección le parecía aburrimiento y, por primera vez, tal impertinencia no había salido de su boca, sino de la tía Isabel.

De inmediato, se dirigió a la mesa de los hombres para chismosearles lo de la sospecha de embarazo de Lola, olvidándose de que estaba descalza. Pisó algo que le hirió el pie, haciéndole perder el equilibrio. Trató de sostenerse de la mesa, pero no lo logró. Cayó bruscamente al piso, de rodillas.

Del impacto, la falda y las enaguas fueron a parar a su espalda, dejando al descubierto sus blancas bragas, tan blancas como sus gordas nalgas. Todos lo vieron, para su desgracia. Aunque el curita Don José se apresuró a auxiliarla, ya de la burla no la salvaba ni la más fervorosa plegaria. Todos se reían de ella a carcajadas, aunque los caballeros trataban de ocultarlo tapando sus bocas con sus finos pochette, ¡igual de blancos!

—Gracias, Matilde, ahora sí puedo decir que yo me aseguraré… ¡de que esta boda no sea olvidada! —le gritó sarcásticamente la tía Isabel, mientras se levantaba de su asiento para hacerle creer que intentaba ayudarla, aunque en realidad grababa en su mente la escena… ¡para después contarla!

“Ni la bendición del cura ni el aroma de jazmines salvaron a Matilde del ridículo.”

 “Cuando la perfección aburre, una caída siempre salva la fiesta.” 

El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Sin darse cuenta, ya estaban casados. Antonio y Lola habían hecho su sueño realidad. Todos los familiares estaban a su derredor mientras el fotógrafo hacía malabares para tomar esa gran foto… una donde salieran los contrayentes y sus invitados especiales: los empleados y peones de la hacienda.

Lola estaba muy orgullosa de ellos, eran como de la familia, los conocía desde niña… algunos la vieron nacer. Todos estaban impecablemente trajeados con sus vestimentas típicas llaneras, como los novios. Todo era un relajo: que si los altos atrás, que si las mujeres sentadas y los niños en sus faldas. Después de un buen tiempo y mucho ajetreo, lo lograron: quedó perfecta… a decir del fotógrafo.

Luego vino la familiar, con el resto de los invitados; la misma vaina: que si pónganse aquí o pónganse allá. Total, después de muchas risas y alboroto, también la tomaron. Todos estaban contentos, todo se desarrollaba según lo planeado.

Abundancia de comida y bebida… y música con arpa, maracas y cuatro. No había espacio que no se impregnara del olor de la carne en vara. Oscurecía y se veía la candela y se oía el chasquido de la leña arder. Flores en abundancia, como la bebida que los embriagaba. Poco a poco se fue yendo la gente, bien porque lejos vivían o porque eran prudentes. Se fueron quedando los que allí pernoctarían.

Fue una boda generosa, espléndida… pero nada pretenciosa. Al final, solo quedaron tres mesas ocupadas. La de los nuevos esposos, con sus cuñados y cuñadas; cuchicheaban y reían a carcajadas. Hablaban de todo; se contaban chistes, algunos groseros, otros tontos… pero igual se reían como bobos. Estaban embriagados por el alcohol y por el amor… como dijo el poeta Rubén Darío: ¡juventud, divino tesoro!

En otra mesa estaban los hombres: entre ellos Don Luis, el cura Don José, el comunista Don Carlos, Emilio —esposo de Matilde— y el padre de los Santamaría. De lejos, pareciera que hablaban cosas serias, como asuntos de negocios; pero, qué va, estaban igual que los muchachos: jodiendo y pasando un buen rato. Se contaban esas cosas que no se pueden charlar delante de las esposas, pues los molerían a palos.

Una tercera mesa, donde las mujeres, ya descalzas, suspiraban de alivio por tener los pies hinchados.

—Los muchachos lograron sorprenderme, se encargaron de todo y todo lo hicieron bien —comentaba Doña Ana, llena de satisfacción y orgullo—. Fíjense qué bonita quedó la ceremonia. La capilla estaba muy iluminada por la suave luz de la mañana y fragante a jazmines y rosas, todas las flores blancas… ¡Ah! Y cuando entró Lola del brazo de mi Luis, tan guapo él, tan bella ella… y empezaron los niños del coro a cantar el Ave María… —Doña Ana dejó de hablar, las lágrimas le cortaron las palabras.

—Carajo, Ana, ya has visto a Lola entrar por la iglesia varias veces, ¿y todavía te emocionas? —le dijo la buscapleitos de Matilde, muerta de la risa.

—Hermana, te juro que nunca vi a Lola tan esplendorosa; su mirada era otra. Estoy segura de que, para ella, este es su primer matrimonio. ¡Esta vez se casó de mente, cuerpo y alma… se casó con Antonio, con su amor de toda la vida! —le contestó ella con una sonrisa de satisfacción.

—¿Se dieron cuenta de que Lola, en más de una ocasión, se ha llevado la mano al vientre volteando a mirar a Antonio y que este le devuelve una sonrisa cómplice? —preguntó la madre de Antonio, al tiempo que miraba a Doña Ana, como esperando respuesta de ella.

—¡Claro que me di cuenta!, ¿cómo no hacerlo?… si cuando ella se tocaba el vientre el semblante le cambiaba, se le llenaba de luz. Estoy segura de que ya mi octavo nieto viene en camino… ¡apuesto lo que sea! Además, no soy tonta, aunque me haga la pendeja, eso de que la modista tuviera que “ajustarle” el vestido tres veces… ¡no es pura coincidencia! —le respondió de lo más tranquila a su consuegra. Total, Lola no era ninguna doncella y, Don Luis y ella, ya se lo temían.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la tía Isabel persignándose. Como todas se voltearon a verla muy intrigadas, ella se apresuró a aclarar—: Esta ha sido una boda perfecta. Nada faltó, vinieron todos los que tenían que venir, todo fue espléndido, cálido y hermoso. Reinó la alegría y la armonía. No hubo ni una discordia, ni un plato roto. Nadie se llevó nada… no falta ni una de las cucharillas de plata. Díganme ustedes: si no hubo pleitos, fallas ni alborotos… ¿qué puedo yo contar a los otros? ¡Nada, nada que chismear! Dios, te pido que la novia esté preñada… así, por lo menos, ¡no parecerá un cuento de hadas!

A Doña Matilde esto le pareció lo más sensato que alguna haya dicho; a ella tanta perfección le parecía aburrimiento y, por primera vez, tal impertinencia no había salido de su boca, sino de la tía Isabel.

De inmediato, se dirigió a la mesa de los hombres para chismosearles lo de la sospecha de embarazo de Lola, olvidándose de que estaba descalza. Pisó algo que le hirió el pie, haciéndole perder el equilibrio. Trató de sostenerse de la mesa, pero no lo logró. Cayó bruscamente al piso, de rodillas.

Del impacto, la falda y las enaguas fueron a parar a su espalda, dejando al descubierto sus blancas bragas, tan blancas como sus gordas nalgas. Todos lo vieron, para su desgracia. Aunque el curita Don José se apresuró a auxiliarla, ya de la burla no la salvaba ni la más fervorosa plegaria. Todos se reían de ella a carcajadas, aunque los caballeros trataban de ocultarlo tapando sus bocas con sus finos pochette, ¡igual de blancos!

—Gracias, Matilde, ahora sí puedo decir que yo me aseguraré… ¡de que esta boda no sea olvidada! —le gritó sarcásticamente la tía Isabel, mientras se levantaba de su asiento para hacerle creer que intentaba ayudarla, aunque en realidad grababa en su mente la escena… ¡para después contarla!

“Ni la bendición del cura ni el aroma de jazmines salvaron a Matilde del ridículo.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; aparece en ella un nombre en manuscrito, se desconoce si es su autor o propietario: a ella los méritos y derechos que correspondan.

viernes, 15 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (45) LOS ZALAMEROS


“Doña Ana bajó la guardia… ¡y los Santamaría la tenían bailando en la palma de su mano!”

Los preparativos de la boda de Lola y Antonio marchaban bien. Doña Cándida, la modista, entraba y salía a cada rato haciendo pruebas y ajustando. Lola había tomado la responsabilidad de los preparativos junto con su prometido, que se había tomado a pecho la ceremonia y participaba con gran entusiasmo. Esto le vino como anillo al dedo a Doña Ana, pues el asunto de los enamoramientos de Márgara y Ana Isabel la tenían muy apagada, completamente apática. También delegó en las muchachas lo de la cena de bienvenida a los Santamaría, pues si ellas eran suficientemente mujeres para tener “novios”, también lo serían para encargarse de esos asuntos domésticos.

¡Que fueran practicando!, les había dicho, como si se tratase de un castigo. Pensó que se molestarían, pero, qué va, ellas encantadas, lo hacían con mucha alegría. ¡Otro tiro por la culata que le salía a Doña Ana!

Abatida como estaba, se recluyó en su habitación, no la necesitaban. Acostada en la cama cavilaba sobre el asunto; sabía que no tenía ni derechos ni motivos para sentirse así, pero así se sentía: traicionada y abandonada… ¡como un trapo viejo apartada! De esta manera, golpeada en su ego y sin hacer absolutamente nada, fue como se le metió en la cabeza un plan para sabotear la cena.

Haría todo lo posible para deslucir a los muchachos ante sus hijas, a ver si estas se decepcionaban y volvían a sus andadas. Una cosa que no les permitiría por nada era que abandonasen sus estudios en la universidad: de la preparación de ellas dependía, ahora, el negocio familiar y, a futuro, su estabilidad personal. No quería que siguiesen los pasos de ella y su hermana Lola: solo parir y criar. No, ahora las mujeres tenían muchas puertas abiertas; los tiempos habían cambiado y ellas se hacían de profesiones y entraban al campo laboral y, con las pastillas anticonceptivas… ¡ni hablar, completa libertad!

Cómo le hubiera gustado a ella tener esa oportunidad. Se arreglaba, quería quedar muy hermosa para impresionar a los rufianes que venían a robarles a sus hijas y, encima, les tenía que dar de comer y beber. Doña Ana pensaba y pensaba… y no pensaba bien; solo pensaba en cómo fastidiar a los muchachos, guiada por sus celos de madre.

—Amor, ¡estás muy hermosa! Los Santamaría deberán fijarse bien, pues pareces otra de las muchachas. Jamás pensarán que eres la suegra —le dijo Don Luis acariciando el rostro de su mujer y mirándola como él solo podía hacerlo—. Pero algo te digo: no has pronunciado una sola palabra en todo el día y, por tu mirada, sé que traes algo en mente… ¡yo no daría ni un centavo por esos pensamientos!

Listos como estaban, Don Luis puso galantemente su brazo para que su amada de él se asiera; bajaron juntos las escaleras. Apenas los vieron, los tres Santamaría se acercaron a ellos. Doña Ana los miró muy seria, estaba dispuesta a dar la batalla y, ¡con una mirada acérrima les anunciaba el inicio de la guerra! Pero ellos, a eso, no le hicieron ningún caso, estaban prevenidos, ya esperaban esa reacción y tenían sus propios planes: conquistar a la suegra… ¡a como diera lugar!

Antonio sonreía, bien la conocía y le constaba su bondad; esa máscara de mujer dura y despiadada caería sin dificultad. Cedió a sus hermanos el protagonismo de la noche; nada diría a su suegra de lo hermosa que la observaba.

Gabriel y Alejandro Santamaría, en franca conspiración con Márgara y Ana Isabel, no se despegaron de Doña Ana. No hubo palabras de halago que no pronunciaran… y muy dulcemente. Con humildad y respeto, prodigaron a su suegra todo tipo de atenciones, como la reina que era, la madre de sus princesas.

La llenaron de obsequios: perfumes de Francia, mantillas de España, manteles bordados de Portugal, perlas negras de Tailandia y finas sedas de Marruecos. A Don Luis le trajeron tabaco rubio inglés y vinos italianos y franceses… y el más fino güisqui escocés.

Márgara y Ana Isabel sonreían, el plan estaba dando resultado: sus padres estaban animados, abrumados con las atenciones, muy contentos y relajados. Doña Ana bajaba la guardia, era imposible no hacerlo. Los Santamaría se los habían metido en los bolsillos, ¡los tenían comiendo en las palmas de sus manos!

Eran hábiles en el arte de la conversación, muy gentiles y dulces… y tan guapos como Antonio. Doña Ana y Don Luis no eran pendejos, estaban conscientes de que esa zalamería tenía un claro objetivo: conquistarlos a ellos para quedarse con las hijas. ¡Y lo habían logrado!

Hubo un momento en que se quedaron solos. Se miraron el uno al otro:

—Ahora, ¿Qué piensas, amor? ¿Aún sigues con ellos disgustada? —le preguntó Don Luis a Doña Ana, mientras le besaba las manos.

—A ti no te puedo mentir. Sabes que lograron conquistarme, son encantadores. Y si eso fue conmigo, que soy su suegra, ¡imagínate cómo las habrán enamorado a ellas! —le contestó a su marido con serenidad y dulzura—. Serán muy buenos esposos, no me queda la menor duda de ello.

Antonio y Lola los observaban de lejos, vieron sus caras aliviadas e iluminadas. La tormenta había pasado y ellos podrían continuar sus planes de boda sin ninguna sombra que la opacara… ¡su felicidad continuaba!

“Doña Ana: vencida pero feliz; los Santamaría: genios de la diplomacia familiar.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (44) LA SOLEDAD


“Cuando el ‘bla, bla, bla’ se vuelve música de fondo, el corazón aprende a escuchar lo importante.” 

Doña Ana estaba acostada en su cama, nada le dolía… ¡solo el alma! Había estado llorando toda la tarde. No se había dado cuenta de que sus hijas ya eran unas señoritas casaderas… hasta esa mañana, ¡las creía aún niñas! Estaban enamoradas de los Santamaría, precisamente de ellos; no podían ser otros, sino ellos… que eran una familia de viajeros. Se la pasaban viaja que viaja, por los negocios poco compartían en familia; estaban más tiempo separados que juntos. Se robarían a sus niñas, las separarían de ellos… ¡desmembrarían a la familia! ¿Y sus nietos? ¡Se los llevarían también, qué desgracia!

Al pensar en todo esto, recorría en su mente su casa. Imaginaba los cuartos vacíos y en silencio; la cocina quieta, sin que se oyera un cubierto o una taza. Y los jardines… ¿quiénes jugarían en ellos? ¿Quiénes recogerían las flores y los frutos? ¿Y la hacienda… quiénes ayudarían a Luis a administrarla, a sacar las cuentas? ¡Nadie, porque todas ellas, con los niños, se irían!

Ya lágrimas no le quedaban y la resignación se le encimaba, cuando a la habitación entraron su hermana y cuñada.

—Vamos, Ana, esto es lo más egoísta que he visto en mi vida… ¡y tú no eres así! ¿Qué pasa contigo? —le reclamó Matilde a su hermana, sentándose también a su lado, por el otro lado de la cama.

—¿Qué pasa, Ana? ¡Estás pasada de pendeja! —le dijo su cuñada Isabel, sentándose a su lado y poniendo en sus manos una taza de café con leche caliente y cremoso, como a ella le gustaba—. Presta atención, estás ahogándote en un vaso de agua; la mayoría de las veces las cosas no suceden como las pensamos, sino todo lo contrario. No te anticipes, deja que las cosas sucedan para que puedas hacerles real frente. Además, no es justo: las muchachas querían sorprenderte con algo que ellas pensaban iba a ser maravilloso y, estúpidamente, se ha vuelto una tragedia. Apóyalas, disfruta con ellas el presente… ¡ya se verá qué pasa mañana!

Doña Ana dejó que siguieran hablando, pero ella seguía absorta en sus pensamientos, en el sentimiento de abandono que la embargaba. Solo escuchaba un bla, bla, bla… pero no oía nada.

Los monólogos de la hermana y la cuñada fueron interrumpidos por Doña Blanca, que vino a avisarle que abajo se encontraban Don Antonio y sus padres, que a ella querían hablarle. Doña Ana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la cabecera de la cama, sin disimular el fastidio que ello le daba.

—Lo que me faltaba, más bla, bla, bla… y, a mí, ¡no me interesa oírlos para nada! —exclamó evidentemente molesta.

Doña Matilde dio instrucciones a Doña Blanca de que les informara que, en un momento, ella bajaría y los atendería. De inmediato, y con la ayuda de Doña Isabel, se dio a la tarea de animarla para que se arreglara y reuniera con ellos. Así se hizo.

Cuando Doña Ana bajaba las escaleras, Antonio la alcanzó y le dijo algo al oído. Ella dibujó una amplia sonrisa, iluminándosele el rostro. Se asió de su brazo y bajaron los dos juntitos. Olvidó por un momento su amargura y saludó amable y cariñosamente a los visitantes: eran sus amigos de toda la vida, debía mantener eso presente en su mente.

—Espero nos disculpen por venir sin avisar, pero Antonio nos comentó de lo aquí sucedido… y sentimos que estamos obligados a aclarar ciertos asuntos; de esta manera pensamos que las cosas serán apreciadas desde otro punto de vista —inició la conversación la madre de Antonio, de manera amable y prudente.

Guardó silencio cuando hizo acto de presencia Don Luis, quien saludó y se sentó junto a su mujer, tomándose de las manos. Los dos presentaban signos de cansancio… y de haber llorado, mucho; estaban con los hombros caídos, encorvados, deprimidos.

Inmediatamente tomó la palabra el padre, quien intentó enaltecer a sus hijos para presentarlos como buenos candidatos para las muchachas: que si eran trabajadores; que si eran graduados de la prestigiosa y antigua Universidad Central, ahora Complutense, ubicada en la Moncloa, Madrid; que si los muchachos residían en una villa decente frente al campus; que si esto, que si aquello y que si patatín o patatán, puro bla, bla, bla, bla…

Don Luis y Doña Ana los miraban, los escuchaban… pero ninguno de los dos prestaba atención. Sus mentes se concentraban en una sola cosa: se enfrentaban a algo para lo cual no estaban preparados… ¡la soledad!

Ambos echaron un largo suspiro, se miraron apretándose las manos. Sin mediar entre ellos palabra alguna, se dijeron todo, llegaron a un acuerdo… ¡la resignación era la salida!

“Entre suspiros y cafés, aprendemos que la resignación puede ser muy entretenida.”


Dedicatoria: Este capítulo se lo dedico a mi hijo Francisco José, porque sé el significado que tiene la Universidad Complutense, Madrid, para él, para mi querida nuera —y fiel lectora—, y mis nietos.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

jueves, 14 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (43) EL SECRETO



“Si quieres mantener un secreto en esta familia, ¡prepárate para Doña Cándida!”

Márgara subió las escaleras refunfuñando y, tras ella, Ana Isabel. Doña Cándida tapaba su rostro con sus manos, estaba apenada; si no fuera obesa, de seguro se hubiese escondido bajo la mesa. Antonio se acercó a Lola y en el oído le dijo unas palabras, lo mismo hizo Don Luis con Doña Ana. Ambas salieron, con pasos apresurados, detrás de las muchachas. Doña Matilde y la tía Isabel fueron rápido a la cocina a advertirle a Doña Teresa que se olvidara de lo del brindis. Antonio se puso de pie y dio unas palmadas a su suegro en la espalda, tratando de apaciguar su ánimo.

—Tómeselo con calma, Don Luis, que no ha pasado ninguna desgracia; si Márgara y Gabriel en realidad se aman, lo peor que pueda pasar es que la familia crezca y se una más. Roguemos a Dios que así sea —dijo esto tomando suavemente la mano de Doña Cándida, haciéndole una seña de que, con él, se marchara.

—¿A dónde vas, Antonio? ¿Me vas a dejar solo con este zaperoco armado? —le dijo Don Luis, con tono preocupado, a su yerno.

—Voy a mi casa, debo sostener una charla con mis padres. Luego regreso… —le explicó con una sonrisa y, con la mirada, le hizo un ruego de que mantuviera la calma.

Así lo hizo. Prendió un habano y se fue a caminar por los jardines… cavilando sobre el asunto de los nuevos tórtolos, pensando él ¡que eso sería todo!

En el cuarto de Márgara, era otra vaina; ella estaba recostada sobre su cama, llorando como una Magdalena. A su lado estaba sentada Ana Isabel, en silencio y cabizbaja; no la consolaba ni decía ninguna palabra. Estaba pálida, muy asustada, pensando en lo que diría su madre cuando lo de ella se enterara… Dos noticias al mismo tiempo eran como mucho para Doña Ana, quien entró alterada, dando un portazo que se escuchó hasta la otra cuadra.

—No entiendo en qué les he fallado para que en mí no tengan confianza; aquí estoy yo, dispuesta a escucharlas. ¡Díganmelo, pues… díganmelo en mi cara! —dijo encolerizada y vuelta un mar de lágrimas.

Doña Ana se sentó en la cama, al lado de Márgara, dándole palmadas en la nalga para que se volteara y con ella se franqueara. Miró a Ana Isabel con extrañeza por la actitud tan absorta que guardaba.

—¿Y a ti qué te pasa, por qué tienes esa cara? ¡No me vayas a salir con que tú también te traes una vaina! —le dijo su madre, más furiosa que soldado en batalla.

Aquí Lola intervino. Se arrodilló frente a su madre; tomándola por los hombros, la arrimó a ella, abrazándola.

—¡Cálmate, madre, no nos has fallado en nada… eres la mejor de todas! Baja la guardia para que puedas comprender lo que aquí pasa. Yo te lo contaré, por ellas hablaré —le dijo al tiempo que acariciaba su rostro con dulzura, para que se tranquilizara.

—¡El colmo de los colmos, tú sabías todo y también me lo ocultaste… qué desgracia! —se tapó el rostro con sus manos y lloraba y lloraba, desconsoladamente, la pobre Doña Ana.

—Madre, guarda silencio, ¡no sentencies antes de juzgar! Si no te conté antes, es porque a mí no me correspondía ese derecho. No se te ha ocultado nada de lo que debas avergonzarte, nada malo aquí pasa. Tú sabes que los Santamaría son amigos de nosotros desde la infancia; así fue como Antonio y yo nos enamoramos. Pues bien, Ana Isabel y Márgara… también, ¡pero de Alejandro y Gabriel! Claro, como ellas eran más chicas, no habían definido nada, pero la amistad continuó por cartas… hasta que determinaron que sí, que sí estaban enamorados.

Ellas no te anticiparon nada, querían hacer algo bonito cuando ellos llegaran; pero vino Doña Cándida y zuaaas… ¡soltó la lengua!, no pudo quedarse callada. Claro, como el marido trabaja en la Oficina de Correos, ¡de todo está enterada! Ves, madre, no es ninguna tragedia; hasta bonito sería que ellos matrimonio contrajeran. Así los Santamaría-Díaz serían una familia grande y unida… ¡nadie nos vencería! —esto último lo dijo Lola en broma, a ver si a su madre una sonrisa le sacaba.

Pero Doña Ana, ya calmada, para nada la escuchaba. Estaba ensimismada en sus pensamientos. No podía quitarse la idea de lo desolada que quedaría su gran casa si todas sus hijas se casaran y marcharan… ¡al mismo tiempo! ¿Y la algarabía de los nietos? ¿También los perderían?… eso, a su marido y a ella, ¡el alma desgarraría!

La pobre Doña Ana estaba abatida, un duro golpe le habían asestado en el corazón sus niñas. Tonta ella que pensaba en eso, en el futuro inminente… ¡cuando Dios tenía, para ellos, otra cosa en mente!

 “Amor joven, secretos viejos y un portazo que retumba hasta la cuadra de al lado.”

 

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (42) LA IMPRUDENCIA



"En esta familia, planificar es un arte… y meter la pata, un deporte olímpico.”

Desde que Antonio anunció la fecha de la boda y la llegada de sus hermanos, Doña Ana y Lola no se daban abasto con el sinfín de tareas por cumplir para que todo saliera como ellos querían. Don Luis observaba que su mujer mostraba signos de gran agobio, más que de cansancio, igual que él. Y Lola los observaba a ellos, con gran preocupación. Un mes era un tiempo muy ajustado para arreglar todo, incluyendo las invitaciones y el alojamiento de los invitados. Todos se reunían, cada día y cada rato, en la mesa de la terraza, con papel y lápiz en mano, para anotar cada detalle que fuera necesario. Ese día estaba presente Doña Cándida, la modista, para tomar medidas y decidir los diseños de los trajes, tanto de la novia y su cortejo, como del resto de los miembros de la familia y, lo más importante, estimar la fecha de entrega de estos.

—Padre, los he observado y he notado, con mucha alarma, que tú y mi madre están muy ansiosos. Estamos conscientes de que la fecha fijada es muy próxima y eso dificulta las tareas planificadas. Yo propongo algo —dijo esto, mirando y tomando de la mano a Antonio, quien estaba junto a ella—: que depende de lo que diga Doña Cándida, aquí y hoy, estableceremos la fecha definitiva, bien en la previamente acordada o postergándola unos días más, los que estimemos necesarios; pues quiero que, en mi boda, en esta, todos estemos contentos y saludables… ¡la presión nos está matando! ¿Están de acuerdo conmigo?

Todos guardaron silencio, se miraron unos a otros e hicieron muecas y señas con las manos, dejando en claro que no solo estaban de acuerdo, sino que era lo razonable. En fracciones de segundo se relajaron, fijando —finalmente— la mirada en Doña Cándida, a quien se le trasladó la responsabilidad de determinar el tiempo necesario para realizar la ceremonia. Ella, con la jocosidad que la caracterizaba, echó un gran suspiro y manoseó su cuaderno, pasando las hojas de adelante hacia atrás y viceversa, repetidamente. Luego, poniendo una expresión muy seria, como quien va a dictar una sentencia de muerte, lo cerró bruscamente con ambas manos, tan fuerte que se estremeció la mesa… ¡haciendo sonar todo lo que en ella se encontraba!

—Telas tengo en cantidad suficiente para elaborar los trajes, según los diseños acordados y medidas tomadas… salvo el de la novia. Pero, por ello, no debemos preocuparnos; mi proveedor resolverá esta situación. El problema radica en la confección; no estamos hablando de cualquier traje, estamos hablando de muchos trajes de finas telas y acabados, con bordados y pedrería, ¡no es cualquier tontería! —enfatizó Doña Cándida, adoptando un gesto de que a ella no le echaran la culpa. Todos rieron al ver el semblante de la modista, toda ella regordeta y pintorreteada como acostumbraba; parecía una graciosa cerdita salida de un cuento de hadas.

—Bien, ¿y cuánto tiempo estima usted necesario para realizarlos, sin premura y con calidad en los detalles y remates? —le inquirió Lola sin signo de preocupación.

—Un cálculo prudente… ¡mínimo, tres meses! —dijo ella muy ceremoniosa.

Todos pusieron cara de asombro y, de inmediato, miraron a Lola, esperando su reacción. Lola, con el rostro completamente relajado y la mirada extraviada en algún lugar del jardín, sacaba cuentas mentalmente con toda la calma del mundo. Apretó la mano de Antonio y lo miró con entusiasmo.

—Cariño, ¿qué te parece si nos casamos en diciembre, para poder hacer las cosas bien y con calma… y en la hacienda? Así resolvemos el problema de alojar a los invitados; entre la de ustedes y la nuestra hay espacio suficiente para ello. ¿Qué te parece? —Lola no había terminado de hablar cuando Antonio estaba pegando gritos de alegría, como niño chiquito. Estaba muy contento; allí se habían conocido y enamorado… ¡sería la mejor Navidad de su vida!

Todos se relajaron; harían las cosas con calma, sería la boda perfecta. Cuando la alegría reinaba, a Doña Cándida se le ocurrió abrir la boca, solo para meter la pata.

—Estarás muy contenta, Márgara, por fin tu galán te vendrá a visitar, ¿quién lo diría…? ¡Dos de las Díaz Robaina, con dos de los Santamaría! —El silencio se hizo y, como ventiladores a toda potencia, los allí presentes miraban de un lado a otro, viendo las caras de las dos mujeres, quienes se miraban fijamente entre ellas. Doña Cándida mostraba una expresión que denotaba conciencia de su imprudencia y Márgara, furiosa, por haberle quitado el privilegio de dar la noticia oportunamente, como correspondía.

Doña Ana quedó desconcertada, pues las muchachas no le habían contado nada. Don Luis se puso rojo como un tomate; detestaba que los extraños se enteraran primero que él de lo que sucedía en su casa y se lo restregaran en la cara. Márgara, entre furiosa y frustrada, se levantó de la mesa y se fue llorando directo a su cama.

“Cuando el cálculo de telas se convierte en drama familiar, solo queda reírse… y aplastar algunas mesas.”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 12 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (40) LOS ABUELOS



“Doña Ana y Don Luis: ¡quien dijo que la pasión se apaga con los años, miente!”

Los niños seguían gritando a todo pulmón, entre risitas burlonas y risotadas, cómo los abuelos jugaban. Márgara trataba de atajarlos para que callaran; mientras, Ana Isabel no sabía qué hacer, estaba horrorizada. Las tías Matilde e Isabel, con gran desfachatez, también se reían a carcajadas, aunque hacían lo suyo intentando silenciarlos, pero no lo lograban. Lola y Antonio escucharon el escándalo desde la ventana. Se apresuraron en bajar las escaleras para ver lo que pasaba. Los Gallardo, al ver a su madre, de inmediato guardaron compostura y pusieron caras de afligidos; sabían que la sanción no se haría esperar.

—¿Qué relajo es este? —preguntó Lola a sus hijos con verdadero enfado. Los niños bajaron la cabeza y guardaron silencio, todos preocupados. Márgara le informó a su hermana el descaro de los niños y le exigió, para ellos, un duro castigo: ¡tal falta de respeto no debía permitirse! Lola, al escuchar lo sucedido, quedó atónita. Tenía ganas de reírse al imaginar a sus padres pasando tal bochorno, pero Antonio la miraba muy serio; no le permitiría ninguna ligereza. Las tías también cambiaron su actitud, el asunto lo ameritaba y ya habían reído bastante. Lola subió a los niños a sus habitaciones. Ordenó que se bañaran y pusieran sus pijamas: se acostarían sin cenar y en absoluto silencio entre ellos. Debían reflexionar sobre los hechos y luego ella hablaría con cada uno. Todos obedecieron sin protesta alguna. Subieron las escaleras despacio, pero apuraron el paso al pasar frente a la habitación de los abuelos… ¡por si acaso!

—¡Ay! Luis, ¡qué vergüenza! —no dejaba de exclamar Doña Ana, cubriendo su cuerpo con la sábana, toda apenada.

—¡Esos niños se las verán conmigo mañana, sí señor! —decía Don Luis muy molesto por lo importuno de los chiquillos.

—¿Mañana? No, yo enseguida me visto y bajo; trataré de desmentir lo dicho por los niños… ¡para que la vergüenza no sea tan grande! —dijo Doña Ana, bajándose de la cama.

—Qué vergüenza ni que nada… ¿hasta cuándo pospondremos nuestros asuntos por los demás? Usted vuélvase a meter en la cama, ¡abra esas piernas… que hoy no se me escapa! —le dijo su marido, muy firme y con una sonrisa picarona. No había terminado de hablar, cuando ya estaba encaramado en la cama, enamorando a su mujer, quien hizo resistencia:

—Luiiiiiis… —eso fue todo lo que hizo para oponerse a los deseos de su marido y a los de ella, mucho tiempo contenidos: balbucear su nombre. Se quisieron bien, a su antojo. De vez en cuando a Doña Ana le venía a la mente la cara de los niños: sorprendidos y divertidos a cuenta de ellos. También se imaginaba las risas de su hermana y de su cuñada; tendría que aguantarse el chalequeo por una larga temporada. Pero su marido bien la trabajaba y de sus pensamientos y angustias la sacaba.

—¡Luuiiiiiis! —de rato en rato exclamaba Doña Ana, y el marido, callado, se afanaba.

—¡Luuuiiiiiiiiiis! —volvía a exclamar Doña Ana, toda extasiada.

—¿Qué amor? —le preguntaba Don Luis.

—¡Nada, no me hagas caso… sigue! —ella le suplicaba.

Y así se la pasaron, un buen rato, ahí en la cama. Hasta que él, dando todo de sí, exclamó:

—¡Aaaanaaaaa! —los dos quedaron exhaustos, con la respiración agitada. En el rostro, con extrema ternura, se besaban mientras se decían al oído cuánto se amaban. Al cabo de un rato, cuando la actividad se calmaba, el peso de su cuerpo la aplastaba. Lo echó a un lado y, de frente, quedaron acurrucados, como quedan los enamorados. No se quedaron dormidos, ni se hablaban; solo jugaban con sus manos, se las besaban… Tanto el uno como el otro, en silencio y sin saberlo, agradecían a Dios por tenerse. Eran distintos, se complementaban. Felices eran, tal como lo deseaban.

“Después de tanto escándalo, la lección quedó clara: ¡los abuelos mandan… y mandan con amor!”

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.