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martes, 15 de septiembre de 2026

"Una relación perfecta": Reflexión sobre el amor, las relaciones y las diferencias entre las personas. Una mirada desde la fe sobre la imperfección, el perdón y el espacio que dejamos al otro para ser quien es.

 
“Amar también es saber convivir con las diferencias.”


Prólogo

A veces una conversación entre amigas termina llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. Una charla cotidiana puede dejarnos una pregunta dando vueltas en la cabeza.


Hace unos días logré conseguir algo de tiempo para reunirme con un par de amigas. No es por falta de ganas que no lo hacemos más a menudo, sino porque nuestras vidas se desarrollan en contextos diferentes.

El encuentro fue el habitual: expresiones de alegría al vernos, abrazos y la típica zalamería entre besos y besos: “¡Qué guapa estás, el tiempo no pasa por ti!”. El estallido de risas no se hace esperar. Sabemos que nos mentimos, pero si esas mentirillas no las dicen las amigas… ¿Quiénes nos las van a decir?

Luego, lo obvio: ¡ponernos al día!

Al final, siempre terminamos conversando sobre un mismo tema: las relaciones y la dificultad de sostenerlas por las diferencias.

En las relaciones, decíamos, nunca estamos completamente de acuerdo.

Y quizá sea verdad.

Porque basta compartir una mesa, una casa, una conversación demasiado larga, para descubrir que el otro tiene otra manera de mirar. Otra forma de callar. Otra velocidad para enfadarse, para perdonar, para volver.

Con el tiempo, las relaciones terminan por craquelarse.

Una palabra que se dice mal. Una promesa que no llega a cumplirse. Una puerta que se cierra con un poco más de fuerza de la necesaria. Una costumbre que irrita. Un silencio que permanece en la habitación incluso cuando ya nadie recuerda cómo empezó.

Y hay que atenderla, cuidarla para que no se rompa… ¡y nosotros con ella!

Al volver a casa me quedé pensando profundamente en ello. Y me pregunté:

¿Acaso no puede darse una relación perfecta pese a nuestras imperfecciones?

Sonreí porque yo sí conozco una relación que siento perfecta.

¡La mía con Dios!

No porque yo sea perfecta. Precisamente por todo lo contrario.

Hay días en que me acerco a Él con las manos llenas y otros en que llego con ellas vacías. Días en que cumplo lo que me prometí y otros en que vuelvo a tropezar exactamente en la misma piedra. A veces me siento fuerte, luminosa, capaz de cualquier cosa. Y otras veces me descubro cansada, pequeña, decepcionada de mí misma.

Pero nunca he sentido que tenga que ser perfecta para acercarme a Él.

Puedo llegarle tal como estoy.

Siento su presencia a mi lado, sin reproches, sin ese dedo invisible que señala la caída. Casi puedo sentir una sonrisa tranquila, como quien mira a alguien que acaba de tropezar y, en lugar de preguntarle por qué no miró dónde pisaba, le tiende la mano.

“Vale, tranquila. Levántate. El próximo paso lo harás mejor”.

Quizá por eso pienso tanto en el amor.

Porque si esperamos que alguien nos ame solamente cuando coincidimos, cuando comprendemos, cuando acertamos, cuando no decepcionamos y cuando nuestras diferencias no incomodan, quizá no estemos hablando de amor.

Amar también debe ser aprender a convivir con aquello que no entendemos del otro.

Con sus silencios.

Con sus maneras distintas de sentir.

Con sus pequeñas sombras.

Con aquello que jamás haríamos de la misma manera.

No significa aceptar el daño, ni justificar la crueldad, ni quedarse donde el amor ha dejado de existir. Hay diferencias que enriquecen y diferencias que destruyen. Hay errores que pueden repararse y heridas que exigen distancia.

Pero entre esos extremos existe un territorio mucho más íntimo: ese lugar donde dos personas se miran y, aun sin pensar igual, deciden seguir caminando juntas.

Y entonces vuelvo a Dios.

Pienso que quizá esa sea la lección que me ofrece su amor: no me pide que nunca caiga. Me pide que, cuando caiga, sea capaz de reconocerlo, levantarme y volver a intentarlo.

¿No debería parecerse a eso el amor humano?

A veces me pregunto cuánto amor hay realmente en una relación.

Y cada vez creo más que la respuesta no está en cuánto coinciden dos personas.

Está en cuánto espacio dejan para que el otro pueda ser imperfecto sin dejar de sentirse amado.

Quizá esa sea la verdadera medida del amor.


Epílogo

Tal vez las diferencias no sean siempre aquello que nos separa. A veces pueden mostrarnos cuánto estamos dispuestos a comprender, cuidar y permanecer.


“Y tal vez amar sea dejar espacio para el otro.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


lunes, 14 de septiembre de 2026

"Cuando mirar atrás ya no basta": Una reflexión sobre las heridas de la infancia, los padres, el perdón y la responsabilidad de construir nuestra propia vida sin negar aquello que nos ocurrió.

 

“La herida no es toda la historia.”


Prólogo

“Hay heridas que necesitamos nombrar para comprenderlas. Pero quizá también necesitamos recordar que una herida explica una parte de nuestra historia, no necesariamente toda nuestra vida.”


Últimamente escucho hablar sobre el alto porcentaje de depresión en la población, sobre todo la joven.

De la infancia.

De los padres.

De aquello que nos faltó, de aquello que nos hicieron, de aquello que no supieron darnos.

Y me pregunto, sin saber muy bien dónde termina la pregunta y dónde empieza la respuesta: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de una infancia que nos marcó?

Quizá siempre haya existido la tristeza. La ansiedad. El miedo. La sensación de no encajar en la propia vida, ni en la sociedad. Quizá antes no teníamos tantas palabras —ni imágenes— para referirnos a ella y visualizarla como algo normal.

Ahora las tenemos. ¡Y hablar de ello se ha vuelto popular!

Y algunas veces me pregunto si, al ponerle un nombre a una herida, también corremos el riesgo de convertirla en un pequeño mundo donde los garabatos ocupan el lugar de la conciencia.

Pienso especialmente en los padres.

Es curioso cómo, cuando intentamos explicar lo que somos, volvemos una y otra vez a ellos. A lo que hicieron. A lo que no hicieron. A lo que dijeron. A lo que callaron.

Como si detrás de cada adulto hubiera que encontrar necesariamente a un padre culpable y a una infancia que explique todo lo que vino después.

Pero entonces pienso en algo mucho más sencillo y, quizá por eso, mucho más difícil de aceptar:

los padres también son seres humanos.

Llegaron a nosotros con sus propias historias. Con sus miedos. Con sus torpezas. Con aquello que habían aprendido y con aquello que nadie les enseñó.

A veces me pregunto si hemos aprendido a mirar tanto la herida del hijo que hemos dejado de mirar la fragilidad de quien la pudo causar.

No para justificarla.

No para decir que el daño no importa.

Sino para intentar comprender que quizá el amor humano no siempre se parece al amor que necesitábamos recibir.

Hay también una decisión misteriosa en el hecho de traer una vida al mundo.

Una persona pudo no hacerlo y, sin embargo, hacerlo.

Pudo sentirse demasiado joven, demasiado sola, demasiado asustada, demasiado incapaz. Y aun así continuar.

Y cuando alguien entrega a un hijo para que otro lo cuide, quizá podamos mirar esa decisión únicamente como abandono. Pero también podríamos preguntarnos si, en determinadas circunstancias, no hubo detrás una forma dolorosa de protección: yo no puedo darte lo que necesitas; quizá alguien pueda hacerlo mejor que yo.

No sé.

Quizá la verdad no sea nunca tan limpia.

Quizá haya egoísmo mezclado con amor. Miedo mezclado con ternura. Incapacidad mezclada con deseo. Como suele ocurrir con casi todo lo que hacemos los seres humanos.

Por eso me cuesta pensar que nuestros padres debieran haber sido perfectos.

Nosotros tampoco lo somos.

Y quizá una de las tareas más difíciles de crecer consista precisamente en dejar de pedirles a quienes nos dieron la vida que hubieran sabido vivirla perfectamente.

Y me pregunto si algún día podremos llegar a un lugar distinto: uno en el que comprender no signifique absolver, y recordar no signifique condenar.

Porque quizá nuestros padres no fueron solamente aquello que nos hicieron.

Quizá también fueron aquello que pudieron.

Y nosotros tampoco somos únicamente aquello que nos hicieron.

Somos, además, aquello que hacemos con lo que recibimos.

Precisamente por eso me resisto a las respuestas definitivas.

No somos iguales.

Y tal vez ahí esté la verdadera cuestión.

Quizá nuestra historia pueda explicar muchas cosas, pero no necesariamente tenga que convertirse en nuestra sentencia.

Quizá comprender a nuestros padres no nos quite el derecho a alejarnos de ellos.

Quizá reconocer sus heridas no borre las nuestras.

Quizá perdonar, cuando sea posible, no signifique decir que estuvo bien.

Y quizá hacerse responsable de la propia vida no consista en negar lo que nos ocurrió, sino en preguntarnos, algún día, qué queremos hacer con ello.

Quizá entre esas dos cosas exista un territorio mucho más humano.

Un lugar donde no haya culpables absolutos ni inocentes perfectos.

Solo personas.

Personas intentando, como pueden, no romperse del todo ni romperlo todo.

Y quizá crecer consista también en eso:

en dejar de mirar únicamente hacia atrás para preguntar quién tuvo la culpa...

y empezar, poco a poco, a mirar hacia delante para preguntarnos qué hacemos nosotros con la vida que, de una manera imperfecta, nos fue entregada.

Responsabilizarnos de ella no significa hacerlo todo solos. Significa reconocer que, cuando podemos, también podemos pedir ayuda, buscarla y participar activamente en nuestra propia recuperación.

Mirar la vida desde otra perspectiva.

Quizá nos sorprendamos con lo que veamos.


Epílogo

“Tal vez no podamos cambiar aquello que recibimos. Pero sí podemos decidir qué lugar ocupará en la vida que todavía nos queda.”


“La vida continúa.”

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 9 de diciembre de 2025

"Una Ventana al Cielo": Una historia poética para niños sobre la fe, el amor de Dios, la misericordia y la esperanza, contada a través de un valle mágico cubierto de niebla.

 

"Para niños que miran al cielo con asombro… y para adultos que aún creen en la luz que guía.”

Había una vez, entre montañas verdes como esmeraldas mojadas y caminos que olían a mañanas nuevas, un valle misterioso.
Un valle que despertaba cubierto por una cobija de niebla tan suave, tan blanca y tan tranquila, que parecía hecha de algodón de azúcar recién salido de un sueño.

A ese lugar le llamaban El Valle de la Niebla.

Mucho tiempo atrás, algunas personas lo llamaban El Valle de los Muertos, pero eso era porque no entendían su secreto.
El valle no era de miedo… era de magia.
Era el sitio donde la Tierra y el Cielo se daban un abrazo cada amanecer.

La Cuenta-Cuentos

En una casita de la ciudad satélite vivía una mamá que era Cuenta-Cuentos por naturaleza. No necesitaba libros —aunque tenía montones y los amaba— porque en cuanto abría uno, ¡zas!, una historia nueva nacía desde su imaginación, como una mariposa que decide que un capullo ya no es suficiente.

Cada noche inventaba aventuras para sus hijos:
algunas olían a chocolate caliente,
otras sabían a viento fresco,
y muchas brillaban como si le hubieran robado un poquito de luz a las estrellas.

Esa mamá, que tenía manos tibias y ojos que parecían guardar historias, llevaba a su hija pequeña a la escuela todas las madrugadas, cuando el mundo aún bostezaba y los pájaros apenas acomodaban sus plumas.

Un viaje de niebla y luz

Aquel camino pasaba justo al lado del Valle de la Niebla.
Y siempre, siempre, la mamá se quedaba contemplando el horizonte como si viera algo invisible para los demás.

—Mami —preguntó un día la niña, con su vocecita adormilada—, ¿por qué miras tanto para allá… como si fueras una estatua distraída?

La mamá sonrió, porque sabía que esa pregunta llegaría.

—Hija —le dijo con voz suave como pan recién horneado—, ¿tú has visto alguna vez… una ventana al Cielo?

La niña abrió los ojos grandes como dos lunas.

—¿Cuál ventana, mami?

Su cabecita empezó a girar de un lado a otro, buscando marcos, puertas, cristales… cualquier cosa.

Entonces la mamá tomó su carita entre sus manos —sus mejillas llenas de ternura y calor de niña— y la dirigió hacia un punto brillante en el cielo.

Las nubes se habían abierto justo en el centro, como si una mano gigante las hubiera apartado con delicadeza.
Por esa abertura caía un rayo enorme de luz dorada, espeso, cálido, parecido a la miel que gotea lentamente de una cuchara.

La niña quedó con la boca abierta.

—¡Mami! —susurró—. ¿Eso es… la ventana al Cielo?

—Sí, hija —respondió su madre—. Por allí suben las almas… como globitos de luz, como luciérnagas que vuelan hacia su verdadero hogar.

El valle que respira

Abajo, el valle entero estaba cubierto por la niebla.
Pero no era una niebla cualquiera.

Era una niebla que parecía viva:
se movía como si respirara,
se estiraba como si despertara de un largo sueño
y brillaba suave bajo la luz del amanecer.

—Mami… —dijo la niña con un hilo de voz—. Los muertos… me asustan.

La mamá acarició su cabecita.

—¿Por qué te asustan, amor? Allí están los abuelos de tus abuelos, los héroes, los santos… y personas buenas que simplemente cerraron los ojos y ahora descansan. Todas esas historias que te cuento… vienen de ellos.

La niña frunció el ceño, preocupada.

—¿Y los malos? ¿Los que se portaron mal?

La mamá pensó. Las respuestas importantes siempre se piensan como si fueran un tesoro frágil.

—Hijita —dijo al fin—, las personas que hacen daño solo pueden hacerlo aquí, en la tierra. Pero cuando su alma vuela hacia el Cielo, Dios… las limpia, las abraza, les quita el polvo de las travesuras y de los errores. Las vuelve nuevas con Su Misericordia.

La niña inclinó la cabeza.

—¿La misericordia es como un jabón mágico?

La mamá soltó una risa casi silenciosa, como una campanita discreta.

—Algo así. Es como una lluvia cálida que cae sobre el alma. La deja suave, limpia… brillante. Dios quiere que todos regresen a Él, incluso los que se equivocaron muchas veces.

La niña abrió mucho los ojos.

—¡Entonces Dios es como tú, mami! ¿Es abogado?

Y el coche entero se llenó de la risa dulce de la mamá.

—Dios es más grande que eso, amor. Es como si fuera abogado, juez y también amigo. Todo lo que hacemos le importa mucho. Lo que nos alegra… lo alegra. Lo que nos duele… también lo lastima. Pero aun así… siempre nos perdona.

La niña respiró profundo, satisfecha, como si acabara de entender un secreto del Universo.

—Ahhh, qué bueno —dijo, y se acomodó en el asiento, envuelta en una paz que parecía manta calentita.

El consejo del valle

El auto siguió su camino y el valle quedó atrás, pero algo quedaba flotando en el aire:
una sensación de silencio hermoso, una promesa, una melodía que no se oía pero se sentía.

—Hija —dijo la mamá—, escucha lo que te enseñamos. Haz el bien, busca la luz, no seas necia… y la vida te mostrará los milagros que ahora no entiendes.

La niña asintió, guardando cada palabra como quien guarda una piedra preciosa en el bolsillo.

Años después

Pasó el tiempo, como pasan las estaciones: llenas de colores, de risas, de hojas que caen y vuelven a nacer.

Y cada vez que madre e hija pasaban junto al Valle de la Niebla, la conversación volvía… crecía… cambiaba.

Ahora que la niña era mayor, entendía mucho más:
la niebla ya no le daba miedo,
la ventana al cielo no era un misterio,
y el valle… el valle se había convertido en un lugar sagrado.

Porque para ellas dos, aquel valle no hablaba de muerte, sino de vida.
No hablaba de miedo… sino de fe.
No era un sitio triste… sino un recordatorio de que Dios siempre está cerca, aunque lo cubra una manta blanca de silencio.

Y cada vez que el rayo dorado descendía, madre e hija sonreían sin decir palabra.

Porque sabían que desde allí… desde esa ventana luminosa… Dios también les sonreía a ellas.


Epílogo: Una Reflexión para Corazones Pequeños

A veces, las cosas más importantes no se ven con los ojos, sino con el corazón.
El Valle de la Niebla nos enseña que el mundo está lleno de tesoros invisibles:
luces que parecen abrazos, nieblas que se mueven como suspiros, montañas que guardan secretos llenos de polvo.

Así como la niña del cuento aprendió a mirar sin miedo,
también nosotros podemos descubrir que la luz siempre encuentra un camino,
que incluso cuando algo parece oscuro o extraño,
puede esconder un mensaje de amor, de fe… o de esperanza.

Porque cada uno de nosotros lleva adentro una pequeña ventana al Cielo,
una que se abre cuando somos buenos, cuando preguntamos con sinceridad,
o cuando miramos el mundo con asombro.

Y si aprendemos a escuchar…
veremos que la niebla no es un muro,
sino una manta suave que Dios usa para recordarnos
que nunca estamos solos.

Dedicado: a mi amada hija, Andrea Carolina,  y con la esperanza de que algún día lo lean mis nietas: Vanesa, Mía, Beatriz, y mis nietos: Gabriel, Christian, Emanuel.

Nota: este cuento lo escribí el 02/07/2010

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (52) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ



“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

viernes, 2 de julio de 2010

"UNA VENTANA AL CIELO": un cuento para niños y adultos que habla de magia, la ventana al Cielo y la fe. Una historia de esperanza, amor y luz que inspira a mirar el mundo con asombro.

"Para niños que miran al cielo con asombro… y para adultos que aún creen en la luz que guía.”

Había una vez, entre montañas verdes como esmeraldas mojadas y caminos que olían a mañanas nuevas, un valle misterioso.
Un valle que despertaba cubierto por una cobija de niebla tan suave, tan blanca y tan tranquila, que parecía hecha de algodón de azúcar recién salido de un sueño.

A ese lugar le llamaban El Valle de la Niebla.

Mucho tiempo atrás, algunas personas lo llamaban El Valle de los Muertos, pero eso era porque no entendían su secreto.
El valle no era de miedo… era de magia.
Era el sitio donde la Tierra y el Cielo se daban un abrazo cada amanecer.

La Cuenta-Cuentos

En una casita de la ciudad satélite vivía una mamá que era Cuenta-Cuentos por naturaleza. No necesitaba libros —aunque tenía montones y los amaba— porque en cuanto abría uno, ¡zas!, una historia nueva nacía desde su imaginación, como una mariposa que decide que un capullo ya no es suficiente.

Cada noche inventaba aventuras para sus hijos:
algunas olían a chocolate caliente,
otras sabían a viento fresco,
y muchas brillaban como si le hubieran robado un poquito de luz a las estrellas.

Esa mamá, que tenía manos tibias y ojos que parecían guardar historias, llevaba a su hija pequeña a la escuela todas las madrugadas, cuando el mundo aún bostezaba y los pájaros apenas acomodaban sus plumas.

Un viaje de niebla y luz

Aquel camino pasaba justo al lado del Valle de la Niebla.
Y siempre, siempre, la mamá se quedaba contemplando el horizonte como si viera algo invisible para los demás.

—Mami —preguntó un día la niña, con su vocecita adormilada—, ¿por qué miras tanto para allá… como si fueras una estatua distraída?

La mamá sonrió, porque sabía que esa pregunta llegaría.

—Hija —le dijo con voz suave como pan recién horneado—, ¿tú has visto alguna vez… una ventana al Cielo?

La niña abrió los ojos grandes como dos lunas.

—¿Cuál ventana, mami?

Su cabecita empezó a girar de un lado a otro, buscando marcos, puertas, cristales… cualquier cosa.

Entonces la mamá tomó su carita entre sus manos —sus mejillas llenas de ternura y calor de niña— y la dirigió hacia un punto brillante en el cielo.

Las nubes se habían abierto justo en el centro, como si una mano gigante las hubiera apartado con delicadeza.
Por esa abertura caía un rayo enorme de luz dorada, espeso, cálido, parecido a la miel que gotea lentamente de una cuchara.

La niña quedó con la boca abierta.

—¡Mami! —susurró—. ¿Eso es… la ventana al Cielo?

—Sí, hija —respondió su madre—. Por allí suben las almas… como globitos de luz, como luciérnagas que vuelan hacia su verdadero hogar.

El valle que respira

Abajo, el valle entero estaba cubierto por la niebla.
Pero no era una niebla cualquiera.

Era una niebla que parecía viva:
se movía como si respirara,
se estiraba como si despertara de un largo sueño
y brillaba suave bajo la luz del amanecer.

—Mami… —dijo la niña con un hilo de voz—. Los muertos… me asustan.

La mamá acarició su cabecita.

—¿Por qué te asustan, amor? Allí están los abuelos de tus abuelos, los héroes, los santos… y personas buenas que simplemente cerraron los ojos y ahora descansan. Todas esas historias que te cuento… vienen de ellos.

La niña frunció el ceño, preocupada.

—¿Y los malos? ¿Los que se portaron mal?

La mamá pensó. Las respuestas importantes siempre se piensan como si fueran un tesoro frágil.

—Hijita —dijo al fin—, las personas que hacen daño solo pueden hacerlo aquí, en la tierra. Pero cuando su alma vuela hacia el Cielo, Dios… las limpia, las abraza, les quita el polvo de las travesuras y de los errores. Las vuelve nuevas con Su Misericordia.

La niña inclinó la cabeza.

—¿La misericordia es como un jabón mágico?

La mamá soltó una risa casi silenciosa, como una campanita discreta.

—Algo así. Es como una lluvia cálida que cae sobre el alma. La deja suave, limpia… brillante. Dios quiere que todos regresen a Él, incluso los que se equivocaron muchas veces.

La niña abrió mucho los ojos.

—¡Entonces Dios es como tú, mami! ¿Es abogado?

Y el coche entero se llenó de la risa dulce de la mamá.

—Dios es más grande que eso, amor. Es como si fuera abogado, juez y también amigo. Todo lo que hacemos le importa mucho. Lo que nos alegra… lo alegra. Lo que nos duele… también lo lastima. Pero aun así… siempre nos perdona.

La niña respiró profundo, satisfecha, como si acabara de entender un secreto del Universo.

—Ahhh, qué bueno —dijo, y se acomodó en el asiento, envuelta en una paz que parecía manta calentita.

El consejo del valle

El auto siguió su camino y el valle quedó atrás, pero algo quedaba flotando en el aire:
una sensación de silencio hermoso, una promesa, una melodía que no se oía pero se sentía.

—Hija —dijo la mamá—, escucha lo que te enseñamos. Haz el bien, busca la luz, no seas necia… y la vida te mostrará los milagros que ahora no entiendes.

La niña asintió, guardando cada palabra como quien guarda una piedra preciosa en el bolsillo.

Años después

Pasó el tiempo, como pasan las estaciones: llenas de colores, de risas, de hojas que caen y vuelven a nacer.

Y cada vez que madre e hija pasaban junto al Valle de la Niebla, la conversación volvía… crecía… cambiaba.

Ahora que la niña era mayor, entendía mucho más:
la niebla ya no le daba miedo,
la ventana al cielo no era un misterio,
y el valle… el valle se había convertido en un lugar sagrado.

Porque para ellas dos, aquel valle no hablaba de muerte, sino de vida.
No hablaba de miedo… sino de fe.
No era un sitio triste… sino un recordatorio de que Dios siempre está cerca, aunque lo cubra una manta blanca de silencio.

Y cada vez que el rayo dorado descendía, madre e hija sonreían sin decir palabra.

Porque sabían que desde allí… desde esa ventana luminosa… Dios también les sonreía a ellas.


Epílogo: Una Reflexión para Corazones Pequeños

A veces, las cosas más importantes no se ven con los ojos, sino con el corazón.
El Valle de la Niebla nos enseña que el mundo está lleno de tesoros invisibles:
luces que parecen abrazos, nieblas que se mueven como suspiros, montañas que guardan secretos llenos de polvo.

Así como la niña del cuento aprendió a mirar sin miedo,
también nosotros podemos descubrir que la luz siempre encuentra un camino,
que incluso cuando algo parece oscuro o extraño,
puede esconder un mensaje de amor, de fe… o de esperanza.

Porque cada uno de nosotros lleva adentro una pequeña ventana al Cielo,
una que se abre cuando somos buenos, cuando preguntamos con sinceridad,
o cuando miramos el mundo con asombro.

Y si aprendemos a escuchar…
veremos que la niebla no es un muro,
sino una manta suave que Dios usa para recordarnos
que nunca estamos solos.

Dedicado: a mi amada hija, Andrea Carolina, quien me lo inspiró, y con la esperanza de que algún día lo lean mis nietas: Vanesa, Mía Fiorella, Beatriz, y mis nietos Gabriel Francisco, Christian Alexander, Emanuel.

Nota: este cuento lo escribí el 02/07/2010