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viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (52) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ



“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

sábado, 30 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (51) LA BIZARRÍA



“Entre la muerte y la vida, siempre hay un hilo que nos sostiene.”

¿De qué sirve un reloj inventado por el hombre cuando el destino otro tiempo te impone? Ese día se definía como eterno; las manecillas del reloj daban vueltas, pero ni un segundo transcurría. Una mañana brillante y llena de vida se transformó en una tarde lluviosa y llena de llanto… para terminar en una noche oscura donde la muerte dio rienda suelta a su locura, llevándose consigo no solo vidas, sino sueños, amores y alegrías, dejando a su paso la más profunda desolación.

Lola sudaba profusamente, jadeaba al respirar y tenía taquicardia; estaba blanca como el papel. Se agitaba y dificultosamente pronunciaba palabras: solo quería ver al niño, su “cuatro” de ocho, y a su padre. Anita estaba contra ella, acurrucada como un pollito bajo las alas de su mamá gallina. No lloraba; en sus ojos solo se pintaban la resignación y la piedad… por Antonio. Este estaba sentado en la cama frente a Lola; le agarraba las manos y, con desesperación, se las besaba.

—Cálmate, amor, nuestro hijo está lleno de vida y muy sano; en cuestión de horas nos lo podremos llevar para la casa. Y tu padre está estable, dentro de poco lo veremos cargándolo —le decía él, tratando de serenarla, pero no lo lograba; por el contrario, ella lo impacientaba, lo llenaba de angustia.

Anita lo miraba serena, con los ojos llenos de lágrimas; por él estaba sintiendo lástima… pedía a Dios que de él se apiadara. Antonio temía por Lola; soltó las manos de su mujer y salió por el pasillo pegando gritos, pidiendo auxilio. A su encuentro salieron dos enfermeras y un médico de guardia. Entraron con él a la habitación, separando bruscamente a Anita de Lola. El doctor le tomó el pulso y la auscultó, mientras las enfermeras lo observaban.

—¿Es esta la paciente que dio a luz de emergencia y tiene a su padre en terapia intensiva? —preguntó el muy pendejo a las enfermeras, quienes asintieron sin aportar ninguna referencia—. Hagan que se calme y duerma toda la noche… lo que tiene es un agudo ataque de ansiedad, propio del posparto y de la situación de salud de su padre.

—Disculpe, doctor, pero yo la veo muy mal… ¡pareciera que se muere! —le dijo Antonio en tono grave, como un reclamo.

El médico se le quedó viendo con indiferencia y autorizó a las enfermeras a suministrar a ella algún calmante, si este así lo solicitaba. Así como vino, así se fue aquel jovenzuelo recién graduado. No revisó la historia médica. No se enteró de que el alumbramiento de Lola había sido consecuencia de los traumatismos por la caída. Tampoco se enteró de que el médico que la atendió se ocupó de salvar al bebé practicándole la cesárea de emergencia sin realizarle ningún tipo de examen para ver cómo se encontraba ella.

Lola, por dentro, se desangraba; sus órganos colapsaban, entraba en shock. El inexperto, sin saberlo, la puso a dormir… como en una eutanasia. Lola entró en un profundo letargo. Antonio la miraba desconsolado, impotente, con el corazón desgarrado. Anita volvió a acurrucarse a su madre, casi incrustada en ella. Mantenía los ojos abiertos, empañados por las lágrimas; serena estaba, montándole guardia.

Antonio, con el alma en pena, salió de la habitación y fue a la guardería. Observó cómo a su hijo le habían quitado el respirador; su salud se reponía. La comisura de sus labios se levantó milímetros, haciendo un gran esfuerzo por sonreír ante aquel milagro. Siguió su camino, todo el tiempo cabizbajo. Saludó a su suegra y a Doña Matilde, que, junto a Márgara y Ana Isabel, aguardaban noticias de Don Luis, allí en terapia intensiva. Les informó que Lola dormía, solo eso les dijo… cualquier otra cosa hubiese carecido de sentido. Salió de allí más desesperanzado.

Se dirigió a la calle, necesitaba salir. El silencio, las caras tristes, el olor a medicamentos y desinfectantes lo desesperaban, le causaban náuseas. Caía la noche, tiñendo de negro el rojo crepuscular, como el alma de él sobre la sangre de ella.

—Vamos, Luis, ¡no seas holgazán… despierta! —le decía Doña Rosaura a Don Luis, dándole palmaditas en la cara.

Él abrió los ojos, encontrando su dulce sonrisa. Se alegró mucho al verla. Todos los males se le quitaron; sintió cómo la vida volvía a él con mucha fuerza. El bienestar lo invadió.

—Mujer, ¿qué haces aquí? Creí que no te volvería a ver… —le dijo acariciándole el rostro.

—¿Creías que te abandonaría, dejándote solo en tu miseria? —le decía esto mientras lo ayudaba a levantarse.

Salieron de cuidados intensivos, sin despertar a su esposa, quien, con sus hijas y hermana, dormía en las butacas de la sala de espera. Siguieron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta llegar a la habitación de Lola. Abrieron la puerta muy lentamente. Antonio estaba dormido, el agotamiento lo había vencido. Allí estaba Lola, dormida, junto a Anita, quien estaba bien despierta y, con la mirada bien atenta, los observaba. Apenas vio a su abuelo, salió a su encuentro y se abrazó fuertemente a él, casi con desespero.

—Te extrañé mucho, abuelo. Creí que no te volvería a ver; tardaste mucho en venir —le decía mientras lo besaba.

—Anita, Anita… ¿a mí no me saludas? —le dijo Doña Rosaura, alzándola en brazos y besándola.

Anita, a pesar de ser una niña grande, se recostó de su hombro y se puso a llorar.

—Abuela Rosaura, ¿no puedes venir por ella otro día? —levantó su cabeza y la miró fija, con esos grandes ojos azules, profundos como el mar.

—Cariño, yo no soy Dios. Él dice cuándo… ¡su tiempo es el justo! —le contestó ella con mucha solemnidad.

Anita se bajó de sus brazos y fue a la cama donde estaba su mamá.

—Despiértenla, abuelos, que quiero despedirme de ella, la quiero abrazar… —les dijo Anita, triste pero muy serena.

Así lo hicieron. Lola se despidió con un beso y con un “hasta luego” de Antonio, que seguía dormido; juntos y acompañados de Anita, se fueron a despedir del “cuatro de ocho” …

Una enfermera que pasaba por el pasillo le llamó la atención a Anita por andar sola, a esas horas, sin compañía de un adulto. Ella no le hizo ningún caso, continuó su camino, acompañada del destino.

—¡Niña malcriada e insolente, mañana reporto este incidente para que no te permitan quedar! —la regañó la enfermera, evidentemente disgustada.

Los cuatro sonrieron y siguieron su camino. De repente, tuvieron que detenerse. Los gritos desesperados de Antonio, llamando a Lola, se escuchaban por todos los pasillos. Era desgarrador; rompían el silencio de la noche, quebraban la paz de toda alma. Lola se arrodilló frente a su hija y la abrazó fuertemente.

—Anda, hija, regresa con él… ya se enteró de que me fui; necesita de tu fortaleza y consuelo.

Le dio un beso y le dijo un “hasta luego”. Anita se despidió de ellos sin pronunciar una sola palabra. Dio media vuelta y salió corriendo de regreso a la habitación donde yacía el cuerpo de su madre.

Otros llantos y gemidos se escuchaban del otro lado: a Doña Ana y a sus hijas ya les habían notificado que Don Luis, hacia el otro mundo, se había marchado.

Cuando Anita llegó, Antonio estaba sentado en el suelo, con ella… ¡y a ella aferrado! Lloraba como un niño sin consuelo. Gritaba de intenso dolor, de ira y frustración. Amenazaba y pateaba como un loco a todo aquel que se le acercara. No permitió que nadie se la arrebatara de los brazos.

Al amanecer, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, él se quedó profundamente dormido —por el cansancio y el dolor— abrazado a ella; fue entonces cuando lograron separarla de él.

“Y así, entre lágrimas, abrazos y susurros, comprendieron que el destino no se mide en relojes, sino en amor y coraje.”

Nota: la foto que ilustra el presente relato fue obtenida de Imágenes de Google. Se desconoce autor y propietario

miércoles, 27 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (50) EL DESENLACE




“A veces la fragilidad revela la fortaleza del amor: padres, hijos y milagros compartiendo un instante eterno.”

Lola se quedó atónita al ver cómo su padre salió del despacho y la dejó hablando sola. No entendía su conducta. El cura Don José estaba que se desmayaba de la impresión; sabía que su amigo Luis estaría pasando por un mal trance, afectando su salud, ya de por sí delicada. Tomó a Lola por los hombros y, como pudo, le dijo que se aquietara y lo dejara tranquilo; que tenía graves asuntos que resolver y, lo menos que necesitaba, era que ella también lo inquietara.

No esperó respuesta alguna y salió para tratar de alcanzar y calmar a su amigo. En el camino volteaba y le pedía a Lola, repetidamente, que llamara urgente a su marido. Eso no fue necesario: Antonio, con su prudencia de siempre, estaba cerca de ellos, en absoluto silencio. Apresuró el paso y atajó a Don José. Este le dijo algo al oído… algo que provocó que Antonio se llevara las manos al rostro, un gesto muy típico de él cuando algo lo sorprendía para mal. Ambos hombres salieron corriendo.

Lola aún no salía de su asombro, pero de una cosa estaba segura: su padre le ocultaba algo… ¡algo muy grave! Ella también fue tras ellos, pero sin prisa, pues la barriga se lo impedía. Pudo ver, desde la entrada, cómo Antonio cargaba a su padre y lo colocaba en el asiento trasero con Don José, mientras él mismo se ponía al volante para conducir como un loco. Iba a tal velocidad que lo perdió de vista en segundos, en una calle de cuadras de distancia.

Lola entró en crisis. Era evidente que su padre había sufrido alguna especie de desmayo, quizás un infarto. Giró sobre sus pies y entró a la casa hecha un manojo de nervios. En su mente solo existía un pensamiento: ¡su padre! Se olvidó de su preñez. Corrió por la casa hasta encontrar a su madre y hermanas, les informó lo ocurrido y les pidió que se encargaran de sus hijos… ¡ella iría al hospital!

Salió por la cocina, corriendo, y atravesó los jardines de la casa paterna hasta llegar a la suya. Subió a su habitación y agarró las llaves del carro. Cuando bajaba por las escaleras, en un descuido, pisó mal y rodó por ellas. El peso de su cuerpo la presionó contra el piso una y otra vez… sobre su vientre. Cuando se detuvo, el dolor era insoportable, pero, aun así, con la visión de su padre en mente, sacó fuerzas y continuó su marcha acelerada: en unos minutos entraba por la puerta de emergencias.

Desesperada buscaba a su marido y al cura, hasta que los localizó con la mirada. Se dirigió a ellos y se sentó en una butaca.

—Mi amor, tranquilízate, tu padre ya está siendo atendido… parece que fue un infarto —le dijo Antonio, con tanta pena por su suegro como preocupación por ella.

Le pidió a Don José que trajera agua para Lola; estaba pálida y sofocada. Ella estaba sentada con las piernas semiabiertas, las manos entre ellas y la cabeza gacha. Solo se oía cómo respiraba con dificultad. Cuando el cura le acercó el vaso con agua, Lola estiró la mano para alcanzarlo: estaba mojada y llena de sangre.

Antonio sintió un vértigo que casi lo desmaya. Pensó que era demasiado para un solo día: el quiebre de su suegro, Lola y el bebé… lo ponían en agonía. Apartó, lentamente, las manos de su esposa, descubriendo su falda toda mojada y ensangrentada. Se detuvo el tiempo. Antonio miraba a aquella delicada mujer, su mujer. No daba crédito a lo que veía.

Unos minutos atrás estaba llena de vida, bailando con alegría con ese traje blanco estampado con pequeñas mariposas azules sobre rosas amarillas y, ahora, la tenía enfrente… como un retrato de la muerte. Su rostro se apagó por un terrible presentimiento; sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin decir palabra, alzó a Lola en brazos y la llevó a la enfermería. En el trayecto ella le contaba lo sucedido y le pedía perdón por su imprudencia; él no la escuchaba… solo rezaba y rezaba.

En menos de una hora ya todos se encontraban allí, incluyendo a Doña Matilde, su marido e hijos, así como la familia de Antonio y, por supuesto, Anita. Todos estaban callados, esperando noticias y con miedo de recibirlas. Doña Matilde consolaba a Doña Ana; Antonio y Anita, apartados, hablaban y hablaban.

Después de muchas horas, por un largo pasillo emergió un hombre vestido de azul y bata blanca; su semblante era sombrío. Se paró frente a Antonio y lo miró con piedad.

—Su suegro sigue en terapia intensiva. Lo estamos observando, veremos cómo responde al tratamiento… ya no depende de nosotros. En cuanto a su esposa, aún no recobra el conocimiento. El bebé bajó al canal de parto con el cordón al cuello, así que tuvimos que practicarle una cesárea de emergencia. Nació vivo, es un niño sano, pero prematuro… Están recibiendo todos los cuidados que requieren, pero nada le garantizo —dijo esto último poniéndole la mano en el hombro y soltando un gran suspiro—. Le sugiero que tenga paciencia y rece, rece mucho… ¡por la madre y el niño!

Tan pronto terminó de hablar, se fue tan presuroso como vino. Lo dejó allí de pie, confundido; no sabía si alegrarse por la noticia o llorar por ella. Todos compartieron el mismo sentimiento y guardaron silencio.

Los ánimos subieron con el despertar de Lola. Fue entonces cuando todos se apostaron delante del gran ventanal que los separaba de la guardería de recién nacidos. Antonio estaba pegado como una mosca, miraba a su hijo agitado e indefenso, lleno de cables y tubos por todo su diminuto cuerpo… ¡parecía un colibrí encerrado en una jaula de cristal! La impotencia, la frustración y el dolor se reflejaban en su rostro, mojado por el llanto.

Una enfermera, que lo observaba desde lo lejos, se apiadó de él.

—A ver, ¿Quién es el padre del hombrecito que está en la incubadora? —preguntó la piadosa, aun sabiendo la respuesta.

—Soy yo… ¿algo sucede? —contestó Antonio, alarmado.

—¿Usted? ¡No puede ser! Si el niño que está allí es hermoso y un luchador, un triunfador… ¡y usted es muy feo y un llorón! —le dijo, guiñándole el ojo—. Le aseguro que ese niño saldrá de allí sano y salvo. ¡Así que cambie esa cara, para que no vea que su padre es un cobarde lloricón! ¡Qué vergüenza, el niño más valiente que el padre! —se echó a reír despreocupadamente y todos con ella.

Antonio entendió el mensaje de la buena mujer… ¡no debía perder la fe, debía aferrarse a ella, tanto como Anita lo estaba a su pierna!

“Cuando todo parece perdido, un llanto diminuto rompe la sombra y enciende la luz de un nuevo comienzo.”


NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.