martes, 24 de febrero de 2026

"Amor Vs. Amor": Texto poético-reflexivo sobre el amor imposible y el amor real desde el cuerpo, la mente y la consciencia: química, deseo e intensidad emocional.

 

“Una exploración poética del cuerpo como laboratorio del amor: donde la química del deseo y la consciencia del alma aprenden a convivir.”


Prólogo

Antes de comprender el amor, habito mi cuerpo.
Un territorio vivo que respira, reacciona, recuerda y se estremece sin pedir permiso. En él se escriben mis historias antes de que la razón las nombre. Allí, en esa arquitectura secreta de latidos y pulsos eléctricos, comienza todo.

Amar no es solo un acto emocional: es un fenómeno que atraviesa la sangre, altera el ritmo, modifica la química invisible que me sostiene. Cada encuentro deja una huella no solo en la memoria, sino en la materia que me compone.

Este texto nace de esa certeza: que el amor —posible o imposible— no ocurre únicamente en el corazón simbólico que evoco, sino en el engranaje perfecto que soy. Que cada “casi”, cada ausencia, cada permanencia, es también una reacción íntima entre mi cuerpo, mente y consciencia.

Aquí no explico el amor.
Solo observo cómo me habita.


Sé que el cuerpo humano no es solo carne y hueso. Es una arquitectura magnífica que trabaja en silencio, una maquinaria precisa donde cada latido encaja con el siguiente como si alguien hubiera ensayado la eternidad antes de ponerlo en marcha.

Dentro, todo ocurre sin que lo pida. Hay engranajes que no son de metal, sino de pulso; cables que no son eléctricos, sino nervios que llevan chispas diminutas de un extremo a otro. Soy una fábrica de impulsos, un laboratorio que destila sustancias invisibles: euforia, miedo, deseo. Todo se mezcla con exactitud secreta, como si la sangre supiera química —y lo sabe—.

Por eso hay amores que no llegan a existir del todo y, sin embargo, dejan una huella más profunda que aquellos que sí se quedaron. No porque fueran más verdaderos ni más importantes, sino porque nunca tuvieron que enfrentarse a la gravedad de lo real.

El amor posible aprende a caminar. Se acostumbra a los silencios, descubre defectos y convive con ellos, negocia espacios. Respira. En cambio, el amor imposible vive suspendido. No toca el suelo. No envejece. No se desgasta. Permanece en ese instante previo donde todo está a punto de suceder y nada termina de ocurrir.

El cuerpo, que no entiende de lógica, confunde la espera con intensidad. La incertidumbre acelera el pulso y vuelve urgente cada mensaje, cada mirada, cada ausencia. Lo que no se tiene se imagina; y lo imaginado rara vez decepciona. Así, mi mente completa lo que falta con deseo, y el deseo, cuando no encuentra final, se expande.

Hay algo adictivo en lo incompleto, en pensar que, si las circunstancias fueran otras, todo habría sido distinto. Ese “casi” se convierte en un territorio perfecto porque nunca es puesto a prueba. No hay desgaste cotidiano. Solo la promesa —si llega a haberla—. Y las promesas, mientras no se cumplen, no se rompen.

A veces me duele más lo que no fue que lo que terminó, porque no se pierde una historia, sino todas las historias posibles. El corazón no llora lo vivido, sino lo imaginado.

El amor real, en cambio, cambia de ritmo. Deja de arder y empieza a calentar. Ya no sacude: sostiene. No provoca vértigo, sino descanso. Y, acostumbrada a confundir intensidad con profundidad, creo que algo falta cuando en realidad ha llegado la calma.

En mi cabeza habita un procesador brillante que interpreta señales e intenta ordenar el caos emocional. Traduce luz en imágenes, sonidos en recuerdos, caricias en significado. Calcula sin números, anticipa sin certeza. Y aun así, no lo controla todo.

Por encima —o quizá por dentro— existe algo más delicado: una consciencia que observa y equilibra la tormenta con una pausa, que puede decidir no actuar aunque el cuerpo me lo exija. Es la parte que me sostiene cuando la biología —mi naturaleza humana— me empuja sin brújula.

Soy máquina y misterio. Precisión y temblor. Un sistema que late, se adapta y se repara… y al mismo tiempo se cuestiona. Cuerpo, mente y consciencia en un equilibrio frágil y prodigioso: una creación que debo cuidar por su naturaleza humana y honrar por su origen divino.

Mi cuerpo y mi mente llenan mi mundo de sensaciones; mi consciencia me mantiene en el centro de mi universo.
Si me salgo de él, me pierdo…
Y solo yo puedo reencontrarme.


Epílogo

Al final, no soy solo lo que siento, sino el modo en que aprendo a sostener lo sentido.

El cuerpo seguirá latiendo con una precisión incomprensible, el laboratorio continuará mezclando sustancias invisibles, la mente organizará recuerdos y anticipará futuros posibles. Pero la consciencia —esa voz serena— será siempre la que elija cómo responder al fuego o a la calma.

Quizá los amores imposibles me enseñan intensidad.
Quizá los amores reales me enseñan permanencia.
Y entre ambos descubro algo más profundo: que estoy hecha de materia y misterio, de química y elección, de impulso y sentido.

Cuidar el cuerpo es honrar el amor.
Comprender su lenguaje es comprendernos a nosotros mismos.

Porque, al final, el verdadero equilibrio no está en no sentir, sino en saber habitar lo que sentimos.


“Somos engranaje y emoción, impulso y consciencia: el amor no nos sucede, nos atraviesa.”


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