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domingo, 1 de marzo de 2026

"Entre lo visible y lo sentido": Una reflexión poética sobre la percepción de la realidad, la mirada interior y exterior, y el misterio de quién somos cuando el mundo nos atraviesa.

 

“Todo lo que llamo mundo comienza en la forma en que lo siento.”


Prólogo

Hay momentos en los que uno deja de preguntarse qué es la realidad y comienza a preguntarse cómo la está viviendo. Este texto nace de esa inquietud íntima. No pretende explicar el mundo ni ofrecer respuestas definitivas. Es, más bien, una exploración sensible del punto exacto donde lo exterior toca lo interior y algo se transforma. Es una confesión sobre la percepción, sobre la atención, sobre el misterio de sentir. Aquí no se define lo real: se habita.


La realidad no es un concepto, ni un tiempo, ni un lugar.
Es una sensación que me atraviesa.

A veces creo que el mundo no existe hasta que lo miro.
Si el cielo se nubla,
algo en mi pecho también se cubre.
Si el sol quema,
una claridad secreta me incendia por dentro.

Las calles no son calles:
son latidos.
Los rostros no son rostros:
son espejos que me revelan.
La distancia entre dos cuerpos
puede ser más vasta que el universo
cuando el alma retrocede.

El mundo no pasa frente a mí.
Me sucede.

Pero al cerrar los ojos, comienza otra geografía.

Hay pensamientos que caen como relámpagos.
Emociones que suben como mareas.
Habitaciones interiores donde guardo el miedo.
Ventanas abiertas al deseo.
Un silencio que respira conmigo.

Cuando miro hacia dentro también encuentro clima, espacio, multitud.

Vivo en esa doble dirección:
afuera y adentro.
Y en cada giro cambio.

Si sostengo una mirada ajena me vuelvo transparente.
Si sostengo un recuerdo me vuelvo abismo.
Si enfoco mi atención en una herida:
todo duele, sangra.
Si la pongo en la belleza el mundo florece.

Entiendo lo sencillo y vertiginoso:

la realidad depende del lugar donde deposito mi atención.

No es que el mundo cambie.
Cambio yo al percibirlo.

Cuando alguien pronuncia mi nombre y mi piel responde,
¿Dónde ocurre lo real?
¿En el sonido que vibra afuera
o en el latido que despierta adentro?

Tal vez no exista frontera.
Tal vez lo exterior sea una puerta
y lo interior, la habitación que se ilumina.

Soy el punto donde el universo se reconoce.
El puente entre lo visible y lo sentido.
El instante en que un hecho se vuelve emoción.

No quiero definir la realidad.
Quiero sentirla.
Quiero habitar ese temblor
donde el mundo me toca
y yo lo toco de vuelta.

Quizá la verdad no esté en las cosas
ni en mis pensamientos,
sino en el acto mismo de mirar.

Y cuando miro, nazco, me transformo.

Porque al final no se trata de saber qué es real,
sino de descubrir quién soy cada vez
que el mundo me atraviesa.


Epílogo

Tal vez nunca sepamos con certeza qué es la realidad en términos absolutos. Pero sí podemos observar cómo nos modifica, cómo nos revela, cómo nos moldea silenciosamente. Si algo queda después de estas palabras, que sea una invitación: mirar con conciencia, sentir con profundidad, reconocer que cada percepción es también una creación. Porque en el instante en que atendemos, participamos. Y en ese acto, el mundo y nosotros dejamos de estar separados.


“Y quizás la realidad no sea lo que existe, sino lo que en mí despierta.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 26 de octubre de 2025

"LO COTIDIANO": Aprendiendo a reconocer lo extraordinario en lo simple y cotidiano. Reflexión sobre la belleza de los gestos, la naturaleza y los momentos que la vida nos regala cada instante.

 

Imagen que contiene pasto, persona, exterior, sostener

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

“Descubre lo extraordinario en cada instante.”


 Introducción

Hay días en que me descubro corriendo detrás de lo que falta, sin detenerme a mirar lo que ya tengo frente a los ojos.
He vivido así muchas veces, distraída, buscando lo excepcional como si solo lo grandioso mereciera ser recordado.
Pero poco a poco he comprendido que la vida verdadera se esconde en lo simple: en los gestos, en los silencios, en aquello que no presume.
Por eso escribo estas líneas, como una forma de recordarme —y de recordarnos— que lo extraordinario no siempre brilla… a veces apenas respira, pero basta detenerse para sentir su pulso.


A veces tememos hacer el ridículo por deleitarnos en lo simple y habitual. Qué necios somos, como si importara a alguien lo que hacemos, mientras no alteremos su mundo.

Vivimos rodeados de maravillas silenciosas, latentes en lo cotidiano: el afecto constante de quienes nos acompañan, la lealtad silenciosa de los amigos, las miradas y gestos que cruzan nuestro camino; el latir profundo de los mares y ríos, la danza perpetua de los campos y las hojas al compás del viento, el cielo que respira luz y sombra, y la música callada de sol, luna y estrellas.

Todo nos envuelve y, aun así, como ciegos en abundancia, lo damos por sentado.

Somos seres de balance negativo: lloramos lo que falta, anhelamos lo que no llega.

Pero basta un instante de atención para descubrir lo extraordinario en lo pequeño: un “te amo” que resuena como eco en el alma, una risa inesperada que enciende el aire, la ternura silenciosa de un gesto, la sonrisa de un niño como caricia etérea, la advertencia sabia de un anciano que nos alerta como borrasca anunciada, el olor de la ciudad bajo la lluvia, el susurro del mar al acariciar la orilla, el juego travieso de una mascota que nos recuerda la sencillez de existir.

Cada instante merece ser contemplado como si fuese la primera… y última vez. Sentido como lo que es: un regalo vivo, palpitante, del particular mundo que nos habita.

En lo cotidiano vibra lo extraordinario de la existencia. ¿Cursi? Tal vez. Pero feliz y agradecida, también, por este “hoy” que se me ofrece, que recibo como quien sostiene en sus manos un fruto recién caído del árbol, tibio y perfecto, y deja que su esencia penetre en cada poro de la vida.


Epílogo

Hoy no quiero grandes hazañas ni respuestas definitivas.
Solo deseo aprender a mirar con ojos nuevos lo que siempre ha estado ahí: el olor del café, la voz de quien me nombra, el aire que entra y sale sin pedir permiso.
He descubierto que la plenitud no es una meta, sino un estado de atención.
Y que cuando logro detenerme, aunque sea un instante, el mundo entero se revela distinto: más cálido, más cercano, más vivo.
Porque, al final, la felicidad no se busca… se reconoce en lo cotidiano.


“La maravilla vive en lo más cercano, latente en cada gesto.”