“Una historia sobre el amor que no fue… y la mujer que nació cuando creyó que lo era.”
Prólogo
Hay momentos en la vida en los que el silencio empieza
a hablar más alto que cualquier recuerdo. Momentos en los que una cree haber
avanzado lo suficiente como para no mirar atrás, hasta que algo —una imagen,
una sensación, un pensamiento fugaz— abre de nuevo una puerta que parecía
cerrada. Este relato nace de ese instante suspendido entre lo que fue y lo que
ya no es, entre la memoria y la consciencia. No habla de un amor perdido, sino
del camino que comienza cuando entendemos que todo encuentro, incluso el más
breve, deja una huella destinada a revelarnos algo de nosotros mismos.
Camino tranquila por los senderos de mi vida. Permanezco
atenta a cada manifestación sencilla de lo vivo que se revela ante mis ojos,
consciente del instante que habito, como quien deja que la luz tibia del
atardecer repose sobre la piel sin apresarla. Me asombro de lo que me rodea
como si la existencia fuese una flor abierta cuyo perfume invisible atrae
pequeñas maravillas a su alrededor. Vivo plenamente la vida, mi vida,
respirándola despacio, dejando que suceda.
Pero, a veces, me distraigo. Salgo de esa presencia serena,
como quien pierde el equilibrio por un instante. Entonces apareces en mi mente,
como un recuerdo difuso y persistente, semejante a un aroma conocido que regresa
sin aviso. La memoria inicia su juego silencioso, ese susurro inevitable del
“¿recuerdas?”. Y el corazón, sin pedir permiso, responde. Desde lo más hondo
emergen sensaciones que creía disueltas por el tiempo, emociones que regresan
con la tibieza inquietante de algo que nunca terminó de apagarse.
Me agito al pensarte, todavía.
El pecho se expande, el corazón se acelera y la respiración
se vuelve breve, como si el aire pesara más de lo habitual. Hay un instante en
que todo parece demasiado grande para caber dentro de mí, demasiado intenso
para ser contenido. Entonces exhalo, larga y profundamente, un suspiro que
arrastra una nostalgia persistente, densa y lenta, como niebla que abandona el
cuerpo después de haber permanecido demasiado tiempo en silencio.
¿Cuánto espacio habitaste en mí para dejar esta huella que
aún duele al salir?
Si alguna vez te amé —y ya no— quizá sea mi alma la que se
aferra al recuerdo, como quien se sostiene a un salvavidas en medio de aguas
inciertas para rescatar aquello que un día la despertó y la hizo sentirse viva.
Y entonces me pregunto: si todavía siento así al pensarte… ¿queda algo de amor?
La consciencia me sacude y me devuelve al presente, como una
bocanada de aire frío que despeja la mirada. La mente se aparta, dejando de
alimentar pensamientos nacidos de la idealización, de ese amor proyectado sobre
alguien que, en realidad, nunca llegué a conocer del todo. Me calmo. Me centro.
Conservo únicamente lo verdadero: las emociones que despertaron en mí, porque
esas sí existieron y dejaron su temperatura, su latido.
Comprendo entonces que quien movió mi mundo fue, en parte,
un espejo. Me obligó a mirarme hacia dentro, a reconocer todo lo que era capaz
de sentir. No me enamoré de él tanto como de la vida que descubrí en mí a
través de su reflejo, de la luz que apareció donde antes no miraba. Fue un
tránsito hacia otra forma de amor: esa que aparece cuando uno toca su propia
alma como si descubriera una piel nueva, sensible, recién nacida.
Bajo la cabeza y sonrío al suelo, como si fuera un viejo
confidente que ha escuchado cada caída. Idealizarlo fue, sin saberlo, la manera
de encontrarme conmigo misma. Lo que dolió del desapego no fue perder un amor
imposible, sino escuchar el sonido seco del ego al quebrarse, desprendiéndose
poco a poco. Y en esa ruptura, silenciosa y necesaria, encontré a mi más severo
—y más honesto— maestro de vida.
Entonces entendí que el dolor no nacía de haberte perdido,
sino de haber confundido el aprendizaje con el amor. Porque, ¿Cuántas veces
llamamos amor a lo que vino únicamente a despertarnos? ¿Y si aquello que nunca
sucedió fue precisamente lo que más nos transformó? Tal vez las historias
imposibles no estén destinadas a cumplirse, sino a abrirnos, a obligarnos a
cruzar la puerta hacia quienes realmente somos.
Y al mirarme sin nostalgia, por primera vez me atrevo a
preguntarlo sin miedo: ¿eras tú el destino… o era yo el verdadero encuentro?
Epílogo
Con el tiempo comprendí que algunas historias no llegan para quedarse, sino para mostrarnos quiénes somos cuando sentimos sin defensa. Lo que alguna vez dolió termina transformándose en comprensión, y la nostalgia deja de ser una herida para convertirse en memoria serena. Hoy camino más ligera, sabiendo que aquello que busqué afuera siempre estuvo habitando en mí. Y que, a veces, perder la ilusión es simplemente otra forma de regresar a uno mismo.
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