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martes, 3 de marzo de 2026

"Entre dogmas": Reflexión poética sobre el perdón, entre la fe y la razón.


Entre razón y fe, el perdón se hace luz

Desde hace tiempo, el perdón se ha vuelto mi campo de batalla más silencioso. Entre lo que dicta la razón y lo que susurra la fe, busco un lugar donde el alma pueda descansar sin sentirse débil ni culpable. No escribo desde la certeza, sino desde la búsqueda; desde esa línea frágil donde uno se pregunta si perdonar tanto es sabiduría o rendición.

He pensado mucho en el perdón. Quizá demasiado.

No crecí leyendo la Biblia ni a los filósofos estoicos, pero aprendí a “leer” la vida desde aquello que enseñaban sin nombrarlo: la virtud, la coherencia, la idea de que el bien debía guiar cada pensamiento y cada acto. Así crecí, creyendo que amar y perdonar eran caminos naturales. Con el tiempo descubrí que también eran los más difíciles.

He amado hasta el cansancio, hasta sentir que el corazón sangra en silencio. Y he perdonado cuando la herida seguía abierta, cuando el orgullo pedía distancia y la razón advertía que callar podía parecer rendirse. Por eso el perdón, aun siendo luminoso, a veces pesa. Porque surge la pregunta inevitable:

¿Hasta dónde libera y hasta dónde nos expone a nuevas heridas?

Los estoicos enseñaban que la verdadera fuerza está en gobernarse a uno mismo. Séneca escribió: nada se parece más a los dioses que quien, pudiendo vengarse, perdona. Quiero esa serenidad, esa libertad que no depende del rencor. Pero, Señor, qué difícil es cuando el dolor todavía late.

La Biblia, en cambio, habla de un perdón sin medida: perdonar como hemos sido perdonados. Y ahí nace mi duda.

¿Es justo seguir perdonando cuando el otro no cambia?

¿Es bondad o ingenuidad?

Mi razón dice que el perdón me libera a mí, aunque no siempre signifique reconciliación. Tu Palabra habla de un amor que no calcula.

Dos caminos que buscan la misma paz, pero desde lugares distintos.

Entre ambos vivo este diálogo interior: mi humanidad que duda y tu voz que abraza; mi herida que aún duele y la promesa de que el perdón sana. Tal vez el perdón infinito no sea una exigencia imposible, sino un aprendizaje para vivir más ligera, más libre, más en paz.

Pero no olvides, Señor, que soy humana.

Perdonar duele porque amar duele, porque la humildad cuesta y la fe tiembla cuando el corazón está herido.

Aun así, aquí estoy: cansada, pero de pie; dudando, pero creyendo; perdonando, aunque cueste.

Dame el coraje de los estoicos, la humildad de tus santos y la fe de quien entiende que perdonar no es debilidad, sino fortaleza;

no es derrota, sino victoria;

no es rendición, sino un pacto con la paz.

¡Amén!

Hoy sé que el perdón no es una meta, sino un camino que se recorre una y otra vez. No borra lo vivido, pero limpia el alma para seguir amando. Y aunque siga dudando, sigo eligiendo perdonar, porque en ese gesto —tan humano y tan divino— habita la esperanza, la paz.

“Solo quien ha dudado profundamente entiende la grandeza del perdón.”

Nota: esta es una versión abreviada de su original "Entre dogmas: mi batalla con el perdón", escrita para mi cuenta de TikTok: @Escritosenblancoynegro; @tintasobrepapel

sábado, 23 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (48) LAS HERMANAS




“Familia unida, niños revoltosos y mamá en modo diosa: ¡perfecta combinación!”

Era una de esas mañanas que visten la vida de gala. Una de esas mañanas que brillan con el mismo esplendor del alma. El sol irradiaba una luz clara, mas no enceguecía ni sofocaba. Todo tenía su justo color, abigarrando el panorama. El trinar de las aves y las exquisitas fragancias del campo y de la montaña, todo, absolutamente todo, se colaba por la ventana.

Cuando Lola despertó tenía a Antonio y a sus siete hijos, todos montados sobre la cama. Quietecitos le sobaban la panza, mientras Antonio los veía, muy feliz, admirando la gracia. Lola volvió a cerrar los ojos para disfrutar, a plenitud, de aquella bendición que Dios le daba.

Aquella escena de gozo fue interrumpida por las hermanas.

—Vaya, si parecen Cleopatra y Marco Antonio. Mejor no pueden estar… ¡ni que les dé la gana! —exclamó Márgara, medio en reclamo, medio en guasa.

Ana Isabel se reía y a sus sobrinos abrazaba, mientras la bendición les echaba.

—¡Doña Blancaaaa, Doña Maríaaaa… vengan a hacerse cargo de los niños! —gritaba Márgara a las nanas.

Al escuchar esto, todos los niños salieron corriendo de la habitación, con gran alboroto y risas, escondiéndose de sus cuidadoras.

—¡Vamos, párate, zángano! Mis padres y tus hermanos están listos y esperándolos —Márgara halaba por los brazos a su cuñado, levantándolo de la cama y empujándolo hacia el baño.

Antonio ponía resistencia, muerto de la risa, solo para fastidiarla.

—Y tú, es hora de que empieces a arreglarte… ¿o es que no quieres ir? —le preguntó a Lola.

Ella, agarrándose el vientre, se echó hacia atrás, sentándose en la cama. Sonrió e hizo señas con las manos, indicándoles a las hermanas que se sentaran a su lado, cada una por un lado de la cama.

—Hoy es un día muy especial para mí. Como hermana mayor las he visto crecer. Aprovecho la oportunidad para agradecerles, de todo corazón, el amor y cuidado que han prodigado a mis hijos, sin abandonar sus quehaceres ni sus estudios. Hoy tendré el orgullo de verlas recibir sus títulos: agrónomo y veterinario… ¿Quién lo diría? —les dijo Lola abrazándolas y besándolas.

Ellas se dejaron consentir por unos segundos. Luego la levantaron de la cama, de igual manera que hicieron con Antonio.

En dos carros se fueron para Caracas, se dirigían a la Universidad Central de Venezuela. Al llegar a la Ciudad Universitaria, quedaron anonadados. Era inmensa y hermosa. Rodeada de jardines y obras de arte, con estudiantes venidos de todas partes del mundo. Todo lo miraban con la boca abierta; cuando entraron al Aula Magna, la sensación fue de grandeza: la modernidad y el lujo ubicaban a Caracas como una gran metrópolis. Todo se desarrolló en perfecto orden, según el protocolo… ¡fue un acto grandioso!

Después de celebrar en la capital, emprendieron el retorno. Lola y Antonio iban con sus padres, mientras que las graduadas iban con sus novios.

—Madre, no te molestes por lo que voy a decir… ni tú tampoco, papá. Debo decirles que últimamente he pensado mucho en Doña Rosaura. No sé por qué, a mí también me resulta extraño… pero tengo la sensación de que me llama, de que me necesita. Padres, quiero ir a verla, si eso no les molesta —les dijo Lola con la ansiedad que esas sensaciones le provocaban.

Al principio, ellos no dijeron nada. Don Luis extendió su mano derecha hacia su mujer, quien la tomó apretándola fuertemente. Desde que Doña Rosaura le envió la carta a Don Luis, entre ellos emergió un sentimiento de culpabilidad: cómplices eran. Habían reflexionado, concluyendo lo injustos que con ella fueron. De todo le participaban, más a nada la invitaban; hasta fotos y cartas le habían enviado, solo eso. Conscientes estaban de su mal proceder, pero tarde era para enmendarlo. Se habían protegido del qué dirán… no actuaron, con “ellas”, como buenos cristianos.

Doña Ana tragó saliva y, sacando fuerzas de donde no las tenía, calmó a su hija.

—Lola, si tu padre está de acuerdo, te prometo que iremos a verla… mañana o en un par de días. Prepararemos postres y comidas, también le llevaremos un gran obsequio… le llevaremos a los niños, para que llenen su casa de luz y alegría —le dijo de manera solemne, convencida de sus palabras.

Don Luis no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Tenía el llanto atragantado en la garganta y, otra vez, el corazón le dolía.

Lola quedó muy extrañada de la respuesta de su madre y del consentimiento de su padre. Esperaba que la regañaran o que algún reclamo le hicieran, pero nada de eso pasó. Cuando intentó expresar su sorpresa por la buena actitud de ellos, Antonio la atajó, tapándole la boca. Con la mirada le advirtió que guardara silencio, que no pidiera aclarar nada… que las cosas estaban bien, así como estaban.

Él sabía el porqué, pero el secreto atesoraba. Lola se quedó quieta, en su marido confiaba; era inteligente y prudente… ¡de él estaba enamorada!

 “Entre abrazos, títulos y risas… todo puede pasar.”



NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; . En letras aparece el nombre de ARTELISTA, se presume autor o propietario, a ella los méritos o derechos que correspondan.

miércoles, 7 de julio de 2010

"EMBRUJO DE AMOR": Relato íntimo ambientado en Madrid sobre una madre que se enfrenta a lo desconocido y un hijo que protege en silencio. Amor, valentía y cuidado invertido.


Prólogo

Hay espíritus que no aceptan el mundo solo por lo que otros les cuentan. Son caracteres hechos de audacia y autonomía, para quienes la vida debe ser tocada, atravesada, incluso cuando duele o asusta. A esas personas, lo desconocido no las repele: las llama. Y aunque el riesgo las roce, avanzan, convencidas de que ciertas verdades solo se revelan cuando se caminan en soledad.


Ella se preparaba con cuidado, ajustando sus botas sobre calcetines gruesos y acomodando capa tras capa de ropa que la protegiera del frío desconocido. El abrigo pesado limitaba sus movimientos, la bufanda enrollada hasta la cabeza apenas le dejaba ver, y los guantes rígidos dificultaban cada gesto. Cada paso era un acto consciente de equilibrio y resistencia, como si avanzara por un mundo que aún no había aprendido a descifrar.

—¿Qué haces, madre? ¿A dónde vas? —preguntó él, preocupado, mientras la observaba terminar de abrocharse. Él la había estado observando desde el inicio, camuflado en las penumbras del pasillo, en absoluto silencio.

—Voy a echar una caminata —respondió ella con firmeza, ajustando la capucha de su abrigo.

—¿Tan tarde y con este clima? —insistió él, evaluando el frío que se intuía en el aire.

Ella lo miró con la calma obstinada de quien ha aprendido a ser dueña de sus decisiones.

—Hijo, déjame hacer esto a mi manera. He aprendido a valerme por mí misma.

Él permaneció en silencio, aceptando la decisión

Al salir por el portal, quedó paralizada: la Avenida de Europa no era la que conocía a la luz del día. Ahora, estaba oculta tras una niebla densa, como un lienzo gris que absorbía la realidad. Las veladas luces del alumbrado público apenas delineaban el pavimento, y ella avanzaba con cautela, cada paso calculado, como un barco a la deriva que busca desesperado la luz del faro para encontrar orilla.

El frío era un filo que atravesaba la ropa, se colaba por los guantes, por la bufanda, por la cabeza cubierta por la capucha del abrigo. La humedad de la lluvia fina hacía que el abrigo pesado se pegara a su cuerpo, limitando cada movimiento y transformando la caminata en un acto de equilibrio constante. La sensación de torpeza era completa: sus piernas rígidas, los brazos inmóviles, los pies que apenas sentían el contacto con el suelo helado. Avanzaba como una figura detenida en el tiempo, con cada músculo consciente del riesgo de resbalar, de caer, de perderse en aquel invierno desconocido.

El olor de los pinos, intensificado por la humedad, llenaba sus pulmones con un aroma extraño y fascinante. Respiraba profundo, y el aire frío quemaba su garganta, pero había en esa sensación un asombro que la mantenía despierta, alerta, viva. Cada charco helado que esquivaba, cada hoja cubierta de escarcha, cada reflejo de la luz en el pavimento húmedo parecía decirle: “Nunca has estado aquí; nunca has sentido esto”.

Todo parecía nuevo, todo parecía posible y a la vez amenazante, como si caminara en un sueño del que no podía —ni quería— despertar.

Al pasar frente al teatro MIRA, le pareció escuchar pasos detrás de sí; viró, pero no vio a nadie. Alerta, continuó su camino; esta vez sintió como si algo se moviese entre los arbustos de los espacios abiertos del teatro. Una corriente le subió por las piernas hacia la columna vertebral: la atravesó, la paralizó. Era miedo, ya lo había sentido antes. Un miedo profundo, semejante al de un niño que se ha soltado de la mano del padre y se enfrenta solo a lo inimaginable. Tomó conciencia de su vulnerabilidad. Respiró hondo y exhaló despacio: cálmate -pensó- eres valiente no por no sentir miedo, sino por enfrentarlo. Con este pensamiento en mente, volvió a virar… y nada, no vio a nadie.

El corazón le palpitaba con fuerza y la cabeza se le llenó de imágenes de un pasado —que aún era presente— al otro lado del Atlántico.

Recordó entonces las palabras de su hijo al momento de ella salir. “Estate atenta solo a tus pasos. Cuida de no resbalar ni caer. Nada más por lo que preocuparte: aquí es como allá era antes.” Respiró tranquila, decidiéndose a regresar. La aventura de explorar había perdido su encanto.

Fue entonces cuando vio, a cierta distancia, una silueta avanzaba hacia ella. Por un instante, el miedo intentó apoderarse de ella: la figura emergía de la niebla, segura y silenciosa, pero no le resultaba amenazante. La noche la ocultaba, hasta que el poste la nombró con su luz… ¡era su hijo!

. Allí estaba, vigilante, constante, invisible hasta ahora, protegiéndola sin interferir en su experiencia.

El alivio y la emoción la inundaron, mezclándose con una profunda gratitud. Caminó hacia él y, al encontrarse frente a frente, sus voces temblaron con emoción:

—Te dejé ir… como tú me dejabas a mí —dijo él, con una sonrisa cálida—. Siempre me decías: “Hay cosas que solo aprenderás por experiencia propia… ¿te acuerdas?”

Ella lo miró, con los ojos brillantes por la sorpresa y el amor. —Sí… me acuerdo —susurró—. Nunca imaginé que tu cuidado sería tan silencioso, tan absoluto…

—Hijo, hubo dos momentos en los que sentí miedo: sentí pasos detrás de mí, primero; luego, algo moviéndose entre los arbustos… acaso ¿serías tú? —le preguntó con los ojos atentos, como si fuera a escuchar la respuesta a través de la mirada; y así fue, la expresión de la cara le dijo todo lo que tenía que saber.

—Casi me matas de un susto… ¡lo sabes!

—Es que casi me pillas, tuve que esconderme, y por la prisa me resbalé entre los arbustos— dijo esto soltando una carcajada.

Y así, juntos, abrazados —entre reproches y risas— volvieron a casa.

En ese instante, la ciudad, la niebla y la lluvia parecieron desvanecerse. Solo quedaban ellos. Después de todo, la aventura de explorar una noche, fría y oscura de invierno, en Madrid ¡tuvo su encanto!


Epílogo

Con el tiempo, ocurre un giro silencioso y profundo: los hijos crecen y, sin anunciarlo, se convierten en amigos y custodios de quienes los guiaron. No es una decisión consciente ni un acto heroico; es una devolución natural, casi instintiva, del amor recibido. Así, la protección cambia de manos, y los cuidados —antes ofrecidos con ternura— regresan convertidos en presencia discreta, en vigilancia amorosa, en ese gesto invisible que acompaña sin invadir. Porque el amor verdadero no siempre se muestra: a veces, simplemente, vela.