“Entre razón y fe, el perdón se hace luz”
Desde hace tiempo, el perdón se ha vuelto mi campo de
batalla más silencioso. Entre lo que dicta la razón y lo que susurra la fe,
busco un lugar donde el alma pueda descansar sin sentirse débil ni culpable. No
escribo desde la certeza, sino desde la búsqueda; desde esa línea frágil donde
uno se pregunta si perdonar tanto es sabiduría o rendición.
He pensado mucho en el perdón. Quizá demasiado.
No crecí leyendo la Biblia ni a los filósofos estoicos, pero
aprendí a “leer” la vida desde aquello que enseñaban sin nombrarlo: la virtud,
la coherencia, la idea de que el bien debía guiar cada pensamiento y cada acto.
Así crecí, creyendo que amar y perdonar eran caminos naturales. Con el tiempo
descubrí que también eran los más difíciles.
He amado hasta el cansancio, hasta sentir que el corazón
sangra en silencio. Y he perdonado cuando la herida seguía abierta, cuando el
orgullo pedía distancia y la razón advertía que callar podía parecer rendirse.
Por eso el perdón, aun siendo luminoso, a veces pesa. Porque surge la pregunta
inevitable:
¿Hasta dónde libera y hasta dónde nos expone a nuevas
heridas?
Los estoicos enseñaban que la verdadera fuerza está en
gobernarse a uno mismo. Séneca escribió: nada se parece más a los dioses que
quien, pudiendo vengarse, perdona. Quiero esa serenidad, esa libertad que no
depende del rencor. Pero, Señor, qué difícil es cuando el dolor todavía late.
La Biblia, en cambio, habla de un perdón sin medida:
perdonar como hemos sido perdonados. Y ahí nace mi duda.
¿Es justo seguir perdonando cuando el otro no cambia?
¿Es bondad o ingenuidad?
Mi razón dice que el perdón me libera a mí, aunque no
siempre signifique reconciliación. Tu Palabra habla de un amor que no calcula.
Dos caminos que buscan la misma paz, pero desde lugares
distintos.
Entre ambos vivo este diálogo interior: mi humanidad que
duda y tu voz que abraza; mi herida que aún duele y la promesa de que el perdón
sana. Tal vez el perdón infinito no sea una exigencia imposible, sino un
aprendizaje para vivir más ligera, más libre, más en paz.
Pero no olvides, Señor, que soy humana.
Perdonar duele porque amar duele, porque la humildad cuesta
y la fe tiembla cuando el corazón está herido.
Aun así, aquí estoy: cansada, pero de pie; dudando, pero
creyendo; perdonando, aunque cueste.
Dame el coraje de los estoicos, la humildad de tus santos y
la fe de quien entiende que perdonar no es debilidad, sino fortaleza;
no es derrota, sino victoria;
no es rendición, sino un pacto con la paz.
¡Amén!
Hoy sé que el perdón no es una meta, sino un camino que se
recorre una y otra vez. No borra lo vivido, pero limpia el alma para seguir
amando. Y aunque siga dudando, sigo eligiendo perdonar, porque en ese gesto
—tan humano y tan divino— habita la esperanza, la paz.
“Solo quien ha dudado profundamente entiende la grandeza del perdón.”
Nota: esta es una versión abreviada de su original "Entre dogmas: mi batalla con el perdón", escrita para mi cuenta de TikTok: @Escritosenblancoynegro; @tintasobrepapel
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